Ludiah Sartdac I

Este post es parte de una serie, llamada “Segunda parte del diario de Simón Dor: El viaje”. Anotación 38 de 48


El último súcubo llegó durante la media noche de Yasmín a las dieciseis noches y evitó a toda costa el medio día del Árbol Tsef, a los dieciseis días. Éste súcubo, había aprendido de sus hermanas: Galloria lo había intentado por medio del cuerpo ofrecido, Mama Esirasaft lo había intentado con el cuerpo negado, la más estúpida había sido Zalic Luia que intentó ganárselo desde el mismo infierno, con la promesa de las vírgenes y escondiendo el reflejo en el espejo. No, ninguna de ellas supo como, pero Ludiah Sartdac era muy lista y la única forma de verdaderamente ganar a Simón, era utilizándolo a él mismo. Sólo pervirtiendo completamente el barco donde viajaba.

Yasmín alzó su cara y olió el viento, supo de la presencia del súcubo.

—Vete de aquí —dijo la Anciana Ciega—. Eres la más maldita de todas. Si no quieres que te arroje yo misma del barco, lárgate ya.

—Madre Lilith…

—Madre Lilith mis ovarios. Soy Yasmín Molina de Jesús, háblame con respeto jovencita. Lárgate ahora.

El súcubo sonrió y acercó su mano a la frente de Yasmín. La ciega lo sintió de inmediato y le detuvo la mano, sin tentarse el corazón, la dobló enteramente, quebrando los huesos de Ludiah Sartdac.

Ludiah Sartdac sonrió y se mordió los labios hasta que le sangraron. Aprovechando la agresividad de Yasmín, puso la palma de la mano restante en la frente de Yasmín, quien abrió los ojos intensamente… el azul que los cubría salió en forma de aura. El aura dibujaba la silueta de una mujer desnuda quien se sentó en las piernas de Yasmín y se acurrucó en ella, haciéndola dormir profundamente.

—Gracias por atender a mis súplicas, Madre Lilith.

Se escuchó un ruido seco… era Ludiah, reacomodando sus huesos.


—Has aprendido bien, Árbol Tsef —dijo Simón—. Creo que no tengo nada más que enseñarte.

—Lo dices porque no quieres enseñarme nada más. ¿Cuánto tardaste con sensei Gorostiza?

Simón se acomodó la boina y el chaleco, se acostó para recargar su cabeza en las raíces del Árbol y no respondió. Miró hacia arriba, donde las luces del sol jugaban a entrar entre las hojas verdes y secas que había en el Árbol.

—¿Sientes eso? —preguntó el Árbol Tsef.

—No.

—¿El niño? ¿dónde está el niño?

Simón se acomodó la boina encima de la cara, no le importaba saber nada más.

—Debe estar jugando a las mariposas en el Cuarto del Jardín —se animó a responder Simón.

—Creo que tienes razón —dijo el Árbol. Los dos callaron y miraron el horizonte.


El niño mago corrió rápidamente en el pasillo, huyendo de la presencia oscura que le perseguía. Se metió rápidamente al Cuarto del Jardín, donde había un sol falso y nubes que más bien parecían pintadas. No había sonido del viento, puesto el Árbol había abandonado esa habitación hacía tiempo, desde que se escondió ahí de polizonte. Se alejó de la puerta y suspiró, no le quedaba más que esperar y tratar de enfrentarle el solo. Se quedó mirando la puerta, que parecía instalada en medio de un jardín sin ningún propósito.

La puerta se abrió y una mujer de piel gris azulada, de cabello plateado y que llegaba a media espalda y un vestido negro que le cubría del cuello a los tobillos, entró sonriendo.

—No vengo a lastimarte. A menos que eso quieras… también los niños tienen esos pensamientos, ¿no es cierto?

El niño mago pasó una mano por su cabello.

—Te sería imposible, súcubo. Cuando nací me pusieron una moneda de plata en la frente.

—Increíble, entonces tendré que hacer lo que tú quieras, ya que no puedo tocarte hasta que me des permiso.

—Lárgate. Conmigo no tienes oportunidad.

El súcubo sonrió y se acercó caminando, su rostro se veía tranquilo y amoroso. El niño dio pasos atrás por cada paso que avanzó Ludiah Sartdac.


Bobby Mindar ladró. Nadie le hizo caso. Buscó con la mirada la pistola de McGonnagal. Se apresuró, alzó su cabeza y la tomó en el hocico junto con las tres semillas del Árbol, aunque éste le ardía por el poder mágico del arma. Buscó el Libro de Mamá Esirasaft, dejó la pistola a un lado y abrió la cubierta de cuero. Con los dientes hizo un agujero donde podría guardar la pistola y la metió ahí. Una de las semillas se deshizo en su hocio, una quedó entera y pudo salvar un pequeño pedazo de la número tres. Acomodó la media semilla y la semilla en el mismo agujero de la pistola y después cerró el libro.

Siguió ladrando, pero nadie le hizo caso.

Y después sonrió, en la única forma que sonríen los rottweilers.


—Simón, el niño. Algo está pasando. Él y Yasmín están silenciosos. ¿Podrías revisar?

Simón prendió un cigarrillo y gritó—. ¡Yasmín! ¿Has robado el alma de un hombre llamado Rafael Arlequín? ¡Era un payaso que lloraba por dentro y le gustaba hacer reír a la gente para no morir de tristeza!

La voz de Yasmín respondió—. ¡Calla cabrón! ¡No blasfemes! ¡Bien sabes que a él nunca pude robarle el alma!

Simón sonrió.

—¿Lo ves? Yasmín está descansando del niño y seguramente lo mandó al Cuarto del Jardín.

El Árbol Tsef asintió lentamente y trató de no preocuparse.


El niño dibujó mariposas en el aire, mariposas violentas que volaron furiosas contra el súcubo gris. Ella se sorprendió en un principio, sin decidirse qué hacer en contra de un remolino amarillo con el número tremendo de mariposas. Se sintió débil y se arrodilló, sintiéndose confundida por el aroma que las mariposas llevaban consigo y el cielo irreal y falso de aquel Cuarto del Jardín.

—No sigue siendo mas que Magia —se dijo Ludiah Sartdac, metió una mano en el muro de mariposas amarillas que se había formado a su alrededor y sacó tres entre los dedos. Las frotó cariñosamente y éstas oscurecieron, se las puso en el cabello, como adornos. Después, alzó su cara al cielo y gritó, destruyendo y dispersando a todas las mariposas restantes.

Ludiah Sartdac dirigió su mirada al frente, donde estaba el niño mirando sin esperanzas a las mariposas amarillas caer, como pétalos de cerezo.

—Me has dado lo que necesito. Ya no tengo necesidad de tí —dijo Ludiah Sartdac.

El niño la perdió de vista y no supo del súcubo hasta que sintió unas uñas oscuras rasgarle el corazón y dejarlo sin sentido. La vista se le nubló, se miró el pecho que estaba sangrando.

—Aquí te quedarás… mi querido. Me costarás un día, pero valdrá la pena.

Al niño mago le temblaron las rodillas y después cayó, con los ojos abiertos y vacíos. El súcubo se arrodilló y puso su cabeza en sus piernas, le acarició el cabello y le cantó una canción de cuna.


Día 77.

Querido Diario:

He ido con Yasmín y la he encontrado dormida. Un aura azul le protege mientras tanto. Nunca te recomiendo lidiar con adivinas, siempre tienen magia rara bajo la manga.

Ante la insistencia del Árbol Tsef, busqué al niño. Al entrar al pasillo, los ladridos del rottweiler se escuchaban fuertemente. Me apresuré a entrar al Cuarto de Trofeos y lo encontré con los ojos abiertos y jadeando espantado. Aún así, su boca parecía como en una sonrisa. Noté preocupado que la pistola de McGonnagal no se encontraba en su lugar. Hay alguien aquí en el barco que todavía no desea mostrarse.

Después me dirigí a los otros cuartos.

Cuando me acerqué al de Beatriz, las máquinas rugieron de una manera potente y escandalosa, con la voz de ella resquebrajando la madera de Mojalnir. No hay duda, es un súcubo escondido. Le grité a Beatriz que se calmara, que me encargaría de ello. Ella no me tuvo fé, siguió gritando la misma pregunta una tras otra vez. Traté de ignorarle, no estoy dispuesto a gastar mi última llave en un regaño.

Me metí al Cuarto de Juegos y éste se encontraba solitario, igual que el Cuarto de Fest.

El Cuarto de los Espejos sigue cerrado con llave.

Fui al Cuarto del Jardín y al abrir la puerta, encontré pétalos amarillos cubriendo el suelo. Un jardín muy a la manera del Árbol Tsef, pintado como un cuadro de Monet. Al acercar mi mirada a los petalos, descubrí que eran las alas arrancadas de mariposas, ¿pero qué demonios pasó? ¿el niño habrá decidido irse? No, no lo creo. El niño trató de enfrentársele al súcubo, eso fue lo que sucedió… el niño no podía estar muerto, pero sí en poder del súcubo. Deberé tener cuidado con lo que vea de ahora en adelante, podría ser la Magia del niño utilizada en mi contra.

Evité el Cuarto del Laberinto, y cuando pasé por la puerta de los Trofeos, escuché al rottweiler que seguía ladrando. Salí a mi habitación y después a la proa, donde me encontré con el Árbol.

—El súcubo tiene al niño —dije yo.

—¿Súcubo? Entonces si fue lo que sentí.

—No duermas sólo esta noche, ven a la habitación. Tendremos que tener cuidado.

El Árbol accedió. Hemos decidido no dormir esta noche.

Y pronto salió el día…
Faltan quince días, con sus quince noches.

Un comentario hasta el momento ↓

#1 DuVeth el 07.16.03 a las 7:58 am

Veo que ya estás terminando de darle vueltas al asunto. Eso de tener ya sólo 15 días restantes mata.

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