Vibraciones.
Desde que nació sintió las vibraciones. La música de circo inundó la sala y salió en su monociclo con su gran sonrisa, alzó sus manos y en un tropiezo prefabricado los hizo reír. Arlequín miró hacia otro payaso que en la vida fuera del circo era su hermano, dieron un concierto de insultos idiotas y las vibraciones crecieron.
La gente se impresionó cuando por arte de magia apareció un elefante detrás de ellos, los payasos continuaron discutiendo y como parte del acto, se dieron cuenta del silencio del público y voltearon a mirar atrás.
El elefante, como estaba entrenado, utilizó su trompa para alzar a Arlequín, la gente exclamó sorprendida y con la esperanza de que fuera parte del acto la lucha de Arlequín ante tremendo animal, los demás payasos, todos alumnos del maestro Arlequín, hicieron ademán de intentar rescatarlo.
Las vibraciones se hicieron de angustia y temor, cuando Arlequín logró el efecto deseado tronó sus dedos y el elefante obedeció y lo puso en su lomo. Arlequín alzó los brazos y la gente exclamó jocosa y alegre. Arlequín hizo una reverencia desde el lomo del elefante y saludó al público.
Vibraciones de risa y alegría, eran las mejores.
Arlequín dejó de vivir en el pasado durante un instante, sacó un cigarro y lo prendió nervioso, tomó la mano de la Muda y dejando el cuerpo de Chucho atrás hizo que caminara hacia la ciudad con él.
—¡Damas y Caballeros, el Circo de los Hermanos Arlequín presentan al sorprendente, místico, alucinante y misterioso Mago Alí Roldán! —gritó el presentador. Arlequín supervisaba su circo a lado de su hermano, recorrió la pista en su monociclo y aplaudió vigorosamente. La gente le imitó con la misma intensidad.
Arlequín sintió las vibraciones y las manejó como si fuera magia en sus manos. El público aplaudió, chifló y gritó como uno solo, haciendo el circo lo más grande en las vidas del auditorio. No sólo eran los actos de los payasos, los trapecistas y contorsionistas, el hombre bala, el mago Roldán o el temerario domador de tigres, era la concentración de alegría y felicidad que se generaba lo que hacía fabuloso al Circo de Arlequín.
El Mago Alí Roldán se presentó, moviendo su gran capa negra, el público miró atento los clásicos actos de magia representados con ayuda de una bella asistente. Arlequín sonrió y dejó las vibraciones descansar, no gustaba abusar de su poder, solo disfrutarlo.
El viejo Arlequín apretó la mano de la Muda y se detuvo, el bosque estaba terminando y empezaba crudamente la ciudad, un paisaje extraordinario y fantástico, el roce de la civilización con la línea del bosque. A unos pasos se encontraba un lote baldío con un letrero tirado y empolvado, el letrero tenía casi borrada la imagen de un payaso y apenas decía: “El Circo de los Hermanos Arlequín”.
La Muda se soltó de Arlequín, caminó y observó extrañada el lote baldío buscando algo sin saber qué, miró las carpas tiradas y casi deshechas por el viento, las lluvias y el polvo, los papeles de colores despintados y los sueños rotos. El aire le dio frío, observó la ciudad y la escena se tornó industrial con varias nubes grises y el contorno negro de la ciudad, la modernidad golpeó su rostro como despertándola de un sueño. Sin embargo, el aire portaba un olor distinto, a recuerdos de la tierra, la Muda presenció sentimientos que no le pertenecían y la confundieron.
—¿Tú también sientes las vibraciones Muda? Este fue un lugar repleto de ellas, aquí solía haber un espacio bendito que lograba la unión y la armonía. Unión y armonía.
La Muda continuó caminando hasta una modesta casucha, Arlequín caminó cansado hacia La Muda.
—Las vibraciones Muda, son lo que salvaran a esta ciudad del Hombre Sin Rostro y tú puedes ayudarme, tú puedes ayudarme. Tenemos que sanar las vibraciones y darle el balance a Jaramillo.
La Muda negó con la cabeza, hizo entender con su mirada que no se sentía de humor para salvar gente. Arlequín sonrió triste e invitó a La Muda a pasar a la casucha, un remolino de polvo se alzó y ululó viajando en el viento la risa maldita de la ciudad.
Arlequín se sentó, miró por la ventana e ignoró a La Muda que intranquila dormía. Arlequín dio un paseo en sus recuerdos y el lote baldío se transformó en las hermosas carpas multicolor que fue su circo, se escuchó la feria y los juegos mecánicos, la risa de los niños y de los viejos, Arlequín miró a las parejas del pasado tomándose la mano y besándose. Alzó sus manos y acarició las vibraciones en el viento, como si tuviera en sus manos un violín que movía a su antojo.
—El Adagio de Albinoni, es lo que somos todos ahora. ¿Lo escuchas? ¿Lo escuchas? Mira como manejo mi violín Jaramillo y jugamos a la tristeza. Nuestras vibraciones de miseria viajando por el tiempo, pero pronto, no demoraré porque ya tengo a la niña conmigo y encontraré a los demás que pueden detener al Hombre Sin Rostro.
Arlequín miró como el Circo de su memoria prendió en llamas cuando el Ejército del Hombre Sin Rostro llegó, haciéndose joven en sus recuerdos, una lágrima recorrió los caminos a través de las arrugas y su rostro pintado. Su gran sonrisa roja haciendo burla de sus labios caídos. Las llamas se reflejaron en sus ojos, miró al General que le disparaba a su hermano y miró al Hombre Sin Rostro que fumaba un puro mientras metía una mano en sus bolsillos en un gesto casual y su cara se escondía entre las llamas.
—Tu rostro es el mal encarnado, tal vez no podamos verlo. Pero las vibraciones no mienten y viajan en el viento y me dicen, me dicen quien eres realmente. No puedo detenerte yo solo. Yo solo no puedo detenerte.
Arlequín miró a los ojos al Hombre Sin Rostro mientras tocaba su Adagio con vibraciones, La Muda sollozó en sueños.
—Tu cara no importa, no importa. Nada importa, debo detener tu maldad antes de que forme parte de las vibraciones y de la maldición de Jaramillo. Detenerte tu maldad y la del General.
El anciano continuó la melodía de su sueño, cuando vio que esta era interrumpida por una gran anciana que caminó entre las llamas imaginarias, entonces el sueño se partió en realidad y pudo ver claramente como esta arrastraba su pesado cuerpo con trabajos, marcando sus huellas en el polvo como en tiempo y eternidad.
Arlequín caminó al gran Palacio Gubernamental, manejando las vibraciones para que los soldados le dejaran pasar. El camino era empedrado y rústico, lleno de un pasado colonial, estatuas barrocas imitadoras y representantes de las magnas obras griegas siguieron con sus ojos los pasos del hombre que aún conservaba su maquillaje de payaso.
—Tutiri tutara pirrompom pam —susurró Arlequín.
Entró por la puerta principal y admiró la rica iluminación de los candelabros de oro, el gran cuadro principal en el cual se veía al Hombre sin Rostro fumando su puro, casi real, se sintió como si el cuadro en sí fuera un gran espía y sus ojos que no se veían con claridad, le escudriñaban de pies a cabeza atravesando su coraza de sentimiento y risas. Los soldados rieron en silencio, Arlequín les dio vibraciones de alegría a pesar de la muerte de su hermano y de la destrucción del circo.
—¡Otra vez en el pasado payasito miserable! —gritó la Vieja guardando su distancia, acomodó su huipil y su jorongo el cual se meneaba por el viento. El anciano la ignoró, deseando que se fuera pronto, miró que de alguna forma el aire se hizo un remolino alrededor de ella y luego se disciplinó y formó dos columnas que rápidamente se movieron para darle paso.
—¿Qué haces aquí Yasmín?
—Vengo a compartir contigo el inicio de esta historia —dijo la Vieja, dio un paso más pero Arlequín alzó un dedo y se impuso, deteniéndola.
—Desde que te conozco, desde que te conozco eres una maldición —dijo Arlequín—. Una maldición eres. No te deseo ver aquí, lárgate ya.
—El mismo Payasito repetitivo desde que te conozco. En ocasiones eres un hijo de vaca malparida, como aquel que me trajo a Jaramillo, y aún así me interesa mucho saber como vas a iniciar tu batalla. Quiero participar en ella porque tal vez sea la única forma en la que yo pueda escapar de esta ciudad maldita.
Arlequín y el Hombre sin Rostro se miraron. Se acomodó en su asiento de piel costosa e importada y cruzó la pierna. El Hombre sin Rostro fumó su habano y jugó un poco con el humo, Arlequín acomodó su chaleco hecho de parches y en alguna parte se escuchó un chirrido agudo de una trompetita escondida, gajes del oficio se dijeron para sí ambos hombres.
—¿Coñac, Señor…?
—Arlequín. No gracias, el alcohol y el cigarro confunden los sentidos.
—No recuerdo haberle ofrecido un puro, Señor Arlequín, pero si me permite decirle, el puro es un símbolo de poder y riqueza. Tan solo aspire mi humo y admírese de su cuerpo, su sabor, su olor. Disfrútelo.
—También mata más rápido me han dicho por ahí, mata más rápido.
—Lo sé, sin embargo pasará mucho tiempo antes de que yo muera.
Arlequín se sintió incómodo y cruzó la otra pierna, miró los relojes de oro, plata y cristal, los cuadros de Miguel Angel y Da Vinci, se sentía miserable y humilde en ese lugar tan majestuoso, se preguntó si era parte del juego de Lurendberg. El Hombre sin Rostro sonrió levemente.
—Señor Arlequín, permítame decirle que usted es un gran contrincante y temo que usted es el primer enemigo serio que tengo. Por eso me di a la tarea de destruir su vida y puedo también tomarla si me place, no se ponga tan incómodo señor, estamos aquí para hablar sin rodeos.
—Entonces no me vas a dejar otra opción más que manejar tus vibraciones. Vibraciones de alegría.
—¿Así es cómo usted llegó aquí? —preguntó interesado von Lurendberg—. Vaya, pero no me deje con la duda e inténtelo. ¡Hágalo ya! ¡Demuéstreme su poder Señor Arlequín! No pierda oportunidad porque tal vez sea la única que tenga.
Arlequín se paró de su asiento bruscamente y movió las manos para tejer una telaraña de vibraciones en el aire espeso del palacio gubernamental, el día se vio caer por la ventana dando paso a los tonos oscuros, en algún momento, Arlequín creyó ver que los rayos de sol se escondieron detrás de la cabeza de Lurendberg, el cual sonreía sin labios reconocibles.
—¡Escapar de Jaramillo! No me hagas reír que ese es mi trabajo, me muero de la risa —gruñó Arlequín—. No puedes salir de este enjambre de gente maldita e infeliz, este es el infierno que te mereces. Bien merecido lo has de tener.
Yasmín carcajeó, continuó avanzando y entró a la casa de Arlequín, vio a la Muda dormida y sonrió, se acercó y le acarició la frente en un gesto de ternura que extrañó al viejo payaso.
—He vivido esto un buen número de veces —dijo Yasmín con su voz grave y rasposa—. Y esta niña es de lo mejor, tú también eres un buen tipo y es todo lo que diré porque no puedo desperdiciar las sorpresas, sólo daré unos empujoncitos. Yo no puedo cambiar la historia, lo he intentado y no me ha funcionado por más veces que he repetido mi vida en este lugar.
—¿Qué quieres decir?
—No puedo desperdiciar las sorpresas, ¿no entiende tu cabecita de risa? En este lugar únicamente puedo utilizar mis poderes de adivina, Jaramillo es un extraño lugar, aquí nadie muere de forma natural a menos que alcance la felicidad, así se le interrumpe, pero como aquí nadie es feliz la gente tiene que ser asesinada o suicidarse, el limbo existe mi buen amigo. ¿Te has dado cuenta que aquí no hay niños más que unos cuantos vagos o los que llegan por juegos del destino? Solo gente infeliz Arlequín.
Arlequín se sentó y escuchó atento, finalmente en muchos años de vivir en un lugar como Jaramillo alguien le estaba dando razón de su existencia.
—Tu circo era una bomba de tiempo, daba felicidad y aquí eso no es permitido, tienes poderes más allá de mi comprensión, no eres el único. Sabes, tienes que reunir gente especial, pero aparte de la Muda, ¿tienes idea de quién más? No la tienes viejo payasito.
—Mucho ayuda y vaya que mucho ayuda el que no estorba, ¿te largas?
El Hombre Sin Rostro se echó a reír, Arlequín continuó manipulando las vibraciones a su alrededor. Los relojes se detuvieron y los cuadros obtuvieron vida propia, haciendo que los rostros pintados cobraran un alma y voltearan a ver a Arlequín.
—¡También en ti hay risas Lurendberg! ¡Vas a cambiar! —gritó Arlequín, movió sus manos y alzó la voz en gritos—. ¡Vas a cambiar y a devolver la Ciudad!
Sin aviso, todas las vibraciones se callaron. La risa de Lurendberg se burló de la frustración de Arlequín. Von Lurendberg se puso de pie haciendo a un lado su silla y caminó hacia el payaso, lo tomó del hombro y lo arrastró a la salida de su residencia balbuceando sin sentido en una breve pérdida del control. Finalmente lo pateó y lo dejó tirado afuera de la entrada principal, cerró la reja y gritó mientras regresaba a sus oficinas:
—¡Qué ésta sea la última vez que nos veamos Señor Arlequín! La próxima puede que no sea tan amable.
Yasmín se jaló una vieja silla de madera y se sentó, descansando sus manos en una mesa igual de comida por el tiempo que la silla, ambos eran sencillos, simples, lo que le agradaban, la casona de Arlequín le daba una sensación de estar en su hogar.
—Como extraño mi casa —susurró la vieja, hurgó entre sus cosas y de ellas sacó un juego de cartas hermosamente dibujadas en tonos color sepia. Las cartas tenían formas intrigantes y misteriosas, notó Arlequín quien arrastró su propia silla y se sentó para acompañar a la anciana.
—Estas cartas yo las hice y son especiales dentro de la Ciudad, con ellas puedo ver el futuro probable, siempre es una sorpresa, por lo general los personajes no cambian. Aunque me ha tocado en un par de ocasiones un Jaramillo donde tú no existes, ni la Muda, en esos universos tuve que hacer algunos trucos para poder escapar.
—¿De qué me hablas? En serio que no te entiendo.
—No importa que lo entiendas, en este lugar ni Dios, llamémosle así, se entiende. Ahora, presta atención.
Yasmín sacó una carta y en esta se vio el dibujo de un rostro partido en dos, en una mitad del rostro se podía ver la agonía de un hombre viejo, su rostro lleno de arrugas y cansado, sus labios tristes, la otra mitad se veía un payaso alegre, muy sonriente, con una lágrima pintada en el rostro, lo que partía estos dos rostros era la silueta del perfil de un hombre que tenía en sus labios un puro. La carta se titulaba El Payaso.
La vieja frunció el entrecejo.
—Vaya, antes era tu rostro partido. Esto sí que es una sorpresa. Tú eres el iniciador, mi payasito repetitivo, pero no terminarás tú la historia, el obstáculo de en medio te detendrá antes de ver el final.
—¿Lurendberg me va a matar?
—No lo creo, no es la Muerte la que parte tu rostro. Sólo dice que Lurendberg te detendrá, pero no comprendo de que manera. Presta atención, las siguientes cartas son los personajes que te ayudarán y si las cartas son buenas, tal vez nos den una pista.
Yasmín sacó otra carta, Arlequín se sobresaltó. Era la figura de una Anciana con los ojos cerrados, la Anciana estaba sentada en un sillón, atrás del sillón en tonos más claros se podía ver la silueta de una mujer bien formada. La carta se titulaba La Ciega.
El viento se hizo persistente y ululó un poco, Arlequín cerró la ventana. Una vela se prendió dando una iluminación tenue y dudosa, Arlequín se sobresaltó.
—Eres tú, la de la carta eres tú. La Ciega, ¿cómo puedes ver?
Yasmín se carcajeó y sacó la siguiente carta. En ella se veía el rostro de una adolescente hermosa que hizo su mano en un gesto de silencio, Arlequín miró a la Vieja y temió que no fuera una coincidencia que la carta se llamara “La Muda”.
—Estas tres cartas representan el suceso de este mismo instante, es el comienzo. Ahora iniciaremos otra fila, que son los guerreros del porvenir, los que son necesarios para el futuro.
Yasmín sacó otra carta y la puso debajo de la de Arlequín, en ella apareció un hombre cansado y sucio, vestido de sotana negra, se podía ver que en sus manos sostenía orgulloso un letrero de LIBRE. Yasmín pensó durante un instante antes de decir algo, la carta se llamaba “El Destruido”.
—Interesante, esta carta es nueva y es extraño que aparezca debajo de la tuya Arlequín. Creo que tiene un significado especial, este hombre es necesario para el éxito. También es un líder. Tú y este hombre deben conocerse lo más pronto posible.
—¿Cómo puedo encontrarlo?
—Ya lo encontrarás. Cállate y déjame sacar otra carta.
Yasmín prosiguió, la nueva carta se llamaba “El Camino” y era como un bosque partido en dos. Yasmín sonrió complacida y antes de que Arlequín pudiera decir algo, acomodó otra carta que decía “El Valiente”, en ella se veía un hombre de perfil en posición rígida, vestido con uniforme de militar, sus facciones endurecidas, sus ojos parecían codiciar la carta de “El Camino”.
—El Valiente, está debajo de La Muda y a la vez mira El Camino. Mira atento como El Camino es un centro para La Ciega, para El Destruido y para El Valiente. ¿Sabes qué simboliza El Camino, Arlequín?
—No, no lo sé.
—Se dice que en Jaramillo hay muchas formas de entrar pero ninguna para salir. Esto es una superstición. Si hay una forma de salir de aquí además de morir infelizmente, El Destruido tiene la clave para encontrar la salida aunque este mismo la desconozca. Mi carta encima de El Camino simboliza mi partida y también simboliza la partida de El Valiente.
—¿Tengo que buscar a un hombre que nos abandonará?
—No sé muy bien, las cartas cambiaron mucho desde mi última vez, lo que si te puedo asegurar es que mi partida es inevitable. El Valiente tendrá muchos conflictos, es una duda en el futuro, esto puede cambiar.
Yasmín sacó otra carta y la puso debajo de El Destruido, en esta se veía a una mujer de cabello claro y corto sentada en una barda, con las piernas cruzadas y una postura relajada, sonreía, en su cuello tenía puesta una correa. La carta se llamaba “La Suerte”.
—La Dama de la Fortuna —susurró Arlequín.
Yasmín sacó otra carta en donde aparecía el perfil irreconocible de un hombre que tenía un puro en los labios, ambos callaron, el título de la carta era “Caos y Orden”. Yasmín sacó otra carta, Arlequín sencillamente miró fascinado tratando de resolver el enigma por sí mismo, la nueva carta pertenecía a “El Verdugo”, en esta se veía un hombre gordo con la cara cubierta por una tela oscura y desnudo del torso. Los brazos los traía cruzados y en la mano derecha tenía una pistola.
—Malo, ve como La Suerte está en conflicto con El Destruido y contigo y con Caos y El Verdugo. Es una mala posición, La Suerte está sometida, pues está directamente a un lado de cartas poderosas. No hay balance, en un mundo ideal la Suerte estaría en el centro.
Yasmín acomodó una carta encima de la de Arlequín y se quedó callada un instante, La Carta decía “El Cuervo” y en ella se veía el dibujo de la oscura ave apuntando con su pico hacia la derecha. El cuervo descansaba en un reloj de arena.
—No hay duda.
—¿Qué pasa, vieja?
—No es importante.
Sacó otra carta y la posicionó a la derecha del cuervo, en esta aparecían varios edificios oscuros, detrás de estos se escondía el amanecer, se apreciaban unas cuantas nubes que siniestramente parecían un rostro sonriendo. La carta decía “La Ciudad”.
—Mira, La Ciudad está en una posición de Poder, en dónde no favorece a nadie.
—Que tú estés debajo de La Ciudad, ¿no quiere decir algo?
Yasmín bufó ruidosamente, haciendo que La Muda respirara intranquila en sueños.
—La Ciudad es mi prisión, eso es lo que dice ahí, pero yo al llegar al camino saldré de aquí, tu tarea payasito es hacer que la carta de La Suerte se ponga en medio, así puedes destruir toda maldad y dar el balance que tanto dices. Aunque primero date cuenta que tú no puedes llegar a La Suerte, es El Destruido quien está más cerca, también pueda suceder que La Suerte tome El Camino o Caos proteja a La Suerte de por vida y entonces, mi estimado payasito repetitivo, estaremos condenados para la eternidad.
Yasmín puso una carta a la derecha de La Ciudad y en ella apareció un saxofón el cuál daba la sombra de un hombre pequeño. “El Músico”.
—Un nuevo egresado y también nuevo en este universo. Como me cuesta trabajo leer las cartas en este espacio tiempo. Saca una carta tú, Arlequín, y ponla a la derecha del Músico.
Arlequín obedeció y sintió una energía provenir del papel, su mano sudó sin control, con mucho cuidado acomodó la carta y Yasmín asintió. La Carta era la figura de un hombre feliz y sentado, envuelto en un sarape y con un sombrero de paja. Arlequín no evitó sonreír, la carta decía “El Humilde”.
—Saca otra.
Arlequín obedeció y sintió de nuevo la energía, trató de controlarse evitando pensar en el esfuerzo que esto le provocaba, soltó la carta con trabajos y esta se acomodó sola, a la derecha de La Muda, esta carta tenía pintada la figura de un adolescente de lentes, sentado en una postura de suma reflexión. “El Pensador”.
—¿Ves qué no es tan fácil hacer mi trabajo?, ahora pon atención.
La anciana le ahorró un sufrimiento más a Arlequín sacando la siguiente carta, la puso a la derecha de “El Valiente”, en esta se veía una jovencita con una corona en su cabeza, la jovencita sonreía con ojos inocentes. Arlequín sintió nostalgia, pudo ver en el rostro de ella sentimientos que su circo regaló alguna vez.
—“La Princesa”, vaya que ha cambiado mucho Jaramillo desde la última vez. Es extraño, creo que Jaramillo se ha vuelto más importante, ¿Será qué es hora de perfeccionar el universo?
—Deja de hablar misterios mujer y saca otra carta más.
—No seas impaciente payasito, que esto puede significar más de lo que tú sabrás jamás. El hijo de vaca malparida me debe muchas explicaciones.
Yasmín sacó la penúltima carta y la acomodó a la derecha de El Verdugo. Esta carta tenía sonrisas y globos pintados. Arlequín se sonrió al leer el nombre de la carta, se llamaba “El Circo”.
—Ten cuidado —dijo Yasmín—. La posición de esta carta puede significar mucho más de lo que crees. La última carta te la regalo. Guárdala y sácala en el momento indicado, tú sabrás cuando, las cartas lo dicen claramente. Este cuadro dónde están La Muda, El Pensador, El Valiente y La Princesa son la juventud, la esperanza, el amor, la nostalgia, la nobleza o qué se yo, está lleno de porquería. El Músico y el Humilde son nómadas, llegaron a esta Ciudad hace poco tiempo, es recomendable que los encuentres antes de que el aire los envicie y los perjudique, aunque temo que estarán bien, encontrarán su lugar en Jaramillo y podrán sobrevivir a expensas de La Ciudad durante un tiempo, La Muda y El Pensador están debajo de estas dos cartas. Es un símbolo de amistad o el aviso de un hecho que unirá a ambos.
Arlequín guardó su carta en el bolsillo de su camisa, sin fijarse en las vibraciones que provenían de ella, le hacían sentirse incómodo.
—Hay un puerto en Jaramillo, ¿no? Es impresionante como esta ciudad tiene todo terreno a su disposición. El puerto se llama Octay y es donde vive una condesa llamada Patricia Boyselle. Es una casa grande en una playa y será un lugar seguro durante un tiempo. Payasito, préstame atención: en ese lugar, en algún momento, cruzarán todas las cartas de los personajes que vimos. Es el punto de reunión.
Arlequín alzó una ceja.
—Creo que me confundiste más, esto de las cartas no me gusta, nada me gustan los presagios, ¿vienes con nosotros?
—Los acompañaré hasta que se abra El Camino.
Arlequín suspiró, sintió un peso sobre los hombros que ya no quiso cargar, se sonrió y se dijo que ya era demasiado tarde. Miró a La Muda.
—Será mejor que la despierte e iniciemos marcha, puerto Octay está al poniente de aquí, iremos en mi camioneta, en mi camioneta llegaremos.
—Déjala dormir —dijo Yasmín enojada—. El que lleguemos pronto no acelerará las cosas. Disfruta los últimos momentos de tranquilidad payasito
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