Querido Diario:
Hoy en el estado semi-inconsciente, salí de mi cuarto a la proa de mi barco y observé que el árbol de los mil nombres estaba lleno de flores y de hojas y de frutos. Un Árbol de la vida, sencillamente, hermoso. No pude evitar sonreír y luego contagiarme de una orgía de risa por culpa del niño que estaba corriendo de un lado a otro, persiguiendo miles de mariposas amarillas.
Arbol de los mil nombres: Thurionda, Traelomio, Theor
Niño mago: Ninguno de esos es, estás confundido por lo que ves en el mar y por otras palabras. Aunque me gustó el último, ¿sabías que Theor era un centauro?
Arbol de los mil nombres: ¿En serio?
Niño mago: No tan sabio como Quirón o Cairón… era un centauro que quería ser un héroe. A Fest le dio mucho gusto inventarlo, porque era un centauro muy humano
Arbol de los mil nombres: ¿Y no me puedo quedar con ese nombre?
Niño mago: No, porque tú ya tienes uno tontito, y si no lo sigues buscando andarás por toda la eternidad
Arbol de los mil nombres: Oh…
El arbol se meció lentamente y se estremeció al escuchar la risa de Simón
Arbol de los mil nombres: ¿Se está riendo?
Niño mago: Si, y es una bonita risa… es la risa del alma, no de la mente. Lástima.
Arbol de los mil nombres: ¿Qué?
El niño mago no respondió y dibujó un delfin en el aire.
Entonces me asomé al cielo, que estaba puro… sin nubes grises ni soles triste. No, no… ¡Increible! Era el cielo azul cielo. El sol era tan intenso y el calor lo sentía en mi vieja piel como un resurrector. El mar, casi dorado, como aquella agua de los dioses que sólo podía ser bebida en la cornucopia. No podía creerlo, me arrodillé y lo miré y la risa, la maldita risa no dejaba de sonar en mi garganta. ¡El mundo era hermoso! ¡Mi cárcel era lo mejor del universo!
Arbol de los mil nombres: Estás dibujando un delfín que pronto ha de morir.
Niño mago: No, este delfín sobrevivirá… porque Simón Dor ahorita es un Inventor.
Arbol de los mil nombres: No entiendo… Tirandios, Tsofira, Tsefyalangolondos
Niño mago: Casi… casi…, aunque el tercero que dijiste… es excesivamente largo
El niño mago dibujó un delfín con sus dedos y éste, sorprendentemente, saltó a la realidad y después al mar. Me levanté apresurado y corrí al límite del barco para saludarlo con mi mano. El delfín saltó muchas veces y podía jurar que estaba sonriendo con sus millares de dientes, ¡haciendo ruidos! ¡Y yo salté de felicidad! Tan precioso todo…
Arbol de los mil nombres: Sigue riendo, me asusta.
Niño mago: A mi también, pero ya pronto ha de parar.
Arbol de los mil nombres: ¿Se está riendo de nosotros?
Niño mago: No, de él mismo… el delfín se lo ha de enseñar.
Y luego, parpadee. En un abrir y cerrar de ojos, me encontraba de nuevo en éste mar maldito de Yunén, en mi barco Mojalnir. Con el Arbol de los mil nombres marchito y el niño mago en silencio, dibujando cosas que desaparecían inmediatamente. Volví a asomarme y vi que… el delfín seguía ahí, un delfín gris y sin brillo, un delfín triste que estaba peleando contra las colillas de cigarro y los cuerpos inertes para seguirle el paso a mi barco (Y sorprendentemente, lo sigue haciendo).
Miré al niño y al árbol y les grité, les grité tanto: “¿Qué es lo que han hecho, infelices? ¡Tan sólo es un delfin! ¿Por qué tiene que pagar? ¿El qué ha hecho, soberanos hijos de puta!”.
Pero el árbol y el niño, me ignoraron.
Cada vez que miro al delfín… a pesar de lo triste que se mira su lucha contra el mar para estar al paso, me sonríe. Me sonríe como aquella alucinación y sueño que tuve.
Es malo hablar con Dios. Creo que ya no vendrá… en estos treintaicinco días con sus treintaicinco noches que restan.







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