El redentor de la gabardina se sentó y lloró, los cuerpos desechos por las balas yacieron en el piso de la casa. Una luz manchada de sangre, sucia y amarillenta abrillantó las lágrimas de Killian, quien sacó un pañuelo de una de sus bolsas y limpió el cañón de la escopeta. Un fonógrafo tocaba en algún lugar Stand by me de Ben King.
—No I won’t, be afraid… No, I won’t be afraid. —cantó Killian, movió sus pies con el ritmo de la música y se reacomodó el sombrero en la cabeza ensombreciendo sus ojos. Las sombras innaturales se le acercaron y le acariciaron su corazón.
Necesitamos más sombras Killian.
—Déjame en paz, te he servido bien y lo seguiré haciendo siempre y cuando me des estos momentos.
El tiempo es corto, ellos encontrarán el libro antes que nosotros a menos que continúes consiguiendo sombras.
—Tenemos muchas.
Necesitamos más.
Killian se limpió las lágrimas y con ojos borrosos miró las cortinas moradas manchadas de carmesí, la mesita del teléfono que se descolgó accidentalmente cuando la señora de la casa intentó huir. La mesa de madera con tapa de vidrio que sostenía obligadamente la cena del marido.
Las sombras se rieron suavecito.
—Estas sombras son suficientes para enfrentar al Hombre sin Rostro.
Él no tiene el libro Killian.
—Pero seguramente sabe donde se encuentra.
No, no lo sabe. La Dama Fortuna es otra historia.
—Estas sombras son suficientes para llegar a ella.
Killian guardó silencio y esperó a que su Guía pensara lo dicho. Las lagrimas mojaron su rostro de nuevo, no podía evitar el llorar cuando robaba las sombras de los muertos, todas le recordaban a la primera que robó en su vida.
—Era un niño pordiosero, pobrecito. ¿Ya se saben la historia? Se las voy a contar —sonrió Killian, las sombras se quedaron quietas preparándose para escuchar el relato—. Poco después que murió mi familia por culpa del Ejército, hace un año aproximadamente, viniste tu a mi vida, te he llamado la voz, la guía, la maldición, nos amamos y nos odiamos el uno al otro. Somos simbióticos.
Yo puedo vivir sin ti Killian. No olvides que te escogí porque eres el mejor.
—Déjame soñar y pensar que me necesitas para existir —dijo Killian alzando el tono—. Nos encontramos hace un año y ahí estaba el niño, sentadito en el tronco de un árbol, estaba leyendo el Principito. El mismo niño parecía un príncipe, tan humilde y sin embargo, buscando conocimiento. Un niño hambriento de su lectura, le brillaban los ojos.
Es nuestra mejor sombra. Deberíamos buscar más niños, son pocos y más poderosos.
—No más niños, quedamos en eso. Pobrecito, cuándo miró mi escopeta se orinó en los pantalones, nos tenía mucho miedo y con mucha razón, porque le robamos la inocencia en el momento que la bala quedó a un milímetro de su corazón. No es justo.
Se hará justicia cuando tengamos el libro Killian, no me hagas repetirlo.
—Soy el mejor en lo que hago, dame estos momentos, es todo lo que pido, estos momentos.
Yasmín se rascó el cuello e hizo una mueca. Arlequín apareció de entre la niebla y se subió a la camioneta molesto. La Muda se despertó adormilada y bostezó.
—¿Dónde está? ¿No vino contigo? —preguntó Yasmín.
—No, se negó. Padre Taxi no quiso venir conmigo, irse con nosotros le pareció absurdo.
—Ya lo esperaba, ese hombre no tiene idea de lo importante qué es.
—Cansado me dijo que estaba, que nada le interesaba, le importaba nada ya.
La Muda se sintió incómoda en su asiento, le decepcionaba no tener a nadie con quien compartir el rato aparte de Yasmín y Arlequín. Toda la situación se le hacía extraña, el viejo ni le había dejado llorar su luto llevándosela de inmediato.
—Nadie te obliga a quedarte —dijo Yasmín.
—¿Nadie me obliga? Yasmín, todo me obliga y debo seguir —respondió Arlequín.
—No te decía a ti —replicó Yasmín. Arlequín alzó una ceja intrigado y La Muda furiosa se dio vuelta en el asiento tratando de recostarse, miró a través de la ventana empolvada y deseó que todos la dejaran en paz.
—Me han pasado cosas peores Mayela y definitivamente nadie me dio tiempo de llorar. Así que aguántate como toda una mujercita, ya suficiente tengo con arrastrar al payasito este para que no se me vaya al circo.
Padre Taxi se fue riendo en el camino a su Calle Segura, avanzando con pasos seguros entre la gente que le ignoraba porque le pensaban loco, al percatarse de que nadie le reconocía como Andrés Burgos se carcajeaba aún más fuerte y dio pequeños saltitos de felicidad, tarareó una canción y gritó como loco enamorado palabras sin ningún significado.
—¡Es hora de irme!
—¡Empezaré de nuevo mi vida!
—¡He nacido otra vez!
—¡A nadie le importo!
Taxi guardó silencio un momento, sin dejar de lado a su sonrisa, pensó en Arlequín y se lamentó que no pudiera ayudarlo, el quería recuperar a la Dama Elegante y llevársela consigo, sin embargo su temor a Lurendberg era más poderoso. Podía anteponer millones de excusas antes de regresar con el Hombre sin Rostro.
Los faros se prendían y la gente apresurada se estaba yendo a sus casas, no tardaba en comenzar el toque de queda, Taxi pateó un cartón pensativo, la sonrisa gradualmente se borró de su rostro y sus manos fueron a dar a los bolsillos de su vestimenta de religioso.
—¿Y si voy por ella?
—¿Si consigo llevármela?
—¿Si nos vamos de aquí juntos?
—¿Y si ya no me quiere?
Ante las preguntas, un recuerdo que antes no había tenido se presentó en su memoria, La Dama Elegante y él, juntos, un día ella antes de desaparecer. Taxi se sorprendió, nunca pudo recordar con claridad aquél día hasta ese momento, ella estaba llorando y le tomó su mano. La ciudad no estaba maldita en ese entonces, Taxi ligó con absoluta certeza de que la desaparición de la Dama Elegante tenía que ver con la maldición de la ciudad y ahora lo confirmaba. Sus dedos se entrelazaron, sintió de nuevo un golpe en el corazón que latía rápido, su primer contacto con una mujer en la juventud, y para su suerte o maldición, esa mujer era su diosa. Perdóname por esto que estoy apunto de hacerte, no tengo a nadie más en quien confiar, dijo ella.
Taxi se pasó una mano en la cabeza y se sentó en el jardín de una casa, escuchó unos grillos alegrar la noche que se acercaba prontamente, el pasto estaba seco, alguien había dejado de regarlo hacía mucho tiempo, inclusive la lluvia lo ignoraba. ¿De qué tenía que perdonarla? Buscó más en el recuerdo pero le fue inútil y sólo recibió el final, que se repetía con esas palabras que le pedían perdón.
Levántate, mira por la ventana.
Killian obedeció tranquilamente, las sombras le siguieron y se movieron con los pliegues de la gabardina adhiriéndose a ella, oscureciéndola. Se acercó y corrió las cortinas para ver, en el jardín había un religioso que estaba sentado y pensativo, a Killian se le hizo un pordiosero común y que no opondría resistencia a su muerte, los prefería a ellos, le era más sencillo matar hombres que no tenían miedo a la muerte y más bien le daban la bienvenida. El silencio se hizo total, Killian alzó la vista suponiendo llamar la atención de Guía.
—¿Qué tiene de especial ese hombre?
No lo se, siento algo Killian, ve por él.
—¿Lo mato?
No, acércate a él. Nada más.
—¿Y le invitó un café con galletitas?
Un día podría no soportarte esas bromas.
Arlequín manejó en silencio entre las calles y avenidas de Jaramillo, que más que ciudad, era un pueblo bonito y amplio, un lugar de poetas y bohemios si no estuviera maldito. Arlequín se sumergió en sus pensamientos mientras veía las calles, hubo un momento en el que cambió todo en Jaramillo y nadie le había dicho cuál. Miró a Yasmín de reojo, parecía dormir, sin embargo Arlequín en los años que llevaba de conocerla, sabía que no dormía.
—Yasmín, ¿estás despierta?
—Yo nunca duermo en presencia de extraños, payasito.
—Lo se. ¿Por qué? Platícame de ti, tengo curiosidad por saber quien eres. ¿Quién eres, me dices?
—Soy una anciana amargada al que algunos cariñosamente llaman La Tía Yemita, La Adivina Ciega o Hija de Puta, es todo.
Arlequín sonrió levemente, la neblina se despejó y un sol irreal y brillante en tonos amarillos oscuros y azules se hizo paso a través de lo que parecía un puerto con mucha vegetación alrededor, flores de hermosos colores y tonos se abrieron paso, el mar cantó tranquilamente y llevaba ninfas en el aire que depositaban el dulce aroma a mar y playa en donde pasaban los viajeros. El sol se escondió jugando con la realidad y unas estrellas se presentaron poco a poco.
La Muda se reclinó en su asiento poco interesada por la plática. Prefería disfrutar el inicio del anochecer, abrazó los olores con agrado y se dejó llevar por el azul profundo del mar que pronto se confundía con el cielo, se preguntó si alguien había intentado escapar de Jaramillo por barco, se sonrió, aún no pudiendo escapar se imaginó que sería una muerte bella, el ahogarse y hundirse en lo profundo del mar donde nadie la viera convertirse en espuma y coral.
—No puede ser. Esto no es cierto.
—¿Qué exista un lugar así aquí payasito? Lo es, y aunque no lo parezca, aquí viven los más infelices de todos nosotros. Lo entenderás cuando conozcas a Boyselle, no estamos lejos.
—¿Por qué?
—Jaramillo se convirtió en una ciudad espiritual Arlequín, es difícil de explicártelo pero trataré de hacerlo, hubo un evento que desencadenó una serie de reacciones mágicas, por así decirlo, y Jaramillo se convirtió en un centro de gente infeliz, triste, cobarde y mala. Sin saberlo, la gente daba aquí y encontraba un hogar que se convertía en su propio infierno, o tal vez redención.
—¿Quieres decir que todos aquí estamos muertos?
—No, al contrario, Jaramillo no tiene tiempo. Aquí todos son inmortales inclusive al morir su cuerpo, los vestigios espirituales continúan la existencia previa.
La Muda escuchó con atención, dejando el paisaje bello a un lado. Se sintió triste por Chucho y no pudo evitar las lágrimas silenciosas, imaginándose su alma que deambulaba en el bosque buscándola para llevársela de Jaramillo. Se llevó las manos al rostro.
—Fantasmas.
—Si ese término te hace sentir más cómodo —Yasmín tomó una pausa—. La gente sigue llegando, Jaramillo es como un imán, entre más cerca estés, es inevitable tu entrada en este lugar. El tiempo es imparable en el mundo afuera de Jaramillo, pero aquí nunca pasa. Aquí no hay muerte, eso puede sonar bonito, pero cuando tu cuerpo es destruido y te das cuenta que nadie te recuerda o te recuerda con rencor, entonces el sufrimiento continua.
Arlequín vio un grupo de gaviotas que volaban en círculos bajando a tierra para pescar, había casas lujosas separadas por espacios grandes de playa. La Muda continuó llorando en silencio, escuchó las palabras de Yasmín y se las repitió, diciéndose que era importante saber el origen del lugar en donde estaba prisionera.
—¿Cómo sabes tanto de éste lugar?
—Cuando duermo, Ella me habla en sueños, me protege y me cuenta cosas. Si duermo payasito, pero siempre tengo la misma pesadilla de mi historia y de mi pasado, no lo quieres saber, es triste. Mientras sueño puedo escucharla y Ella me da conocimiento, me da poderes que no poseo mientras estoy despierta. ¿Cómo llegó a mi vida? No lo recuerdo, esa es una de las respuesta que busco.
—¿Hablas de la silueta que está en tu carta? Es una mujer que es como un espíritu guardián. Un ángel, ¿no crees? Si te cuida tiene que ser un ángel.
—Eso pensaba yo al principio. A veces dudo y pienso que es un demonio.
—¿Por qué?
—Soy más vieja de lo que puedes imaginar. Antes de Jaramillo, tenía más de mil años de edad o un número estimado, aprendí los caminos de la Muerte y cumplí sus deseos, en mi juventud era una Sanadora de Almas, tú no sabes nada de eso payasito y la verdad es que yo se muy poco, en palabras simples mi trabajo era el de llevar a la gente moribunda a un descanso feliz y tranquilo. La Muerte me traicionó y entonces, sacrifiqué mis ojos para convertirme en una inmortal, me dediqué a hacer a la gente miserable e inmortal como yo, almas que permanecen en la tierra más tiempo del que deberían son blanco de demonios y cosas peores. Cuando salga de aquí seguiré haciendo lo mismo, de esa forma la Muerte me dará respuestas algún día, así tenga que acabar con todas las almas de la Tierra.
Arlequín hizo una mueca, buscó en uno de sus bolsillos y sacó un cigarrillo, escuchó los débiles sollozos de La Muda y consideró que lo mejor era dejarla sola en su dolor. El paisaje que era bello hacía unos momentos se le hizo amargo.
—¿Ya fumas? En ese caso, regálame uno.
—Sí, después de enfrentarme con Lurendberg, el vicio vino sólo a mi, yo no le llame —Arlequín sacó su cajetilla vieja y le ofreció a Yasmín quien lo tomó agradecida, Arlequín iba a sacar su encendedor cuando observó que Yasmín prendió una llama en uno de sus dedos y con ella prendió su cigarro. Arlequín acercó el suyo, después de lo que acababa de escuchar, ya nada le sorprendía de la vieja.
—Para serte honesta, no te queda mucho tiempo de vida, no deberías hacerlo.
—Lo se, unas semanas es mucho tiempo, mucho tiempo. Podré llevarme a Lurendberg al infierno donde pertenece y si no lo logro, al menos haré el camino. ¿Y a ti qué te importa si me muero o no? Por lo que acabo de escuchar para ti la gente es ganado. Ganado y vacas sacrificables.
—Es que me eres una vaquita simpática —dijo Yemita y se echó a reír.
—¿Qué quiere decir con qué se fue con él? —dijo el Hombre sin Rostro, mantuvo los dedos pegados y los movía lentamente, no había puro en sus labios.
El General tembló de nervios, cuando no había un puro en sus labios el Hombre sin Rostro era impredecible.
—Sí, señor. Su hija y él escaparon por los pasajes de basura, en el acceso escondido que hay en su cuarto. Enviamos inmediatamente un pelotón para interceptarles pero nos fue inútil encontrarles —dijo el General, conservando la calma.
—¿Mi hija? ¿Qué quiere decir con qué fue inútil encontrarles? —preguntó Lurendberg, cada nota de su voz era un alfiler que se clavaba en el cuerpo de el General, a quién el labio inferior le tembló levemente—. Ese maldito Ezequiel, ¿sabe por qué huyó General?
—No, señor —dijo el General, sintió los cuadros de la oficina de Lurendberg observarle de la misma forma en que Arlequín lo había sentido hacía tiempo. El General observó a Lurendberg abrir una cigarrera de oro y sacar un puro, suspiró de alivio para sus adentros.
—Porque descubrió mi verdadero rostro. Mi estimado General, se que usted me ha servido bien durante una larga carrera militar y tanto usted, como yo, no queremos que tenga un abrupto y triste final. Encuentre a mi hija y ejecute a Montes de Oca, si no quiere usted conocer quien soy realmente.
—Sí, señor —dijo el General, dio el saludo y caminó hacia la puerta cuando escuchó:
—Y cuídese la oreja sana, lamentaría mucho escuchar que también se la rajaron.
Perdón por esto que estoy a punto de hacerte. Será mejor que no recuerdes nada, hasta que sea el momento. Te quiero mucho chiquito, mi Andrés.
Killian se acercó cautelosamente al religioso y su escopeta se balanceó a un costado esperando el momento indicado. Lo miró más de cerca y vio que un letrero de Libre colgaba en su espalda, sonrió por el detalle. Continuó acercándose en pasos lentos, escondiendo el ruido de sus botas en el pasto seco hasta que se detuvo a tres pasos de él. Esperaba que Guía le dijera que hacer, mientras tanto apuntó su escopeta.
—Esto no es un juego —susurró Padre Taxi—. La Dama Elegante me está buscando. Espera a que la rescate. Los cambios y la maldición no son una casualidad, ella me está esperando, ¿me cree que voy a llegar en un corcel? No puedo, el ejército… el Hombre sin Rostro. ¿Qué es lo que no puedo recordar?
Killian escuchó desinteresado. Acarició el martillo de su rifle y se aseguró de apuntar la cabeza de Padre Taxi.
Este hombre es el más peligroso de todos Killian, nos hará mucho daño, dispara ya. No dudes.
Killian sonrió. Apretó el gatillo cuando un hombre se estrelló contra él.
—¡Ezequiel! —gritó Alicia, los dos hombres rodaron en el pasto, Taxi se levantó asustado y dio varios pasos atrás. Se acarició la mejilla que estaba derramando sangre, la bala había alcanzado a rozarle y se salvó de morir por unos centímetros.
¡Levántate Killian! ¡Mátalos a todos! ¡Aprovecha esta oportunidad!
Ezequiel levantó la vista confundido, escuchó a Guía y buscó a la dueña de esa voz. Killian recogió su escopeta, se levantó medio aturdido y apuntó su arma hacia Taxi, quien brincó a un lado antes de que le diera el disparo. Alicia corrió hacia Ezequiel y le jaló la mano para levantarse, Taxi escuchó los gritos histéricos de la jovencita que vagamente se le hacía familiar. Se levantó, avanzó rápidamente hacia Ezequiel y sintiéndose responsable le ayudó a levantarse.
¡Mátalos! ¡Mátalos! ¡Mátalos!
Killian disparó una vez más y el disparo rozó el hombro de Alicia, quien aulló de dolor y se desmayó. Ezequiel se despertó de su sopor, alzó a Alicia a un hombro con trabajos, escuchó un balazo más que le pasó a un lado de la oreja y resonó en su cerebro, aturdido por el sonido se tambaleó. Observó a Taxi correr.
—¡Sígueme!
Ezequiel obedeció y corrieron a la oscuridad de las calles. Killian les persiguió con ayuda de sus sombras ciegas.
Patricia Boyselle acarició a su gato, reposaba cómodamente en el sillón, su vestido de holanes y encaje se arrugaba pero eso había dejado de importarle hacía unos años, la ropa ya no le era importante desde que las sirvientas le abandonaron a su suerte. Se levantó, con su gato persa en brazos, lo acarició y se miró en el espejo, su rostro era perfecto para una mujer de cuarenta años, eran pocas arrugas de las que había aprendido a estar orgullosa, sus cejas delineadas en una curva intrigante, sus ojos azules claros misteriosos, espejos de una época vieja.
Su cuarto era amplio, con un cuadro de ella y su gato pintado por algún artista francés de su época, el cuadro estaba colgado encima de la cabecera de su cama, había muebles de caoba y terminados de plata, impecablemente conservados, sin ningún rasguño y sin polvo, Boyselle los limpiaba todos los días, le daba en que ocupar su día.
Su mirada se perdió en las estrellas abundantes, maldito puerto bello, maldita noche hermosa. Y ella, prisionera en su casa, pensó triste. Observó una camioneta en el camino que se dirigía a su mansión.
—Mira Pompadour —dijo Boyselle—.Tenemos visitas. ¿No te emociona?
Pompadour maulló.
Y en tu vida encontrarás a los que te ayudarán Andrés, así descubrirás este mensaje que he dejado. Padre Taxi no es una casualidad, serás tú. No hay otra persona más apta para protegerlo hasta vencerle, no podemos arriesgarnos.
Billy abrió los ojos y despertó. Recogió su saxofón y lo observó durante unos minutos, haciendo la recolección de eventos que lo llevaron a ese lugar totalmente desconocido, miró el callejón sucio y sus paredes sucias de grasa y mugre, recogió uno de los papeles que fueron alguna vez llevados por el viento y habían encontrado un hogar en el pasillo, dejó de leer cuando se enteró que estaba en francés.
Pestañeó y miró al cielo, había tercos luceros perdidos en las nubes nocturnas.
—¿Jonás? —preguntó. No recibió respuesta, miró a su alrededor y observó que Jonás se encontraba dormido, cubierto con su sarape. Se acercó y le subió el sarape para que no sintiera frío. Billy agradeció en silencio a Jonás.
—Extraño, no hambre —susurró, escuchó unos pasos apresurados, miró por la entrada del callejón y observó a varios soldados del ejército corriendo. Billy se acercó cauteloso a la entrada del callejón y se asomó.
—¡Déjenme idiotas, ellos son míos! —gritó un hombre en gabardina, portaba una escopeta que alzó y disparó hacia uno de los soldados que cayó muerto. Tres soldados desenfundaron sus armas, Billy escondió media cabeza, sintiendo lástima por el hombre que estaba a punto de ser ejecutado, cuando observó que este alzó su escopeta y murmuró unas palabras.
Billy observó asustado como las sombras de los soldados crecieron y se apropiaron de vida. Las sombras se alzaron y se retorcieron, observó como los cuerpos de los soldados se doblaron de manera grotesca, sin poderse despegar de sus sombras.
—God…
Se llevó una mano a los labios y vio como el hombre de gabardina se arrodilló, como herido y cansado. Se sostenía el corazón con una mano y tosió sangre.
—Cállate. Déjame descansar. Ya voy. ¿Dónde se metieron? —dijo el hombre de gabardina. Billy miró a la dirección opuesta y descubrió tres siluetas que se metían a otro de los callejones.
Son tres sombras menos Killian, estamos juntando las sombras, no repartiéndolas.
—Cállate.
Necesitamos la sombra de esos tres Killian, son muy valiosas, son las mejores.
—Déjame descansar.
No se vale descansar Killian, levántate.
—Ya voy —susurró Killian herido—. ¿Dónde se metieron?
Están cerca, puedo sentirlos.
Arlequín se bajó de la camioneta y miró la entrada victoriana de la casa, una de tantas en el pueblo fantasma de Puerto Octay. Todas al puro estilo norteamericano. Se acarició la barba mal afeitada, escuchó como Yasmín se bajó pesadamente del coche y como la Muda lo hizo a regañadientes. Los tres callaron un momento y observaron como la puerta se abrió sola.
—Boyselle nos está esperando, andando —dijo Yasmín, caminó por el empedrado. Arlequín esperó un momento a La Muda quien nostálgica miraba el mar. Se acercó a ella y le puso una mano en el hombro, La Muda volteó con lágrimas recién formadas en su rostro, Arlequín la abrazó y así caminaron juntos a la casa.
Al entrar La Muda y Arlequín observaron los muebles podridos y que se caían de viejos. El polvo era el forro de todo, dándole un gris sucio. La casa era iluminada por unas velas que se habían prendido en algún lugar, buscaron la silueta gorda de Yasmín, pero no la encontraron, se les había adelantado rápidamente, así que continuaron por un pasillo que les llevó a una sala.
Arlequín y La Muda se quedaron estáticos y aterrados. Observaron a un fantasma, con su vestido de holanes y encaje, que conservaba un gato en sus brazos y miraba con ojos vacíos a Yasmín que se encontraba sentada y en silencio.
Boyselle tomó asiento en su sillón de terciopelo rojo, Pompadour maulló un poco, se sentía incómodo ante la presencia de la vieja.
—Hacía tiempo que no nos veíamos Boyselle —dijo Yasmín.
Boyselle sonrió contenta y dejó al gato a un lado del sillón.
—¿Cómo ves mi casa? ¡Está preciosa! No tienes idea, he tenido que hacer un montón de trabajo, limpiando todo ese polvo y siempre cuidando que la platería esté impecable. Cambiar las velas y siempre estar acomodando los candelabros. ¡Dios mío! ¿No has sabido de alguna buena sirvienta?
—Lo siento, he tenido otras cosas que hacer.
—¡Pero cuéntame! ¿Qué has hecho todos estos años? —exclamó Boyselle animada, en su rostro no se podía esconder el agrado que tenía de por fin hablar con alguien.
—Digamos que he tenido de problemas de corte existencial.
—Sabes cómo odio cuando te pones filósofa —dijo Boyselle un poco decepcionada—. Y grosera. Pero no importa Yasmín, ¡Ya te extrañaba! Eres mi mejor amiga y a los amigos hay que aceptarlos como son, ya lo decía Cristo.
—¿Eso lo dijo Cristo?
—¡Claro! Cuándo dijo, ámense los unos a los otros, el habló del cariño que debemos tener con nuestros prójimos.
—¿No habrá sido con algo de saña eso?
—Ay Yasmín, tu siempre tan ocurrente.
Arlequín y la Muda se sintieron incómodos por el silencio de las dos mujeres, su alrededor se tornó más siniestro, al encerrarse en sombras las telarañas, los muebles rotos y el abundante polvo. Sin saber qué hacer, se quedaron callados e inmóviles, escuchando las respiraciones y esperando la señal para echar a correr. En ningún momento quitaron la vista del fantasma que sencillamente flotaba tranquilo, con su rostro muerto y su gato viejo que parecía disecado.
—Traje a unos amigos conmigo Boyselle. ¿Gustas conocerlos? —dijo Yemita.
—¡Claro que sí! No tengo visitas muy a menudo. Espera, ¿Serán de mi agrado? Porque si son filósofos como tú me aburriré toda la noche y se me acabó el vino hace tiempo. No podría soportarlos estando sobria, recuerdo a los amigos de mi marido, muy elegantes los señores, pero se la pasaban hablando pura pavada positivista, era una excusa para emborracharse y hablar de sus amantes y sus propiedades. Casi sospecho que mi marido tuvo que ver en lo del cuarenta y uno, ¿recuerdas eso Yasmín?
—No tengo idea de que hablas mujer, pero ya habrá ocasión. —Yasmín guardó silencio y señaló a la entrada de la sala—. Te presento a Rafael Arlequín y a Mayela Lomelí.
—¡Ahhh! Los Lomelí, creo que viene de buena familia y el señor Arlequín, hace mucho que no tenemos la presencia de un caballero en esta casa, ¿dónde están que no los veo?
—Abre los ojos mujer.
Arlequín y la Muda observaron al fantasma que flotó en el espacio hacia ellos, su aura azul iluminaba débilmente el pasillo y el impasible rostro de Yasmín, sintieron una corriente de aire frío golpear sus rostros, sin embargo sus píes no respondían. Yasmín sonrió desde su asiento y observó como el fantasma quedó a un pequeño paso de ellos.
El fantasma los inspeccionó de arriba abajo moviendo como muñeca rota su cuello, marcado por una cuerda hacía tiempo, dio una vuelta a su alrededor y después regresó al sillón de terciopelo rojo.
Arlequín y La Muda observaron como todo el cuarto se iluminó, los muebles se hicieron limpios, los espejos dejaron de estar rotos y la platería brillaba intensamente, los pisos de madera estaban arreglados y las telarañas nunca existieron.
Arlequín boquiabierto, observó el cambio en Boyselle, quien se convirtió en la mujer más hermosa que había visto, sonreía y sus ojos eran el espejo del mar y el cielo.
—Mucho gusto madame —dijo Arlequín, se acercó, tomó su mano y la besó.
—Oh, señor Arlequín—sonrió Boyselle—. El gusto es todo mío.
Yasmín carcajeó desde su asiento, como costumbre, rompiendo encantos. Patricia se llevó una mano al cuello expresando su molestia y miró de reojo a la ciega.
—Si me permite caballero, déjeme mostrarle mi casa, no tiene idea del trabajo que he puesto en ella y lo orgullosa que estoy. Mi gato Pompadour, tan precioso. Vente micifuz bonito, vamos a presentarle la casa al señor.
—Será un honor que Pompadour y usted me guíen, es una casa muy interesante —dijo Arlequín. Boyselle se levantó, recogió a su gato y se llevó a Arlequín a los adentros de la casa, quien siguió sus ojos olvidando todo.
La Muda se paseó y sintió los objetos que tocaba, no comprendía que había sucedido con la realidad de la casa. Observó a Boyselle y le aturdió su imagen aún translucida y fantasmal. Le extraño como se había convertido en un sol de un momento a otro.
—Las cosas así son en Jaramillo —dijo Yasmín—. Inclusive los fantasmas tienen su chiste, cuando les agradas te enseñan las cosas más bellas, cuándo no te conocen se dedican a ignorarte porque no hay necesidad de hablar contigo, pero ten cuidado cuando les desagradas, porque te presentan su infierno y el infierno de un fantasma te puede enloquecer y tragar, hasta acabar con cada litro de sangre en tu cuerpo.
La Muda asintió hacia Yemita y le sonrió. Pensó acerca de su Chucho y le agradó la idea de que el pudiera llevarla a un lugar magnífico, donde ellos solos, consumaran sus sueños y pudieran amarse como dos rosas entrelazadas, egoístas y felices.
La Tía Yemita se levantó de su asiento.
—¡Que cursi eres! —exclamó Yemita—. Vamos a nuestros cuartos, a Boyselle no le molestará que nosotros ocupemos su casa, nos ha invitado y no tardan en llegar los otros.
La Muda, un poco molesta, siguió a Yasmín.
—Sir? Are you ok? —preguntó Billy, se acercó a pasos lentos, ignorando las sombras inquietas que pintaban la calle. Fijó su mirada al hombre de la gabardina que seguía arrodillado y tosiendo sangre. Pisó la sangre de los soldados muertos sin querer, Billy pensó que debía correr, que debía tenerle miedo, pero no huía, su cuerpo inevitablemente lo llevaba ahí, hacía el Redentor de Sombras.
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