En la noche número veinticuatro, Simón Dor durmió profundamente con la esperanza de despertar en el infierno. No fue necesario que despertara porque el infierno le llamó a él en sueños. Era cálido y rojo, con casas de todos los tamaños y todos los materiales, hechas para los que visitaban (y que pronto vivirían en él). Casas para todos los pecados y sus variaciones existentes. Simón Dor caminó en el infierno de manera familiar y rápida, le conocía como la palma de su mano. Sus ojos abiertos y ansiosos, el cigarrillo quemándose más rápido por el calor que emanaba. Las calles fueron recorridas sin lujo de observación y si le preguntaran a Simón, no podría describir las esculturas vivas, ni los demonios de sombras, ni las almas perdonadas para hacer pecar a más almas. A Simón no le importaba eso.
El tercer súcubo, caminó silenciosamente detrás de él y le persiguió con una sonrisa. En el infierno, pensó el súcubo, Simón no tendría oportunidad.
En el barco Mojalnir, el Cuarto de Juegos prendió sus luces. Luces rojas que se asomaban por las comisuras de la puerta. La presencia era tan potente que Yasmín alzó su mirada y olió, era una presencia conocida. El olor a azufre era inconfundible. Sintió la tentación calarle los huesos y la lujuria olvidada hizo que Yasmín apretara las manos a la madera de su silla. Era éL, naturalmente. La vieja hizo algo que no repetiría durante el resto del viaje: se paró de su silla mecedora y caminó hacia la proa. No había rastros del niño mago, ni del Árbol Tsef.
La luna le había seguido, podía sentir el frío que proporcionaba su luz azul. También se dio cuenta que el sol había cambiado de posición, podía adivinar que el sol se encontraba en el centro del barco.
—Espero no se me hayan adelantado —susurró Yasmín, se metió a la habitación de Simón y le escuchó jadear en sueños, empapado de sudor. La adivina se acercó al viejo dormido y le tocó la frente. El súcubo estaba haciendo de las suyas y la presencia de éL en el Cuarto de Juegos no permitiría que Simón despertara tan fácilmente.
Simón entró a la casa que conocía desde años, la única casa que necesitaba visitar en el infierno. En ella, el cuarto de las vírgenes que entrelazaban sus piernas gozosas y jugaban a hacerse cariños en la piel, gemían y jadeaban. Simón se aflojó la camisa y jaló una silla para observarlas, no hacía otra cosa más que mirar a las vírgenes jóvenes con lujuria en la mirada. La última vez que lo había hecho, fue un poco antes de salir hacia el mar de Yunén… y no fue la experiencia más agradable, porque la voz de Beatriz estaba preguntándole constantemente: “¿Dónde estás, Simón?” y ofreciendo una luz para salir.
Simón no había aceptado la luz, pero tampoco había aceptado unirse a la orgía de las jóvenes. Libre albedrío. ¿Quién le aseguraba la seguridad de la luz en el infierno y que no fuera un truco? Siempre podría escapar cuando quisiese, o eso pensaba él.
—Jadean como perras. —dijo Simón—. Y ésta vez, no hay ninguna pregunta que pueda rescatarme.
—Tan aburrida pregunta, ¿verdad hun?
Simón no prestó atención a la voz, ni a las manos que le acariciaron la barba y el pecho. Entregaba su atención a la cama donde las vírgenes jugaban, vírgenes que transformaban sus cuerpos y se traspasaban los poros, como una gran masa aforme que gemía y jadeaba para su divertimento.
—Mi nombre es Zalic Luia y soy el súcubo del reflejo en los espejos. El tercer súcubo que ha de quererte por siempre, hun. ¿No quieres participar? Yo les puedo decir que te quieran un poquito.
—Me gustaría que me quisieran un poquito —dijo Simón tranquilo, como si la sugerencia hubiera venido de su cabeza, no por decisión propia.
—No hay razón para negarlas. No hay ninguna pregunta que te pueda rasgar los testículos.
—Esta vez, no puedo negarlas… míralas, retozando como animales —dijo Simón y se secó el sudor de la frente con el dorso de la mano.
Yasmín se metió al pasillo donde se unían los cuartos y caminó hasta el Cuarto de Juegos, la puerta estaba abierta. Sintió las olas de calor emanando de él y el cuerpo le temblaba como una reacción natural. Avanzó tranquila.
—Bienvenida, mi querida Lilith —dijo una voz, el olor a puro le llegó a las narices.
—No está Simón y el niño insistió en que él era el indicado para terminar la partida de ajedrez —dijo el Árbol Tsef que se encontraba ahí. Yasmín se acercó a él.
En el cielo, la luna y el sol se juntaron e hicieron el primer eclipse de sol. De esa unión, nacería un hombre que estaría corriendo durante toda su vida. Pero esa es otra historia y no corresponde al diario de Simón Dor.
La adivina escuchó la respiración del niño tranquila y dominada, a pesar del calor que hacía adentro. Se encontraba sentado frente al tablero y mirando las piezas. El niño no sabía jugar ajedrez, puesto le faltaba la reyna y los dos caballos.
—Te han engañado niño —dijo Yasmín, mirando con el sentido del Alma—. Pero es natural. éL se vale de engaños y trucos para ganar por siempre.
—Mi querida Yasmín —dijo éL—. No me gustaría que interviniese en éste juego, el niño me ha vendido su alma.
—Has venido a jugar con trampa —dijo Yasmín—. Simón Dor no podrá vencer al súcubo si éste se encuentra en el infierno. ¿Qué le has dicho al niño?
—Shhh Yasmín, el señor éL me dijo que la reina y los caballos, no eran propios de los caballeros como nosotros.
—Eso dijo —agregó el Árbol.
—Un niño, al fin y al cabo —sonrió Yasmín.
Simón se aferró a su asiento. Zalic Luia pasó la lengua por su cuello y le desabotonó la camisa. Simón entrecerró sus ojos sin dejar de observar y cruzó sus manos por encima de su pierna doblada. Se sentía bien de no tener que detenerse ante las vírgenes y las miró un tiempo más. Había tiempo, mucho tiempo, el tiempo de un alma en sufrimiento eterno.
—Jugaré por el alma del niño —dijo el Árbol Tsef—. y también quiero jugar porque abandones éste barco.
—Muy bien, señor Árbol Tsef —dijo éL—. Cómo usted quiera, si me puedo llevar dos almas en vez de una… no habrá sido un juego desperdiciado.
—No seas estúpido Árbol —intervino Yasmín—. Que se largue ya para que Simón pueda abandonar el sueño del infierno. El niño se lo ha ganado solito, se dejó influenciar por los engaños y las trampas. A ti también te podría pasar lo mismo, imberbe sin experiencia.
—Lilith, usted me ofende —dijo éL.
El Árbol miró a Yasmín de reojo.
—Tengo que hacerlo Yasmín. No podemos arriesgarnos a otro sueño así… o Simón no podría terminar lo que empezó.
—Haz lo que quieras —dijo Yasmín y se encogió de hombros.
—¿Blancas o negras? —preguntó el Árbol.
El Árbol Tsef extendió sus ramas hacia el tablero y acomodó las piezas.
—Negras —sonrió éL y volteó el tablero, para que le tocaran las piezas oscuras a su mando.
El Árbol Tsef avanzó el primer peón y se escuchó una risa estruendosa.
Zalic Luia sonrió y continuó sus caricias en el cuerpo de Simón, se ocupó de quitarlo los zapatos, desabrocharle el pantalón que le quitó con los dientes. Simón, en ropa interior, sentía el calor en su misma piel. Se hipnotizó con los gemidos de las vírgenes que le llamaban a participar, sin embargo, no se paraba de su asiento. Sus manos estaban firmemente entrelazadas y sus ojos muy atentos.
—Es hora, te están esperando. Solo te llaman a tí. Hay tiempo, mucho tiempo hun. Acércate y dales un beso, ¿o para qué un beso? mejor mételes lo que quieras. Todas son para tí y todas acatarán lo que tú les digas, así como yo. Escúchalas hun, todas aclaman tu nombre.
Simón despegó sus manos y se sonrió. Miró directamente hacia el súcubo y ella exclamó sorprendida, nadie le había visto directamente a los ojos antes.
—Zalic Luia, ¿es tú nombre?
La súcubo asintió lentamente, las vírgenes detuvieron sus gemidos.
—¿Sabes por qué éL nunca ha terminado un juego de ajedrez conmigo, igual que el vejete de Él?
La súcubo negó asustada con la cabeza. Simón le pasó una mano en la mejilla.
—Porque ninguno de los dos sabe, aunque presuman lo contrario, si realmente van a ganar. Hun.
—Creo que es hora de retirarme —dijo éL—, me llevo dos almas. Aunque el alma de Simón, me fue, en cierta forma, negada. Algo gané al venir aquí, mi querida Lilith. ¿Usted gusta acompañarme?
Yasmín tomó asiento en la mesa de juegos y se echó una carcajada.
—Pues ya que los otros dos se pusieron de sentimentales, me daré mi excusa. Escúchame bien: Juego mi alma por la libertad del alma de Árbol Tsef y la libertad del alma del niño mago. Y también juego con la condición de que ya no intervengas en éste viaje. No de esa manera ruín y tramposa. Tan poco elegante.
éL se rió y le dio una chupada a su puro.
—Como usted quiera. ¿Blancas o negras?
—No hará ninguna diferencia, ¿cierto?
—Entonces me quedo con las negras.
—Me perdonarás, hace mucho que no juego y la ceguera no me ayuda —dijo Yasmín—. Podría cometer alguna torpeza.
—Seré todo un caballero ante una dama de fina intuición y sabiduría.
En el día veintitrés. Simón caminó un largo trecho para regresar a la realidad, a su querido mar oscuro y su adorable barco de madera. Salió de su habitación y miró interesado como el sol y la luna seguían amándose en un eclipse que se observaba entre las nubes que se abrían. El delfín saltaba, tratando de llegar al eclipse y en medio de los saltos, le regalaba risas a Simón.
El viejo saludó al animal y caminó hacia el cuarto de juegos, se quedó en silencio al ver a Yasmín y a éL, iniciando la partida. Se recargó en el canto de la puerta, prendió un cigarrillo y observó sin participar. El niño mago y el Árbol se encontraban de pié, detrás de éL, de manera estática y gris.
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—Te dije que soy torpe —dijo Yasmín y puso una mano pensativa en su boca—. Si tan sólo recordara como se mueven los alfiles.
—Es muy sencillo, adorada Yasmín. Siempre en diagonal, como los clérigos de la iglesia cuando hablan. Nunca te entran de frente, todo lo hacen de manera diágonal… esperando el momento justo para que sus sermones te lleguen por detrás del cerebro.
—¡Gracias por recordármelo! A ver, ¿así?
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—Parecemos reflejo-contrarreflejo con eso que estás haciendo —dijo Yasmín al escuchar el movimiento de éL—. Me confunde lo que haces y también no me ayuda a recordar como jugar el juego.
Simón Dor sonrió y aprobó el plan de la vieja.
—No es confusión, mi querida Lilith —dijo éL—. Es sencilla instrucción. Al emular sus movimientos, seguro usted recordará de manera sencilla, pero no le aseguro la victoria. Entre menos recuerde para mi, mejor.
—No me gusta ésto —dijo Yasmín preocupada—, seguramente ya la tienes ganada. Para mi reservas tus trampas más enigmáticas porque sabes que te soy difícil.
—No te des tanto mérito —sonrió éL y fumó su puro.
Simón Dor creció su sonrisa.
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—¡Yasmín! Pero si has sacado a la reina demasiado pronto. Aunque parece que recuerdas muy bien como se mueve, ya que lo haz hecho de manera diágonal. Las reinas son adorables, porque a diferencia de los alfiles que siempre andan buscando como atinar para confundir caminando diágonalmente… las reinas lo hacen de todas maneras posibles: diagonal, horizontal, vertical y caminan los pasos que sean necesarios. La mujer audaz, que obtiene lo que quiere y utiliza todo para conseguirlo.
Yasmín suspiró decepcionada.
—La verdad es que no sabía como mover la reina, lo que hice fue un mero acto de fé.
Simón Dor se llevó una mano a la boca para aguantar la risa al escuchar tal palabra de la vieja.
éL bufó.
—He movido mi caballo y te diré por qué, tómalo como el consejo de un amigo. Debes desarrollar primero las piezas débiles y guardar a tu reina, tu pieza fuerte, lo más posible.
—Vaya, vaya. Te agradezco la lección —dijo Yasmín y se quedó pensativa, mirando el tablero durante largo rato. éL fue paciente y se fumó su puro, perdiendo su mirada con el techo.
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—¿Jaque? —preguntó Yasmín.
—¿Eh? —dijo éL.
—Y debo agregar que Mate. Jaque Mate. Estoy de testigo —dijo Simón.
—Es cierto que la dama se mueve como quiera para conseguir lo que quiere, ¿no crees Simón?
—Mucha razón en eso, Yasmín.
éL observó el tablero y después se echó a reír, cumpliendo su parte del contrato, liberó al Árbol Tsef y al niño mago. Después, desapareció en una nube de azufre.
Árbol Tsef y el niño mago se miraron y parpadearon un par de veces, cuando hicieron un gesto para darle las gracias a la anciana, ésta se anticipó alzando una mano para detenerles.
—Ni se les ocurra abrazarme, par de cursis estúpidos. Con su permiso, me voy a mi lugar.
Yasmín se levantó de su asiento y se fué. El Árbol y el niño la siguieron con la mirada.
—¡Te ha salvado Yasmín, Simón! ¿No piensas decirle algo? —preguntó el niño.
—Nadie me ha salvado de nada. Me salí del infierno de éL, supongo que es muy pequeño para mí. Vamos a regresar a donde nos corresponde ahora, todavía nos quedan veintitrés días con sus veintitrés noches. Tenemos un viaje que seguir.
El Árbol Tsef y el niño mago asintieron. Salieron, dejando sólo a Simón en el Cuarto de Juegos.
Simón se fumó en silencio su cigarrillo, después salió y miró atentamente el Cuarto del Laberinto y luego su mirada se arrastró a la puerta del Cuarto de Máquinas, donde se encontraba Beatriz.
Tendría que recuperar esa llave, tarde o temprano.
Notas de un lector del diario de Simón Dor:
Acerca de la partida que jugó Yasmín con éL.
Busca la que dice: “Scholar’s Mate”. En un archivo viene “El Mate del Bufón”, un Mate muy sencillo que se hace en cinco jugadas. (Según yo, se llama así, probablemente me equivoque de nombre. Si alguien me corrije, será bienvenido).







2 comentarios ↓
Cuántos súcubos tendrás que enfrentar antes de poder descansar y curar heridas?
(He de investigar de dónde nace esa palabra… mmm)
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Los súcubos, según una antigua creencia judía (así como los golems), son demonios en forma de mujer que roban el alma de los hombres a través de favores sexuales.
Y a Simón, ¿Cuántos súcubos le faltan?
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