Matías Elizondo prendió el carrujo y se tranquilizó. Todo volvía a la normalidad, dejaba de ver los colores y los fantasmas ambulantes. Cruzó una pierna y el ambiente de luces de neón del Club Araña pintó ligeramente su rostro de azul, el cual apenas se podía ver por el humo viciado del lugar. Matías peinó el lugar con su mirada y era la misma clientela de todos los días, incluido el mismo.
Nada cambiaba.
—Quizás sea mejor así —dijo Matías y disfrutó el efecto relajante de la mariahuana, se pasó una mano por su cabello largo y rizado, se recargó en su asiento y miró por un segundo su bebida, esperándole tranquilamente en su mesa.
—¡Vamos Matías, tienes diecinueve años y un brillante futuro! —exclamó Matías y se echó una risotada. Se caló el rostro barbón, sus ojos oscuros brillaron intensamente y dieron una chispa de alegría nostálgica. Miró a las personas del club, buscando en sus rostros el rostro de su madre.
—Ambos moriremos en Jaramillo mamá. Ya te alcanzaré, no tardo, es un pasito a pasito muy chiquito y los dos estaremos juntos en el cielo. Soy el Pensador porque pienso demasiado dicen, porque mis exámenes dijeron que era un genio, ¿Si soy un genio qué hago aquí? Espérame en mi crucero mamá, mi genialidad hará bien en construir mi nave espacial para llegar a tu cielo.
Jonás se despertó de golpe, hizo los periódicos a un lado y gritó:
—¿Billy— ¿Dónde estás Billy?
Se escuchó un disparo.
—Mira, escucha… —susurró Matías mientras daba un sorbo a su vodka—. Si pudiera resbalar en las estrellas y luego tropezarme en cada una de estas, bañarme y revolcarme en su brillante polvo, tomaría un puñado y lo aventaría al mundo, gritaría desde la vía láctea que miraran el cielo y observaran mis manos, que como un Dios infante, parpadean, tintinean y se abren emocionadas. Entonces yo sería feliz y haría feliz al mundo. Porque la felicidad es tan sencilla como que existen los glamorosos astros y alcanzarla tan difícil como que de un salto no llegas a ellos.
Jonás se incorporó y corrió hacia donde escuchó el disparo.
—Me veré forzado a construir un cohete de polvo, tierra y pasto, caminaré los caminos buscando esos materiales adecuados, me romperé las manos, hundiéndolas entre arena brillante a la par que el Mar Muerto me tienta como el espejo de los luceros. Me ayudarán personas, me acompañaran otras, puede que algunas tomen mi mano y me sonrían, o tal vez me patearán y destruirán los avances de mi crucero espacial, ¿Qué importan ellos? ¿Importarán? ¿Alguna vez importaron? —Matías derramó el vaso de Vodka y observó cada gota caer en cámara lenta al piso.
Aquí hace frío, aquí la ciudad me mira siempre, soy parte de ella. ¿Jonás? Ayúdame Jonás, que se roban mi sombra, ¡Ayúdame!
—Espérame en mi cohete, porque iré a las estrellas. Resbalaré en ellas, jugaré con su polvo y correré ligero en el manto estelar, saboreando la azúcar que les da dulzura y brillo, disfrutando el olor de la humedad del bosque cuyos árboles son picos blancos. Y tú me verás, ¿Verdad—, tú mirarás tranquila mi juego, reirás conmigo y finalmente, como recién nacido, descansaré en tus brazos. Y no puedo detenerme, aunque me pregunte mil veces el Thanatos, recorreré el Eros, construyendo mi cohete alzando y rompiendo agua, tierra, fuego, aire; para que cuando estés ahí, exclames, abras tus ojos y me sonrías. Mi crucero será digno de ti, lleno de espejos con marcos de madera y de oro, de malaquita y de la plata de tus cabellos y los míos, cuales están entrelazados elegantemente —Matías se levantó en su asiento y dejó un par de billetes en la mesa, salió del club y caminó a la calle nocturna que ansiosa le esperaba.
Observó al hombre de la gabardina alzando su rifle y apuntando a la cabeza de Billy, quien permanecía inmóvil. Abrió la boca incrédulo y después tomó fuerzas para correr a detenerle. Corrió, si que corrió, como nunca lo había hecho en su vida.
—Si pudiera resbalar en las estrellas, sería un egoísta como no he sido en vida. Todos serían mis momentos y los tuyos. No puedo jugar al sabio tan siendo solo un niño. Entre luceros sabré abrazarte, en las fuentes de diamantina presurosos abriremos corazones y sólo así podrás perdonarme —dijo Matías, se recargó en una pared, puso la mano en su frente y así la Ciudad no miró sus lágrimas.
Jonás no corrió lo suficiente, cuando vino el siguiente disparo el grito fue desgarrador. Se aventó sobre el Hombre de la Gabardina y sin importarle el dolor en sus huesos, sus piernas y su corazón, lo golpeó hasta que sació temporalmente su enojo.
—No puede ser mi negro. Chingado, ¿por qué? —dijo Jonás entre sollozos, pateó a Killian y luego se agachó para recoger el tibio cuerpo de Billy, sus manos se mancharon de sangre aún caliente y sin importarle, apretó su rostro contra su pecho, deseando escuchar su corazoncito.
—Pinche negrito, no te mueras, ven. No me dejes solo aquí.
—Nadie quiere estar solo, ese es nuestro problema mi estimado extraño —dijo una voz lejana— Ven conmigo, vamos a Puerto Octay a enterrar al niño. Ahí enterré a mi madre. Hagámonos compañía, aún me queda una media botella de Tequila y nos hará bien a los dos en este momento de discordia.
Jonás le ignoró, no escuchó al hombre acercarse y apenas sintió una mano suave en su hombro
—Negrito, no te me mueras canijo, no te me mueras —susurró Jonás, el hombre le empujó despacio y ambos caminaron—. Voy por tu saxofón, mi negro. Vamos a jugar a que eres mi hijo ciego, ¿Sí?
—Mi nombre es Matías Elizondo, el Pensador, ¿y usted?
—Jonás, pero Billy me decía Youns esto, Youns aquello.
—Todo un artista el tal Billy, me parece, puedo apreciarlo por sus ojos que le añoran y lo desean de vuelta. Mi estimado y honorable amigo. Vamos a enterrarlo como se merece, en el puerto de los fantasmas y vidas pasadas, haremos un grandioso funeral y bendeciremos la tierra con este mezcal que tengo. Acompáñeme, vaya por su saxofón, ande. Puedo apostar a que él nos escucha desde el cielo y nos desea un buen luto por su alma poeta.
—¿Cómo está? —preguntó Taxi, él y Ezequiel esperaban escondidos en un callejón, descansaban de la persecución y habían escuchado los disparos. El silencio los puso tensos, nerviosos. Esperaban el momento para salir a la luz.
Ezequiel rompió su camiseta y amarró un cinto en el hombro de Alicia, su temperatura subía y seguía inconsciente, su cuerpo temblaba ligeramente.
—Es sólo un rozón, pero esas balas deben tener algo. La fiebre no le baja.
Taxi se sentó y observó el traje de militar, sucio, descompuesto y roto de Ezequiel. Sonrió torcido y le señaló las condecoraciones.
—¿Estás huyendo? Desertando del Ejército, eso podría no agradarle al puerco ese de bigotes y boina. ¿Y ella quién es? ¿Tú novia? Probablemente huyeron buscando el paraíso escondido que esta Ciudad Maldita debe tener muy enterrado en el centro de la Tierra.
Ezequiel hizo una mueca e hizo un gesto molesto con la mano.
—Evitémonos las preguntas.
—Cómo quieras —Taxi se encogió de hombros—. Gracias por salvarme la vida.
—No fue nada, estuve en el momento preciso y no podía ver como mataban a un hombre.
—¿Por eso fue?
—Eso y que Alicia me presionó para que hiciera algo.
—¿Alicia?
—Así se llama —sonrió Ezequiel y puso la mano en la frente de Alicia, quien yacía en su regazo, con los ojos cerrados y respirando lentamente. Taxi miró el blanco rostro de la muchacha, su cabello rubio y largo, el vestido sucio que en el pasado pudo haber sido fino. Recordó entonces el día de la apuesta, la misma nariz respingada, la misma frente, los mismos ojos claros.
—No puede ser —susurró Taxi.
Ezequiel escuchó y sonrió levemente.
—Mire, ya que le hice el favor de salvarle la vida, será bien pagado si no delata su identidad.
Taxi se rió.
—No la puedo entregar si quisiera, ya que te sorprenderías saber quien soy yo. ¿Ves este letrero de Libre en mi espalda? Es mi perdición, he intentado quitármelo, pero nunca puedo. Regresa mientras duermo. Yo soy al que la Ciudad odia y ama todos los días, yo soy por el que le pagan a muchachitos como tú para encontrarme todos los días.
—¿Burgos?
—Prefiero Taxi. Y Alicia von Lurendberg, es una de tantas personas que menos quisiera toparme cuando camino.
—Where are you Jonas? I can’t reach you. Perdón, en español si me escuchas, escúchame por favor, aquí hace mucho frío, hay sombras en todas partes. Veo una luz. ¿Una luz en sombras? No entiendo. Tal vez si camino hacia ella pueda alcanzarte Jonás.
Billy caminó, siguiendo la luz, sin embargo las sombras se le aventaron encima y pudo sentir dientes queriendo devorarle. Billy corrió y las apartó, pero fue inútil, porque a donde quiera que iba, había más sombras esperándole.
—¿A dónde vas? ¿A la luz niño? Me ha costado hacer que Killian te robara la sombra, no puedo dejarte ir. Quédate un ratito más y escúchame, escucha mi voz que te habla. Ayúdame y entiéndeme, y verás que no hay otro camino más que rendirme tu alma.
—¡Jonás!
Jonás abrazó con fuerza el cuerpo de Billy.
—¿Billy?
Matías sonrió.
—Es difícil la pérdida hombre. No lo aceptamos tan fácilmente. Pero ven conmigo Jonás, enterrando su cuerpo sabrás que tienes que dejarlo ir. Deja de escuchar las voces, mi buen amigo, de eso me encargo yo. ¡Vamos a Puerto Octay! Un amigo nos prestará su coche, está a unas cuadras de aquí.
—¿Disculpen? —escucharon los dos hombres. Matías volteó y observó que Jonás no se detenía, con Billy en un brazo y su saxofón en el otro.
—¿Qué deseas extraño? —preguntó Matías, caminando lentamente de espaldas. Observó la ropa de religioso del hombre y la ropa militar del otro que cargaba una chica en el hombro. Desconfió aún más.
—¿Van a Puerto Octay? Se que es raro pedir un favor en este momento, se ve que están cansados. No tenemos opción, como ven, somos vagabundos cansados que también busca un lugar seguro esta noche.
Matías sonrió y Taxi notó un reconocimiento en sus ojos, los cuales eran como estrellas vacías.
—¿La Anciana Ciega les mandó conmigo? —preguntó Matías.
—No la conozco —respondió Taxi—. Pero presiento que era nuestro destino encontrarnos. Si ella puede solucionar mis dudas y ofrecer un abrigo para estos dos, entonces si. La Anciana nos mandó.
—Ella me dijo que no aceptaste el reto la primera vez que se te ofreció. Que tendría que ser yo el que te llevara a ella. Si así tiene que ser mi estimado amigo, ¡Qué así sea! —Matías dio la vuelta y alcanzó a Jonás—. Vamos pronto, que primero tenemos que enterrar a nuestro querido músico.
Ezequiel miró que Taxi enarcó a una ceja. Caminaron juntos, y fueron extrañamente observados por los pordioseros y las ratas que discretamente se hacían a un lado para dejarles pasar y vigilarles con cierto respeto.
—Está drogado de nuevo. No puede ser, el pendejo se droga para no escucharme —susurró Yemita, La Muda le miró extrañada y se sentó en la cama. Observó a la robusta vieja, sentada en el sillón. Le sorprendía la forma en que Yasmín podía desaparecer del escenario y aparecer tan bruscamente como se desvaneció. La Muda entrelazó sus dedos nerviosa, en los últimos días había asimilado que estaba formando una importante posición en un juego que desconocía y aunque no le complacía mucho la compañía de la Anciana, intentaba formar parte para no quedarse atrás.
Yasmín sonrió, sus arrugas sonreían con ella. La Muda miró atenta, esperando por fin entender las sonrisas de la Anciana, se le dificultaba mucho al no ver sus ojos.
—Es una buena sonrisa y mis ojos se los comieron los buitres hace años. Puedo decirte que Matías viene con alguien quien es parte de nuestra historia Muda —Yasmín abandonó la sonrisa y su rostro se hizo piedra—. Aunque no puedo hablarle, ni verle, porque el idiota está drogado. ¿Sabías que fuma marihuana para dejar escucharme? El muy idiota, no se porque se dice que es un genio cuando esta más que perdido.
La Muda se recostó en la cama y suspiró cansada, pensó como Yasmín había dicho verle, frunció el seño divertida y cerró los ojos. Yasmín se quedó callada y se meció hacia delante y hacia atrás.
—Descansa Muda, yo trataré de buscar a Matías. Son difíciles los efectos de la droga en ese muchacho, me cierran completamente el paso.
Taxi se recargó en el toldo del coche morado y espero junto a Ezequiel a que Matías saliera de la casa a la que se había metido. No habían querido observar de cerca al hombre que llevaba el cuerpo del niño cargando, preferían no preguntar. Podían relacionar los eventos del Hombre de la Gabardina con el niño y se sentían culpables.
Alicia por su parte seguía inconsciente, respiraba un poco más tranquila pero Ezequiel notó preocupado que se veía más pálida.
—¿La fiebre— —preguntó Taxi.
—Ya se está calmando. Pero me preocupa, siento que puede dejar de respirar en cualquier momento.
—Habrá que llevarla a un doctor.
Ezequiel y Taxi se callaron por el comentario estúpido. No había buenos doctores que no fueran vendidos en Jaramillo. Ambos hombres se perdieron en sus respectivos pensamientos, Ezequiel no podía olvidar El Rostro, persiguiéndole lentamente, sabiendo que de alguna forma le iba a alcanzar.
Taxi se perdió cuando un nuevo recuerdo se abrió en su memoria.
—¿Es necesario qué te vayas? —preguntó Andresito, miraba al piso húmedo y chapoteaba triste con sus zapatos nuevos. Veía el reflejo disperso de La Dama Elegante, su rostro perdiéndose con las ondas de agua. Sus pequeños dedos jugaban inquietos, no quería que llegara el día.
—Sí Andrés, tengo una gran responsabilidad. Vine en busca del Libro y ahora que lo he encontrado debo regresarlo —respondió ella, su voz entró dulcemente en los oídos del niño a pesar de que eran noticias tristes para él—. Si no lo hago, Jaramillo y nuestro hermoso Universo puede caer en manos no apropiadas.
—¿Es más bonito qué tú?
La Dama Elegante sonrió, Andrés dejó de chapotear con tal de mirarle su sonrisa. No se contuvo y le miró a los ojos, que estaban humedeciéndose con lágrimas.
—Mucho más bonito. Tenemos tiempo Andresito. Debo prepararme una semana antes de mi viaje.
—¿Puedo acompañarte?
—No ternura. Estás más seguro aquí. Perdóname por esto que estoy a punto de hacerte, solo que necesito un lugar seguro donde guardar el libro antes de irme. ¿Me perdonas?
—A ti te perdono lo que sea —dijo Taxi en voz alta. Se sorprendió. Dejaba de estar en su niñez para regresar al oscuro presente. Los luceros y los grillos hicieron opera nocturna, miró hacia Ezequiel y notó que él también estaba perdido en algún acontecimiento de su pasado. Su rostro estaba pálido, sus ojos lejanos, distantes y con miedo, mucho miedo.
¿Dónde estoy? ¿Es una calle? No la conozco, pero el aire es familiar, sigo en Jaramillo. ¿Estoy caminando afuera de mi cuerpo? ¿Tiene algo que ver la Anciana en esto? Tal vez en esta forma pueda caminar al bosque donde mataron a mi Chucho, ¡Ojalá tarde en despertarme! Hay tres hombres adelante, ¿me verán? No se, me acercaré a ellos. Tienen expresiones cansadas, casi vencidas, igual que yo. Estoy segura que también continúan por sobrevivir. ¿Por qué querríamos sobrevivir mi Chuchito? Te extraño mucho. Nunca debiste desafiarlo, no a él…
Puedo ver dos sombras que se juntan en una. ¿Qué son? Una está encima de… ¿es una joven? Apenas tiene mi edad y es rubia, blanca, bonita. Me acerco, la sombra en ella no es tan fuerte, ¿me pasará algo si toco la sombra?
—¡Aléjate de mi propiedad! —me grita alguien, le ignoro, esto no es más que un sueño ¿no?, Toco la sombra que cubre a la joven, mi cuerpo se sacude y se alza, no puedo cerrar los ojos y mis labios se abren para gritar sin palabras. Siento el dolor de la niña, su alma que se pierde en gotas lentas hacia un río bandido. ¡Tengo qué hacer algo!
Siento que alguien me observa, está alejado pero corre rápido, pronto estará a unos pasos, controlo la voluntad de huir. Tengo que ayudarla, todavía puedo, solo necesito ser fuerte y jalar la sombra contaminada, uso todas mis fuerzas para apartarla. Siento una mirada cada vez más cerca y más fuerte. ¿Es el Hombre sin Rostro? No puede ser él. Es un espíritu gigante y rencoroso el que corre hacia a mi y extiende sus uñas y sus garras.
—¡No perra! ¡No lo hagas!
Killian, despierta pronto. La perra está liberando nuestras sombras nuevas. ¿Killian? ¡Killian!
—¿Jonas? ¿Me escuchas? ¡No puedo Jonás! He’s going to get me if you don’t do something! —Exclamó Billy, observó que en la gran nube de sombras había una luz que con trabajos se hacía paso. Billy trató de llegar a la luz, pero había sombras que aún le detenían.
—¿A dónde vas mi querido? No puedo dejarte ir, lo siento. Me eres muy valioso.
Jonás abrazó con más fuerza el cuerpo del niño y miró a Alicia, después vigiló inseguro la calle, sin saber que era lo que le inquietaba. Algo extraño sucedía, sentía que alguien estaba ahí tratando de alcanzarle y acariciarle el corazón con sus uñas negras para después arrancárselo. Era la comida del depredador que se había vuelto más violento. Sentía como Billy trataba de escapar de ello.
¿Los ojos de ese hombre miraron a los míos? Temo voltear a lo que está mirando ahora. Primero debo deshacerme de esta sombra, ¡Dios! ¡Qué pesada está! Me siento cansada, no puedo seguir jalando, un poquito más. La presencia se detiene momentáneamente, duda. ¿Acaso el hombre puede verla? ¿Puede verme a mi? ¡Joder, deja de pensar y jala ya pendeja! ¡Vamos, jala! Ya casi la tienes, ¡Sí! ¡Sí, está desapareciendo! ¡La sombra se está quitando!
La Muda despertó súbitamente y cuando miró el rostro de Yasmín muy cerca al suyo casi gritó. Se bajó de la cama y caminó nerviosa en el cuarto, esperando a que Yasmín preguntara que le había pasado. Recordó intensamente los rostros de los hombres, las sombras y sobre todo la presencia que le perseguía.
—Entiendo, no eres muda después de todo —fue lo único que dijo Yasmín.
La Muda le miró incrédula e hizo una mueca. Salió de la habitación y azotó la puerta, cuando bajaba las escaleras creyó escuchar la risa carrasposa de la vieja. Bajó las escaleras del segundo piso y escuchó a Arlequín que estaba enfrascado en una conversación melosa con Boyselle.
—Déjeme decirle que sus ojos son la más bella risa que hayan arrancado mis años de vida.
—¡Pero qué cosas dice Señor Arlequín! —dijo Boyselle y rió coquetamente.
—Cosas que a usted le hacen sentir viva, me supongo.
—Puede usted recalcar eso. Hacía tiempo que alguien no me hacía reír tanto como mi difunto esposo. ¡Pero llámame Patricia! Y si a usted le agrada, consentiré en llamarle Rafael…
La Muda alzó la mirada y trato de sonreír, evitó recordar a Chucho, no quería ponerse triste. Salió de la casa y se sentó en las escaleras de la entrada, mirando el pueblo desierto de Puerto Octay, casi se veía el viento como en una caricatura o como en una película de vaqueros. Se sentía tranquila en ese paraje desierto. Pensó acerca de la presencia y la sombra que había quitado. ¿Lo vivió o lo soñó?
Después dejó caer su mirada. ¡Qué fácil era enamorarse de un fantasma!
Killian abrió los ojos y cuando despertó, un hombre de boina y bigote espeso le miraba. Intentó mover sus manos y agarrar su escopeta pero estaban encadenadas a unos grilletes. Estaba en una celda de ladrillo gris y mohoso, en una ventana abarrotada se podía ver un trozo de la luna, una luz muy débil iluminaba la prisión y con ella podía ver que en algunas partes de los muros y el piso había manchas de sangre seca. Killian observó su escopeta recargada contra la pared.
Estamos en problemas Killian.
—Ya lo veo.
—¿Qué ve? —dijo El General que llevaba un fuete en la mano, lo golpeaba levemente contra la palma de su mano, como segundero de reloj.
—A usted, que es un enormísimo cerdo, sería imposible no mirarle.
El General sonrió y utilizó su fuete en el rostro de Killian marcándole en rojo su grosería.
—No se que clase de hombre es usted, pero mató a tres de mis hombres. ¿Se puede saber cuál fue el motivo? Y… también quiero que me diga el nombre del excelente artesano que ha hecho semejante rifle que utilizó para matarles —El General alzó la escopeta que descansaba en uno de los muros—. Un arma como esta infunda respeto.
Killian observó la oreja rota y sonrió.
—Se ve que usted necesita que lo respeten —dijo Killian y señaló con la mirada la oreja rota, miró la expresión dolida del general con agrado y se arrepintió cuando este alzó el pie y lo empujó contra su vientre. Gritó adolorido y sintió la enorme presión del gordo hasta que le rompió una costilla.
—Me pidieron que no le matara, pero si puedo darle un buen escarmiento.
Killian, déjalo ya. Este hombre tiene Protección. El Hombre sin Rostro le tiene protegido espiritualmente, su sombra no puede ser robada.
—Es curioso, pero su arma está cómo hecha para usted, se siente incorrecto cuando yo la tomo. Me causa escalofríos —dijo El General, dejó la escopeta cuidadosamente recargada, como estaba antes. Sacó un paquete de cigarrillos de la bolsa de su pantalón y encendió uno—. Ahora cuéntame, si no te importa que te tuteé, ¿por qué mataste a tres de mis hombres?
—No hay problema, podemos olvidar las formalidades hijo de puta —dijo Killian, le golpearon en su rostro de nuevo, pero se reservó el grito.
—Muy bien cabroncito hijo de tu chingada madre. ¿Por qué mataste a tres de mis hombres?
Killian miró con enojo al General y pensó en decirle lo rápido que había olvidado las formalidades cuando escuchó —: Podemos usar esto a nuestra ventaja Killian, no me sirves muerto, ganemos tiempo.
—Perseguía a un religioso con un letrero en la espalda —Killian esperaba un nuevo golpe con el fuete y cuando no lo recibió, observó la expresión calmada del General.
—¿Perseguías a Burgos? ¿Cómo sabías que era él?
—No se quien es Burgos, solo se que tenía un letrero de Libre en la espalda.
—¿Y no sabes hacia dónde escapó?
Killian abrió la boca para responder negativa cuando se escuchó la puerta, el humo de un puro entró en el cuarto y un hombre de traje blanco avanzó tranquilamente. El General se paró firme y dio un saludo militar. Killian observó que el hombre no tenía rostro.
Es von Lurendberg. Vaya.
—¿Eso es malo o bueno? —preguntó Killian en voz baja.
Aún no lo se.
Lurendberg rió e hizo una estela de humo con su puro, su otra mano la metió en el bolsillo y analizó a Killian.
—Dile la verdad, dile que es malo, muy malo —dijo Von Lurendberg y Killian por primera vez, tuvo terror genuino en su vida.
—¿Me llamabas? —preguntó Arlequín—. Esta ha sido una larga noche, nocturna eterna, quisiera irme a dormir, a descansar. Es mucho para un día.
Yasmín guardó silencio.
—La verdad es que tu vida me vale un comino —dijo finalmente.
Arlequín se sentó en el borde de la cama y se rascó el cachete confundido. Sacó un cigarro y lo prendió con un cerillo, antes de que le preguntara, le ofreció uno a Yemita quien se estiró de su asiento para tomarlo.
—¿Es todo? —preguntó Arlequín—. Tú y yo no nos llevamos vieja. Por los azares del destino, el destino y sus jugarretas decidieron que debemos vivir esto juntos. ¿Recuerdas cuándo trabajabas en el circo?
—Lo recuerdo muy bien Payasito, un trabajo temporal para enterarme de cómo iniciaban los acontecimientos en este universo.
—Deja de hablarme de universos, que para mi existe solo este, solo este me importa porque es en dónde me ha tocado vivir.
—No lo dirías si tuvieras que vivir varios como yo.
—Se que has vivido esto antes Yasmín, ¿por qué no me das un adelanto? ¿por qué no me dices más o menos que es lo que sucederá? Lo que acontecerá me interesa. ¿Podré vencer a Lurendberg?
Yemita sonrió.
—Payasito, ¿te confieso algo? —Yemita ignoró la respuesta afirmativa que estaba a punto de darle, jugó con el cigarro sin prender en sus dedos—. No tengo ni la más remota idea de qué sucederá. Sólo tengo pedazos del rompecabezas y algunos no son alentadores. Con algunos me refiero a la mayoría.
—Lo importante es intentar, hacer un esfuerzo es justo. Me sorprende que siendo tan vieja, tan anciana que eres y me sales con miedos. A veces tienes actitudes de niña amargada Yasmín. Un hombre como yo no se puede dar el lujo de dudar, tiene el tiempo contado.
—Yo no tengo tiempo que contar, porque el mío es eterno, tal vez por eso sea una niña amargada —respondió Yasmín, su tono de voz se hizo agresivo. Arlequín se sorprendió, había otra ocasión en que Yasmín le había hablado así y fue cuando en el circo le preguntó porque no estaba casada.
Los dos callaron y fumaron.
—La Muda hizo contacto con el grupo, Rafael. Parece que Burgos está en camino.
—¿Ah sí? Esas son buenas noticias. Noticias grandiosas.
—Así es, pero mataron a uno.
—¿Qué?
—El Músico. Aún podemos recuperar su alma, con tu ayuda y con ayuda de La Muda. Lo haremos mañana temprano, seguro llegarán cuando esté amaneciendo. Si quieres dormir aprovecha ya.
Rafael bostezó y se iba a levantar cuando escuchó que Yemita suspiró.
—No te enamores de Boyselle, Payasito. No te quedes en Jaramillo, puedes venir conmigo y escapar de este lugar cuando encontremos el camino. Te haré inmortal y prometo cuidar de ti —dijo Yasmín, casi en voz baja. Arlequín miró el humo de su cigarro incómodo.
—¿Te estás ablandando Yasmín?
—Te estoy ofreciendo una oportunidad.
—¿Te das cuenta de lo que me estás pidiendo?
—No te pido nada, solo te doy una oportunidad. No pienses cosas que no son.
—Y yo quisiera aceptarlo, pero tú debes saber mejor que yo que no puedo dejar Jaramillo. No puedo dejar libre a un monstruo como ese que no se que está buscando aquí.
—Pronto sabrás que está buscando.
—¿Por qué no me lo dices?
—¿Para qué? Si de todas formas eres terco como una mula, te quedarás aquí y no importará nada. Te enamorarás de un fantasma elegante cuyo cuerpo está muchos metros bajo tierra. Eso me gano por ofrecida, no olvides que Boyselle es un fantasma y cuando caes de lleno en el mundo de uno, no puedes salir. No servirás para nada y sólo querrás vivir el resto de tus días para esa supuesta condesa.
—¿Y qué? Moriré pronto, tan pronto acabe mi trabajo tal vez decida ser un espanta-casas con ella aquí en Puerto Octay. ¡Vaya! ¡Qué sorpresa que la sabia y cínica Yasmín no me mire como una vaca sacrificable! ¡Resulta que si le soy una vaquita simpática!
—Mira Rafael…
—Miedo me da cuando usas mi nombre, si mi nombre utilizas me espantas.
—Rafael, tú sabrás. Ya que me negaste la oferta que te hice, entonces me importa un cacahuate lo que hagas con Boyselle o lo que no hagas, si le lames la cola a su gato, es tu decisión. Quiero que te quede bien claro que tú propósito es derrotar a Lurendberg y en ese largo camino, yo encontraré la salida para escapar de Jaramillo.
—Ahora resulta —dijo Rafael y alzó los brazos enfatizando el sarcasmo— Así me gusta. La niña amargada.
Yasmín alzó su cabeza y levantó un puño, Arlequín sintió como su pulso empezó a acelerarse, se sentía mareado y la respiración le faltaba poco a poco. Rafael gruñó y con ambas manos empezó a penetrar en las vibraciones de la vieja, buscando que esta se tranquilizara.
La Tía Yemita se rió y relajó su puño. Arlequín recupero su respiración.
—Es difícil manejar mis vibraciones Payasito. Casi imposible, descansa tu poder. Vete ya. Suficiente de tonterías. Piensa en mis palabras y te prometo que yo pensaré en las tuyas.
Arlequín se acarició el cuello y forzó una sonrisa. A pesar de todo, le hacía sentirse seguro tener a la vieja de su lado. Aunque fuera una promesa.
Yemita prendió su cigarro y cuando escuchó que Arlequín salió, una lágrima recorrió su mejilla.
La Muda no quería dormir, no tenía sueño y con el viaje astral que había tenido, le parecía suficiente. No quería volver a sentir a esa presencia enorme persiguiéndola, no la quería descubrir ni mirar a los ojos. Sin embargo, se le hacía familiar, como si ya la conociera de hace años.
Tal vez la presencia siempre había estado ahí, oprimiéndola, ya sea despierta o en sus sueños. El día que menos la sintió fue el día en que trató de escapar con Chucho. Se abrazó al recordar cuando las promesas de una vida fuera de La Ciudad le proporcionarían felicidad.
La Ciudad.
Tal vez un ranchito o un departamento humilde en México, caminar por Europa. París, la ciudad bohemia y de los enamorados, España y sus exquisitos vinos, tal vez Sudamérica, caminar en Chile y sus asombrosos puertos, bailar el tango de Argentina y vivir la nostalgia de Montevideo. Cuando se lo imaginaba, la presencia se hacía fuerte y recordaba que se encontraba en La Ciudad.
La Ciudad.
Jaramillo.
La Muda se levantó de golpe y abrió la boca sorprendida. ¡Eso era! ¡Eso era la presencia qué buscaba la muerte de ella, y tal vez de Arlequín y de Yasmín! Negó con la cabeza y miró a todos lados, ¿Debería contárselo a Yasmín? La Muda hizo una mueca herida, ella tal vez ya lo sabía y se los había estado ocultando. ¿Y si Yasmín estuviera jugando doble juego? Mayela se mordió el labio, recordó que le dijo —Entiendo— cuando Yasmín leyó sus pensamientos.
¿Qué entendía? Además, según la famosa Tía Yemita les había dicho que era inmortal. No podía morir a manos de La Ciudad, para ella era conveniente tenerla de su lado. ¿Y si su propósito era entregar la cabeza de todos? Tenía sentido, un retorcido sentido. La Ciudad abriría el camino de escape si lograba conseguir las sombras de todos aquellos que había escuchado nombrar y formaban parte de la guerrita contra Lurendberg, quien controlaba prácticamente todo.
Le parecía lógico. Le parecía siniestro.
La Muda miró la casa y a través de la ventana del segundo piso, podía admirarse el rostro de endurecido de Yasmín. Deseó mirarla a los ojos y saber la verdad por ella misma. ¿Qué era el brillo en su rostro? ¿Una lágrima?, La Muda suspiró y prefirió no darle vueltas al asunto. No quería desconfiar de La Anciana, no ahora. No tenía pruebas contundentes, solo una imaginación muy fértil.
—Tengo entendido que usted encontró al Señor Burgos —preguntó el Hombre sin Rostro, aventó el humo de su puro en el rostro de Killian quien tosió. Sintió una extraña sensación de sueño cuando aspiró el aire contaminado.
Trata de soportar Killian. Estaré aquí contigo. No puedo perderte, eres el mejor.
—Creo que eso está sobreestimado, mi estimado… ¿Guía? ¿Así te haces llamar? Qué curioso. ¿Y bien Señor Killian?
Lurendberg caminó de un lado a otro de una manera muy lenta. Killian entrecerró los ojos, luego miró al General, su visión se hacía borrosa y sentía que se asfixiaba, sin perder el control, respiró profundamente, inhalando más humo tóxico del puro.
—Encontré a un cura con un letrero en la espalda. ¿Ese es Burgos?
—Así es. Usted es un joven muy listo. ¿Y qué sucedió después?
—Estuve a punto de matarle —respondió Killian, agradeció que Guía estaba ayudando a armar el relato para no tener que decir todo—. Cuando alguien se aventó encima de mi, un militar. Había una joven con él, de cabello rubio y muy bonita.
Lurendberg se detuvo. El General se frotó la mejilla.
—¿Qué mas, Señor Killian?
—Le disparé a la rubia —Killian sintió que el humo le desgarraba los pulmones repentinamente, abrió la boca y jadeó buscando aire que respirar, con trabajos dijo la frase que le salvó la vida y detuvo la agonía— sólo le di en el hombro. Ella se salvó, el militar la cargó en el hombro y los tres corrieron, yo les perseguí por varias calles. Un regimiento de soldados salió de una de ellas y me pidieron que me detuviera. Yo no les hice caso, porque tenía que matarlos y conseguir sus sombras para Guía. Ellos sacaron sus armas y estuvieron a punto de matarme, cuando yo me adueñe de sus sombras e hice que se retorcieran, no podía dejar que se escaparan, sin embargo los perdí de vista.
—Sabe, las leyes dicen que todo civil que mate a un militar, debe ser juzgado y ejecutado. Usted acaba de firmar su sentencia de muerte —susurró Lurendberg.
No te sirve muerto, ni a ti, ni a mi.
—Querrá decir que a usted no le sirve muerto mi querida Guía, a mi me da igual —respondió Lurendberg.
He respetado tu poder Lurendberg. No podemos arriesgarnos y lo sabes bien. Uno de los dos debe conseguir El Libro y si peleamos, podríamos perder la oportunidad de conseguirlo. Deja que hable, no es el final de la historia.
Lurendberg guardó silencio. El General se frotó la oreja, le hubiera gustado saber con quien hablaba El Hombre sin Rostro.
—Ya escuchó a su benefactor, Killian. ¿Tiene algo más que decirme?
—Después se acercó a mi el espíritu del niño. Guía fue muy bueno conmigo y me ayudó a levantarme, Pensé que era el niño del Principito, juro que no quería matarlo. Un temor se adueñó de mi e hizo que apretara el gatillo, no una, sino dos veces. Tenía que asegurarme que estuviera muerto. Y cuando por fin vi su cráneo casi destrozado, me di cuenta que no era él, que era otro niño.
—¿Un niño negro? ¿El saxofonista?
—Sí señor —respondió El General—. Muy probable que haya sido él.
Lurendberg puso una mano en el bolsillo y se balanceó pensativo.
—Señor Killian, le ha hecho un gran bien a nuestro gobierno —dijo Lurendberg—. Asumo que posee la sombra del niño.
Killian no respondió, se sentía cansado y con muchas ganas de caer dormido. Su respiración se hizo desesperada, el esfuerzo hizo que el sudor cubriera su pecho y su espalda, que le hacía darse cuenta de lo fría que estaba la pared contra la que estaba encadenado.
—¿No recuerda nada más Señor Killian?
—Sí, un hombre furioso se aventó sobre mi, muy humilde, de no más de cuarenta años. Me golpeó y lo último que recuerdo es que acabé aquí. Con un cerdo de bigote haciéndome preguntas.
El General hizo ademán de golpearle pero Lurendberg le detuvo con un gesto.
—Qué curioso, el único cerdo que tenemos aquí de bigote y sin una oreja, es nuestro bien amado General —dijo Lurendberg. El General apretó el puño, sus ojos oscurecieron y miraron a Killian con un cariño muy especial—. Déjeme a solas General. Retire a sus hombres de la guardia.
El General obedeció, sin apartar la mirada del cansado Killian, abrió la puerta y murmuró una grosería. Después ladró ordenes a los hombres que estaban fuera y cuando todo estuvo en silencio, Lurendberg habló de nuevo.
—Puede descansar Señor Killian, mañana a primera hora tendremos una charla de negocios —Al escuchar eso, Killian cerró los ojos y cayó dormido profundamente.
¿Charla de negocios? Killian me debe lealtad a mi. No lo olvides.
—Mi estimada Ciudad. A pesar de que heredé el odio que le proferías con tanto ahínco a Burgos, tenemos muchas metas en común. Es hora de que forjemos una alianza. Se que quieres El Libro, pero no tienes el poder para leerlo y ni mucho menos escribirlo. Ciertamente que Killian tampoco. Así que te propongo algo. Yo conozco los poderes alrededor del libro y he dedicado mi vida a investigarle. Con seguridad, si usted me ayuda, podremos arreglar un trato que sea benéfico para ambos.
¿Qué clase de trato?
—Las sombras que quieras. Usted me conoce y sabe bien que no tengo uso para la humanidad, yo aspiro metas mucho más grandes y por lo mismo son otras. Yo no quiero el libro para esclavizar a los humanos, de hecho ni me interesan. Aunque tengo presente que quiere extender su territorio y yo puedo lograrlo. Sombras, no te faltarán, las tendrás hasta el cansancio.
Sombras…
—¡Así es! —exclamó Lurendberg—. ¿Es más? ¿Qué te parece toda la Tierra? Tú poder no llega a tanto como para extenderte al Universo, ni jamás lo hará, usted y yo lo sabemos. Pero con el Libro en mis manos, toda la Tierra será tuya para complacerte en tu sed de sufrimiento eterno. ¡Tendrás las almas a tu antojo! Estamos jugando en las ligas mayores, mi querido Jaramillo.
Me agradan mucho las sombras y el sufrimiento. La tristeza es mi placer. El arrepentimiento mi pan de cada día. ¿Cuántos humanos hay en el mundo?
—Muchos, cuantos quieras, el mundo tiene como diez millones de veces la cantidad que tiene Jaramillo, ¡Miento! ¡Tiene más y como se revuelcan como puercos podrían ser infinitos! Recuerda, mi querido Jaramillo, que El Libro solo puede ser leído y escrito por mi. Me necesita para lograrlo y a mi me facilitaría nuestra misión si usted se pone de mi lado. Quiero que comprenda que podría conseguir El Libro de cualquier manera, usted lo sabe mejor que yo.
Puede ser, pero no vamos a enemistarnos Lurendberg. Ya que tienes mi apoyo y puedes disponer de mi siervo como te plazca.
Lurendberg aplaudió.
—¡Muy bien! Ahora, ¿puede usted hacerme un pequeñísimo favor? Mire usted, he perdido a mi hija y estoy terriblemente descorazonado. ¿Puede usar sus medios para buscarla? Se que hay lugares en donde no tiene el control absoluto, no es cosa de preocuparse, lo tendrá pronto. Sencillamente eche un vistazo en aquellos lugares, con sus recursos por supuesto, para ver si es posible localizarla.
Qué padre tan preocupado me saliste.
—Claro —sonrió Lurendberg—. Yo amo a mi hija.
Los alces callaron su hambre y caminaron al unísono en el bosque.
Los caballos saciaron su sed y corrieron juntos en la pradera.
Los delfines callaron su canto y brincaron en el mar.
Las gaviotas surcaron el cielo y volaron en los puertos.
Los perros olvidaron de buscar desperdicios y corrieron en las calles.
Alicia von Lurendberg, tenía que ser encontrada.
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esto es una mierda :chillon::chillon::ajawey::aywey:
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