Padre Taxi. Capítulo 8: “Mensajeros”

Este post es parte de una serie, llamada “Padre Taxi”. Anotación 8 de 15


¡Me han robado el alma del niño! ¡Killian! ¡Nos lo han robado!

Killian se incorporó y abrió los ojos, estaba cómodo, sentado en una cama de un cuarto que desconocía por completo, era una cuarto sencillo, con muebles simples y colores opacos. Su cuerpo estaba limpio y olía a loción, se pasó una mano por el rostro recientemente afeitado y se extraño por no tener su barba, su cabello también había sido cortado, paso una mano por este sintiendo el cosquilleo del cabello corto.

Cerró los ojos y se tapó el rostro con sus manos, hizo un esfuerzo por recordar la noche anterior, tenía una herida en la mejilla que le importó poco. Tenía una molestia en el vientre que pronto creció a dolor si se movía mucho. Se dio cuenta que llevaba una venda que le rodeaba las costillas.

—¿Dónde estoy? —se preguntó en voz alta, había luz natural.

Estás con Lurendberg, ¿no recuerdas nada?

—Poco realmente —mintió Killian, lo único que recordaba con claridad era el olor del puro.

Nos robaron el alma del niño, ¿a él si lo recuerdas?

—¿Al del Principito?

No, al del saxofón. Nos lo robó alguien, una perra que camina en sueños, ella vino sin aviso al mundo de sombras y lo sacó a la luz, cuando intenté recuperarle el niño ya estaba demasiado lejos. No pude Killian, no pude yo solo. Después empezó con la maldita canción de nuevo, una canción que se ha vuelto espantosa porque ya tiene voz. No pude enfrentarla y jalar del nuevo al niño a las sombras. Tuve que huir.

—No te imagino huyendo —susurró Killian, sentía un terrible dolor de cabeza—. Perdóname por no estar contigo Guía, prometo buscar a los culpables y hacerles pagar.

Sí Killian. Tengo que irme un tiempo, se que estarás bien sólo. El Hombre sin Rostro y yo somos amigos Killian, él ha de cuidarte.

—Sí, está bien —respondió Killian sin pensarlo. Poco recordaba del Hombre sin Rostro. Se levantó de la cama y miró que en una silla había ropa nueva, color verde oscura y unas botas de casquillo aún lado. Recargada en la silla se encontraba su escopeta y en un perchero aún lado de un librero estaba su vieja gabardina. Killian se vistió con la ropa nueva que era de militar, en su saco militar llevaba insignias las cuales desconocía totalmente y en su hombro llevaba un parche con el logo del Ejército. Entre su ropa encontró un cinturón especial de piel negra donde podía acomodar el rifle, eso le agradó.

—La muerte escondida —susurró, esperó la respuesta de Guía pero nunca vino—. De verdad me has dejado solo.

Cuando terminó y se miró en un espejo de cuerpo completo, sintió que faltaba algo. Pensó que era la gabardina, caminó por ella y al ponérsela se tranquilizó, regresó al espejo y todavía le faltó algo.

—¿Qué han hecho con mi sombrero? —se preguntó Killian. Caminó hacia el ropero y lo abrió, dentro habían varios uniformes iguales. En la parte inferior había por lo menos cuatro pares de botas y en unos ganchos metálicos encontró colgadas varias boinas de color negro. Tomó una de ellas y se la acomodó. También encontró un cuchillo que cabía perfectamente en uno de los espacios del cinturón. Caminó de regreso al espejo y suspiró decepcionado.

—¡Bah! Quiero mi sombrero —dijo, por el espejo miró sombras que se movieron detrás de él. Aparecían y desaparecían, se paseaban. Killian sonrió—. ¿Me extrañaron?


La Dama Fortuna observó al Hombre sin Rostro sentado en su mesa de noche, estaba acostada con las sábanas cubriéndole poco cuerpo y la correa en el cuello hacía de las suyas, suavizándole el carácter y el humor. Estaba cansada de pelear y era su orgullo la que no le permitía convertirse en la esclava de Lurendberg. Su orgullo era su única defensa y ella sabía que el orgullo acababa por matar idiotas, día tras día buscaba otros motivos para mantenerse así misma pero ya había perdido la fe. Fe perdida y orgullo altivo eran sinónimos de caer sin estilo, así que rezaba porque Andresito estuviera bien y lograra salvar El Libro. Lurendberg observaba con atención una hoja blanca y un tintero. El puro se había apagado ya hacia varios minutos. Estaba tan inerte que parecía parte de la mueblería, pero más viejo, menos elegante, menos costoso, más derruido. La Dama Fortuna le tuvo lástima, estaba mirando algo que estaba acostumbrada a mirar ya desde hacía tiempo.

—Eres tú nuevamente, ¿verdad? —preguntó La Dama Fortuna.

—Sí —respondió Lurendberg suavemente.

—Pobrecito, los extrañas tanto que ni siquiera sabes en qué tiempo vives ni que te has perdido. Si tan sólo me hubieras escuchado cuando nos conocimos —dijo La Dama Fortuna, tenía el impulso de levantarse y acariciarle el cabello, sin embargo la correa no llegaba hasta allá.

—¿No me puedes salvar? Ayúdame por favor. Quiero regresar con mi familia, ¿y tengo una hija? Me gustaría mucho conocerla, apenas y la recuerdo un poco. ¿Cómo dices qué se llama?

—Alicia y no puedo rescatarte corazón —dijo La Dama Elegante y suspiró triste—. Tú perdición tú solo la has encontrado. Cuándo lo mires como ha crecido, has de recuperar tu rostro y tal vez tu alma pueda ser rescatada. ¿Sabías qué la adoptaste cuando más te necesitaba?

—¿Eso hice?

—Sí corazón, la llevaste a muchos lugares, jugaron en los parques y en los cines no podían guardar silencio como los mudos de las películas. Lo más importante es que la enseñaste a leer todos los idiomas del mundo. Lurendberg dejó de mirar el tintero, tomó su puro y lo prendió. La Dama se mordió el labio, había regresado éL.

—¿Mi querida Señora Fortuna, pero qué es lo que usted mira con tanto amor? —preguntó Lurendberg—. ¿Acaso se ha enamorado de mi? Grandiosas noticias, quizá esté lista para decirme donde está El Libro.

—No te lo diré nunca, bastardo.

—Es una pena escuchar tan mala palabra de sus hermosos labios —Lurendberg se levantó y abrió uno de los cajones de su escritorio. Sacó un látigo y se acercó a la cama donde ella descansaba—. No se preocupe, aquí tengo su correctivo.


Killian salió de la habitación y dos militares le dieron un saludo. Confundido les saludó de igual manera y caminó por el pasillo sucio de luz tenue. Así continuó sin un rumbo específico dentro del gran complejo militar, saludando a los soldados que le saludaban de vuelta.

—Me da mala espina estar entre tanta gente —se dijo, ya acostumbrado a hablar con Guía. Miró por las ventanas y observó las grandes concentraciones de soldados entrenando, algunos otros fumaban y bebían chocolate, otros más hacían fila en el prostíbulo militar. ¿No fueron los militares los que mataron a su familia? Se respondió afirmativamente, pero le daba igual. No los quería de todas formas, la única a la que le debía algo era a la voz de Guía que le había proporcionado la educación que necesitaba.

—Excepto matar niños, eso es algo que no me agrada —dijo casi en silencio. Se fijó en un soldado de tez morena y disciplinadamente rasurado, era esbelto y chaparro, llevaba una boina verde y tenía una pequeña cicatriz en la mejilla derecha. El soldado caminaba directamente hacia él.

—Coronel —dijo el soldado y le saludó. Killian le saludó de vuelta y notó que la cicatriz se le movía al hablar—. El General le busca, dice que quiere hablar con usted.

—Lléveme con él, soldado —dijo Killian, temía perderse en el laberinto del edificio militar.

—Sí señor.

—Por cierto, ¿tiene cigarrillos?


El General alzó sus botas al escritorio, su habitación estaba adornada con un librero de libros falsos entre los cuales se incluían títulos como: “Los miserables”, “La Guerra y la Paz” y “Crimen y Castigo”. La razón era tan sencilla como que al General le agradaban los títulos, jamás los había leído o escuchado nombrar. Sacó la pistola de Villa de uno de los cajones y empezó a desarmarla para limpiarla con un trapo y químico líquido. Podía pasar horas limpiando esa pistola que le había regalado Villa cuando estuvo a su mando, recordó en una ocasión cuando puso a todo el batallón a bordar una bandera norteamericana para engañar a los gringos y sonrió nostálgico.

—Ahora sirvo a un señor más grande —se dijo El General—. Quizás al mismo Satanás. Aunque dejé de ser villista y ya no me escondo tras el humo de los caballos o del lado donde el sol pega más fuerte, sigo sirviendo a un señor grande.

Pasó delicadamente el trapo por el barril, el martillo y el gatillo, con un especial de dejar brillantes las partes más pequeñas a la vista y dedicó un rato más al emblema del águila y la serpiente, que tenía una leyenda que decía “Fábrica Nacional de Armas – México D.F.”.

Después miró cada uno de los hoyos del cilindro, buscó su cepillo para quitarles los residuos de pólvora y volvió a pasar el trapo con el aceite limpiador. Miró la pistola durante un momento y la comparó mentalmente con el rifle de Killian. Se sonrió, su arma también estaba maldita después de todo, se sentía engrandecido con ella y sabía que nunca fallaba un tiro después de dispararla.

—Y al maldito de Chucho le costó trabajo morirse gracias a ti —dijo El General para terminar de halagarla. Pasó una hora en lo que volvió a desarmar el cilindro y el barril, le agradaba limpiar su pistola ya que distraía sus pensamientos y después de lo de Chucho Domínguez, no le gustaba ir con las putas como antes. Cuando vio las partes en la mesa se sonrío al recordar que en sus tiempos de primerizo en el ejército de Villa le enseñaron a armar un modelo propio de pistola usando la culata, el revolver y el barril, se enseñó a medir su peso y el tipo de munición a utilizar, le agradaba la munición pesada porque también se había adiestrado con los rifles y con ellos había aprendido a inventar técnicas para matar a varias personas utilizando una sola bala. Quitó los últimos residuos de pólvora con el cepillo y la armó rápidamente, cuando pensó guardarla alguien tocó la puerta.

—Pase —dijo El General distraído. Observó a un soldado asomarse por la puerta.

—Señor, el coronel Killian —dijo el soldado, se metió al cuarto e hizo un saludo, después se quedó en posición de firmes en el momento que el coronel Killian avanzó, tomó asiento y puso su cigarro en un cenicero.

—¿Cuál es su nombre soldado? —preguntó el General.

—Rutilio Álvarez, Señor.

—Cabo Rutilio, espérenos afuera. Este asunto pronto le interesará a usted —ordenó El General, Rutilio Álvarez hizo un último saludo militar antes de salir y cerrar la puerta tras de él.

Killian al mirar al General sintió un repudio que fue un recuerdo inconsciente de la noche anterior, la herida en la costilla le empezó a arder y al mirar su oreja herida, recordó con claridad la frase que hablaba de un cerdo desorejado.

—Coronel, no ha sido decisión mía el que usted forme parte del Ejército. Por mi, he de matarle con la pistola de Villa en este momento. Sin embargo, obedeciendo a un acuerdo entre el magnánimo Ejército y nuestra máxima autoridad gubernamental, que es nuestro señor Von Lurendberg, y siguiendo una nueva línea del reglamento militar, hemos decidido incorporarle con el rango de coronel siempre y cuando cumpla con los requisitos establecidos.

—No hay ningún problema General, ¿tiene nombre? —preguntó Killian forzando su educación. Escuchó a sus sombras deslizarse en los claroscuro del cuarto, las dirigió silenciosamente hacia la sombra del General y trató de forzar una entrada para matarle ahí mismo. Fue inútil, el General tenía protección espiritual de algún tipo.

—Mi nombre no le concierne a usted, ni a nadie. Para usted y el mundo entero, sencillamente soy El General.

—Fíjese mi General, no está en mi persona el venir a causarles una clase de problema. Considere esto como mi carta de liberación de su glorioso Ejército.

—¿Se está usted mofando?

—Por supuesto que no. Ambos nos ahorraremos un problema si nos dejamos de ver el uno al otro.

—No es tan fácil coronel. El detalle es que por razones que desconozco, mi Señor Von Lurendberg ha decidido tenerle aquí. Le reitero que mi voluntad no es otra más que verle muerto o arrastrándose en el piso. Para mi es igual siempre y cuando su cabeza acabe como trofeo. Es por ello que Lurendberg y yo hicimos un acuerdo que tengo aquí firmado.

El General extendió un documento a Killian y este lo tomó interesado. Leyó rápidamente las cláusulas del documento y cada uno de sus artículos, repasó las firmas y los sellos, el número de páginas era el indicado y por supuesto, la absoluta autoridad estaba más que consciente de los derechos y obligaciones que se le imponían a Killian como coronel.

—Mucha burocracia para un solo hombre.

—Por supuesto, somos hombres de acción y de pasión. Coronel, debe entender que una organización como nuestro ejército se ha ganado un lugar en Jaramillo por su entendimiento en dictadura y burocracia. No le íbamos a regalar un espacio nada más porque tiene linda cara.

—Yo no quiero un espacio en su ejército, mi General.

—Está claramente estipulado en el documento que su opinión no importa, y si aún lo duda, observe que su firma está en la última hoja, junto con sus datos.

Killian alzó una ceja y revisó la última página del documento, se dio cuenta que efectivamente, había renunciado a su autonomía por completo.

—Aquí dice que seré parte de su Ejército a menos que cumpla con los cinco duelos militares mi General. Si pierdo uno, supongo que quedaré en libertad.

—Claro.

—Así que puedo perder, no estoy obligado a ganar.

—Por supuesto que no.

—Muy bien. Un poco de humillación será suficiente para olvidarnos de simplezas militares. Si eso es todo mi General, quisiera descansar un poco. ¿Cuándo es el primer duelo?

—Deme un segundo, ahora mismo le resuelvo la fecha de su primer duelo. ¡Rutilio! —gritó el General, el soldado abrió la puerta rápidamente, entró y saludó como de costumbre—. Descanse. Tengo una orden de vital importancia, debe usted retar a un duelo militar a nuestro coronel Killian.

—¡Sí señor! —dijo Rutilio, después miró a los ojos a Killian—. Mi coronel Killian, queda usted informado ante nuestro poder máximo militar que usted está retado a un duelo y forzado a cumplirlo hasta que uno de los dos quede sin disponibilidad para continuarlo. A salvo que mi General esté indispuesto a concederlo queda usted libre de este duelo.

—Indispuesto no, ya esta más que concedido cabo Rutilio y usted está informado coronel Killian. El duelo será en dos horas en el campo militar número dos —dijo el General quien alzó de nuevo las botas al escritorio y empezó a fumar el cigarrillo de Killian cuya mitad ya se había consumido en el olvido.

Killian alzó la mirada molesto de escuchar tanta palabra utilizada en discursos políticos, militares y televisivos.

—¿Me permite de nuevo el documento? —preguntó Killian.

—Aquí tiene coronel y usted soldado, está libre de irse con las prostitutas estas dos horas, tome un permiso firmado para que le dejen pasar en este instante y con la que usted decida.

—¡Sí, señor! —exclamó Rutilio y salió del cuarto. Killian le observó irse de reojo y luego repasó los artículos, cláusulas y párrafos que hablaban de los duelos obligatorios para formar parte del Ejército.

—Ahora entiendo toda esa estupidez de no disponibilidad. Los duelos son a muerte.

—Debo concederle una cosa coronel. Yo se que es demasiado listo como para dejarse humillar y no continuar como es debido con un duelo a muerte. Estoy seguro que el Cabo Rutilio será muy entusiasta.

Killian suspiró.

—Nada de armas dice aquí, más que un cuchillo.

—Por eso dicen los abogados que es bueno leer los contratos más de dos veces, en calma y con un cafecito en mano.

—¿Cinco duelos?

—Durante cinco días continuos.

—¿Está seguro que yo lo firmé?

—Esos garabatos no son míos y usted los reconoce con toda certeza, si lo acabo de mirar.

—Nada más una cosa General. He de seguirle el jueguito militar un rato. Tan pronto haya oportunidad, usted y yo nos veremos las caras. Cuide su sombra, que un día de estos no la tendrá bien puesta bajo los pies y ese día puede esperar que yo lo retaré a un duelo a mis términos.

El General rió hasta reventarle la panza, se limpió los bigotes de saliva. Killian le observó en silencio durante un minuto conteniendo su rabia, ya había pensado en utilizar su escopeta y en su consecuencia, un esfuerzo inútil que resultaría en su muerte. Se dispuso a salir cuando escuchó que el General le llamó de nuevo.

—Tenga —dijo El General y extendió un permiso sin poder contener la carcajada—. Un boletito, vaya y acuéstese con una mula o con una mujer si quiere.


Rafael Arlequín se rió de un chiste que Ezequiel acababa de contar al grupo. Habían dormido un par de horas y platicaban sin cesar de temas banales, alejaban de su mente el propósito de su unión. Yemita sencillamente escuchaba en silencio en un asiento, ella se había permitido observarles y conocerles un poco más. Patricia Boyselle se las había arreglado para dejar la casa presentable ante tantos invitados y de mandar a construir cuartos para ampliar la casa. La condesa se sentía feliz de tener un gran número de visitas ya que le ahorraban el ocio que significaba estar muerta.

—¿Cómo ha hecho para hacer tanto en tan poco tiempo? De veras me sorprende, es increíble entenderlo —le comentó Arlequín a Yasmín, quien puso una mano en una frente.

—Es una mera ilusión —dijo Yasmín cansada.

Pompadour era una diversión ocurrente en la casa, Alicia era la que más le consentía y le acariciaba la barriga. A diferencia de Jonás, que creía que los gatos al mirar a los ojos robaban un pedazo del alma.

—Hay algunos gatos que si lo hacen —dijo Yasmín—. Pero de este no debes preocuparte, no es más que una ilusión.

Esto no tranquilizaba a Jonás de cualquier manera, y cuando le era posible, le huía al gato persa blanco.

Ezequiel, Matías y Taxi se hicieron amigos cuando discutieron de religión y filosofía. A pesar de que las opiniones de Ezequiel eran muy limitadas, se daba el lujo de decir que Dios existía y que lo único concreto era la redención del alma, que al fin y al cabo no dejaba de dividirse en espíritu y materia. Matías terco con su ateísmo y Padre Taxi terco con su existencialismo, le daban vueltas al asunto para regresar al mismo lugar.

La Muda se fijó en Ezequiel y se dio cuenta que era parecido a Chucho en muchas cosas y distinto en otras, cuando se miraron a los ojos de nuevo surgió la lástima que tenían el uno del otro y todavía tardaron en saber que más que lástima, era un nuevo amor que surgía de las cenizas del anterior. Al ver Matías el silencio entre ellos dos, decidió romperlo con una pregunta.

—¿Y tú qué opinas Vieja Bruja? —preguntó Matías.

Yemita sonrió de oreja a oreja.

—Es una ilusión, manada de ilusos —Yasmín les continuó hiriendo con la sonrisa y luego alzó una mano cuando un viento frío entró por la ventana y le acarició la nuca—. Si me disculpan, debo salir.

Al salir, encontró en la entrada de la mansión de Boyselle un alce enorme con un par de cuernos majestuosos. Atrás de éste, había muchos alces más de menos porte, tantos que la pequeña calle antigua de el pueblito de Puerto Octay no se daba abasto.

—Fuimos enviados y al llegar aquí entendimos que no es nuestro asunto —dijo el alce. Bajó su pierna y se inclinó ante Yasmín—. Intuimos que algo bueno está sucediendo y queremos ayudarle, venerable anciana.

—Pidan ayuda a osos y castores —dijo Yemita—. Y tráiganme madera. Construyan un gran domo en el centro de la calle. ¿Puedo tenerlo para mañana antes de las seis de la tarde?

—Así sea venerable anciana —dijeron los alces y salieron todos juntos de Puerto Octay al bosque de Jaramillo.

Al irse el último alce, salió Arlequín de la casa y tomó asiento en las escaleras. Prendió un cigarrillo y le ofreció uno a Yasmín, quien también se sentó sin cuidado en las escaleras y lo aceptó.

—Me agradan estos chicos, creo que tenemos esperanza —dijo Rafael después de un largo rato—. Me estoy muriendo, la vida ya no me alcanza.

—Buscaré la manera de darte más vida. Te estoy preparando un regalo Rafael y también la forma de ganarnos tiempo. He descubierto como encontrar el camino y escapar de Jaramillo.

—¿Cuándo lo descubriste? —preguntó Rafael sorprendido—. Si fuera algo sencillo ya te hubieras ido sin avisar, desgraciada. ¿O has pensado en quedarte? ¿Acompañarnos has decidido?

—No me halagues antes de tiempo Payasito —dijo Yemita—. La verdad es que para salir de un infierno tengo que entrar en otro y eso es algo a lo que estoy acostumbrada. Es el Libro el que posee el camino, lo supe en el momento que escuché a Burgos y su voz temblaba de miedo. En el Libro está la clave y es un lugar al que Burgos me puede llevar.

—Así que tú también quieres El Libro a cierto grado. Codicias El Libro como lo hace Lurendberg, eso no se oye bien.

—Ese Libro es más tentación de lo que imaginas. Todos los que estamos reunidos podríamos darle un uso. Tú también, te lo digo porque sé cuanto extrañas a tu hermano y cuanto anhelas el balance de vibraciones, la mera verdad es que ese Libro no está hecho para manos como las nuestras, ni como las de Lurendberg o ve tu a saber quien más —Yemita dio una fumada y después dijo—: Es mejor que ninguno de nosotros caiga en tentación y es más fácil que yo caiga en ella por mi sabiduría de siglos. Mi querido Arlequín, prométeme una cosa.

—Te estás ablandando vieja. Para serte honesto eso me agrada. Me agrada y harto.

—Cállate y escucha. En el momento que El Libro se descubra, prométeme que gritarás mis nombres. Debes gritarlos tan fuerte como para despertar a los vivos y dormir a los muertos. Tu voz hará que regrese de mi sueño y atraviese eternidades para regresar conmigo. Sé que no me entiendes Payasito y tal vez nunca lo entiendas.

—¿También grito el de Hija de Puta? —dijo Arlequín bromeando.

—Para serte honesta —dijo Yasmín sonriendo—. Ese nunca me agradó. Con Tía Yemita ó Yasmín Molina de Jesús será suficiente.

Arlequín observó a varios fantasmas silenciosos y absortos en su actitud translúcida pasar en el único camino que dividía al pueblo de Puerto Octay. Había hombres y mujeres, pero no niños. Todos vestían ropas antiguas, de tiempos del Porfiriato y algunos del Juarismo. Algunos llevaban carretas y otros cabalgaban caballos igual de fantasmales. Eran las seis de la tarde, podía decir Arlequín por como se encontraba el sol en el cielo.

—Tu nombre completo es bonito, lindo es —dijo Arlequín, se levantó y entró en la casa. Yasmín se sentó y esperó al primer grupo de alces, castores y osos. Les escuchó clavar el primer mástil de madera marcando la caída de las estrellas.

—Por favor, que los perros no sean los próximos —susurró Yasmín.


Killian esperó recargado en un poste del campo militar dos, dejó descansar su rifle en el poste y el cuchillo, para el placer de morbo de algunos militares. Ya había un gran número de espectadores presentes, entre ellos se encontraban en lo más alto de una torre, Von Lurendberg, El General y la Dama Fortuna que estaba con la correa atada a una argolla. Killian les saludó de mala gana desde lejos y sólo El General respondió el saludo entusiasta.

Rutilio salía del prostíbulo que estaba a unos pasos, una mujer pelirroja y de piel blanca salió con él y le quitó el saco militar para dejarle solo con una playera, sus pantalones, sus botas y su letal cuchillo. También le quitó boina y le besó salvajemente, con un compromiso que le ordenaba regresar con vida. Rutilio entró al campo militar, al círculo de tiza y el coronel hizo lo mismo, quien a diferencia de Rutilio, seguía conservando su gabardina y su boina.

—Hay muchas sombras aquí Guía, seguro te encantaría observar esto —susurró Killian y no recibió respuesta. Otro militar caminó al centro con un silbato colgando del cuello y alzó las manos pidiendo silencio. Por curiosidad, Killian deslizó el poder de las sombras hacia la de Rutilio y se dio cuenta que era imposible penetrarla.

—Que coincidencia, otro protegido espiritual. ¿Quién será el responsable?

—¡Atención, Ejército! —gritó un militar del centro, su barba estaba mal afeitada y tenía una expresión dura en su cara que compensaban su cuerpo delgado. Killian leyó un fuego interno en los ojos del teniente que no le agradó—. Estamos aquí reunidos para presenciar el duelo entre el Cabo Raso Rutilio Álvarez y el Coronel Homero Killian. Está en nuestra fe de testigos darle la legalidad correspondiente a este duelo y observar que cumpla con todas las reglas, según lo estipulado en el código militar: artículos dieciocho, diecinueve, veintitrés y noventa y dos. Está en nuestro deber apoyar a nuestros compañeros a que se resuelvan sus diferencias de manera eficaz y pronta. Es así como yo, el Teniente Mauricio Bonilla, doy inicio a este duelo con todas las condiciones cumplidas. ¿Están de acuerdo los contendientes?

—¡Sí señor! —exclamó Rutilio.

—Vamos pues, que quiero gastar mi permiso para comerme esa pelirroja —dijo Killian, algunos rieron, la prostituta sonrió burlona igual que El General quien le comentó algo a Von Lurendberg y ambos rieron.

—¡A morir entonces! —gritó el teniente.

Rutilio sacó el cuchillo y lo movió de una mano a otra, Killian caminó en los límites del círculo de tiza. Se midieron cinco minutos hasta que Rutilio tiró el primer navajazo que fue evitado por el coronel. Rutilio sonrió y aventó otro navajazo que prometió muerte y se quedó en promesa al detenerlo Kilian, quien tomó la muñeca de Rutilio, la giró, la hizo crujir y la obligó a tirar el cuchillo. El cabo sin embargo se vio más listo cuando soltó una patada a la espinilla del coronel y lo tiró al piso. Cuando Killian iba cayendo sintió el codo que se clavaba en su espalda y le hizo gritar de dolor.

Los espectadores gritaron de emoción y observaron con agrado a Killian morder el polvo, la prostituta rió y saltó de emoción, dándole ánimos a Rutilio quien le saludó gustoso. El dolor en las costillas del coronel aumentó y le hizo pensar que otra se había roto.

—Me quedan muchas —se dijo en voz baja, se paró de un salto y alzó los puños en defensa—. Ahora si vamos a pelear en serio. ¡Si los cuervos quieren sangre, hay que darles sangre!

Los militares gritaron enloquecidos con la exclamación de Killian, Rutilio se pasó una mano por la frente y se limpió el sudor del sol de las seis de la tarde. El coronel hizo un esfuerzo por no verse herido y no despegó los ojos. Volvieron al principio de medir fuerzas y dieron vueltas por el círculo de tiza.

Rutilio rompió de nuevo la medición y se lanzó con un golpe hacia el coronel, éste lo evitó rápidamente y dio un golpe con la palma abierta a los oídos del cabo raso. Éste aulló de dolor y se desequilibró.

Killian después se acercó a Rutilio y le estrelló la cara contra su rodilla, se escuchó claramente como se rompió la nariz del soldado. Al coronel le agradó ver que la pelirroja se decepcionaba de su previo amante. Rutilio se arrastró en el piso y tambaleándose se levantó de nuevo, con la sangre salpicada en todo el rostro y cegándole la mirada.

El coronel escuchó a las sombras regocijarse y el regocijo se transformó en las exclamaciones del público de militares, sumándose a ellos El General que aplaudía a lo alto.

—Aunque Guía me haya abandonado, ustedes me son fieles —se dijo Killian, quien alzó el cuchillo que se encontraba tirado y lo clavó en el estómago de Rutilio Álvarez. Los militares, la prostituta y El General aclamaron con el rugido de una ovación el camino de un nuevo coronel.

Sin comentarios ↓

Todavía no hay ningún comentario. Anima las cosas un poco y comenta usando el formulario que esta abajo:

Deja un comentario