Cuando escriben los muertos I

Sin saberlo se convirtió en morbo y Diana Salcedo olvidó pronto que todo había comenzado por curiosidad.

En realidad, le gustaba leer a todo tipo de gente por medio de los weblogs… no se atrevía a comentarlos o mandarles un mail, ni siquiera le había pasado por la cabeza tener uno. Tan sólo le gustaba llegar a su casa, quitarse las zapatillas y la chamarra, tomar un café (los viernes una cerveza) y abrir las cortinas de su departamento para que la noche la observara de igual manera que ella leía en su computadora.

El primer weblog que leyó fue el de un hombre de su ciudad que daba siempre notitas tecnológicas aunque ese día estaban también anotaciones de sus sentimientos personales. Eso le agradó.

Aquel hombre no comentaba sus sentimientos tan a menudo y dejó de visitarlo un tiempo, entraba tan sólo esporádicamente y le alegraba enterarse del estado anímico de aquel hombre que después de ser el iniciador pasó a ser uno más. Sus noches se convirtieron en un ambiente entremezclado de café colombiano y confesiones en todos los idiomas americanos. Se relajaba en su asiento y leía primero dos, después cinco, más tarde su lista ascendió a diez…

Pero nunca pasaba de un café, la mitad de una cajetilla se consumían entretenidamente cuando leía y jamás dejaba alguno pendiente antes de dormir. Se sentía en conexión con todas estas personas que escribían y al mismo tiempo, se sentía un enlace entre uno y otro. Una cruz clavada durante una tormenta, que ofrecía tender la mano a unos y otros, aunque ellos no supieran de su existencia y a ella no le ocurriera por la mente dejarse ver.

El cuerpo de Diana se convirtió en un receptor de todo tipo de sentimientos cuando ella desconectaba su mente para leer. Mientras sus sentimientos asimilaban una nota triste, no descubría sus ojos llorando. A veces se sorprendía al escuchar su propia risa cuando leía algo que le parecía realmente gracioso y se sintió extrañamente complacida cuando una vez descubrió que tenía la mano entre las piernas cruzadas que se movían nerviosamente en una señal de necesidad erótica.

Hizo de las noches más placenteras al leer, ya no sólo se quitaba las zapatillas, a veces se quedaba en ropa interior para el placer del vecino de enfrente que se escondía en la oscuridad de la noche y de su cuarto (un niño de catorce años que jamás se atrevería a hablarle). Diana entrenó la capacidad de separar su mente del cuerpo cuando repasaba las letras de tal manera, que despertaba de trances sumamente placenteros, con la ropa tirada por la casa y ella recostada en la alfombra con la sonrisa después del orgamo o a veces de rodillas abrazándose así misma, las lágrimas secas en su cara, que habían recorrido el camino entero de las mejillas hasta llegar a su pecho.

Una diversión inocente, pensaba ella. Le hacía sentirse viva.

Hasta que una mañana de sábado encontró cicatrizada en su antebrazo la dirección de un weblog que jamás había visto en su vida. Se llevó una mano a la boca asustada y trató de recordar como había hecho eso y sobre todo, ¿por qué?. No sabía que su estado hipnótico la obligaría a lastimarse a ella misma de tal forma e incluso llegaba a dudar de que ella lo hubiera hecho.

isa1as.blogspot.com —> decía la cicatriz.

La visitó en un estado plenamente consciente y no encontró ninguna pista que le pudiera decir que le había visitado antes. Es más, carecía de sentido y no encontraba el motivo del porque ella misma se hubiera hecho la cicatriz para recordarlo. “La creación de Dios”, “Estoy en un lugar oscuro del cual no puedo despertar”, ateos y no ateos eran cuestiones demasiado filosóficas para ella y por lo general, se aburría con estos temas.

¿Qué tanto había logrado fragmentar su personalidad? ¿Qué tenía que ver este weblog con el recorrido acostumbrado si no entraba dentro de lo que a ella le gustaba leer?

Cambió el ritual de todas las noches, para asegurarse de que su cuerpo no hiciera cosas mientras leía y decidió agregar a Isaias en sus preferidos. De manera nerviosa leía los clásicos y cuando llegaba al de Isaías se decepcionaba porque éste no había escrito nada nuevo. El mismo mensaje contundente, carente de sentido y sentimiento para ella… y aún así lo leía, lo repasaba una y otra vez, tratando de buscarle un camino oculto que le diera alguna pista del que escribía y porque necesitaba tanto leerlo.

El tal Isaias hablaba de la Creación de Dios de una manera muy trivial y a Diana eso le molestaba, ya que siempre había sido cultivada en un hogar católico. Escribía Satán como si fuera cualquier cosa y además, usaba un término que no se le hacía del todo correcto y que le hizo filosofar un poco:

Satán lo que menos necesita son a los áteos, ya que estos promulgaban la no existencia de Dios y para que Satán exista, tiene que haber un Dios. En vez de ateos necesitaba creyentes para poder pervertirles. Entre más pensaba en ello, más se enredaba: un ateo al no creer en Dios y al no creer en Satán, no los creaba, si no los destruía y así no existía una construcción de Dios (Diana se sorprendió así misma, blasfemando de tal forma).

Para crear a Dios, necesariamente debía haber gente que creyera en él, decidió Diana. Mandó un e-mail a Isaias con su opinión y esperó nerviosa la respuesta. Era la primera vez que se comunicaba con uno de ellos.

La respuesta no tardó y era una sóla línea que decía: “Estás equivocada”.

Diana se quedó con los ojos muy abiertos y parpadeó un par de veces antes de responder el siguiente mensaje: “No lo estoy, la existencia de Dios depende únicamente de sus creyentes”.

Isaias un minuto después: “Yo antes creía en Dios y eso no lo hacía existir”.

Diana: “¿Y por qué has dejado de creer en Dios?”

Isaias: “Porque estoy en un lugar oscuro del cual no puedo despertar, ¿quieres acompañarme?”

Diana: “No, gracias”.

Isaias: “Ya tienes los primeros síntomas, a tu cuerpo ya no le importas y tú has de separar tu mente lo suficiente para venir aquí… ¿me pregunto cómo qué vendrás? ¿cómo una golfa sentimentaloide? ¿una activista? ¿un espíritu del viento? ¿cómo qué vendrás?”.

Diana no respondió el último e-mail y se dio cuenta que ésto había llegado demasiado lejos. Apagó su computadora y se fue a dormir.

En la mañana del domingo, sus sábanas estaban llenas de carmesí, como si alguien hubiera derramado un bote de pintura. Se levantó asustada, tenía cicatrices en sus piernas que decían: “Ya déjalo ser”, “Estamos al borde”, “Tu cabeza está flotando”. En el mueble cercano a su cama estaba un abrecartas lleno de sangre. No había otra respuesta, ella misma se los había hecho y empezó a llorar. Ya no podía controlarlo, tenía que hacer algo.

Más cicatrices: “En el aire”, “La creación de Dios depende de tí”, “Está muy oscuro aquí”, “Ven y acompáñame”.

Diana salió de su habitación y se dirigió directo a la computadora, entró al weblog de Isaias y no supo lo que sucedió después, tuvo la sensación de ser tragada y no observó como su cuerpo cayó inerte al piso.

Estaba en un lugar oscuro del cual no podría despertar. Y no sería la última… sería la primera de muchos.

4 comentarios ↓

#1 NuEz el 06.05.03 a las 9:20 pm

ah, no te pases… esto de los muertos te quedo tremendo :chillon:

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#2 DuVeth el 06.06.03 a las 9:33 am

Ya extrañaba tus narraciones. Cuentos extraños que transmiten sentimientos a su vez extraños y que me hacen pensar en lo recondito que escribe para mi… o al menos para ser leido por entes como yo. Que leen y devoran aquellas historias fuera de lo cotidiano.

Y el detalle de haber creado el blog de Isa1as fue maravilloso. (aunque me sucedio el raro caso que no pude seleccionarlo correctamente.. sino como hasta el quinto intento.. parecia que el mouse apuntaba a un lugar diferente siempre que lo intentaba).

Je….

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#3 Steppen Demon el 06.06.03 a las 2:41 pm

:coyoacanense: Ya solo nos falta el antiguo diseño.

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#4 arboltsef el 06.07.03 a las 11:46 am

a mi también me sucedió lo mismo en explorer, DuVeth… ¿quién sabe? ¿Tal vez sólo escribí algo que en realidad está pasando y me usaron como usaron a Diana, en un trance?

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