¡Recuerda mi hermano! Rafael y Joel,
que somos nosotros por si no lo sabías,
si no te habías dado cuenta nos llamamos Arlequín.
Nacimos para reír, bailar, cantar y tropezar.
¡Dame tú mano y yo te doy la tras!
Tutiri tutara pirrompom pam.
Rafael Arlequín
Amelia entró a la tienda de campaña y observó a Killian de espaldas teniendo una conversación en silencio con su rifle, se acercó lentamente y buscó mirarle la cara, pero no se la encontró. No sabía si era el juego de luces o que él se movía imperceptiblemente en el momento indicado para que no viera mas que el débil perfil.
—¿Coronel —preguntó ella. Killian volteó lentamente y ella suspiró aliviada al verle el rostro de ángel al que ella estaba acostumbrada—, estás preparándote para matar? Mi coronel, usted lo hará muy bien. Conozco sus dedos que me han hecho temblar de temor, siempre tuve miedo de que usted jalaría mi sombra y se adueñaría de mi vida. No hay nadie mejor que usted mi coronel.
—Lo sé —respondió Killian—. Dame un beso de la buena suerte, Lurendberg me quiere con él. Ya es noche y es hora de empezar.
—¿Nada más un beso? —preguntó Amelia y se acercó a él tan silenciosamente y prontamente como una gata vigilando al gorrión en la jaula—. ¿No tenemos tiempo para algo más?
Killian calló su pregunta con un beso, la hizo a un lado suavemente y salió al improvisado campo militar para encontrarse a Von Lurendberg y El General mirando hacia el gran domo.
—Escúcheme coronel Killian —le dijo Lurendberg—. Observe a aquél payaso en su monociclo, somos viejos enemigos. Debí matarle cuando tuve la oportunidad. Mírelo bien, porque vamos a terminar con su vida, ¿no es así, mi estimado General?
Von Lurendberg se llevó el puro a la boca, dio una bocanada y después soltó el humo, Killian observó como el humo siguió un camino entre los fantasmas que corrían y los fantasmas que estaban preparados a dar una pelea. Zigzagueó los caminos y se perdió en dirección donde estaba el payaso en su monociclo. El General sonrió y cruzó los brazos, esperó con paciencia su turno.
—¡Arlequín! ¡Ven a la casa dónde estaremos seguros! —gritó Yasmín desde la ventana. Escuchaba con precisión el monociclo del payaso corriendo a todas partes, escuchaba su voz gritando los chistes y a Patricia Boyselle haciéndole segunda. Luego escuchó el jazz alegre y los recitales de Matías en alguna parte. Finalmente, las ovaciones de los trapecistas que se hacían dentro del domo.
—No sirve —dijo desesperada la Tía Yemita—. Y ya me está dando sueño. Debo resistir. ¡Taxi! ¡Dónde te encuentras hijo de vaca malparida! ¡Taxi, vete de aquí!
La Tía Yemita tomó asiento y se meció rápidamente, el aura azul se estaba acumulando a su alrededor e inundó la habitación. Antes de caer dormida y caminar sonámbula por la casa, olió el puro de Lurendberg con claridad.
Matías observó que los fantasmas ya no prestaban atención a sus historias, estaban mirando con temor evidente hacia el Ejército y sobre todo, a un hombre de la gabardina que con sólo alzar su rifle deshacía los espectros fantasmales. Conoció al Hombre sin Rostro que con las manos en los bolsillos caminaba detrás del Hombre de la Gabardina. Tiró su recital a un lado y bajó entre la conmoción de fantasmas que huían temerosos.
—El circo no durará mucho, se están llevando la ilusión —escuchó Matías a Jonás que se acercó a él junto con La Muda.
—¿Ezequiel y Alicia siguen en el domo? —preguntó Matías, La Muda asintió. Hizo ademán de ir al domo cuando observaron que a unos metros Arlequín se caía del monociclo. Jonás se colgó el saxofón y se unió a Matías para recogerle. Miraron que de su boca salía un débil humo peculiar.
—Tristeza —balbuceó Arlequín—. Me quiere matar de tristeza. No lo dejen.
La Muda tocó a Matías en el hombro y señaló a la casa de Patricia donde ella se encontraba hablando a viva voz con un enorme grupo de fantasmas que tenían deseos de pelear por el circo. Estos demostraron su infierno al coronel, quien rápidamente dio señales a su pelotón de internarse con él al infierno espectral.
—Tenemos tiempo de escapar —dijo Jonás—. Los fantasmas no durarán mucho contra ese monstruo. Espero que Billy esté bien. Ayúdame a llevar a Arlequín a la casa.
Se lo llevaron cargando en hombros, La Muda se mantuvo atrás buscando con la mirada a Ezequiel, notó preocupada que el Domo estaba perdiendo las luces de ilusión. Quería estar con Ezequiel y con Alicia, pero si abandonaba a Arlequín no se lo perdonaría, necesitaba acompañarlo y saber que le sucedía. Entraron a la casa y lo dejaron en uno de los sillones de la sala.
La Muda sintió una brisa de aire acariciarle la nuca, volteó espantada y observó al enorme cuerpo de La Tía Yemita moverse con una velocidad increíble hacia la salida y luego la miró por la ventana, levantar el polvo en Puerto Octay.
—Esto se está poniendo feo —dijo Matías que también miró la nube de polvo.
Taxi abandonó el mar cuando escuchó la conmoción, caminó tranquilo a la casa de Boyselle, se asomó por la ventana y miró a Matías, Jonás y La Muda cuidar de Rafael, que estaba acostado en uno de los sillones intentando levantarse, lo detuvieron y miraron la entrada de la puerta. Decidió no molestarlos y caminó a dónde el remolino de fantasmas, infierno y sueños, se hacía en el centro de Puerto Octay. Taxi se apartó de la ventana, caminó hacia la calle principal del pueblo de Puerto Octay.
Tuvo deseos de regresar a la casa, cuando volteó estaba ahí la Tía Yemita, sonriendo de oreja a oreja con la sonrisa de Lilith. Taxi se llevó las manos al pecho en el momento indicado, cuando las fuertes manos de Yasmín se proponían a arrancarle la sotana de religioso y llevarse El Libro con todo y corazón si era posible.
—Ya dámelo —dijo Yasmín, su voz era la de la mujer demonio que Taxi había conocido en sueños.
—Las cosas se piden por favor, mi querida Lilith —dijo otra voz, Taxi y Yasmín voltearon a mirarlo. Ahí se encontraba El Hombre sin Rostro, con la mano en el bolsillo y fumando el puro. Taxi aprovechó para empujarse de Yasmín y se tropezó. La tía Yemita no le prestó atención, rugió como león ante Lurendberg y aventó su gigantesco cuerpo contra éL.
El Hombre sin Rostro alzó la palma de su mano e hizo de la imagen de Yasmín algo borroso. Taxi miró perplejo como Yasmín se retorció en proporciones irreales y luego cayó al piso. La Tía Yemita se sentó en medio de la calle y se llevó una mano a la cabeza.
—¿Dónde estoy? ¿Qué le ha pasado a mi poder?
—Con que usted es la famosa Tía Yemita —dijo Lurendberg, dio otra bocanada de su puro y sonrió—. Usted y el señor Burgos me acompañarán a mi tienda, tenemos mucho de qué platicar. Primero necesito encontrar a mi hija. Si me disculpan un momento, pronto estaré con ustedes.
Lurendberg dio la orden y los soldados que no estaban encerrados entre el cielo y el infierno fantasmal se llevaron a Taxi y a la Tía Yemita a la tienda blanca. Mientras se llevaban a Taxi y Yasmín, estos escucharon tres disparos y una risa estridente. Yemita cabeceó triste y Taxi volteó a ver la casa a tiempo para descubrir a Ezequiel a merced del Hombre Sin Rostro.
Killian caminó en mundos espirituales, llevando su escopeta a donde el pasado terrible de algún fantasma lo llevara. El poder de sombras se estaba acumulando en su cuerpo al llegar al corazón del fantasma y robarse su espíritu. Lo disfrutaba sobre manera, porque era en el pasado donde encontraba la niñez del fantasma.
—Más niños —se dijo Killian. Los soldados lo acompañaron en ilusiones espectrales de infancias perdidas. Alzaba su rifle y disparaba justo en medio de la frente para llevarse otra sombra. Los soldados estaban cansados y varios morían de locura dentro de las ilusiones.
A Killian no le afectaba, porque él había dejado de estar cuerdo hacía tiempo. El poder de sombras se hizo tan grande que pronto se alzaron por todo Jaramillo y partes de Puerto Octay, oscureciendo de manera permanente, sin soles grises ni lunas tristes, a la Ciudad Maldita que sonreía complacida.
Alicia y Ezequiel decidieron esperar en el domo, asomándose a mirar como los fantasmas se disolvían y otros huían, escucharon a una gitana que gritaba por el Señor de las Rosas sin importarle lo que sucedía afuera. La observaron que corría con un niño negro en los brazos.
—¿Es él? —preguntó Alicia.
—Eso no importa ahora, mira lo que está haciendo tu padre Alicia.
Alicia sollozó suavemente y se abrazó a Ezequiel. Él le correspondió el abrazo y siguió mirando. Vio como Taxi estaba ante el Hombre sin Rostro y la Tía Yemita. Observó como el cuerpo de Yasmín se descompuso y recompuso en el aire. Luego temeroso miró a los militares llevárselos y a Lurendberg caminar hacia la enorme carpa donde estaban él y Alicia.
—Viene para acá —susurró Ezequiel, muriéndose de miedo de tener que verle la verdadera cara de nuevo. Atrás de Lurendberg pudo ver al coronel Killian en una lucha de ilusiones y luego miró a la enorme figura del General entrando a la casa de Boyselle con la pistola de Villa en sus manos.
—¡No! —gritó Ezequiel, soltó a Alicia y corrió hacia la casa de Boyselle, sin importarle que el Hombre sin Rostro estuviera frente a él. Alicia lo siguió con lágrimas en los ojos gritando su nombre para detenerlo. Ezequiel pasó a un lado del Hombre sin Rostro, quien lo miró de reojo. Lurendberg alzó un puño y Ezequiel sintió como las piernas le fallaron y dejaron de funcionarle, se cayó y ya no pudo levantarse, miró hacia la casa de Boyselle donde escuchó con angustiosa claridad tres disparos y una risa que no paraba. Tres militares lo recogieron y se lo llevaron a la tienda blanca por ordenes de Lurendberg.
—No Ezequiel, no —dijo Alicia, que se dejó caer de rodillas y con la mirada en el suelo vio los zapatos de su padre que ya se encontraba frente a ella.
—Me da gusto tenerte de vuelta, mi niña —dijo Lurendberg—. ¡Retirada! ¡Ya tenemos lo que buscamos!
La Muda se acercó a la puerta y fue aventada cuando El General la tiró con la bota. La puerta de madera se cayó, Jonás y Matías se levantaron rápidamente y alzaron las manos. La Muda se quedó atrás de El General, aprovechando que él no la había visto. Arlequín y el General se vieron a los ojos, el payaso se llevó una mano al bolsillo de su saco de parches y encontró la carta que le había regalado Yasmín.
—Miren lo que me acabo de encontrar aquí —dijo El General, apuntó con su pistola a Arlequín y le disparó en el brazo, después en la pierna. Jonás y Matías saltaron contra el General, quien los recibió con ambos brazos y logró empujar a uno de ellos. Después se escuchó otro disparo más que hizo caer al otro.
Arlequín manipuló las vibraciones para hacer reír al enemigo, sacó la carta de Yasmín, aunque se desangraba y se le escapaba la vida, sintió el poder de la carta fluir en el ambiente. La Muda saltó a la espalda del General, pero éste con su enorme mano la jaló y la tiró contra el piso. Ella acabó junto a Matías, que tenía una herida de bala en la palma de la mano y se retorcía de dolor.
—La venganza —susurró Arlequín, la carta tenía pintada una enorme risa y Arlequín sonrió tranquilo, agradeciendo la última adivinanza de Yasmín—. Haz de morirte de risa, General maldito, cerdo infeliz. En eso se me está yendo la vida.
El General se acercó al payaso y le apretó la pierna herida. Arlequín gritó adolorido e interrumpió las vibraciones. Jonás se levantó de nuevo y cuando se le aventó encima, El General le hundió el puño en el estómago y logró aventarlo lejos. Después recogió a Mayela por el vestido que estaba en el piso y con la bota apretó el estómago de Matías para detener su intento de rebeldía.
—Te extrañé chiquita adorada.
Rafael hizo un esfuerzo sobrehumano para controlar el dolor y poder así detener al General con vibraciones. Empezó como una pequeña risa que El General no podía contener, hasta que se llevó una mano a la garganta para detenerla, pero no podía. Se ahogó en su propia saliva y con su propia lengua y aún, después de muerto, su cuerpo siguió riendo. Mayela se soltó fácilmente del General y miró su agonía atenta, después de unos minutos le fue difícil creer que estaba muerto y que seguía riendo, se arrodilló junto a Arlequín sin despegar la mirada del General. Jonás se apresuró en conseguir un trapo para cubrir la mano de Matías. El cuerpo gigante del General se sentó en uno de los sillones de la casa, quien reía alegre.
La Muda paso una mano por la frente de Arlequín, su cara estaba pálida y se dio cuenta que el payaso finalmente estaba muriendo con una sonrisa tranquila en los labios. Se recargó en su pecho y se puso a llorar.
—No llores por mi, niña —le dijo Arlequín—. Despídeme de la cieguita cuando la mires, también dile a Taxi que confió en él, en él pongo mi esperanza. No los abandonaré del todo, nadie deja Jaramillo ni en la muerte niña, ya no me llores.
Arlequín alcanzó la mano de La Muda y ella apretó la de Rafael, le miró los ojos y vio como el maquillaje y la ropa nueva de ilusiones se fue deshaciendo para regresarle al payaso bañado de noche que conoció el día más triste de su vida, el maquillaje se despintaba y daba lugar a un rostro pálido y gris, la nariz roja se rompió en dos y se hizo destellos pequeños, al igual que la peluca donde cada pelo naranja se iba como lombrices que volaron en el aire. Jonás y Matías, aún con la mano sangrando, se pusieron de rodillas junto al cuerpo. Poco después, escucharon a Lurendberg dar la retirada y la risa del General muerto inundó el silencio.
Ya no se distinguía entre el día y la noche en Jaramillo. Se prendieron velas en las casas, se cerraron ventanas y puertas para evitar que las sombras espirituales que aullaban en las calles entraran. Se cerraron los bares y los clubes, los cafés que eran una farsa, las bibliotecas donde nadie leía y las agencias de viajes que no llevaban a ningún lugar. Los viñedos se secaron porque los campesinos que los trabajaban se escondieron y los bosques dejaron de ser tristes para convertirse en siniestros. El único lugar relativamente seguro era el campo militar, donde se encontraba el redentor de sombras.
Puerto Octay también sufrió las mismas consecuencias. Los fantasmas que sobrevivieron al ataque del coronel Killian se encerraron en sus casas y esperaron que algún día pudieran recuperar el circo de las vidas pasadas. La casa de Boyselle se conservó apagada, a diferencia de la ilusión que les había creado Patricia en algún momento. Ella era una de las sobrevivientes y se dedicaba a cuidar el cuerpo de Arlequín, bañarlo, peinarlo y protegerlo. Los otros no le dieron importancia y la dejaron ser.
Intentaron descubrir el fantasma de Arlequín, pero nunca lo encontraron. El único legado que aún existía de él, ya que el domo había sido arrancado y destruido durante el huracán de la guerra espectral, era El General riéndose en su sillón. No podían ignorarlo, con su enorme panza y su bigote moviéndose por la risa. Querían empujarlo para sacarlo de la casa, pero era tan pesado que no lograron moverlo ni un centímetro y solo lo hicieron reír más. Luego Jonás propuso la descabellada idea de cortarlo en pedazos para meterlo en bolsas y tirarlo al mar, la idea fue descartada en el momento que el cuchillo que utilizaron para cortarle la piel, se quebró.
A medida que pasó el tiempo, que no sabían cuanto por la oscuridad eterna en todo Jaramillo, la piel del General se hizo blanca como un queso de cabra, su cuerpo olía a algodón de azúcar y sus ojos se hicieron completamente negros. Hicieron su mejor esfuerzo por ignorar su risa.
—¿Y ahora qué vamos a hacer? —preguntó Matías.
—Recuperar El Libro. Es preferible que lo tengamos en nuestras manos y que caigamos en tentación nosotros, a que un demonio sin rostro escriba su infierno.
—¿Y Taxi?
—Yo creo que Taxi y los demás ya están muertos, excepto la santera, porque ella es inmortal.
La Muda sintió que le tembló la quijada, pero no lloró esta vez, se fue a la cocina y decidió preparar un café con el modesto poder ilusorio que aún restaba de la casa vieja de Boyselle. Jonás la miró irse, negó triste y acarició el saxofón que le colgaba, se dedicaba a pasear en los pasillos y pensar acerca de la nueva responsabilidad que tenía en las manos. Matías lo observó inquieto desde el sillón.
—¿Por qué estamos aquí Jonás? ¿Cómo hemos llegado aquí?
—No lo sé Matías, pero hombres de tierra como nosotros están hechos para cambiar las cosas, aunque sea nuestra propia historia. ¿Me entiendes? Si quieres y puedes olvidar todo lo que ha sucedido, quédate aquí y déjalo atrás. La Muda ya está demasiado metida para salirse y yo todavía sigo decidiendo para donde van los bueyes, manito.
—Creo que los dos estamos igual de metidos en esto que La Muda.
—Entonces no hay preguntas manito, allá afuera, muy adentro de la negrura, es donde nos espera lo que la Santa Muerte haya decidido. No se que tan cerca esté su frío aliento o sus malditas garras. Hay que tener fe, muchacho.
—¿Tú tienes fe, Jonás?
Jonás miró duramente a Matías.
Cuando La Muda salió y vio la estrecha cadena invisible que se hacía en los ojos de los dos hombres, entendió que había una pregunta sin responder.
Horas antes de salir a enfrentar la ciudad de sombras, La Muda caminó en sueños por la casa como solía hacer. Bajó a la sala para encontrarse con el espíritu del General atrapado en su cuerpo, intentaba salir de él pero parecía estar adherido con pegamento. El espíritu lloraba a diferencia de la materia, La Muda intentó pasar desapercibida pero fue escuchada por el fantasma.
—¡Ayúdame Muda! —rogó el General—. No me deja en paz, ayúdame por favor. ¡éL me hizo hacerlo! ¡Dile que yo no fui!
El espíritu del General extendió los brazos y La Muda se los rechazó observándolo con asco. Una mano apareció desde el interior del cuerpo del General, cuyo espíritu trataba de escaparse, y lo jaló de la cabeza de nuevo a un cuerpo que sólo reía.
La Muda notó que la manga de esa mano era de parches rojos y negros.
Caminó afuera de la casa y caminó por los bosques contaminados de oscuridad y las calles cubiertas del negro infinito. Llegó viajando por aire donde las sombras no la miraban, al palacio gubernamental y vio a Lurendberg con su hija. Ella tenía ojeras de cansancio, leyendo un libro donde destellaban letras doradas. Lurendberg le apretaba el hombro y fumaba ansioso su puro, en el cenicero había por lo menos veinte que se habían consumido ansiosamente.
Mayela atravesó suelos y se encontró con un coronel de boina, al que no le reconoció la cara. Estaba en un cuarto con una prostituta a la que ella reconocía perfectamente. Se retorcían en la cama y se reían como hienas en presencia de todas las sombras que hacían el ambiente difícil de respirar, extendían como tentáculos que se pegaban contra el cuerpo de ella y le hacían retorcerse de excitación.
La Muda continuó cayendo en el palacio y llegó a las mazmorras. Observó espantada a los guardias de una celda, que eran soldados con la piel manchada por la oscuridad de la ciudad. Se movían como las sombras de unos humanos y la ropa les quedaba floja, ya que no entraban por completo. Los habían transformado en monstruos, se preguntó si eso le había sucedido a todo el Ejército.
En la celda se encontró con cuatro personas y era custodiada por muchos soldados manchados. La Muda se transformó en aire para pasar desapercibida a los ojos de los militares de sombra y se metió a la celda. Sentada en un banco de madera estaba la vieja Yasmín, observó más aprisa y encontró a Padre Taxi abrazando a una mujer de cabello claro que llevaba una correa en el cuello y el corazón del aire hizo luz cuando vio a Ezequiel, sentado contra el muro y mirando una ventana en donde no se veía más que el paisaje negro.
—Hay alguien aquí con nosotros —dijo Yasmín—. Pero mi poder es muy débil para saber quién. Si eres tú Muda, recuerda el jazz alegre. Cura las sombras Muda.
La Muda despertó.
Matías despertó al escuchar la voz de la Vieja Bruja, se levantó y salió de su habitación, le dolía la mano vendada. Escuchó la risa del General y tuvo un dolor de cabeza, caminó distraído en el pasillo con los ojos entrecerrados cuando chocó con La Muda, los dos se miraron y fueron al cuarto de Jonás. Cuando entraron vieron que él estaba listo y vestido con sus ropas humildes con las que había llegado a Jaramillo, llevaba en el hombro el saxofón colgado.
—Ya sé, ya sé. A correr manitos, que si no, nos chupa la bruja.
—¿Me extrañaste mucho Andresito? —preguntó La Dama Elegante contenta, se recargó en el pecho de Taxi y este le dio un beso en la frente.
—Mucho, mucho. Perdóname, pero no pude protegerlo —le dijo Taxi dolido, miró al suelo y se cubrió el rostro con la mano. Ezequiel no les prestaba atención, estaba intentando pensar como salir de ahí. Los soldados de sombra habían demostrado ser muy hábiles y eran numerosos.
—No te preocupes chiquito —dijo La Dama—. Todavía no termina.
—¿Quién es Lilith? —preguntó Padre Taxi, Yasmín alzó la mirada y entreabrió los labios.
—La primera inmortal en caminar sobre la tierra, el primer demonio que robó almas, la gran ramera, el súcubo reina del vacío, la primera mentirosa. Lilith es hija de éL y también es su esposa.
—¿Tú eres Lilith?
—No, parece ser que es mi demonio protector. Entre todos los demonios hijos de puta que tenían que existir sobre la tierra, tenía que ser la puta que los parió a todos.
Yasmín se meció lentamente en la silla con el rostro descompuesto de coraje, rato después se tranquilizó y apuntó un dedo a La Dama.
—¿Eres quién creo?
—Sí.
—La correa que tienes en el cuello, ¿qué tanto te afecta?
—Mucho ya.
Taxi le acarició el cuello a La Dama y ésta sonrió.
—Entonces dependemos en su totalidad de la princesa —dijo Yasmín—. Tenemos que detener primero a las sombras, podrían interferir. No contaba con que Lurendberg lograra tener el poder de las sombras a su lado, vaya que no, destruyó por completo el circo. Creo que todavía tengo energías para comunicarme con Alicia.
—Haz lo que debas —dijo Ezequiel cortante, quería silencio o quería acción—. Y hazlo ya.
—No me presiones, cabrón —respondió Yemita. Disfrutaron del silencio incómodo, se sintió una fuerte brisa que se les hizo poco común y Yasmín alzó la cabeza oliendo.
—Hay alguien aquí con nosotros —dijo Yasmín—. Pero mi poder es muy débil para saber quién. Si eres tú Muda, recuerda el jazz alegre. Cura las sombras Muda.
Ezequiel miró hacia Yemita y enarcó las cejas.
—Alicia, ¿me escuchas? No respondas, sólo escúchame. Cuando yo te lo diga, tienes que escribir nuestros nombres. Yasmín Molina de Jesús, Ezequiel Montes de Oca, Padre Taxi y La Dama Fortuna.
Yasmín se puso las manos en las rodillas y gruñó.
—No vayas a equivocarte Alicia, es nuestra última oportunidad —dijo Yasmín y continuó meciéndose como si nada hubiera dicho. Taxi y Ezequiel se miraron preguntándose a dónde los llevaría la anciana.
Alicia se enfrascó en la lectura de El Libro, analizó en las páginas blancas los pliegues que daban paso a las letras doradas que se escondían. Lurendberg paseaba fumando su puro, mirando la ventana y mirando a su hija, repartiendo su tiempo entre uno y otro.
—¡Apúrate ya, burra inútil! —le gritó una vez, cuando estaba desesperado por la espera—. ¡Y no intentes engañarme, que conozco perfectamente el momento en que puedes escribir en él!
—Sí, papá —respondió Alicia con rencor. Extrañaba los días de circo, extrañaba a sus amigos, les tenía absoluta lealtad por mucho que Lurendberg intentara suavizar su carácter y hacerla caer de nuevo en el engaño de que era el padre amoroso.
—Sigue leyéndolo. No por nada te enseñé los idiomas del mundo. Descífralo y escribe en él mi nombre cuando yo te lo diga, hija preciosa.
—Sí, papá.
Decidió descansar aunque recibiera el castigo de su padre. Cuando ella descansaba éL le ponía la mano en el hombro y lo apretaba de tal forma que todo el cuerpo le dolía. Pero esa vez, el castigo de su padre tardó en llegar, lo miró recargado en la ventana y se fijó en que no tenía el puro acostumbrado en las manos.
—¿Papá?
—¿Tú quién eres? —le preguntó Lurendberg, la voz era diferente, más suave, más querida. Era el hombre que antes era su padre.
—Soy tu hija, ¿en verdad eres tú papá? ¿No me recuerdas?
—La Dama me habló de ti, me dijo que te recordara, pero no se porque no puedo… ya me voy, viene éL.
—Sí, papá —respondió Alicia y continuó en el estudio de El Libro. Escuchó a su padre abrir la cigarrera y segundos después el encendedor. Ella miró las letras doradas que aparecían y desaparecían en las páginas blancas. Recorrió página tras página buscando el idioma que era capaz de destruir los universos y construirlos.
Lurendberg fumó su puro y miró a Alicia. Le puso la mano en el hombro y le dio un cariño.
Jonás, La Muda y Matías dejaron Puerto Octay. Al dejar la casa, Patricia Boyselle salió despedirlos con su gato en brazos, la risa del General aún viajaba en el viento. Al salir de Puerto Octay, escucharon el ruido de un temblor, cuando voltearon a ver que pasaba, notaron que la casa de Boyselle se había caído y ella ya no estaba en ningún lado.
Caminaron durante días, por los prados erosionados, el viejo camino a La Ciudad tenía pocas sombras que flotaban y reían en el aire, caminaron con el saxofón en los labios y la voz cantando. Matías se dedicaba a observar, porque a pesar de todo, la sangre de escritor seguía hirviendo y registraba todo para escribirlo en algún momento.
Sin descanso avanzaron con la canción del jazz alegre y apartaron a las sombras, que se mantenían cerca siguiéndolos para devorarlos en el momento que dejaran de tocar la canción. Matías entonces recitaba historias mientras caminaba y La Muda bailaba en vez de caminar. Lograban hacer el jazz alegre más efectivo, pero no permanente. Las sombras estaban presentes, vigilándoles sin despegar el ojo durante todo el trayecto.
En el camino, seguían escuchando la risa del General y no sabían si eran sus nervios, escuchaban los pasos pesados de su cuerpo y no sabían si eran los malos recuerdos. Ninguno lo comentó con el otro y de vez en cuando volteaban para saber si eran seguidos por él, cuando no veían nada en la oscuridad a lo lejos, fingían tranquilizarse.
Llegaron a Jaramillo sin darse cuenta, estaba más oscura que nunca, sin embargo, el jazz alegre les daba una luz que les dejaba mirar a dónde iban sus pasos y los llevaba como una guía a donde cada uno, que eran uno solo, deseaba llegar.
En la Ciudad encontraron a los soldados manchados, que patrullaban las calles y los atacaban como fieras cuando eran descubiertos. El escudo del jazz alegre no los dejaba pasar y lograba herirlos, pero decidieron bajarle el volumen ya que cada vez que un soldado manchado atacaba su escudo, se sentían más agotados. Guardaron las fuerzas y las liberaron todas cuando el palacio gubernamental se encontraba tan sólo a unos pasos. En la entrada les esperaba el coronel Killian, con su gabardina y la escopeta en los brazos. Los soldados de sombras volaron alrededor de él como la brisa negra.
El trío cantó, tocó y recitó tan fuerte, que no escucharon la risa del General atrás de ellos, aún caminando sin decidirse entre la vida y la muerte.







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