La fama de la primera victoria del coronel Killian se extendió a viva voz ese mismo día entre todo el Ejército y hasta la ciudad de Jaramillo. Al día siguiente, en los bares se hablaba de él como la nueva diversión y los reporteros se agolpaban a la entrada de la reja militar para buscarle. Todos se preguntaban con quien sería el siguiente duelo, excepto el mismo coronel, que había adquirido el hábito de limpiar su rifle con el mismo cariño que El General acariciaba a la pistola de Villa.
—Ven a la cama, has estado limpiando ese rifle desde que ganaste. ¿No viniste a gozarme? —dijo Amelia, la prostituta pelirroja que todos pensaban había dado un beso fatal a Rutilio y ahora nadie la quería más que el coronel. No le auguraban una victoria después de mirarlo encerrarse con ella.
—Paciencia —dijo Killian, observó el cañón del rifle y notó que sus ojos se reflejaban fielmente, de manera extraña el resto del rostro no lo veía claramente. Se olvidó de ello y miró a Amelia—. Ya está listo, hace tiempo que no toco a una mujer, tendrás que enseñarme como se hacía.
—Lo que digas, mi coronel —dijo coquetamente Amelia—. A tu disposición estoy. Nada más no quieras hacer como El General con tu rifle.
Killian alzó la vista interesado, dejó el rifle aun lado y puso la gabardina en la silla. Amelia le esperó desnuda y lo siguió con la mirada. Killian se quitó el saco, la playera y los pantalones, dejando en claro su hombría ante ella.
—¿Y qué hace ese cerdo con su pistola vieja?
—No es como la tuya de carne que me platica de placeres, la del General es como un presagio de muerte. La utiliza para coger porque dicen que no se le para el pito y la dispara para matar cuando se da cuenta que ya no es hombre, sino un cerdo.
Killian sonrió con el comentario, se sentó a un borde de la cama y acarició el tobillo de Amelia, sus dedos subieron a su pantorrilla y bajaron, en una curiosa caricia continua.
—¿Ah sí?
—Sí, pero tú me puedes salvar de eso, si tú como Coronel me reclamas como tu puta.
—Hasta tus ojitos te brillaron. Quieta, déjame a mi descubrirte. ¿Cómo piensas que voy a comprar la mercancía si no me dejas manejarla?
—Pensaba que no sabías como tocarme —dijo Amelia, se mordió el labio cuando la mano de Killian alcanzó su muslo y se encerró como una garra absorbiendo el calor de la piel. Ella extendió sus manos para tocarlo pero él se las apartó con un gesto. Ella juntó sus manos y las dejó descansar en sus pechos.
—De veras que no se —dijo Killian inocentemente—. ¿Cuántas veces le has pertenecido al General?
—Dos veces me obligó a jugar su juego —declaró Amelia, le costó trabajo hablar cuando Killian llegó a su punto sensible, le agradó saber que esas manos, grandes y delgadas eran tan cariñosas con ella como lo eran con el rifle—. Tus manos son especiales coronel.
—Sígueme diciendo. ¿Qué más hacía el General?
Amelia movió las piernas como si nadara en aguas suaves, sus labios bebieron agua ficticia y cantaron como sirena por las caricias. Sus pechos se hicieron corales y su vientre un volcán marino dormido que era despertado. Platicó los juegos del General con una excitación que hasta ese momento era visible, se dejó caer en un abismo que aumentaba dentro de ella gradualmente.
—Desde que se fue La Muda —dijo Amelia entre jadeos—. Ya no le agrada ninguna mujer. Como que se le cayó el pene y se la pasa limpiando su pistola. Chucho Domínguez le habrá tirado la oreja, pero La Muda le tiró otra cosa.
—Pobre General —sonrió Killian y luego preguntó bromeando—. ¿Darías el ancho para ese rifle?
—¿Dices en serio? Yo haría por ti lo que fuera mi coronel. Por ti sí.
—Yo estoy joven, no necesito ayuda de nadie. Mi rifle y yo matamos sombras. Pero a la hora de coger, soy yo solito. ¿Espero eso no te desagrade?
—No mi coronel, me alivia. El pistolón que trae ahorita es más que suficiente para su humilde servidora.
Killian rió con el comentario, ya le estaba agradando el Ejército. Amelia también rió juguetonamente, dejándose llevar por el placer de aquellos dedos gentiles acostumbrados a matar.
Al salir del prostíbulo con Amelia pegada a él, creyeron que era otra profecía de muerte. No notaron los ojos de Amelia llenos de cariño, diferentes a cuando miró a Rutilio, que se ocuparon de arreglarle la gabardina beige y la boina negra. Killian despidió a Amelia en el campo militar número dos, antes de entrar al círculo de gis, con un beso en los labios y esperó de nuevo en el poste. En ese momento, un soldado corpulento de piel blanca y tan dura como piedra se le apareció y gritó hacia la torre, donde El General, Von Lurendberg y La Dama Fortuna observaban el espectáculo.
—Mi coronel Killian, queda usted informado ante nuestro poder máximo militar que usted está retado a un duelo y forzado a cumplirlo hasta que uno de los dos quede sin disponibilidad para continuarlo. A salvo que mi General o nuestro gobernador máximo, Von Lurendberg, estén indispuestos a concederlo queda usted libre de este duelo.
—¿Cómo se llama Cabo? —preguntó Lurendberg, desde lo alto de la torre.
—Telésforo Mendoza, señor.
—Tanto yo, como El General, conceden el permiso.
—¡Sí señor!
Killian observó inseguro el tamaño del hombre, que era alto y fornido. Pensó con gran certeza que esa batalla estaba arreglada y esperaba que venciendo a Telésforo no le encontraran uno más grande. Acarició el cuchillo en su cinturón, esta vez si lo necesitaría. Un teniente diferente al de ayer, anunció el segundo duelo.
—Es así como yo, el Teniente Mario Romero, doy inicio a este duelo con todas las condiciones cumplidas. ¿Están de acuerdo los contendientes? —dijo para finalizar un teniente alto, delgado, moreno y sin dos dientes frontales. El hombre tenía una sonrisa cínica. Killian apostó que la sonrisa le daba el conocimiento del mundo.
—¡Sí señor! —gritó Telésforo Mendoza. Killian sacó el cuchillo y sin dudarlo lo lanzó hacia una de las piernas de Telésforo, cuando vio que el cuchillo se partió en dos sin tan siquiera rasgar la piel, fue cuando se preocupó.
—¡A morir!
Telésforo rugió como una bestia, sacó su propio cuchillo, se lo comió y empezó a masticarlo. Killian miró de reojo a Amelia que había puesto sus manos en la boca preocupada. El coronel entonces llamó el poder de las sombras y de nuevo, este era inefectivo contra la enorme masa musculosa que estaba frente a él. Los militares y dos reporteros invitados, obviamente, gritaban eufóricos.
—Tu mamá seguro que te alimentó con muchas papas —dijo Killian, buscando enfurecer al gigante. Lo observó detalladamente buscando los puntos débiles—. Y te dio a rezar muchos salmos, porque no veo la forma de vencerte grandote.
—¿Está el coronel declarando que ha perdido? —preguntó El General desde la torre, su sonrisa era burlona y claramente maligna.
Telésforo Mendoza se ocupaba en rugir y gritar para alzar los ánimos del público, Killian continuó mirándolo, se acercó rápidamente y le dio una patada entre las piernas que le hizo temblar todo el cuerpo. Telésforo Mendoza se rió ante el intento de aquél hombrecito y le agarró del pie, después lo alzó y lo aventó con una facilidad que provocó un silencio y luego un nuevo rugir del público.
Amelia se sintió culpable por no avisarle que las tenía de acero.
Killian fue arrastrado por el impacto hasta el poste donde solía esperar el duelo y chocó contra el de frente. Se agarró las costillas y casi pudo jurar que se le quebró una más.
—Si mi General se consigue unas sorpresitas —alcanzó a decir para que el público escuchara y riera colectivamente—. Ya se sabe el dicho ese, que está más que quemado por el tiempo. Entre más grandes, más duro caen.
El General aplaudió desde su asiento.
Killian hizo un esfuerzo por no mostrar el dolor que le consumía el vientre y se levantó. Telésforo Mendoza se acercaba a él con una seguridad admirable.
—Te destruiré con mis manos —dijo Telésforo Mendoza.
—Yo he matado gente con tan solo verles la sombra, grandote —respondió Killian—. Y todavía me quedan muchas costillas.
—No se fíe de eso.
Killian se hizo aun lado cuando Telésforo se le aventó rápidamente, pero no evitó un golpe que le dio con el revés de la mano al no moverse lo suficientemente lejos. Rodó en el piso y sin fijarse su mano recogió la mitad del cuchillo con filo. Gruñó de dolor al sentir el corte en su mano y la sangre caliente correr por su brazo. Telésforo lo alzó sin aviso y con un abrazo empezó a apretarlo y ahora Killian supo con certeza que las costillas amenazaban con romperse.
—Tengo que agradecerte grandote, porque me has enseñado como pueden sentirse los huesos rotos.
—Lo que tenía, mi coronel, solo eran moretones. Ahora disfrute el sonido de los huesos al romperse. Al coronel Killian le costaba trabajo sostener el filo del cuchillo, le escupió a Telésforo en la cara y este se distrajo, antes de que pudiera responder con un apretón que hubiera matado a Killian, el coronel metió ágilmente el filo del cuchillo en la oreja del gigante y lo empujó hasta que sintió que el cráneo crujió. Killian pudo soltarse cuando el gigante relajó los brazos y se quedó con la mirada en blanco y su boca echando chorros de sangre. Sin embargo, el cuerpo no cayó hasta el día siguiente que se sintió un temblor en la noche.
—Son grandotes y con poco cerebro, mi General —sonrió Killian y la ovación fue estruendosa. El General continuaba sonriendo siniestramente, para sorpresa del coronel, que se arrodilló para descansar y le permitieron a Amelia llevárselo a su cama para curarlo.
Taxi golpeó el mueble enérgico con la palma de su mano y se levantó de un sillón.
—¡No es posible gobernar al pueblo y darle gusto a cada uno de sus habitantes! —exclamó—. ¡Y te lo digo como experiencia que tengo de cuarenta años de funcionario público! El pueblo es una masa enorme a la que le gusta ser zarandeada y presumida, prostituyen palabras como dignidad y soberanía porque les gusta escucharlas y cuando un gobernador las dice, les callas la boca. ¡Le pones una correa a las masas y las paseas como un perrito! Es sencillo enseñarles cuando despertar, cuando comer, cuando trabajar y cuando cagar. Y te voy a decir una cosa, esa es la forma más sencilla de gobernar y también la más redituable, forzar la conciencia, la maduración y dar constancia del poder. Debemos recordar que la voz de uno no importa y que la voz del gobierno es todo. ¡Así es como funciona un pueblo! Y pueden hablar lo que quieran por lo bajito, pero a la hora de pararlos en un podium, ¿tú crees que alguien alzará la voz? No es cierto, porque es más cómodo aguantarse y recibir lo necesario.
Matías tiró la ceniza de un cigarrillo en la alfombra y alzó una mano como para pedir la voz. Boyselle lo miró molesta, pausada acarició a Pompadour, quien lo resintió con un maullido.
Alicia miraba por la ventana a la anciana ciega y al domo construido en algún momento de la noche. Vestía un camisón de seda que en algún pasado le perteneció a Boyselle, era gris oscuro, a diferencia del camisón que le había prestado a La Muda, que era gris claro. Los hombres seguían usando sus antiguas ropas con las que habían llegado, exceptuando por Jonás y Ezequiel, que llevaban sacos, camisas y pantalones del difunto esposo de la condesa.
—Señor, es verdad que es imposible darle gusto individualmente a los habitantes —respondió Matías, Ezequiel asintió desde su asiento—. Lo que yo quiero recalcar es que si es posible darle gusto a la mayoría, es por eso que existe la democracia. Una ciudad como Jaramillo, no es un modelo político estable en primer lugar, porque nunca existió un sentimiento nacional y en segundo, porque en esta ciudad de porquería pasan cosas muy raras. Yo ponía como ejemplos a los grandes países del mundo, como Francia o Estados Unidos, que a través de una serie de lucha de clases sociales han logrado su independencia y así mismo, han alcanzado una democracia y una madurez nacional. A lo que yo quiero llegar, señor, es que una dictadura como el risorio socialismo que se construyó en los orígenes de Jaramillo es inestable por la falta de sentimiento de pertenencia del individuo, y por la falta de gobernantes capaces que están conscientes que hay que darlo todo por el pueblo y su bienestar. ¿Pero qué es lo que sucede en nuestros queridos países latinos? A qué nos dedicamos a hacer un show de la política, y a nosotros se nos ha educado como perritos a seguir los shows de los gobiernos, a correr tras el que grita más fuerte y nos exclama que es el cambio o la promesa del futuro. Es cierto que su padre consiguió la entrada de las fábricas, la tecnología y la educación científica. ¿Pero dónde queda el sentimiento cívico? ¡No estamos educando a nuestros niños para que hagan crecer su identidad nacional! Se les educa para ser obreros, campesinos, burocráticos y cuidarse las espaldas, para defender su mediocre lugar y no la aspiración de los sueños y sobre todo, que trabajen para cumplirlos.
—Matías, lo que propones es cambiar enseñanzas —interrumpió Ezequiel, La Muda se acercó a su sillón, se sentó aún lado y se recargó en él, le gustaba escucharle hablar porque no adornaba palabras—. Y son enseñanzas que llevan más de trescientos años de antigüedad. Aunque no estoy de acuerdo con los modos del señor Burgos para educar a la gente, hay cosas rescatables como la educación de ciencias y las fábricas. Lo que se necesita es disciplina y actitudes, si no tenemos un espíritu como país entonces hay que buscarlo y enseñar a los niños a buscarlo.
—Y que aprecien el trabajo de su tierra —dijo Jonás, que tomaba café en una mesita alejada y se dedicaba sencillamente a escucharlos. Ezequiel le dio la razón con la mirada.
—Exacto. Estoy de acuerdo que muchos de nosotros tenemos símbolos que representan a nuestra nación, ¿pero cuántos en serio los queremos? Si los símbolos no sirven, es hora de enseñar lo que tenemos en nuestras manos y podemos hacer crecer. Nuestro trabajo, por ejemplo, nuestra tierra, nuestras aguas, nuestros animales. Es lamentable que los extranjeros aprecien más de ello, que lo que nosotros mismos, que fuimos preparados para trabajar y no encariñarnos con el fruto de nuestro trabajo. La falta de ese amor es la culpable de que no resurjamos como potencia. Es cierto que la política es un show, los he visto exclamar airados los antiguos errores del pasado, eso ha sucedido en Jaramillo y apuesto que en su momento, en todos los países del mundo. Pero no son los errores del pasado los que nos han de rescatar, la enseñanza de estos como historia está bien, ¿pero cómo presente? Como presente es inútil porque nos obliga a arrodillarnos y llorar lo que nunca protegimos hace épocas atrás. Es fácil entregarse a ese grito cómodo de justicia y dejar que nuestra tierra se marchite de sed.
Alicia escuchó palabras similares que enfrascaban la discusión en un círculo vicioso, empezaba a entender porque Arlequín y Yasmín evitaban su participación. También entendía los breves comentarios de Jonás, que en un principio se le hacían brutos, Alicia comprendió que eran breves espasmos de su sabiduría humilde. ¿Cómo eran capaces un adolescente, un ex-militar y un gobernador caído de enseñarle a alguien que fue traicionado por su propio país con el calor y la poca compasión día tras día? Alicia no soportaba escucharlos más y salió de la casa a hacerle compañía a la Vieja Bruja.
—Me da gusto verte por aquí niña. Están a punto de llegar los segundos mensajeros, sólo esperemos que no sean los perros —dijo Yemita.
Alicia se sentó en las escaleras de la entrada y guardó silencio.
—Yo tampoco los aguanto mucho tiempo. Son insoportables cuando entran en ese fervor que solo roba energías que deberían estar empleando para trabajar en algo.
—¿Y por qué no estamos trabajando? —preguntó Alicia curiosa—. Lo que sea para matar el aburrimiento y no escucharlos.
Yemita sonrió.
—Estamos esperando y descansando, las energías que estamos ahora ahorrando han de servirnos pronto en un futuro. ¿Dónde está el Payasito?
—En su cuarto, descansando. Dice que le duele el pecho.
—Seguro la resbalosa de la condesa ya fue a mimarlo.
Alicia miró el imponente domo que se alzaba en el centro de la calle que dividía el pueblo de Puerto Octay, miró que el esqueleto de madera del edificio estaba perfectamente armado.
—¿Quién lo hizo?
—Natura, ella se ha puesto de nuestro lado. La Ciudad nos ha mandado a sus animales a buscarte, pero los animales son difíciles de controlar. Excepto por los perros que viven en las calles, ellos son traidores y están demasiado viciados por el aire corrupto. Espero que sean los últimos. Me dicen que sabes los idiomas del mundo, ¿es cierto?
Alicia jugó con su pie y la madera de la escalera.
—Sí, es cierto —respondió al fin.
—¿Y los idiomas del espíritu también?
—Sí, también.
—Me agrada mucho saberlo, entonces debes conocer al Señor de Todas las Respuestas.
—Lo vi una vez, poco antes de llegar a Jaramillo.
—Ya tendrás tiempo de conocerlo, o tal vez no. No tienes a nadie que te enseñe a ser una Sanadora de Almas y yo estaré poco tiempo como para quitarte la terquedad y la soberbia de tu sangre falsa. Será mejor que nunca aprendas.
Alicia miró a Yasmín con enojo, en alguna parte había sido herida.
—Ya, ya. Cuando crezcas y te hagas pasita como yo, entenderás que tengo razón. Ahora cállate, ¿escuchas lo mismo que yo? Vete a la casa, ya vienen los caballos, son tantos que la tierra se alza por sus pisadas a lo lejos, un remolino de aire los cuida y los protege. Vete ya, que no te vean, más vale no tentar la suerte.
Alicia obedeció y Yasmín esperó silenciosa, se sentían las vibraciones en la tierra, escuchaba los cansados relinchidos y la tierra acostarse sobre sus majestuosos lomos. Eran caballos puros, que al entrar a Puerto Octay, los fantasmas se metieron a sus casas y miraron fascinados como se acomodaron en la parte frontal de la casa de Boyselle, llenando casi por completo el enorme domo esquelético de madera.
—Fuimos enviados y al llegar aquí entendimos que no es nuestro asunto —dijo un caballo negro con un diamante blanco en la frente, era el más grande, noble y veloz de todos. Bajó su pierna y se inclinó ante Yasmín—. Intuimos que algo bueno está sucediendo y queremos ayudarle, venerable anciana.
—Pidan ayuda a ardillas, conejos y mapaches —dijo Yemita—. Y tráiganme cuerda. Refuercen este gran domo en el centro de la calle para hacerlo el más seguro sobre la tierra. ¿Puedo tenerlo para mañana antes de las seis de la tarde?
—Así sea venerable anciana —dijeron los caballos y salieron cabalgando todos juntos de Puerto Octay hacia las praderas de Jaramillo. Al irse el último, Yasmín se meció suavemente, con la brisa.
—Ya sólo quedan tres, mi coronel —dijo Amelia, exprimió un trapo y limpió las heridas del pecho de Killian con sumo cariño, él gruñó de dolor pero se aguantó hasta la última caricia. El cuarto de Amelia estaba oscuro, iluminado de azul por luz de luna.
—No creo que venga uno más difícil que el anterior —dijo Killian, Amelia se volteó a mirarle y se le quedó mirando durante un largo rato. Killian se extrañó.
—¿Qué pasa?
—Creí ver unas manchas en tu cara, deja te paso un poco de ungüento.
Killian alzó los ojos y se esperó a que Amelia revisara en sus cajones, su ropero y debajo de la cama, cuando lo encontró, le untó un poco en el rostro y después en el cuello, bajó a su pecho. Killian sintió una rara sensación de alivio.
—Severa nos hizo este ungüento especial, cura las heridas más rápido, lástima que mataron a Severa. Era una india muy sabia. A las putas nos maltratan muchos, me alegra haberme encontrado con un coronel que solo mata con su rifle cuando lo tiene en sus manos.
El coronel miró a las sombras moverse, se hizo una pregunta y dirigió el poder de las sombras hacia la sombra de Amelia, le fue inútil, también estaba protegida.
—Me has acariciado sin tocarme —se levantó Amelia espantada—. Fuiste tú, estoy segura. Una oscuridad en ti, sentí un viento negro acariciando mi corazón.
—Son las sombras, acabo de descubrir que no puedo matar con ellas —dijo el coronel indiferente—. ¿Vendrán reporteros mañana?
—Si mi coronel, te has vuelto muy famoso en todo Jaramillo —Amelia se acostó a un lado de él suavemente y le acarició el pecho—. ¿Por qué me acariciaste así? ¿Me iba a matar mi coronel?
—No lo hubiera hecho, solo estaba pensando si era posible.
—Mi coronel, puedes hacer lo que dispongas de mi, soy tu sierva. Si mi vida no vale lo que tu poder de sombras, hubiera entendido perfectamente mi muerte.
—Eres extraña Amelia —dijo Killian adormilado—. Y eso me agrada.
Amelia acomodó una pierna encima de las de Killian, su muslo rozaba los muslos de él. Su mano, como una serpiente, se arrastró sigilosa hacia el vientre, buscando debajo de la sábana donde se encontraba otra serpiente con la que quería pelearse.
—No te atrevas, no te he dado permiso.
—Mi coronel, sólo es tantito. Alimente a su humilde servidora el día de hoy, déjela disfrutar su trabajo de prostituta con usted. Sólo con usted.
—Nada más mano, debo estar fuerte mañana —susurró Killian, y sus murmullos pronto se transformaron en respiraciones ruidosas que urgían que Amelia trabajara lo que más le gusta.
La Muda se levantó a las dos de la mañana y escuchó el trabajo de los animales en el domo, se asomó por una ventana del segundo piso, donde estaba el cuarto de todos y se asombró al mirar la concurrencia de animales que amarraban cuerdas en los postes del domo. Se dedicaban sin descansar y cuando uno caía, le reemplazaban dos. Y abajo en las escaleras, estaba Yasmín sentada, escuchándolo todo para vigilarles con sus oídos.
Recordó cuando Arlequín salió de la habitación con su rostro pálido, él había visto en la Vieja Bruja algo que los demás no debían conocer. Le mintió para que salieran a recibir a los elegidos. A la Muda le dio un cierto gusto al ver una cara conocida, la de Ezequiel, él había sido un teniente que jamás la había pedido por ser amigo de Chucho.
Pensó en Ezequiel y mientras pensaba en él, su cuerpo la llevó a la entrada de su habitación. Al descubrir que una fuerza interna la había llevado ahí, se decidió a no traicionarla. Lo escuchó sollozar y mencionar algo de un fénix que no respeta tiempo. La Muda se llevó una mano en el pecho y estaba decidiéndose entre interrumpir el momento o dejarlo ser.
Escuchó unos pasos pesados en las escaleras, ahí estaba Yasmín. La Muda se exaltó al mirarla con su rostro de piedra visible aún en la oscuridad de los pasillos.
—Deja de hacerte pendeja —le dijo Yasmín y después se quedó ahí en silencio, se volvió superflua en el ambiente. La Muda sin dejar de observarla y con temor evidente, giró el picaporte de la puerta. Los sollozos se apagaron de repente.
—Entra ya, es lo que quieres —sonrió la Tía Yemita. La sonrisa buena que le había dicho una vez. Esa sonrisa no tenía nada de bueno, pensó La Muda, era una faceta más de la piedra en la que se había convertido. A pesar del miedo y obedeciendo al instinto, dejó a Yasmín plantada en el pasillo y entró a la habitación de Ezequiel Montes de Oca.
La Muda esperó la risa de la Ciega que nunca vino. Miró con ansiedad adentro y lo encontró recargado en el borde de la ventana, con el pecho desnudo y sus pantalones puestos. La luna lo hizo triste y pudo ver el sudor de miedo brillando como rocío en las flores.
—No soy él —dijo Ezequiel.
La Muda no pudo evitar acercarse más, sus pies ligeros la llevaron a tomarle la mano y acariciarse con ella la mejilla, besó sus dedos y luego besó sus lágrimas cuando estas voltearon a verla.
—No soy él.
La pareja se miró a los ojos y después se besaron y se amaron con la frescura del viento y la frialdad de la nieve, que cuando es muy fría quema la piel y su frío deja marcas como las de los dientes, descubrieron secretos entre caricias y se contaron más a besos, aprendieron la forma de amar de los animales y de los humanos persiguiéndose ansiosos, el camisón de la muda se deshizo y se rehizo como tantas veces pudo ser posible hasta que les llegó el alba. En el momento que ellos cerraron sus ojos para descansar sus cuerpos, Yasmín escuchaba otra etapa finalizada de la construcción de un sueño.
El duelo número tres llevaba más público que el esperado, había más reporteros y gente de la ciudad, especialmente invitada, presentes. Killian esperaba donde siempre, con el doble de vendas ahora en el cuerpo, fumaba un cigarrillo y le dolía cuando se reía. La escopeta se encontraba recargada en el poste igual que un espectador más.
El ungüento de Severa funcionó a la perfección, cuando Killian descubrió que una de sus tantas costillas rotas ya no lo estaba. Se sintió con suerte, a este paso le quedaría una para el duelo final.
Miró al General, a Von Lurendberg y a La Dama Fortuna en su mismo lugar de siempre, allá en la torre y les dedicó un saludo con la boina negra. El General como siempre lo regresó entusiasta.
—¿Ahora con quién me toca?
—Puede ser quien sea —respondió el General encogiéndose de hombros.
—¡Qué más da! ¡Tráiganme el mundo entero!
Mientras que esperaba dieran las seis, Killian desplegó el poder de sombras entre los militares, recibió la misma decepción acostumbrada y después se alegró al ver que uno de los reporteros cayó muerto. Lo intentó con uno de los ciudadanos invitados y también cayó muerto. Al público no le importó y se anotó como causa de muerte falta de oxígeno por la gran acumulación de espectadores.
—No nos quiera dejar sin gente que adora el espectáculo, Coronel Killian —le advirtió Von Lurendberg. Killian le hizo una reverencia y le guiñó el ojo.
—Perdóneme usted su majestad gubernamental.
Von Lurendberg rió y fumó de su puro. Dos tenientes llegaron, uno se detuvo a un extremo del círculo de gis y el otro avanzó hasta el centro. Killian observó que los dos tenientes tenían aproximadamente la misma edad, uno de ellos tenía un parche en el ojo, un bigote y se quedó con la idea que sería el certificador del duelo al verle la pata de palo, su rostro era cuadrado y endurecido. El otro se quitó la boina y dejó ver su cabello rapado entrecano, tenía cierto aire español, por su nariz y sus ojos melancólicos. Se fijó en sus manos que denotaban trabajo y sus ojos que decían que preferiría estar en otro lugar.
—Usted está lleno de sorpresas, mi General. Los dos parecen oponentes formidables. ¿Quién es quién?
—Mi coronel Killian —dijo tranquilamente el teniente de la pata de palo—. Queda usted informado ante nuestro poder máximo militar que usted está retado a un duelo y forzado a cumplirlo hasta que uno de los dos quede sin disponibilidad para continuarlo. A salvo que mi General o nuestro gobernador máximo, Von Lurendberg, estén indispuestos a concederlo queda usted libre de este duelo.
—¿Está tan desesperado que me manda lisiados General? —preguntó Killian en voz alta, el público en general se echó una carcajada. El General se limitó a sonreír desde la alta torre y comentó algo a Von Lurendberg que hizo asentir a ambos hombres.
—El General y yo concedemos el duelo, ¿cómo se llama teniente?
—Arnulfo en las Rocas, señor.
—Genial, hasta apellido de bebida tiene —susurró Killian, el teniente del parche y la pata de palo no se ofendió por el comentario y esperó a que el teniente español certificara el duelo.
—¡Atención, Ejército! —gritó el teniente español—. Estamos aquí reunidos para presenciar el duelo entre el Teniente Arnulfo en las Rocas y el Coronel Homero Killian. Está en nuestra fe de testigos darle la legalidad correspondiente a este duelo y observar que cumpla con todas las reglas, según lo estipulado en el código militar: artículos dieciocho, diecinueve, veintitrés y noventa y dos. Está en nuestro deber apoyar a nuestros compañeros a que se resuelvan sus diferencias de manera eficaz y pronta. Es así como yo, el Teniente Jorge Carrillo, doy inicio a este duelo con todas las condiciones cumplidas. ¿Están de acuerdo los contendientes?
—¡Sí señor! —gritó Arnulfo e hizo el saludo ruidoso con la pata de palo. El coronel Killian le imitó y le sorprendió la frialdad con la que Arnulfo se tomaba el duelo.
—¡A morir! —exclamó el español y se perdió en la audiencia.







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