Los ojos de Alicia se fueron tornando de un azul casi transparente al poder leer el camino escondido dentro de El Libro, imaginó los paisajes que le presentaban las letras. Vio el primer lugar que era la carretera que llevaba a todas partes, en ella solo podían andar las almas de los vivos y los muertos. Sus ojos la transportaron al mundo de las espigas, donde dos personas segaban el campo con enormes guadañas y la ayuda de una carreta gigante. Luego viajó allá donde crece el Árbol del Bien y el Mal, donde una niña observaba ansiosa un gran Árbol que representaba el fruto de los éxitos y fracasos de las vidas. Finalmente, fue llevada a un pasillo donde cuadros flotantes y borrosos forraban un túnel de estrellas. Al final del túnel, se encontró con un hombre de jeans y chamarra negra con la capucha puesta que estaba sentado en el piso. El hombre acariciaba a sus cuervos, entonces lo reconoció y en su imaginación se atrevió a hablar con él.
—¿Eres tú? ¿El Señor de Todas las Respuestas?
Se alzó una capucha negra que no permitía ver a través de ella un rostro definido, solo sombras y oscuridad. Sin embargo, Alicia podía sentir los gestos de tranquilidad y sonrisas incompletas.
—Soy yo —respondió.
—¿Puedes responder a mis preguntas?
—Si las respondo, tendría que enseñarte el Idioma y cuando te lo enseñe, tu padre lo aprenderá con sólo mirarte a los ojos —respondió La Muerte—. Así como le han entregado El Libro, le entregarán la entrada a mi Reino y El Idioma. Podrá hacer lo que le plazca y destruir todo lo que he construido. ¿Valen el sacrificio humanos?
Alicia suspiró y meditó como responder. El Señor de los Muertos se levantó y siguió hablando.
—Yo puedo responder por ti esa pregunta, pero si la respondo, me llevaré El Libro y Jaramillo se hundirá en sombras eternas. ¿A eso viniste? ¿A entregármelo a costa de todo lo que has aprendido? ¿No vale lo que has vivido con esos hombres y mujeres que te han traído hasta aquí? Una dura decisión tomaste Sanadora de Almas.
—Quisiera entregarte El Libro y acabar con todo esto de una buena vez —respondió Alicia—. Que me regreses a mi papá, que hoy lo vi como era antes. Lo extraño y extraño ser feliz. La verdad es que no se que debo hacer.
—Yo no puedo decírtelo.
—Dices que si te entrego El Libro, Jaramillo se hundirá en sombras. Y si me enseñas el Idioma, entonces el monstruo de mi papá vendrá aquí y hará lo que quiera con todos nosotros y el universo entero. La verdad es que estamos jodidos, es un lío muy grande. ¿De qué servirán los nombres que me pidió la Ciega que escribiera? Es mucha fe, he sentido la soberbia de mi padre y no será sencillo matarlo. Aun abriéndoles las puertas de El Libro a ellos, ¿cómo harán para detenerle?
—Esos motivos de fe que buscas, son los que yo poseo. Mira las imágenes, ve a tus amigos, están afuera tocando una canción que no tiene final y no saben si posee algún futuro.
Alicia miró las imágenes flotantes renuente. La imagen de Matías recitando con temor en los ojos de que las sombras le alcanzaran, La Muda se encontraba cantando al cielo con los ojos abiertos en una especie de trance igual que Jonás, que tocaba el saxofón con los ojos cerrados y su sombrero de paja ensombreciendo su cara que tenía un aire resignado de aceptación del destino.
—Obsérvalos. ¿En ellos quieres depositar tu esperanza? No lo creo Sanadora de Almas, dame ese Libro y olvídate del Idioma. ¿No es lo qué querías escuchar? ¡Dámelo y olvídalo todo! ¡Ya no es justo que estés luchando por gente a la que no quieres!
Los cuervos graznaron violentamente y volaron alrededor del túnel de estrellas y de cuadros de imágenes. Alicia se llevó sus manos a los oídos.
—Es una decisión muy grande para mi —se justificó sollozando Alicia.
—Yo he tenido que tomar unas peores. Si me quieres entregar El Libro, lo aceptaré y terminará todo. Los elegidos serán un sacrificio noble. Padre Taxi continuará maldito para el resto de los días y Lurendberg no podrá jamás escapar de Jaramillo. Termina esta historia Alicia, hay una pistola en el tercer cajón del escritorio de Von Lurendberg. No podrá detenerte, porque el trance del Libro ya es demasiado fuerte y cuando jales el gatillo se dedicará a buscar a alguien más para entregarle el Idioma. ÉL sabe que en Jaramillo no hay nadie más con el conocimiento completo y la capacidad para comprenderlo todo como tú lo puedes hacer. Anda, saca esa pistola Alicia.
En el palacio gubernamental, Von Lurendberg observó que su hija era cubierta por un aura dorada, le miró agachar su cuerpo y sacar la pistola del tercer cajón de su escritorio. Sus movimientos eran lentos pero precisos.
—Mi querida hija —dijo Lurendberg y se acercó a Alicia, no podía tocarla por el aura protectora. Afuera, se escuchaba la canción del jazz alegre que le lastimaba los oídos—. No lo escuches, sea lo que sea que te esté diciendo. No hemos llegado tan lejos para nada.
Lurendberg caminó a un sillón y se sentó, fumó su puro y resignado observó a Alicia poner el cañón de la pistola en su sien.
Yasmín gruñó en su celda, a pesar de que todos estaban animados escuchando la canción de jazz y reflejaban en sus ojos la ansiedad de la victoria. Ezequiel caminó como león enjaulado, buscando la forma de vencer a los soldados manchados para ayudar al trío.
—Estamos en problemas —balbuceó Yemita. El incrédulo grupo se volteó a mirarla—. Alicia está dispuesta a sacrificarnos a todos. Nos va a fallar la princesa, nos va a fallar. Nos vamos a ir todos a la mierda. ¡Qué hermoso final!
Yasmín rugió furiosa y lágrimas de coraje se le salieron de los ojos, los demás perdieron el ansia con que creían la cercanía de la victoria.
—¿Si te los traigo aquí… —preguntó Alicia en un desesperado intento, evitaba con la mirada los cuadros flotantes que le presentaban al trío de jazz o a Ezequiel caminando desesperado en la celda—, …los ayudarás?
—Si los traes aquí, sólo podrán depender de ellos mismos y de sus acciones. Caminarán en mi reino pero no te garantizo que quieran llegar. Veo que has tomado una decisión, que así sea Sanadora de Almas.
—Enséñame el Idioma.
—Ábreme tu alma y déjalo entrar —respondió La Muerte.
Lurendberg respiró aliviado cuando Alicia dejó la pistola en el escritorio, se levantó impaciente y caminó de un lado a otro para olvidar el tiempo. Alicia cerró El Libro y miró a su padre. La ceniza cayó en la alfombra y Lurendberg caminó hacia el escritorio donde ella estaba sentada, lo golpeó con la palma de las manos enérgico.
—¿Ya lo tienes? —preguntó Lurendberg aunque ya sabía la respuesta. Alicia asintió lentamente, sus ojos se habían vuelto de un azul casi transparente de tanto leer. Ya conocía el idioma de la creación y destrucción del Universo y tenía en las manos el único Libro donde ese idioma podía ser escrito.
Escucharon la canción del jazz alegre allá afuera. Lurendberg se rió durante un largo rato.
—Han llegado tarde y aún llegando temprano, no hubieran podido hacer nada. Se acabará su vida antes de que venzan a las sombras. Que sacrificio tan noble y tan estúpido. Es hora mi niña, escribe mi nombre en El Libro, haré de este el universo más hermoso para ti, tú no sufrirás como los demás a los que he decidido mantener con vida.
Alicia abrió los labios y las letras flotaron en el ambiente, envolvieron al Hombre sin Rostro y lo giraron y revolotearon como un papalote. El Libro se abrió solo, eligiendo con voluntad propia una página en blanco. Cuando Alicia terminó de escribir el nombre de Lurendberg, éste absorbió el Idioma que le enseñó Alicia con solo verla a los ojos y desapareció.
Lurendberg. Todo empieza aquí mi buen señor, en esta oscuridad donde yo me encuentro ahora. Las almas que he robado y torturado por los siglos de los siglos me han llevado inevitablemente a este momento, donde voces me cuestionan mis propósitos y buscan detener a mi, el rey de las tentaciones. No es justo.
Mis planes, mis sueños. ¿A quién le importa escuchar los sueños de la maldad? Me pintan como una pesadilla horrorosa y me dibujan con crayones rotos, sin saber que en el fondo soy todo lo que ellos desean. ¿Me escuchas? Nadie me escucha más que tú, mi buen señor. Las voces me proponen que detenga mi destino.
He olvidado mi nombre, porque durante mi existencia, mis nombres han sido muchos y en esta oscuridad, el eco de una canción que lastima mis oídos no me abandona y cree detener mi sueño, mi conquista. No he sacrificado mis pasados en vano, no he torturado y he robado en vano. Seguiré aquí, hundido hasta los huesos y así se abrirá la puerta al paraíso.
Voces vagas me platican que fui un padre amoroso en esta alma, no lo dudo. El alma que robé fue virtuosa y aventurera, no podría ser de otro modo. No escuche las voces y siga nadando en el mar negro. Allá donde está la luz manchada que he visto en mis sueños, cuando yo dormido descansaba y esperaba el momento preciso en el que El Libro se perdiera aquí en esta Tierra, en este Espacio, en este Tiempo.
Sería infantil pretender que ya no quiero lo que he buscado, aunque el alma que he robado se niegue a facilitarme el camino, no importa porque ya está hecho y no hay forma de deshacer lo que está en el hacer. A grandes zancos salto, aunque el cuerpo que no me pertenece esté gritando de dolor e infortunio. Abre bien los ojos, porque mi buen señor, si los cierras te perderás los motivos que te han traído hasta aquí.
En este túnel oscuro las voces me platican recuerdos del alma robada, me dicen de los chocolates y dulces que le regalaba a mi hija en el “Arco del Triunfo” mientras ella aprendía francés, la pipa de la paz que fumé con los indios Sioux y mi hija en la tienda del jefe, aprendiendo el lenguaje del tótem. La regresión está sucediendo, las voces han cambiado la cantaleta y charlan de una ciudad que se fundó hace tiempo, donde esta alma virtuosa y aventurera sentó raíces con el nacimiento de su nuevo hijo y prometió el progreso para el pueblo, la paz eterna y las esperanzas cumplidas.
Miro los ojos de su esposa, que siempre le acompañaron en momentos difíciles, aún cuando se había ido permanecía a su lado con las palabras amorosas escritas en cartas y también hay recuerdos de cuando hablaba en un podio y la gente le aclamaba con ruidosas ovaciones que hacían temblar los árboles.
Las memorias se hacen dispersas y se presentan en el túnel los ecos de la gente que murió en un circo, los ojos tristes de aquel payaso iluso y su alma ferviente de venganza. Ese fui yo, lo recuerdo muy bien, no fuiste tú mi buen señor, no cierres los ojos y abre bien las orejas, sufre conmigo nuestro pasado. Somos uno, mi buen señor, no hay forma de abandonarlo todo porque todo ya está hecho. Ha estado hecho desde antes que me llamaras y cuando yo estaba descansando. Ha estado hecho y seguirá hecho por los siglos de los siglos.
Presenciamos ahora el momento en que te enteraste de un libro que te permitiría la paz y la bondad que tanto anhelabas, fue un anciano llamado Guadalupe Espártaco y su acompañante Francisco Zaldivar, los escuchaste de pasada, ni siquiera les prestaste atención. Pero cada palabra se te incrustó en el corazón, ¿no es así mi buen señor? Empacaste tus cosas, te despediste de tu esposa y de tu hijo, dejaste Jaramillo y te marchaste a buscarlo.
Las palabras de Guadalupe fueron ciertas y llegaste antes que ellos pudieran quitártelo de las manos. No podíamos dejar que ellos regresaran ese Libro que ya nos pertenecía, era inconcebible que te quitaran la paz mundial de las narices. Serías el salvador, serías un profeta y el constructor de sueños. Hiciste bien, mi buen señor, sólo querías hacer bien.
Y ella vino a quitártelo, con sus ojos grises y su porte de dama ilustre. Vino desde lugares remotos para regresar El Libro al lugar de donde pertenece y tú se lo diste. Cometió un error al no enseñarte como no quererlo, ¿verdad mi buen señor? Escribiste tu última carta y así me llamaste a mi, para completar nuestro trabajo. Fue difícil, en un principio, que aceptarás mis términos.
Mi buen señor, eso ya está en el pasado. Porque es aquí donde ya se abre la puerta en este túnel oscuro y he de continuar el largo camino que promete el final. Se erigirá una nueva ciudadela que abarque cada extremo de un universo infinito. Será la más grande cubierta en una estela negra.
Las voces se han callado y se han resignado a darnos la entrada.
Levantaremos la ciudad del sufrimiento eterno, donde sólo los que acepten su maldición han de regocijarse en el lodo como los puercos.
Por los siglos, de los siglos, de los siglos, de los siglos….
Lurendberg despertó en una carretera solitaria donde los árboles a cada lado de esta, envejecieron en segundos y sus hojas se hicieron polvo que se acumulaba y se convertía en arena. Su traje blanco se manchó de figmentos verdes y cobrizos.
El último puro se estaba consumiendo y no tenía otro que prender, pero ya nada le importaba, seguiría el camino hasta llegar al lugar donde El Libro podía ser escrito y sus palabras modificaran la realidad. Caminó arrastrando los pies por el asfalto que en el horizonte no demostraba tener final alguno, escuchó un motor a unos kilómetros y volteó.
Un coche se orilló donde éL estaba. Lurendberg se acercó y se subió a la parte trasera del auto. Olía a pino artificial, en la guantera estaba pintada una imagen roja, que proporcionaba calor y se veía borrosa, en esa imagen había un río de sangre, una barca y un hombre en toga que la estaba remando.
—Haz llegado hasta aquí —dijo el conductor, un hombre viejo de arrugas prominentes y barba larga, llena de canas y mal afeitada. Llevaba una gorra de la marina nacional puesta y sus ojos eran grises, muy lejanos.
—Es la primera vez que nos encontramos tú y yo, desde que abandoné mi lugar —dijo Lurendberg—. Y estas son circunstancias distintas, tengo el Idioma del Libro, llévame al reino de la Muerte.
—Como tú digas —respondió el viejo—. Yo no puedo hacer nada para detenerte.
El coche se perdió en el horizonte y manejó durante horas, que en Jaramillo solo fueron unos cuantos segundos, hasta llegar a un prado. Lurendberg se bajó, despidió al viejo y caminó hacia el campo de la cosecha de almas.
—Escúchenme bien —dijo Yasmín, su voz más seria y pausada que de costumbre—. Este es el momento donde Alicia escribirá nuestros nombres. Tengo la certeza de que llegaremos a algún lugar, lo sé. Pero no sé que nos pidan para entrar. Estamos arriesgando más que nuestros cuerpos, nuestras almas han sido puestas en juego. Debemos ser rápidos, porque cuando Jaramillo caiga en las sombras, ustedes humanos mortales que han vivido aquí, serán consumidos por ellas sin importar el lugar en que se encuentren. A mi no me importa, al fin y al cabo soy inmortal. Tengan conciencia y juicio de sus actos, no me confundan los sentidos con sentimientos que no servirán cuando estemos en ese lugar que sólo imaginamos en sueños. ¿Están listos?
La Dama se acurrucó en el pecho de Taxi y le miró de reojo. Su barba mal afeitada y sus cejas caídas, los labios le temblaban de anticipación y un poco de miedo. Ezequiel se puso de píe en el acto, sólo deseaba paz. El militar le extendió la mano a Taxi y éste volteó a mirarlo. Correspondió el apretón de manos y sus ojos hicieron una fortaleza que hizo sonreír a Yasmín.
—Qué bonito —se mofó Yasmín, después alzó la cabeza y apuntando al cielo, dijo—. Alicia, escribe nuestros nombres antes que pierdas el contacto con El Libro.
Polvos dorados se alzaron en el suelo de la celda, penetraron en los cuerpos de los sorprendidos Taxi y Ezequiel. La correa que aprisionaba a la Dama se disolvió y su cuerpo fue el primero en encerrarse en el aura dorada y desaparecer.
—¿Mi Dama? —preguntó Taxi confundido y extendió la mano que le quedaba libre para tratar de alcanzar lo poco que quedaba de su esencia. Miró frustrado hacia la Ciega.
—No digas nada, ella ya está en el lugar que le corresponde.
Ezequiel jaló a Taxi y se aterró al sentir que su cuerpo se rompía en destellos dorados, con los ojos que le restaban miró que Yasmín y Taxi se quebraban por igual, intentó gritar pero le fue imposible, porque su grito se perdió en una inmensa oscuridad que le susurraba con ecos del pasado.
Los soldados de sombras presenciaron los hechos y se disponían a detenerlos hasta que fueron distraídos por el jazz alegre que les lastimaba los oídos y los obligó a unirse a sus hermanos en la entrada del palacio. El coronel estaba llamándolos.
Matías fue el primero en cansarse y se arrodilló dentro del escudo. Las sombras se aventaron con dientes negros a morder la barrera mágica a la señal de Killian. Jonás y La Muda estaban muy ocupados como para asustarse y no vieron al General que los pasó caminando y avanzó directamente hacia Killian. Matías trató de ver entre las sombras que era lo que sucedía entre el General y el coronel. Escuchó un disparo de rifle que hizo temblar la tierra.
El General cayó y volvió a levantarse riendo. Killian disparó otra vez y le voló el pie al General. Éste cayó vencido por el peso y se quedó riendo en las escaleras del palacio gubernamental. A las sombras no les importaba nada de eso, hacían grietas en el jazz cada vez con más facilidad.
La Muda entonces voluntariamente cayó en el sueño para viajar entres sombras y el cuerpo continuó la canción. En el mundo espiritual miró al General llorando por su pie y peleando por apartar las manos de parches rojos y negros que lo jalaban a su cuerpo. Miró vagamente la figura de Billy sosteniendo el saxofón junto con Jonás. Después, al ver las sombras, descubrió el verdadero rostro de los soldados atormentados por el poder de Killian y atrás de él, se encontraba el perro rabioso de La Ciudad, riendo de alegría.
Mayela despertó y cantó con más fuerza, el impulso obligó a Jonás a sostener las notas y a Matías seguir recitando, aunque la garganta se le hiciera polvo. Killian apuntó con su rifle hacia el escudo y disparó, la bala casi alcanzó a penetrar pero rebotó.
Matías tuvo miedo, porque la próxima vez pudiera ser que no rebotara.
Ezequiel Montes de Oca. Se escucha una canción que está en italiano, pero otras voces llegan y me la susurran al oído, jamás la había escuchado y sin embargo, mi corazón la identifica como si hubiera nacido con ella. Guardo silencio y le presto atención. La canción dice así:
“Señor Capitán, por favor deténgase aquí
Sí, estoy muy cansado, me detendré
tenga cuidado, están disparando, agáchese
Sí, soy cuidadoso, pero cuídate tu también
¿dime soldado, de dónde eres?
Soy de un lugar cercano al tuyo.
Pero en el río hay una frontera.
la costa blanca, la costa negra
Señor capitán, me debo ir.
Vengo contigo, no puedes dejarme aquí
Ya se que no puedo dejarte,
estaré cerca de ti por la eternidad
todo ha terminado, la frontera calla
la costa blanca, la costa negra
Una mujer llora en el atardecer
y llama a alguien que no responderá
Señor Capitán, por favor deténgase aquí
Sí, estoy muy cansado, me detendré”.
¿Qué me dice la canción? ¿Qué me quieren decir los ecos? Esta vez no quiero mirar, recuerdo una ocasión donde La Muda me afeitaba, antes de que ella entrara, estaba tratando de ver el rostro de Chucho en el espejo. ¿Por qué viniste a mi vida? No lo se, ¿me amarás cómo yo te amo a ti? Mi destino está decidido, porque aún si me amaras, necesitamos un mundo donde vivir para que me finjas y me hagas el amor como si realmente me quisieras. ¿No es así Mayela? Aunque sólo lo hayas hecho para sanarme.
Padre Taxi. Las voces me preguntan infinidad de cosas que yo me he preguntado a mi mismo desde el día en que conocí el poder. Me cuestionan, me hacen dudar de los pasos que estoy dando en este laberinto negro. ¿Qué si no quiero el poder? No lo creo, ya tengo suficiente. Quiero ser, quiero estar tranquilo. Escucho el juicio de los recuerdos, es un juicio severo.
¿A estas alturas, Andrés, recuerdas al niño que te pidió algo? Todavía lo tengo en mi memoria. ¿A estas alturas, Andrés, recuerdas las actitudes dictatoriales de cuándo eras gobernador de Jaramillo? Por supuesto que si. ¿Y no deseas tener todo eso de nuevo? No, ya no.
Ya no se trata de preguntar que hará aquel niño con el corazón roto para vengarse, esta vez la jugada es hacer lo correcto. Los ecos del pasado me agarran de la mano, me acarician el cuello y juegan con mi cabello. Mis recuerdos se tornan a su cabello claro y sus ojos grises de mar triste.
¿Qué si pienso en ti, mi Dama? Todos los días. Eres mi gran duda ahora, mi gigantesca piedra en el camino. ¿No eres tú la que me ha traído hasta aquí?
La Tía Yemita miró la carretera que parecía no tener final. Padre Taxi y Ezequiel despertaron con la cabeza adolorida y luego observaron el paraje desolado, miraron a la vieja cuya piel estaba pálida y parecía como una muerta.
—Lo hemos logrado, pudimos soportar las preguntas de los espíritus —dijo Yasmín cansada, tomó asiento en la banqueta de la carretera.
—¿Qué te preguntaron? ¿Por qué estás así? —preguntó Taxi asustado de ver a la Vieja tan débil.
—Cuando debes tanto como yo —sonrió burlona Yasmín—. Las preguntas se multiplican por más de mil de lo que has vivido. No tiene caso explicártelo. Este debe ser el camino que te lleva a todas partes y sólo un ser especial puede guiarte. Los árboles de este lugar han muerto porque Lurendberg ha llegado antes que nosotros.
—¿Y la Dama? —preguntó Taxi y se levantó para buscarla. Ezequiel se incorporó y se limpió los pantalones, miró que la carretera parecía no tener final y se perdía muchos kilómetros a lo lejos. Observó un coche negro que viajaba a toda velocidad y no tardaría en llegar con ellos.
—La verás muy pronto, pero no hará nada por ustedes porque éL conoce el idioma. Aquí es dónde yo les deseo buena suerte.
El mismo coche negro que recogió a Lurendberg llegó y se detuvo. El conductor de la mirada triste les abrió la puerta a Ezequiel y a Taxi.
—Suban, él sabe a dónde llevarlos. Luego vendrá por mi, yo necesito descansar un poco y hablarle a Mayela una última vez, le diré que estás bien Ezequiel —La Tía Yemita sonrió—. Fue un gusto conocerles y con todo mi corazón deseo ya no volverlos a ver. No hablen bien de mi, que yo me aseguraré de hablar mal de ustedes.
Taxi y Ezequiel sonrieron sin saber el por qué. Subieron a la parte trasera del coche y éste echó a andar, se asomaron por la ventana para ver como Yemita se hacía un punto lejano en el horizonte.
—Ustedes están vivos. No pertenecen aquí —dijo el conductor—. Mi nombre es Carlos Monte y mi trabajo es llevar a las almas terminadas al lugar donde merecen. A los vivos por lo general no los llevo.
Los ojos de Carlos Monte se miraban tristes por el espejo retrovisor. Ezequiel escuchaba en la carretera la canción de La Muda y Taxi veía en el camino los recuerdos que lo llevaron hasta ahí. Ezequiel y Taxi vieron a los amigos y los momentos tranquilos que pasaron juntos, extrañaban el silencio sabio de Jonás y los comentarios repetidos de Arlequín, extrañaron el circo y el día del círculo de mezcal. Cuando La Muda cantaba y bailaba como el espíritu del viento, las piruetas del ángel en Alicia. Los comentarios de Matías y sus cuentos del crucero espacial, dedicados a su querida madre que había muerto.
—Sus recuerdos los traerán de regreso, confíen en ellos —dijo Carlos Monte—. El Hombre sin Rostro no tiene recuerdos, por eso se adueñó de un hombre para llegar aquí. Las almas sin recuerdos no puedo llevar, y por lo general a los vivos tampoco los llevo.
El camino duró horas, hasta que Carlos los dejó en un campo donde se cosechan las almas de los que aún no nacen.
—Es inútil. No podemos vencer a la maldición de la ciudad. Se ha hecho demasiado fuerte.
La Muda y Jonás pretendieron no escuchar a Matías. Las balas del rifle y las sombras eran más agresivas con su escudo, pero se veían débiles. Era de resistencia, quien pudiera resistir más lograría vencer al otro, o eso quería creer Jonás. La Muda sabía en su interior que en realidad no dependía de ellos.
Mayela, Jonás, Matías. ¿Me escuchan? Tienen que resistir. Ezequiel está bien y espera verte cuando terminen de rescatar El Libro, Mayela. Canten por ellos, que si cae Jaramillo, Lurendberg ganará. ¿Me entienden? El momento en que caiga Jaramillo a la oscuridad total, se morirán los que en él viven. Incluyendo Padre Taxi y Ezequiel. Los consumirán las sombras estén donde estén.
El trío se prometió seguir, hasta más allá del cuerpo. Y si les era posible, en su espíritu. Escucharon la despedida de la Anciana y cada uno la bendijo en silencio. Empujaron al límite las fuerzas humanas y el espíritu sacó reservas.
—Tal vez si ganemos, ¿verdad? —preguntó Matías nervioso—. Aquí estoy con ustedes, voy a seguir contando mis cuentitos. Vamos a ganar esta, no se como, pero tenemos que ganarla.
Lurendberg caminó en el campo donde se cosechaban las almas que eran similares a las espigas de trigo, en el cielo se alzaban nubes de tonos café y amarillos que expresaban una soledad irresistible, por donde quiera que miraba había espigas de almas que entre sus tallos crecían luces. Unos pasos adelante se encontraba un esqueleto dorado y uno negro, que con una guadaña cortaban las espigas que estaban muy grandes. En una carreta, cuidadosamente, acomodaban las espigas cortadas. La carreta era jalada por un caballo blanco, de gran estatura y porte.
Los esqueletos, con movimientos más tranquilos, dejaron unas últimas espigas y se pararon rectos para recibir a Lurendberg. El esqueleto dorado recargó su guadaña en la mano derecha y el negro, en la izquierda.
—Haz llegado hasta aquí, mito de la maldad —dijo el dorado.
—El idioma te pertenece, mito de la maldad —dijo el negro.
Lurendberg tiró la colilla de su último puro y la apagó con su zapato. Observó que varias espigas se quemaron alrededor de su puro y sonrió, con su rostro borroso de tranquilidad maligna.
—He de cambiarlo todo, pronto no serán más que un recuerdo olvidado ustedes dos, Valpix y Xiplav, los segadores de almas, aquellos que acatan los destinos. Ya no habrá más dioses falsos, yo seré el único. Ya no habrá más almas que ustedes puedan cultivar, todas serán mías.
Los esqueletos observaron al Hombre sin Rostro con las cuencas vacías. Recogieron sus guadañas y continuaron cultivando.
—Lo que deba ser se hará, mito de la maldad —dijo el negro.
—Adelante y descubre tu destino, mito de la maldad —dijo el dorado.
El Hombre sin Rostro siguió caminando por el campo de espigas, hasta que encontró el bosque donde crecía el Árbol del Bien y el Mal.
El coche llegó al campo donde se siembran almas y dejó a Taxi y a Ezequiel. Ellos caminaron asombrados en el paisaje de soledad, sintieron la energía de las almas penetrar en sus cuerpos. Quisieron correr y gritar de locura y felicidad al ser testigos del lugar donde nacía la vida. A unos metros, encontraron a dos esqueletos que sembraban sin descanso. Cuando se acercaron lo suficiente, los esqueletos pararon su siembra y recargaron la guadaña, uno a la izquierda y el otro a la derecha.
Ezequiel y Taxi tuvieron miedo al mirarlos. En las cuencas de los ojos pudieron ver estrellas, planetas e imágenes de cosmos. Se sintieron al punto de la locura al verse arrastrados por el vacío inmenso del espacio.
—No teman lo incomprensible, mito de la humanidad —dijo el dorado.
—El miedo es respeto, mito de la humanidad —dijo el negro.
Taxi le puso una mano en el hombro a Ezequiel para tranquilizarlo. El soldado no podía comprender nada de lo que veía. Jaramillo había sido raro, pero el lugar donde estaban en el momento era el premio de lo extraño.
—Buscamos al Hombre sin Rostro —dijo Taxi firme—. ¿Este es el camino?
—Solo hay un camino, mito de la humanidad —dijo el dorado.
—Sigan a donde los lleve el destino, mito de la humanidad —dijo el negro.
Ezequiel y Taxi dejaron a los esqueletos que continuaron cultivando y les ignoraron. Miraron al caballo que alzó los cascos ansioso y relinchó al verlos partir al bosque donde crece el Árbol del Bien y el Mal.
Oyeron a Alicia gritarles desde la ventana que no detuvieran el canto y creyeron que sería eterno hasta que una de las balas del rifle penetró y pasó rozando el cuello de Matías quien alzó la vista espantado. Las sombras podían penetrar con facilidad por el agujero que Matías desesperadamente trataba de tapar con sus manos.
Los otros dos siguieron su canción sin prestarle atención a la brecha recién formada, depositaron sus esperanzas en Matías, que sentía el dolor en su mano herida por la presión ejercida que hacían las sombras para entrar.
El General se levantó riendo y se arrastró por las escaleras hacia el coronel Killian, que no le prestó atención alguna. Una mujer con la piel llena de manchas oscuras se unió al coronel y le abrazó la cintura.
—¿Me extrañaste mi amor? —preguntó Amelia, que era irreconocible por las sombras en su cuerpo.
—Míralos, mira a esos gusanos arrastrarse por esta ciudad que está perdida. Míralos luchar la fe caída y traicionada. Aquí todos estamos malditos y ellos no lo quieren comprender. Mira las esperanzas del hombre, como son mancilladas con mis manos.
Killian rió. Amelia se apretó a él y recargó su cabeza en su hombro. Enamorados presenciaron la destrucción del hombre.
Allá en el bosque donde se alimenta el Árbol del Bien y el Mal, el cielo estaba forrado de estrellas, de planetas con anillos y de asteroides que bailaban a como se les dijera, después el cielo se hacía de tarde de verano con el sol cálido y luego se transformaba en la tranquilidad gris que promete lluvia.
La niña que todo lo pregunta y La Dama Fortuna esperaron tranquilas la llegada de Lurendberg. El bosque estaba lleno de árboles marchitos y el más grande de todos, presumía su corteza gris y carcomida por gusanos. El Árbol tenía un rostro en su cortaza, un rostro caído y vencido por la llegada de la maldad a su bosque. La niña que todo lo pregunta lo acarició y le dio un beso, le susurró unas palabras en silencio que Lurendberg no alcanzó a escuchar cuando se plantó frente a ellas.
—Te ves distinta sin tu correa, más Dama que perra —dijo Lurendberg e hizo una reverencia para saludarlas. La niña que no tenía más de doce años, le miró con compasión. Su rostro estaba lleno de pecas y era blanca de cabello oscuro y largo que estaba tejido en trenzas, llevaba un vestido sencillo y lavado de colores.
—¿Qué piensas lograr al contonearte como un pavorreal? ¿Cómo piensas hacer con el conocimiento en tus manos? ¿Quién te ha dicho que puedes caminar aquí? —preguntó la niña de las preguntas. Lurendberg le acarició la cabeza y ella se la apartó con una mueca de asco.
—En mi universo ya no habrá preguntas, ni suerte. No será necesario ese árbol de frutos. No habrá felicidad, ni fracasos porque nunca habrá éxitos. Yo seré el único que se alimente, el único que beba. Nadie tendrá vida, más que el que yo elija para después tomársela.
La Dama Fortuna recargó su rostro en el del Árbol, quien suspiró.
—Andresito no fue elegido al azar, mi querido Lurendberg. No te negaré el paso porque no puedo detenerte, pero él sí lo hará. Sigue adelante y verás al Señor de Todas las Respuestas. Vete ya.
Lurendberg sonrió e hizo otra reverencia, caminó a su paso, al pasillo de la Muerte.
Taxi y Ezequiel observaron con tristeza el pasaje de árboles marchitos, se dividía en mil caminos pero no tuvieron problema en encontrar al indicado al oler aún la peste del puro de Von Lurendberg. Su cuerpo resentía los cambios en el cielo, que se transformaba en el rojo de Marte y las lluvias frías de Neptuno, a veces miraban los pétalos de cerezo de Japón y obtuvieron tranquilidad al mirar la lluvia estelar.
—Te estaba esperando Andresito —escuchó Taxi, volteó alegre para ver que detrás de un Árbol de gran tamaño salían para recibirlos La Dama Elegante y la niña que pregunta todo de la mano.
—¡Eres tú! ¡Y más hermosa qué antes! —le exclamó Ezequiel, le agradaba mucho ver a la Dama Elegante sin la correa ni las heridas en la espalda que miró cuando Lurendberg la flagelaba. Taxi no tenía palabras que decirle, sus lágrimas fueron suficiente para ella.
—¿Cómo piensan rescatar el Libro? ¿Saben amar y odiar? ¿Saben perdonar y castigar? ¿Saben vivir y morir? —preguntó la niña ansiosa. La Dama Fortuna le pasó una mano por el rostro y la silenció suavemente.
—Si no lo saben, hoy lo aprenderán. Deben irse, Lurendberg ya está en el pasillo de La Muerte. No te detengas por mi Andresito, este es mi último adiós. Será en otra vida cuando nos veamos mi querido.
Taxi se arrodilló ante la Dama Fortuna y se abrazó a su cintura. Ezequiel le puso una mano al hombro.
—Déjala ir, nunca fue para ti —le dijo Ezequiel, pero a Taxi no le importó y lloró como un niño.
—¿Cómo puedo hacerlo sin ti, mi amor? —preguntó Taxi.
—Lo has hecho muy bien sin mi y no será la primera, ni la última vez que vivas sin mi —le dijo La Dama Elegante. Ezequiel también se sintió terriblemente atraído a ella, le gustaba la idea de quedarse a su lado y apreciar el gran Árbol triste que estaba con ellas.
—¿Ves ese Árbol? —dijo La Dama, adivinando los pensamientos de Ezequiel—. Es el Árbol marchito del Bien y el Mal. Los humanos no podrán comer de su fruto si te quedas aquí. Ándate ya Andrés, no me defraudes ahora. Mira las manchas en tu piel, ¿no las habías visto? Si no se apresuran, morirán. Sus amigos siguen aún en Jaramillo, arriesgándose por ustedes y comprándoles el tiempo para que sobrevivan aquí, no me defrauden y marchen ya.
Taxi se levantó comprendiendo y llorando fue acompañado por Ezequiel al pasillo de la Muerte, observaron que sus manos estaban llenándose de puntitos negros y sus caras también.
La voz de la Muda se apagó en cuanto una bala atravesó y le dio en la rodilla. La sustituyó las risas de Amelia y Killian que estaban jugando a matar a la araña arrancándole sus patas. Matías corrió a levantarla para que ella siguiera cantando, pero no fue posible. Ella estaba inconsciente.
Alicia rezó desde el balcón y desesperada juntó las manos en forma de plegaria. Deseaba estar con ellos pero no podía, sentía que los había traicionado. En su mente decía las palabras que había aprendido del idioma secreto y vio que eran inútiles a la falta del Libro.
Jonás no abandonó el saxofón aunque el jazz se hizo más débil. Las sombras no esperaron y se metieron amenazantes dentro de la barrera e hicieron que se viera como una burbuja negra. El cadáver del General seguía arrastrándose y riendo.
La Muda se transportó de nuevo al mundo espiritual, donde Billy apartaba con dificultad a las sombras con sus manos y dientes. Vio como La Ciudad saltó desde atrás de Killian para aventarse contra ella, que impotente sólo pudo alzar las manos.
—¡Ezequiel! —alcanzó a gritar La Muda, antes de pelear con la enorme presencia de La Ciudad ella sola.
Lurendberg sintió la piel derretírsele al caminar por el pasillo de la Muerte, miró las imágenes que volaban en cuadros de lugares que jamás había visto y otros tantos que conocía bien. Miró el espacio donde había un caballero con una rosa azul grabada en el peto, miró otro donde un hombre escribía palabras con su cuchillo sobre la piel de una virgen.
—¿Dónde estás?
—Aquí estoy —respondió La Muerte, salió de la nada, vistiendo su chamarra negra con la gorra puesta y los jeans, llevaba El Libro en sus manos y ojeaba las hojas leyéndolo. Varios cuervos salieron volando de dónde él salió y pretendieron atacar a Lurendberg.
—Quietos, esta ya no es nuestra pelea —les ordenó La Muerte, cerró El Libro y extendió su mano para dárselo a Lurendberg—. Antes de tomarlo, ¿dime a cuál de mis almas te llevaste para llegar hasta aquí?
Lurendberg caminó encorvado y con las piernas resistiéndosele. El cuerpo robado ya no le daba fuerzas y el alma que no le pertenecía se negaba, caminó con los pies pesándole toneladas y se distraía fácilmente con los cuadros de otras vidas.
—Viajé por todo el mundo buscándolo —dijo el hombre que antes era Lurendberg.
—Ya lo sé.
—Le escribí a mi esposa mil cartas, disculpándome por no estar con mi hijo. El Libro era más importante, debía conseguirlo.
—Ya lo sé.
—Adopté a una hija que sabía como iban a morir las personas y podía aprender los idiomas de todo el mundo.
—Ya lo sé.
Lurendberg se obligó a caminar, el cuello se le hinchaba por resistirse para mirar las imágenes de los cuadros flotantes, en ellas vio un niño que lloraba la muerte de su hermano, en otra imagen observó a un hombre que viajaba siempre de píe en el tren.
—Finalmente lo tengo frente a mi. Cuando Ella se lo llevó, le vendí mi alma a éL. Jamás me imaginé que Ella lo llevaría a dónde yo ayudé a construir una ciudad de esperanza.
—Ya lo sé.
—Pero éL sí lo sabía e intenté escribirle una última carta a mi esposa, mi boca sangraba y mis ojos también. No supe que escribir en el papel, se apoderó de mi conciencia, de mi entero ser.
—Ya lo sé.
—Y ella se entregó a mi después de veinte años, pretendió engañarme y me llevó a otras partes del mundo. Le descubrí su desesperado plan y regresé a Jaramillo, donde decidí buscar El Libro.
—Ya lo sé.
—No lo quiero tomar. Llévatelo tú. No me lo des y quítamelo de las manos, ¿por qué me lo has dado?
—Ya lo sé. Ven, dame tú alma. Abandónalo a éL, ya no te necesita. Ya descansa, Von Lurendberg. El idioma ya no me pertenece y nos toca confiar en que la humanidad deshará lo que ha hecho.
ÉL tomó El Libro en sus manos, apartó a La Muerte, que observó herido como se subió a un trono que se construyó con letras doradas. Y con sus palabras empezó a devorar mundos y ríos de luces. La Muerte gritó de dolor al ver que su cuerpo se deshacía lentamente al eterno sufrimiento.
Taxi miró esto desde la entrada del pasillo y abrió ampliamente los ojos al descubrir que el rostro del Hombre sin Rostro, era igual al que miraba cuando estaba frente al espejo.
El jazz se partió en mil destellos, perdió su efectividad y las sombras entraron, hirieron con sus uñas a Matías y Jonás, mordieron sus brazos, sus dedos, sus piernas. Les jalaron de los cabellos y jugaron con sus cuerpos. Peleaban para resistir lo más que pudieran.
Jonás y Matías se tiraron sobre La Muda inconsciente y pretendieron protegerla del sufrimiento que ellos sentían. Gritaron y apenas soportaban el intenso dolor de las cortadas que hacían desangrar sus cuerpos. Alicia les gritó desesperada desde la ventana y tomó varias cosas para aventárselas, pero era muy débil y no llegaban.
—¡Mueran! —rió Killian. Amelia tenía deseos de aventarse sobre la orgía de sangre, se lamía los labios y sentía el pecho hundírsele de antojo—. Ahora usted General, venga conmigo. Tenemos que hacer algo por esa risa, ¿quería saber quien me hizo esta escopeta? Lo descubrirá pronto.
El General rió en respuesta, a unos cuantos escalones donde estaba Killian.
La Muda en el mundo espiritual luchaba contra la enorme presencia de La Ciudad y escuchaba los asquerosos sollozos del General. Resistió altiva las tentaciones que le sugería la voz de las tentaciones y le apartaba las garras y los dientes con ayuda de Billy. No tardaron en saber que eran demasiado pequeños contra el odio puro.
Era bello y lleno de vanidad, odio y sangre, pero era bello. Ezequiel miró lo mismo que Taxi y luego observó que ese rostro cambiaba al primero que conoció cuando estaba en el palacio. Iba a decir algo cuando una de las imágenes de los cuadros flotantes apareció frente a él y presentaba a Jonás y Matías siendo lacerados por las sombras. Se llevó una mano a la boca y se la apartó aterrorizado al mirar que sus dedos eran oscuros en su totalidad.
—¡Taxi! —exclamó Ezequiel—. ¿Dónde está mi Muda? ¡Amor, resiste!
Ezequiel corrió con toda velocidad y fue seguido por Taxi al trono dónde éL descansaba y descubría como hacer la realidad a su antojo. Ezequiel le tomó por atrás y trató de levantarlo, pero era inútil.
Su nariz recta y sus hermosos ojos claros, su profética boca, sus dorados cabellos llenos de polvo de estrellas, sus dientes de marfil. Taxi hundió su mano y descubrió que penetró el cuerpo con facilidad, escuchó los gritos de La Muerte que le urgían a rescatarle de morir. La mano de Taxi se llenó de sangre negra y le resbaló por las muñecas, hundió más y encontró el corazón, lo sacó y lo aventó. Pero éL seguía hablando.
—¡Se está muriendo mi Muda! —dijo Ezequiel, el cuerpo se calentó y se estaba encendiendo en llamas pero Ezequiel no le quitó las manos de encima—. Haz algo por favor, se me está muriendo mi amor puro. No quiero mirar ya, ¡Apúrate y vámonos de aquí!
No he visto hombre más perfecto, debe ser un ángel. Las imágenes presentaban el mundo espiritual donde La Muda estaba sonriendo resignada y La Ciudad afilaba sus garras para al fin llevársela. Billy le gritó intensamente con los ojos llenos de gotas que corrían como cascadas en su mejilla, Ezequiel cuando miró el cuadro imitó a Billy de manera perfecta y ella pareció escucharle cuando agachó la cabeza en el momento indicado.
Sin embargo el grito de mil almas perseguía su aliento, su rostro se pudría y volvía a resurgir, como Fénix que no respeta eternidad. Taxi volvió a hundir sus manos en el cuerpo de Lurendberg, las llamas eran una ilusión muy real, pensó. Se le quemaban al destripar su cuerpo, le sacó los pulmones que todavía tenían humo del puro y aguantó la respiración, no deseaba que fuera de sus últimos recuerdos. La sangre que le cubrió las muñecas se transformaba en serpientes y en lombrices que reptaron en su piel y buscaban un lugar donde meterse.
Vi sus ojos salir de sus cuencas y fuego rugía de su boca y el hombre aún era bello. Taxi le sacó los huesos y la carne, pero seguía hablando y destruyendo los mundos en las imágenes, vio que sus manos no solo estaban negras por la sangre, sino porque la ciudad ya estaba consumiéndolo. Se sintió muy cansado, ya no tenía deseos de seguir luchando.
—Haz algo por favor —rogó Ezequiel, que ya no podía aguantar el fuego que le quemaba. No pudo seguir deteniéndolo más tiempo y se soltó.
—Hay que callarlo —se dijo Taxi—. No importa cuanto le quitemos del cuerpo si no le callamos la boca.
Un ángel desterrado, un ángel condenado. Y Jaramillo es su infierno. Padre Taxi con sus últimas fuerzas le puso las manos en el cuello, donde hacía más calor. Con fuerzas sobrehumanas le quitó la cabeza y la aventó lo más lejos que pudo. El cuerpo que era de Lurendberg se rompió por completo. Se escucharon mil gritos de almas perdidas y el humo explotó, perdiéndose por completo en el pasillo de las almas.
Los cuervos surgieron de la nada y con su espesor cubrieron a La Muerte, donde se rehizo por completo y calló los gritos agónicos. Calmado, con sus jeans y su chamarra negra, caminó hacia Ezequiel Montes de Oca y Padre Taxi, quienes se encontraban inconscientes y de rodillas por el cansancio. Les puso la mano en la frente y dos cuervos se pararon en cada uno de sus hombros.
—Es aquí donde se levanta la maldición de Jaramillo. Es aquí donde empieza una nueva vida. He de reconstruir lo que han destruido con su soberbia, por medio de sus recuerdos. He de perdonarlos, los regresaré allá, a la ciudad de las sombras que ahora será la ciudad de luz que siempre desearon.
Ezequiel y Taxi desaparecieron del pasillo de la muerte y nadie vio como una cabeza siguió rodando por un camino largo.
Killian se sorprendió cuando Amelia se derritió agonizando, las sombras se apartaban donde una voz surgió más bella que nunca. La Muda se levantó con la pierna herida y siguió cantando. Jonás y Matías se tiraron cansados a un lado, respiraron lentamente.
—Esto no me lo hace nadie, aunque tenga que venderle mi alma al diablo —dijo Killian, levantó su rifle y apuntó directamente a La Muda. Ella alcanzó a cantar unas notas, antes de arrodillarse por su pierna herida, para despejar la oscuridad y regresarla toda al cuerpo de Killian, quien absorbió a las sombras.
Alicia gritó de alegría desde el balcón e imitó la canción de La Muda. Killian la escuchó, su enojo hizo que sus ojos ennegrecieran, gritó y dio el último disparo que habría de dar muerte a Mayela Lomelí.
Las risas del General se escucharon esplendorosas y con la vista siguió una cabeza que subía por las escaleras del Palacio Gubernamental, el rostro se despegó de la cabeza rodante y saltó hacia Killian para aferrarse en él. El coronel se llevó las manos a la cabeza y gritó adolorido. El General impulsado por la risa, el dolor del recuerdo y el espíritu que no lo dejaba descansar, se levantó y con un solo píe llegó hasta Killian, aprovechó el dolor del coronel para golpearle en el estómago y alzarlo en su hombro. Saltando se lo siguió llevando, muy lejos, hasta que se perdió en la distancia.
Ezequiel y Taxi aparecieron de pie junto al cuerpo de La Muda. Alicia, Jonás y Matías no los vieron llegar por llorarle a un lado. Cuando Ezequiel abrió los ojos y miró el cuerpo que tenía un girasol en las manos, no detuvo sus deseos de llorar y se arrodilló como los demás.
—Mi Muda —dijo Ezequiel, le tomó la mano a falta de palabras.
Taxi abrió los ojos y observó dolido el cuerpo de Mayela. Escuchó con atención el canto que aún estaba vigente y miró como recorrió toda casa, todo campo y todo bosque clamando la luz a viva voz. El canto recorrió Puerto Octay y los fantasmas salieron de sus casas para ver la luz del sol como nunca lo habían hecho antes. Los caballos relincharon en las praderas y los perros aullaron tristes como si luna llena; las gaviotas se besaron con los delfines anunciando el final de una pesadilla.
—Ezequiel —dijo Taxi emocionado—. Mira allá, en el cielo. Mira ese tren de colores, ¿Lo puedes ver?
Todos alzaron la vista y vieron con ojos borrosos que en uno de los vagones estaba pintado con letras grandes y rojas: “El circo de los hermanos Arlequín”. Cada uno miró a sus muertos. Jonás se despidió de la familia Irvine que estaba tocando en uno de los vagones y sorprendido miró que su familia también estaba ahí, su madre de las trenzas, su esposa de las trenzas y su pequeño hijo al que nunca había visto reír; Matías le gritó a su mamá que pronto la encontraría en su crucero espacial y ella le sonrió y le hizo un ademán que él comprendió perfectamente como que debía seguir escribiendo para toda su vida; Alicia miró a su padre, se alegró de reconocerle el rostro y se alivió al ver que fumaba una pipa y leía un periódico, él le alzó una mano pícaro y se despidió guiñándole el ojo; Ezequiel miró a La Muda abrazada de Chucho Domínguez, se despidió augurándoles la felicidad negada en vida y se las deseó de todo corazón; Taxi le hizo una reverencia a los hermanos Arlequín, los cuales reían y les arrancaron las lágrimas de tranquilidad.
—¡Es que siempre hay esperanza! —gritó Taxi desde lejos y les persiguió corriendo hasta que el tren se perdió con la caída del sol.
El coronel Killian ya se había acostumbrado al frío del desierto helado de Jaramillo, un lugar donde sólo había soledad y osos polares que le perseguían, sin embargo, él había sido más rápido y aunque su rifle no servía para dispararles, había servido muy bien para matarlos a golpes.
—Mi querido General —dijo Killian y miró el gigantesco bloque de hielo en el que se había congelado el enorme cuerpo, su cara era la de una risa congelada. Killian vio su reflejo en el bloque de hielo y no pudo distinguir su rostro, ya lo había olvidado y realmente no le importaba—. No era el tiempo indicado, esperaremos aquí en este pequeño iceberg, no importa. Ya habrá tiempo.
El coronel Killian se sentó en el hielo y fue azotado por una soledad azul.
—Estoy seguro que sí mi querido General. No puedo perdonarle su traición, su alma ya ha de estar en el infierno donde yo llegaré muy pronto y pensaré en otro plan. Antes que perdonarle tendrá que sufrir mucho por haberme traído aquí. Allá de donde le platiqué, tenemos mejores cosas que el juego de la pistolita que aunque usted lo ha hecho famoso, fui yo el que lo inventé. Ya lo verá, ya lo verá. Allá tenemos pistolas más grandes y sin balas.
Killian buscó un paquete de cigarros en la bolsa de su gabardina, sacó uno y se maldijo por no traer algo con qué prenderlo.







3 comentarios ↓
que porfa pongan libretos cortos o guiones
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Algo me dice que la gente plagia estos posts como cuentos para sus tareas.
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Algo me lo dice también. Yo creo que mis calaveritas webloggeras ya recorrieron el mundo.
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