En tres días se completó una ilusión, la más grande y concebida jamás en Puerto Octay. Contar los hechos que sucedieron en el levantamiento y después, en los espectáculos que se dieron por días en Puerto Octay, tomaría cientos y cientos de páginas que merecen ser escritas, sin embargo, no en esta historia. Es difícil tomar la vida de los fantasmas y plasmarla en papel, ya que ellos dieron a la ilusión, de manera conjunta, la vida y la luz que requerían. Patricia Boyselle hizo correr la voz que se abriría un circo pronto en el lugar del gran domo. Los fantasmas comunes miraron dudosos, los gitanos fueron los primeros en abrirse y así, fue como construyeron diversos puestos de curiosidades alrededor del domo. En efecto dominó se comunicaron los fantasmas el deseo de formar parte de la diversión y se crearon luces y animales translucidos que llegaban de un extremo a otro en todo el pueblo del puerto.
Rafael Arlequín estaba más vivo que nunca, la enfermedad de la tristeza había pasado como una mala pesadilla que duró años y ahora solo quedaba el payaso que gozaba y explotaba a viva voz su poder de vibraciones, alegrando a espíritus y humanos por igual. La ilusión le regresó el maquillaje, la peluca y los zapatos grandes. El monociclo con el que le había visto La Muda cuando agonizaba cobró realidad y lo montaba para recorrer el circo y gritar sus chistes. La gente le aplaudía cada vez que lo miraban pasar y los sombreros de copa se alzaban en el cielo. Así era cuando había luz de día, de noche Arlequín abría el domo para la sorpresa de los espectadores.
Los primeros tres días, que fueron los de entrenamiento, les costó trabajo echar a andar el circo, los gitanos no eran suficiente para consumar la ilusión y eran necesario los actores con vida en el cuerpo para lograr la sensación de realidad. Alicia y Ezequiel se educaron en las artes del trapecio, cayeron muchas veces a la red y no tenían la fuerza para dar los brincos magistrales, las piruetas mortales fueron causa de burla para muchos de los fantasmas y así desaparecía la luz del circo.
—¡Usen el poder de la ilusión! —les gritaba Yasmín desde la ventana—. ¡El maldito poder!
Arlequín que desconocía los poderes espirituales de la esperanza humana, prefería continuar con sus vibraciones para animar a la princesa y el militar. Causa por la que no se dieron por vencidos. Alicia no quería admitir la raíz del problema, que era la reciente unión de La Muda y Ezequiel que se había hecho pública.
—Creí que era yo a la que preferías —le dijo una vez—. ¿Por qué me ibas a ver al palacio todos los días? Hasta mi padre había dado consentimiento.
—Era otro —respondía él sencillamente. Alicia se sentía herida, y fue su fricción la que hacía de los entrenamientos algo duro. Para ellos era un enigma el poder de ilusión del que hablaba Yasmín, el que eventualmente los penetró al tercer día de circo de vidas pasadas. Volaron en el aire y sintieron la luz que los tomó al formar parte de la comunidad que gritaba animada cada vez que los veía brincar en los trapecios. Sus ropas viejas se transformaron en trajes de lentejuelas, sus rostros se maquillaron de blanco y los ojos de negro. A veces miraban que les salían alas que les ayudaba a volar y lograr las piruetas peligrosas que tanto les encantaba observar a los presentes. Los brincos eran imprevistos, ya que el ánimo de Alicia influía y la fricción en la pareja lograba maravillas que no eran percibidas por el público fantasma.
La Muda y Jonás creían que el saxofón y la voz que cantaba sin palabras les sería suficiente y alcanzarían el éxito rápido, se equivocaron al ver como los fantasmas dormían con sus recitales y se apagaban las luces del circo de ilusión. Los primeros tres días se desanimaron y cada vez lo hacían con menos cariño. Arlequín trató de darles ánimos y así como miraron a los trapecistas practicar, ellos practicaban sin cesar las notas de alegría que un triste saxofón podía ofrecer. Llegaron a tocar de día y de noche y recibían el mismo abucheo general del público fantasma, intentaron implementar con las notas un baile, pero La Muda era demasiado torpe y sus movimientos no se comparaban al espíritu del viento que Alicia o Chucho Domínguez habían conocido alguna vez.
—¡Usen el poder de la ilusión! —les gritaba Yasmín desde la ventana—. ¡El maldito poder!
Jonás le rezó a Billy constantemente para que pusiera las notas del jazz alegre en sus dedos, pero Billy estaba demasiado ocupado en contestar, su alma se encontraba lejos paseándose por la muchedumbre y no sería jamás vista por los vivos en el circo de Puerto Octay. Como con los trapecistas, el poder de ilusión se presentó la tercera noche del circo cuando hicieron el concierto. Un nerviosismo innatural hizo nido en el corazón de La Muda y en el de Jonás. Cuando cada uno se tomó en serio su papel, las notas más hermosas salieron a la luz y la gente se paró de sus asientos para bailar las notas pegajosas de jazz. La Muda y Jonás también cantaron sus tristezas, el público lloró con ella cuando escucharon el jazz del girasol del muerto y la muerte del negro. Arlequín de nuevo unió su poder de vibraciones para hacer del acto algo grandioso y luciérnagas de colores volaron por el centro del domo, realzando un vestido rojo que le dio el poder de ilusiones a La Muda y el frac blanco que resaltaba la piel morena de Jonás, el humilde.
—Ya lo logramos manito —le dijo Jonás al saxofón. Billy rió contento en algún lugar mientras se comía un algodón de azúcar.
A Matías le resultó difícil encontrar una vocación, durante el primero de los tres días buscó entre los fantasmas la vocación que habría de servirle como espectáculo. Los gitanos lo recibieron y le pretendieron enseñar a lanzar cuchillos, cuando le cortó la garganta a un gitano que ya estaba muerto, decidieron dejarlo por la paz. Observó aburrido con atención los entrenamientos de los músicos y los trapecistas, pero ningún oficio le daba la satisfacción que buscaba en su interior. Escuchó a varias de las vidas pasadas hablarle de pasados inexistentes y que ya estaban enterrados en las diversas partes del mundo, desde Uruguay, Chile, México, España y hasta Argentina. Podía con trabajos entender a los franceses, norteamericanos y rusos que le hablaban en su lengua materna.
Al pasear encontró el fantasma de una gitana con rasgos de leona, que corría entre la multitud gritando por el señor de las rosas, se alzaba la falda larga y morada, sus alhajas se escuchaban como campanadas de la iglesia que llama a todos a misa. Se abría paso hábilmente y continuaba llamando a aquél señor de las rosas, que Matías jamás había escuchado nombrar entre toda la multitud. Otro día se encontró con una mexicana blanca y de cabello oscuro que le sonreía con ojos sensuales.
—Usted, debe conocer la mente del hombre —le dijo Matías.
Ella le dedicó una risa gentil y después desapareció. Al ver tanta diversidad unida en un solo lugar y su cerebro al absorber tanta nostalgia del pasado hecha alegría, sintió la necesidad de él también ser escuchado. Esbozó mil escritos en su mente, contando las historias de aquellos pobres hombres y mujeres que ahora se sentían dichosos, se consiguió pluma y papel e inició sus primeros pasos como poeta.
A la segunda noche ya tenía algo listo, cuando se presentó a recitar fue lacerado sin compasión por el público, sin embargo, él continuó. De día escribió veinte poemas y de tarde escribió treinta versos. Su afán por lograr los sentimientos a través de la letra escrita se convirtió en una obsesión. Cuando pasaba la gitana gritando por el señor de las rosas, a Matías ya no le importaba y cuando miró de nuevo a la mexicana de piel blanca que conocía el secreto del hombre, le hizo un ademán de que le dejara sólo. Necesitaba escribir.
—¡Usen el poder de la ilusión! —les gritaba Yasmín desde la ventana—. ¡El maldito poder!
Matías comprendió los misterios del poder de ilusión al releer sus escritos, eso era lo que le hacía falta, imitar los sentimientos a tal grado de hacerlos suyos, su pasión aumentó y pudo crear bellos poemas para el tercer día, donde tuvo cautivado al público con sus historias de principio a fin.
La pasión de la creación de mundos lo devoraba y le consumía el espíritu, al verse satisfecho al plasmarse en el papel era cuando realmente podía descansar de sus febriles intentos. Los cuentos del crucero espacial se hicieron famosos en todo el pueblo y fueron repetidos por fantasmas trovadores en sus puestos.
—De todo puedo hacer versos —le dijo a Taxi.
—No a toda la gente le interesa leer de todo —respondió él.
—Yo haré que se interesen —dijo Matías tajante—. Ahora se lo que sentiste cuando tuviste las páginas blancas en tus manos.
—No, todavía no. El Libro da más, mucho más —respondió Taxi seriamente y con una chispa de compasión en los ojos.
Matías no lograba imaginárselo y aún así, lo escribía.
A Rafael Arlequín le resultó sencillo ganarse al público desde el primer día con ayuda de una payasita llamada Patricia. Inventaron trucos con Pompadour, muy a pesar del gato que estaba acostumbrado a verse espectral y maullar. Inventaron rutinas y nuevos chistes que contar a medida que pasaban en el monociclo y en el centro del domo. Habían logrado mantener con mucho esfuerzo el circo durante los primeros tres días para que los fantasmas no les negaran las ilusiones.
Padre Taxi no participó en la euforia circense, su trabajo era más importante y significaba la protección del Libro a toda costa, inclusive cuando paseaba entre la calle de los espíritus, estos le miraban el pecho buscándolo. Descubrió pronto que El Libro llamaba a quien estuviera dispuesto a cambiarlo todo y los fantasmas eran más propensos a querer cambiar el pasado. Se escondía para mirar los espectáculos de noche y de día se paseaba en el puerto, sobre todo en el mar para ver la luna y las estrellas. Durante los tres días, sueños de La Dama Elegante y de su madre le espantaban el sueño, cuando miraba los ojos de la Dama aunque fuese un sueño, su corazón brincaba y cuando recordaba la carta manchada de sangre que leía su madre en sus últimos días de vida, su mente se sentía ofuscada.
—¿Por qué me llamo Andrés Burgos y por qué debo yo proteger El Libro? —se preguntaba a menudo. La necesidad de saber quien era el aventurero de su padre se hizo más fuerte al pasar de los días, la creencia de conocer al hombre que lo engendró para tener las raíces bien puestas en el pasado se hizo persistente. Caminaba por el circo y triste pensaba que algo hermoso sólo podía estar construido de ilusiones. Quería platicar con Yasmín y preguntarle el propósito de arrastrarlos en un sueño que podría romperse en cualquier minuto, recorría con su mente a cada uno de los elegidos, pensaba en La Muda y en Ezequiel, en Jonás y su saxofón, Alicia von Lurendberg y Matías. Arlequín, el payaso Arlequín. Desenredaba el laberinto del enigma apasionadamente, ¿qué los había hecho participar en el circo? ¿La terquedad de la vieja? ¿El último deseo de un hombre agonizando?
—No, es algo más —se dijo y caminó con las manos en el bolsillo y la noche cubrió su cara llena de dudas, se quedó largo rato mirando el mar y se midió con él en una carrera de melancolía.
Cuando Arlequín se aseguró de que su circo estaba corriendo al tercer día con más seguridad que su ayuda, visitó a la Anciana Yasmín encerrada en la casa y platicó con ella.
—Gracias Yasmín, es un bonito regalo el que me has hecho —dijo Arlequín, sus zapatos silbaron cuando el se presentó. Yasmín le sonrío la buena sonrisa y después se puso seria.
—El perro de Judas ya debió haber hablado con Lurendberg. El Ejército está preparando algo o ya hubiera venido. ¿Sabes de lo que estoy hablando Payasito alegre?
Arlequín tomó asiento en la cama y recargó su quijada en ambas manos.
—Que viene el Ejército a destruir un circo que ya está muerto. No hay manera de que arrasen con una ilusión —respondió Arlequín.
—El Libro Arlequín, no debes olvidar que vienen por El Libro. Tú circo les importa poco todavía, porque no conocen de que es capaz el poder de ilusiones. Creo que éL está preparando algo o si no, ya hubiera venido usando recursos desesperados. Debemos estar alerta mi querido Payasito, el circo tiene que estar abierto las veinticuatro horas, tú has olvidado dormir, pero los otros no. Empújalos al poder de ilusiones Arlequín, agótalos, hazlos olvidar El Libro y hazlos proteger el sueño que les hemos prestado. Por Taxi no te preocupes, él sabe ya lo que tiene que hacer pero no como, si no le damos todo el tiempo que podamos conseguir será inútil.
Arlequín cumplió con lo que se le dijo, en el transcurso de los días Ezequiel se sintió parte de una comunidad a la que debía cumplir, disciplinado mentalmente como militar, sentía que las noches eran las marchas pesadas y las mañanas los entrenamientos de descanso, al sentirse cansado recurría a los besos y las caricias de La Muda, se amaban durante seis horas del día intensamente, se olvidaban de la forma de los cuerpos y se los aprendían como los ciegos se aprenden el rostro de las personas queridas, se tomaban su tiempo al amarse y después hacían explotar la lluvia sudor en la habitación. La Muda se hizo más agresiva en hacer el amor, ya que sentía el pasado de Alicia en alguna parte de alma de Ezequiel, a fuerza de exprimirle el corazón y el cuerpo lo obligaba a olvidarla.
Ezequiel tenía el mismo sentimiento, se sentía Chucho a la mirada de La Muda y ella no tenía palabras para responder sus dudas, sólo miradas que el necesitaba comprender pero su terquedad de humano no le dejaba. Empezaban a creer que su amor era una ilusión como el resto del circo y se olvidaban de ilusiones a la hora de verse desnudos el uno al otro. Se aferraron a los detalles de mandarse besos en el aire y tomarse las manos y hacer que los ojos brillaran de amor para esconder inseguridad y pasearse en el día para comer un algodón de azúcar donde Billy había estado unos segundos antes.
—Par de pendejos —les gritó la tía Yemita desde la ventana.
Matías se entregó como un loco a las letras, no le fue difícil olvidar dormir, el fuego que movía sus manos en su interior creció con cada garigoleado en las erres, eñes y eses. Se dedicó a aprender la vida de cada uno de los que le acompañaban en vida e investigó a los muertos. Escribía las historias de la gitana y el Señor de las Rosas y después de los alcatraces. También escribió de la mexicana que tenía el conocimiento de los hombres y era demasiado terca para saberse de ella misma.
—¿Sabes quién es Freud? —le preguntó Matías a la mexicana.
—Sí, seguramente lo amo —respondió ella coqueta.
Escribió las historias del niño negro y el hombre del sombrero de paja, de la vanidosa princesa que no podía salir del palacio, las tristes guerras del militar que antes era mirador. Sus mejores historias radicaban en el Crucero Espacial, el capitán de cabello largo y barba que hacía caminos en las estrellas y buscaba a los muertos en los picos blancos de la vía láctea.
—Si yo puedo leer los idiomas del mundo —le dijo Alicia—. Tú puedes escribir los sentimientos.
Alicia intentó unirse a la ilusión con la facilidad que tenían los demás, pero le costaba más trabajo. En pleno acto, cuando le salían alas, se rompían a mitad del brinco y ella caía. Ezequiel pensaba que era parte de su espectáculo y vanidad como artista cuando escuchaba los aplausos al rescatarla y ella los recibía con una sonrisa.
Nadie sabía lo que pensaba Alicia, ni siquiera ella misma. Pronto aprendió que Ezequiel era un capricho y después aprendió que lo necesitaba, también aprendió que el circo era parte de ella y aprendió que no pertenecía a él. Alicia aprendió muchas cosas y también ninguna, porque estaba en su naturaleza de niña mimada. Cuando visitó a la vieja para preguntarle más acerca de las Sanadoras de Almas, esta se rió en su cara.
—No estás lista. Vete y sigue jugando a la princesa.
Alicia encontró un refugio en vigilar el trabajo delirante de Matías, quien olvidaba que existía un mundo cuando escribía en las mañanas. Ella se robaba a Pompadour de los entrenamientos de los payasos y se sentaban a observarlo en su habitación. Le preparaba café y él lo tomaba, le peinaba como si fuera su muñeca, le platicaba de sus vestidos y sus zapatos de charol. Matías no se daba cuenta de esos hechos hasta que miraba la taza vacía, su cabello en una cola de caballo y tenía un conocimiento misterioso del último grito de la moda. Miraba a todas partes y cuando no encontraba a nadie a quién preguntarle, olvidaba los detalles y continuaba escribiendo las líneas que necesitaban ser escritas.
Jonás estaba por sobre todo tranquilo, aún enterándose de el niño negro que comía algodón de azúcar no se decidía a perseguirlo.
—Que se divierta —le respondió a Arlequín.
Le gustaba ayudar a Rafael y Patricia cuando ellos corrían en el día o se instalaban en algún lugar en particular, aprendió las notas que necesitaban para sus actos y les daba música.
—¿Y La Muda? —le preguntaba Rafael.
—Con Ezequiel tejiendo amor.
Jonás bailaba y se divertía, participaba en los chistes y adoptó algunas veces el trabajo de payaso. Padre Taxi en raras ocasiones, cuando no estaba refugiado en el mar, los acompañaba en sus guías. Pronto se recluyó de nuevo a la soledad cuando notaba que le preguntaban acerca de El Libro.
—Que no te vea la santera —le advirtió Jonás a Taxi cuando se encontraban. Taxi se acarició el pecho donde estaba amarrado El Libro y caminó sólo al mar de Puerto Octay.
El coronel Homero Killian despertó después de dos meses de descansar las heridas que le había propinado Memo Iriarte. Se encontró en su cuarto, miró adormilado en el mueble que estaba en un lado de la cama un vaso vacío que antes tenía el ungüento de Severa y algo de maquillaje, estiró una mano para alcanzar un pequeño espejo que estaba a un lado del vaso vacío y se miró en él.
Tenía una herida en la ceja y una cicatriz en la mejilla, se miraba borroso por los ojos entrecerrados, tiró el espejo al piso y se talló los ojos.
—¡Amelia!
Amelia entró a la habitación en cuanto escuchó su grito, sonrió alegre y dio una vuelta para hacer volar su sencillo vestido, brincó a la cama encima del coronel y lo amarró a besos que se dieron salvajemente.
—¡Mi coronel! Ya lo extrañaba mucho, se ha dormido usted dos meses sin que su sierva pudiera hallar la forma de servirle. Así que me dediqué a limpiarle y curarle las heridas, mi querido coronel. No sabe como lo quieren allá afuera, se está alzando una gran campaña que sólo está esperándole a usted. ¿Me va a llevar? Diga que si, lo he extrañado mucho, sus dedos, sus labios, su rifle y su pistolón. Ay mi coronel, el Hombre sin Rostro me dijo que le avisara cuando usted despertara, pero quiero antes comérmelo yo solita. ¿Me va a llevar? Por favor, diga que sí, no podría soportar tenerlo lejos.
—Espérate tantito —le dijo él y la apartó, se sentó en la cama y sintió los manos de Amelia en sus hombros haciendo masaje. Miró su ropa limpia que estaba acomodada en una silla y el rifle descansando pacientemente recargado, como lo había hecho en los duelos. Extrañaba tenerlo en sus manos y robar la sombra de los vivos. Amelia alcanzó a percibir la mirada del coronel y le dio un beso en el cuello.
—Pronto lo hará de nuevo mi coronel. ¿Puedo beber de usted? Dígame que sí, extraño tanto su sabor, no me lo niegue.
El coronel asintió distraído. Amelia, en cambio, no escondió el antojo, hizo un candado con las manos en los muslos de Killian, la lengua registró los sabores que no eran los mismos cuando ella lo intentó y él estaba dormido, sus labios se encerraron en la batalla que solía pelear en el ejército como prostituta e hicieron su mejor trabajo de una manera torpe y ruda por la ausencia interrumpida.
Killian empezó a disfrutarlo y con ello, liberó suavemente su poder de sombras que como serpientes recorrieron el cuerpo de Amelia.
—¡Coronel! —gimió ella complacida y abrió sus piernas arrodilladas, las manos se le fueron atrás sin voluntad y quedó a merced de serpientes invisibles que le hacían temblar todo el cuerpo y buscaban lugares donde esconderse. Amelia las sintió recorrer el espacio entre sus dedos, entre sus piernas, entre sus pechos, el cuerpo se le movió sólo y con trabajos se concentraba en donde tenía la lengua.
Killian caminó al palacio gubernamental por las escaleras empedradas, saludó a los soldados que le encontraban y ellos lo saludaban con respeto en la mirada. Sacó un cigarrillo de su bolsillo y lo prendió, se fue fumando a la oficina de Lurendberg caminando entre tapetes rojos y candelabros de oro. Había mucha seguridad en el palacio gubernamental, por lo menos saludó treinta veces.
Tocó la puerta cuando llegó a la oficina de Lurendberg y este le respondió que pasara. Al entrar, observó la ventana y el sol cayendo detrás de la cabeza de Von Lurendberg. Los cuadros famosos lo vigilaron sospechosamente y el reloj del abuelo alentó su tictac.
—Mi querido coronel, es bueno saber que ya se encuentra en condiciones óptimas. He de ponerle al tanto de la situación personalmente, ya que mis planes con usted requieren de precisión y absoluta confianza. Yo confío en usted, mi coronel.
Killian pasó y tomó asiento sin que se lo ofrecieran, jaló un cenicero donde tenía Lurendberg su puro y tiró la ceniza. No deseaba mostrarse inseguro ante un hombre al que no podía verle la expresión.
—¿Para qué soy bueno?
—Estamos preparando una campaña de cincuenta hombres, usted va a dirigir un pelotón especial. Tenemos una conflagración en Puerto Octay, se está concentrando una alta dosis de bienestar y eso no es válido para nuestra ciudad y nosotros, como actitud gubernamental.
Killian se llevó el cigarro a la boca y Lurendberg hizo lo mismo con su puro. Observó incómodo que el mueble estaba adornado con metal de oro y la madera era hermosa, seguramente de madera del Brasil. Killian se acarició el cabello y suspiró.
—¿De cuántos cristianos con sombra estamos hablando? —preguntó Killian y sonrió levemente. Deseaba tener la escopeta en sus manos y robar sombras en vez de utilizarlas para matar.
Lurendberg rió.
—Hablamos de muchos cristianos —asintió Lurendberg—. Dígame una cosa, ¿alguna vez le ha robado la sombra a un fantasma?
Killian enarcó una ceja.
—Nunca lo he intentado.
—Créame, es maravilloso. Partimos a las seis y media de la mañana, estimamos la llegada a Puerto Octay en dos horas, se están cargando veinte camiones. No quiero que se aparte de mi lado coronel, usted vigilará a sus hombres desde nuestra posición y se encargará de toda oposición que quiera rebelarse. No le digo que les mate, porque a lo que nos enfrentaremos ya está muerto. Mi querido coronel, nos espera un futuro grandioso, ya lo verá. Usted quédese a mi lado.
—¿Y el General?
—El General ya tiene sus órdenes.
Después de los tres días en que se abrió el circo, pasaron los dos meses en los que durmió el redentor de sombras y los protectores del Libro hicieron al circo más fuerte. Olvidaron dormir, como Yasmín les había propuesto y olvidaron El Libro, el cual sólo era recordado levemente cuando Taxi dejaba el mar para acompañarles. Taxi se había convertido distante y ermitaño, se pasaba el tiempo alimentándose de pensamientos y bebiendo recuerdos. Los ojos de la Dama, el día de la apuesta con Lurendberg, la ebriedad del poder en El Libro, la carta manchada de sangre que recibió su madre, su padre aventurero buscando tesoros en África, Alemania o las costas de Portugal.
La Muda y Ezequiel aseguraron la inseguridad de su amor con más miradas y detalles. Eran niños de secundaria enamorados y descubriendo las artes del amor. La Muda intentaba no compararle con Chucho, pero le era imposible, en primera porque los dos tenían los mismos modos militares y en segunda, porque los dos tenían la misma mirada de tristeza.
El circo aumentó su población, ya no había fantasmas que observaran estáticos el domo, sino que era una fiesta de todos los días. Arlequín escondía las arrugas con el maquillaje ilusorio, sentía el disturbio en las vibraciones que comprendía perfectamente.
Se fue a platicarlo con la vieja y esta le sonrió ya cansada.
—Lo siento Rafael —le dijo Yasmín—. Intenté hacer que esto fuera eterno. Pero no hay esperanzas en Jaramillo, ¿cierto? Fui una ilusa. Perdóname payasito. Lurendberg ya viene, le compramos tiempo suficiente a Taxi y lo hemos hecho sabio. Es lo único en que podemos apoyarnos.
Matías escribió libros enteros durante su estancia en el circo para vidas pasadas y Alicia se encargó de copiarlos cuando tenía tiempo y guardarlos en un lugar secreto dentro de la casa de Boyselle, planeaba conservarlos ahí hasta que terminara todo y regresar por ellos cuando fuera el momento.
Alicia se volvió más silenciosa y más agresiva en los espectáculos del trapecio, se las arreglaba para que Ezequiel tuviera problemas queriendo o no. Dos meses no le bastaron para unirse a las ilusiones del circo de vidas pasadas. Pero por lo leído en los libros de Matías, se sintió identificada con mucha gente. Se aprendió la historia completa de la gitana que perseguía al Señor de las Rosas y también de la mexicana con los secretos del hombre que ella aprendió a escondidas para aplicarlos en algún momento de su vida. Se sentía cautivada por los viajes en el Crucero Espacial y sintió una felicidad extraña al enterarse que formaba parte de los cuentos como la segunda a bordo del capitán, ella era la mano derecha, rubia de singular belleza inocente que por lo general acariciaba a su gato.
Jonás pasaba mucho de su tiempo con Arlequín y Patricia, platicaba largas horas con Rafael de nada en particular. Pasaba a menudo por donde estaban los vendedores de algodones de azúcar y preguntaba por el niño negro, estos simplemente le sonreían y lo hacían andar en círculos, Jonás se reía ya que sonaba a uno de los juegos que su negro jugaría de estar vivo. No volvió jamás a preocuparse por Billy y rezó una oración por la familia Irvine.
Este era el aspecto del circo de vidas pasadas, antes de que llegara el Ejército y se instalara a las afueras de Puerto Octay. El día en que llegaron, los vivos sintieron la tensión y los muertos le dieron poca importancia. Miraron los camiones y las tiendas de campaña. Las fogatas que hacían en las noches y los cánticos que hacían al salir el sol para hacer entrenamiento.
Miraron la tienda de campaña más grande, de color blanco, en donde el humo de un puro se distinguía al de las fogatas.
—Ya iba siendo hora de terminar esto —susurró Taxi, negándose el temor de verla arrodillada a su lado con la correa en el cuello, la cabeza baja y los ojos que lo habían olvidado.







Un comentario hasta el momento ↓
ser unos delos payasso dela cocnocidos en el barrio de chimbote de peru
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