—Mi coronel —susurró Amelia en la oscuridad del cuarto—. ¿Puedo usar mi lengua en su carne?
—Nada más en las heridas, si tanto quieres limpiarme. Y dame más ungüento de ese que utilizaste ayer. Me están preocupando las cosas raras que elige El General para matarme, no te sorprendas si el día de mañana es el hombre invisible o algún enanito.
—No se preocupe mi querido coronel, ha demostrado ser más talentoso que todos ellos. ¿Por qué se tapa la carita de ángel con su mano? Me gusta mirar sus ojos cuando yo le doy placer, ¿puedo lamer aquí?
—No terca, ahí no y si sigues te voy a patear, las heridas nada más.
—Sí, mi coronel —respondió Amelia y obedeció hasta el cansancio del libido.
Al despertar, Alicia observó curiosa a los fantasmas que se reunieron en Puerto Octay a mirar el domo, una gran cantidad de ellos, estáticos e inmovibles hicieron un gran círculo. Su número era interminable, se podían ver fantasmas a lo largo y ancho del pueblo del puerto.
La princesa corrió a llamar a los demás y se reunieron en la entrada de la casa inquietos, vigilando a los espectros con suma extrañeza. Querían preguntar a Yasmín, pero no respondía a nadie al tocar el cuarto de Arlequín y se sentían inseguros al no tener la guía espiritual de la Anciana que sabía más de los muertos que de los vivos. Hasta Pompadour se quedó callado, su sorpresa e instintos de gato no le daban abasto para entender que sucedía.
Al acabar con la euforia de los fantasmas, los elegidos observaron con cautela el libro que llevaba Taxi en brazos a todas partes, sobre todo Alicia, La Muda y Jonás. Taxi observó que lo miraban con cierta atracción.
—Si no pueden controlarlo —les advirtió—, díganme y me perderé para que nadie pueda encontrarlo.
—No tengas miedo —dijo Jonás, con tanta tranquilidad como pudo—. Uno cuando lo ve, quiere el poder que se siente manito, pero también uno reconoce al diablo que lo protege. La que si me da miedo es la santera, ella puede quitártelo cuando quiera y como quiera. Es mejor que ni se lo pases por las narices. Y también piensa que si te vas manito, es más fácil que se te encuentre, mejor quédate aquí en este lugar de vidas pasadas.
Una gaviota llegó se metió por la ventana donde Yasmín cuidaba de Arlequín y se paró. Era grande y hermosa, el blanco de sus alas brillaba intensamente como si se hubiera equivocado de rama genética y tuviera las alas de cisne convertido en diamante.
Yasmín le escuchó tranquila.
—¿Tú eres un mensajero?
—Así es venerable Anciana —respondió la gaviota—. Mis hermanos del bosque de la tierra, de la pradera del sol sin fin y el profundo mar azul ya han terminado lo suyo. ¿En qué te puedo servir yo y mis hermanas gaviotas?
—¿Pueden matar a los perros?
—Sabes que no Anciana, ellos también son nuestros hermanos.
—Es lamentable, entonces búsquenme las telas más amplias, vistosas y de los materiales bellos jamás vistos. De colores rojos, azules y amarillos. Vistan y peinen el hermoso domo y acaben el trabajo de sus hermanos mensajeros. Terminen lo más pronto posible y avísenme cuando ya esté listo.
—Así sea —respondió la gaviota y presurosa alzó el vuelo. Yasmín acarició el rostro de Arlequín, se dio cuenta que la noche anterior había sido la más larga en todas sus noches y creía que este sería el día más largo de todos sus días.
—Ya has dejado de soltar el humo, me da gusto payasito. Cuando esté el domo terminado, hazme el honor de despertar aunque sea una última vez.
La Dama observó a Lurendberg caminar en el cuarto pensativo, con el puro descansando en su frente. La ventana estaba abierta y la luz regalaba tonalidades amarillas ligeramente muertas a los muebles y artefactos de oro, incluyendo la cigarrera y el encendedor que descansaban a un lado del tintero y las hojas blancas. Los cuadros de naturaleza muerta estaban más muertos que de costumbre y los candelabros eran un adorno inventado por aquel hombre que se hacía llamar Lurendberg.
—La Ciudad no los ha encontrado porque se está debilitando —dijo éL para éL. Se llevó una mano en el cabello nervioso—. ¿Y si ya está escribiendo en El Libro? No, ya no lo volverá a hacer. Ha aprendido la lección. Es un humano que solo una cosa puede destruirle y son los sueños de felicidad.
Lurendberg miró a La Dama a los ojos.
—¿Qué me ve? —preguntó Lurendberg—. Sí, lo he pensado. He pensado en matarle para destruir el corazón de Burgos por completo, pero no es prudente destruirle, usted es demasiado valiosa mi querida Dama Fortuna. Mi única ventaja es que él no lo sabe y para poder explotar aquello, primero debo saber donde se encuentra. Los enviados de la Ciudad han desaparecido, baso mi confianza en los perros callejeros o si no, arrasaré con toda la maldita ciudad, aunque nos vayamos todos al infierno.
—Si haces eso —sugirió La Dama—. Corres el riesgo de perder El Libro y nos quedaremos atrapados aquí una eternidad.
—Ya lo sé, ya lo sé. No soy estúpido. Es importante la paciencia mi querida Dama —Lurendberg caminó a la ventana y miró el cielo gris—. Además, he tenido tiempo de pensar en otro plan. El coronel ha sido una valiosa adquisición.
La Dama giró su cuello, le daba miedo saber que la correa se estaba haciendo cómoda con el tiempo. Sus inseguras esperanzas eran lo único que le salvaban de hacerla parte de su guardarropa.
En el cuarto duelo del campo militar número dos, el cielo estaba más nublado que de costumbre. La escopeta recargada observaba a su dueño sentado como indio, esperando pacientemente al siguiente contrincante, preparándose mentalmente para cualquier cosa que viniera. Se adelantó quince minutos al duelo, al igual que los espectadores que llevaban apartando sus lugares desde antes. Había vendedores de chucherías y comida chatarra paseándose con sus cajas y sus gorritos blancos.
Poco después llegaron Lurendberg, el General y la Dama a la torre, recibieron una ovación del público con la ansiedad de la proximidad del duelo. Killian les miró de reojo, no tenía humor para saludarles. Su poder de sombras envolvió a la torre y fue repelido hasta el punto que le dolió el alma.
El ungüento de Severa había sido menos efectivo que la noche anterior, al menos en el estado anímico. Killian ya no quería pelear, deseaba descansar en un lugar tranquilo, conseguirse una sillita y tomar café mirando al mar.
—Pero qué importa que desee yo, ¿verdad? —se dijo y sonrió en forma de reproche así mismo. Guía no estaba.
Un cabo y un teniente se metieron al círculo del duelo, observó atentamente al cabo, un hombre delgado y alto, su cara estaba cubierta por un pasamontañas que dejaba entrever sus ojos claros y sus labios gruesos. Se fijó en los ojos alejados del cabo. A Killian le daba la sensación de que escuchaba voces que no eran de este mundo.
—De veras que entrena personajes curiosos, mi General.
Killian se levantó y se recargó en el poste. El teniente caminó al centro del círculo, era moreno de cabello largo, tenía un rostro inocente y sabio, ojos nerviosos que estaban atentos a todo lo que sucedía. Se fijó en sus manos que eran hábiles y de pulso estable.
—Usted debe ser médico, teniente.
El teniente se rió por lo bajo y negó lentamente con la cabeza. Iba a responder cuando fue interrumpido por el reto del cabo.
—Mi coronel Killian —dijo el cabo del pasamontañas—. Queda usted informado ante nuestro poder máximo militar que usted está retado a un duelo y forzado a cumplirlo hasta que uno de los dos quede sin disponibilidad para continuarlo. A salvo que mi General o nuestro gobernador máximo, Von Lurendberg, estén indispuestos a concederlo queda usted libre de este duelo.
—¿Su nombre?
—Carlos Padilla, señor.
—Muy bien cabo Carlos. Usted tiene nuestro permiso.
La multitud rugió. Killian deseaba no confiarse esta vez, planeaba terminar con el duelo pronto e irse derecho a la cama para descansar, descansó su puño en la empuñadura de su cuchillo y observó atento al cabo.
—¿Ansioso, coronel? —preguntó el General burlón. Killian le respondió con una sonrisa hipócrita y esperó el decreto del teniente.
—¡Atención, Ejército! —gritó el médico—. Estamos aquí reunidos para presenciar el duelo entre el Cabo Carlos Padilla y el Coronel Homero Killian. Está en nuestra fe de testigos darle la legalidad correspondiente a este duelo y observar que cumpla con todas las reglas, según lo estipulado en el código militar: artículos dieciocho, diecinueve, veintitrés y noventa y dos. Está en nuestro deber apoyar a nuestros compañeros a que se resuelvan sus diferencias de manera eficaz y pronta. Es así como yo, el Teniente Irwin Martínez, doy inicio a este duelo con todas las condiciones cumplidas. ¿Están de acuerdo los contendientes?
—Sí señor —dijeron ambos hombres al mismo tiempo. Y cuando escucharon el grito de inicio, se aventaron con los cuchillos desenfundados y se hirieron en el pecho y en los hombros. Killian resintió su rodilla dañada por el duelo anterior y se cayó, Carlos aprovechó el momento para pasarle el cuchillo cerca de la oreja.
—¡Casi me dejan como usted General! —gritó el coronel y los presentes carcajearon. Killian se revolcó en el piso y se alejó rápidamente de Carlos.
—¿Y tú? ¿Cuáles son tus motivos?
—No tengo motivos coronel —respondió el cabo y se aventó el cuchillo de una mano a otra—. Un hombre que no conoce su maldad y la acepta debe morir. Usted está en una posición muy conveniente, actuando conforme le llega la situación sin aceptar el negro o el blanco del todo.
Killian bufó, esperó a que Carlos se acercara y después se aventó contra él. Ambos hombres chocaron y el filo de sus cuchillos cantó con luces, se tentaron varias veces por la desesperación de terminar, sin lograr tocar carne. Los dos hombres eran ágiles y versados en el arte de matar.
—¿Por qué el pasamontañas?
—No soporto la luz del sol.
—¿Quieres oscuridad entonces? Te demostraré el negro, te hundiré profundamente en él para que no vuelvas a ver la gran bola amarilla.
Killian asestó un golpe con el cuchillo directamente en el muslo y giró el cuchillo para que la herida no cerrara. Carlos no gritó y utilizó sus energías para alzar el filo y hacerle una corta herida en la mejilla a Killian, quien dio un pequeño saltó para atrás y después con sus pies tiró al cabo del pasamontañas. El cabo intentó girar a un lado pero Killian lo detuvo al tirársele encima con su cuerpo y hundirle el cuchillo en el corazón.
—Un corazón de dos colores —susurró Killian, se levantó y alzó ambas manos para que el público aplaudiera y le tirara monedas, flores y dulces. Amelia corrió al círculo para abrazarlo y dejarse cargar por el redentor de sombras.
La mansión de la condesa se convirtió en un homenaje al silencio, por un lado, la reciente decaída de Arlequín había bajado los ánimos de los habitantes y por otro lado, los ocupantes estaban fascinados por un grupo de gaviotas, codornices, palomas y gorriones que llegaban de todas partes, cargando telas gigantescas y de colores para acomodarlas en el domo. Jonás pidió a Ezequiel que buscara una tabla de madera y a Matías le pidió un cuchillo. El militar y el adolescente no tardaron en traer lo que les pidieron y observaron al jazzista humilde sentarse contra uno de los muros de la fachada para tallar letras en la tabla.
Matías, Ezequiel y La Muda se sintieron con el deber de participar y avanzaron entre la muchedumbre de fantasmas para ayudar en los terminados de las telas que cubrían el domo inmenso. Por fuera era la carpa de circo más grande del mundo y por dentro estaba lleno de trapecios, redes de seguridad, escaleras y cuerdas. Los mensajeros habían hecho un buen trabajo. Alicia se quedó con Pompadour en brazos, observando con curiosidad el cuadro surrealista que se le presentaba, luego miró a Taxi, que se consiguió un pedazo de tela grande para amarrarse el libro en el pecho por debajo de la sotana.
—Ahí se escondía antes —le dijo Alicia.
—Sí —afirmó Taxi y se apretó un puño a la altura del corazón—. Aquí, muy adentro.
Se hizo pronto de noche, las aves partieron vuelo al acabar antes de lo previsto. Jonás acabó justo a tiempo el letrero para acomodarlo en la entrada de la carpa, el cuál decía: “El circo de Rafael Arlequín”. Los fantasmas continuaron observando estáticos el domo, sin expresión alguna en su rostro, entre los fantasmas se veía un grupo de gitanos que mostraba un poco de más expresión por sus ojos que brillaron intensos como estrellas. El domo se veía imponente a lo lejos y triste por la falta de luces a las que un circo está acostumbrado. Los demás estuvieron de acuerdo en que tenían que buscar alguna forma de iluminarlo, buscaron velas por todas las casas de Puerto Octay y no encontraron ninguna. Intentaron preguntarle a los fantasmas, pero estos no respondían y se dedicaban a observar intensamente el domo con reverencia.
Se rindieron y se sentaron en la entrada de la mansión de la condesa. Escucharon una risa en la casa y se voltearon sorprendidos, por la puerta salía Boyselle abriéndole paso a Yasmín quien tenía en brazos el cuerpo de Arlequín que estaba más chico y delgado por la enfermedad de la tristeza. Él estaba despierto y con una sonrisa en sus labios con la que deseaban se viera más joven.
—Una desgraciada eres —dijo Arlequín de buen humor—. Malvada eres en verdad. Déjame aquí que no soy invalido, si bien me has conseguido trabajo por no se cuanto tiempo. Ahora si que no puedo morirme tranquilo.
—¿Así me agradeces payaso? —preguntó Yasmín fingiendo estar herida, soltó suavemente a Arlequín y lo dejó caminar entre los fantasmas a la entrada del domo.
—No me corresponde estar aquí —dijo la ciega, en especial a Taxi—. No puedo controlar la tentación mucho tiempo, así que me regresaré al cuarto de Rafael. Se los encargo y no lo dejen que se divierta mucho o se nos muere de verdad. Cuando esté cansado regrésenmelo, excepto tú Taxi. No te quiero ni ver.
La Tía Yemita se fue caminando a la casa y se encerró allá adentro, Taxi la siguió con la mirada, no sabía si tomarse el comentario como un alivio o un reproche, después siguió a los demás que caminaron hacia Arlequín y le mostraron a medida que la noche les permitía el domo por fuera.
—¿Pero cómo hacer circo sin luz? —preguntó Arlequín.
—Buscamos luces, pero no las encontramos —dijo Taxi, los demás asintieron y se mostraron apenados. Alicia acarició a Pompadour y sonrió al payaso viejo que le sonrió de vuelta.
—Si la princesa sabe como darnos luz, en sus manos tiene la solución. Este será un circo grande y hermoso y ojalá la fortuna quiera que nos dure más de tres días.
—¿A qué se refiere con qué un gato fantasmita nos puede dar luz? Te ha hecho daño estar descansado. Es cierto que en Jaramillo pasan cosas, pero la luz todavía es cuestión de ciencia —dijo Matías. Arlequín le sonrió misteriosamente.
—Espérate a mañana, nuestra querida condesa que nos está esperando allá adentro ha de arreglar lo de la luz sin ciencias. Ya lo verás, ahora regrésenme a mi cama, quiero dormir y estar listo para la función. Ustedes también descansen, que la vida de circo es pesada y serán los protagonistas de los actos de mañana.
Durante la noche, les costó trabajo dormir porque sabían que en alguna parte de la casa, se encontraba Taxi con la solución de todos los problemas del mundo descansando en su pecho. Escucharon a la tentación llamarles y arrastrarles, pero al recordar quien protegía el Libro, su corazón se hacía un nudo, porque sabían de alguna forma que para ello estaba destinado en Jaramillo y que no podrían pasar por encima de su protector. Taxi había adquirido seguridad en su mirada y sus movimientos se habían hecho más precisos desde que surgió El Libro a la luz. Ezequiel notó con premura que ya no estaba tan tenso como lo había conocido, sino que poseía una extraña aura de tranquilidad, la tentación en Ezequiel era la oportunidad de dejar Jaramillo y rehacer su vida, huir del rostro que le perseguía en sueños, aunque significara abandonar a Mayela.
La Muda no estaba exenta de sus tentaciones, en ella estaba el girasol de su Chucho y las promesas del rancho o del departamento en la ciudad, las promesas de una vida normal. Alicia se había reservado las miradas y el deseo escondiéndolos con sonrisas inocentes y ojos de hada, pero lo deseaba de igual manera que todos ellos, quería recuperar a su padre y muy adentro, deseaba descubrir el lenguaje secreto que poseía El Libro para construir y reconstruir y destruir realidades. Matías reflexionaba mucho acerca de lo que podría llegar a hacer, finalmente crearía su crucero espacial con él y se iría a revivir a sus muertos. Jonás no evaluaba las posibilidades del Libro, pero mantenía una conciencia del poder que podría obtener si lo abría tan siquiera una sola vez.
Arlequín sentía el ambiente enrarecerse por la presencia del Libro y manejó sus vibraciones para tranquilizarlos un poco, no podía eliminar el deseo pero si acallarlo.
—Las vibraciones de Taxi han cambiado. Ha dejado de ser el niño de los recuerdos para convertirse en un hombre de su presente.
—Un hombre capaz de rechazar la tentación es valioso —respondió Yasmín—. Sin él protegiéndolo, ya nos hubiéramos ido a la mierda por ese Libro
Esperó a que Arlequín durmiera, ella sentía su cuerpo vibrar y le costaba un enorme trabajo acallar la energía de su demonio protector quien seguía herido por la intervención de Arlequín. La Tía Yemita no se dejaría vencer por la tentación, era cuestión de orgullo y honor y jamás le pasó por la cabeza que era deseo de bondad. La Ciega esperó con ansias la luz de día mientras se mecía suavemente contando los segundos que llevaba de inmortalidad.
El perro de Judas llegó a las nueve de la mañana del día caminando cuidadosamente entre los entes espirituales, anotó mentalmente los detalles del circo y se asombró del trabajo de sus hermanos mensajeros. Rascó de puerta en puerta, con la excusa de que quería algo de comer, pero al ver que nadie le abría porque sencillamente a nadie le interesaba un perro hambriento y los fantasmas tenían mejores cosas que hacer como vigilar el domo, entonces se rindió.
Pasó por una casa derruida que portaba ilusión de grandeza, una imponente mansión sobrepuesta al estilo americano. Se quedó allí largo rato meditando si debía traicionar el trabajo de sus hermanos.
—Soy el perro de Judas —se dijo—. Está en mi naturaleza.
Y así ladró hasta que la vieja ciega se asomó por la ventana. Se rascó las pulgas que le picaban por detrás de la oreja y alzó el hocico para recibir a la anciana.
—Venerable anciana, finalmente nos conocemos.
—Tenías que llegar —respondió ella—. Era inevitable. ¿Y los otros perros?
—Esperando mis órdenes, son muchos, no te molestes en matarme que uno llevará el mensaje a los otros y así recorreremos La Ciudad, aullando a viva voz la presencia de aquellos que te has encomendado a proteger. La anciana ciega se carcajeó para sorpresa del perro.
—Anda y lárgate, que ya has confirmado con tus propios ojos lo que aquí está pasando, ve y lleva los mensajes que quieras. Ya nos hemos de encontrar algún día las garras.
La anciana ciega cerró la ventana y el perro corrió por el pueblo de puerto Octay ladrando y ladró así hasta llegar con sus hermanos, que ladraron con él por las praderas, las playas, los campos de viñedos, los bosques y La Ciudad, que sonrió descansada en alguna parte donde se escondía para esperar el momento preciso.
—Ve —dijo La Ciudad al perro de Judas—. Ve y dile hoy en la noche a Lurendberg lo que has visto. Él nos ha de ayudar.
Lejos del circo de Rafael Arlequín y de Puerto Octay, una lluvia gentil recorrió las invisibles arrugas del coronel Killian quien recargado donde siempre, esperaba con ansiedad no demostrable el último duelo. El público había crecido de tamaño al menos al doble, todos deseaban observar al coronel Killian ganar o perder el derecho a su rango militar. Los apostadores gritaban e iban en grupos reuniendo los vales y firmando los contratos que comprometían los bienes a apostar, porque en Jaramillo no se apostaba con dinero. Se apostaba con deudas de vida, esclavitud y pertenencias materiales.
Amelia se encontraba en la torre, con El General, Von Lurendberg y La Dama. El coronel se las arregló para que la tuvieran ahí. La pelirroja observó la correa de la Dama Elegante y le sonrió en señal de burla, de respuesta obtuvo unos ojos fríos que ponían en duda de quien era la libertad.
Killian saludo desganado a La Torre y le saludaron igualmente efusivos. El General tenía una extraña sonrisa, si Killian hubiera estado el día de la apuesta de Burgos y Lurendberg, la hubiera reconocido. Era la sonrisa de la carta escondida, de lo inesperado.
—Un hombre de hojalata —se dijo Killian—. O un hombre de paja, y nos iremos saltando en la zanja amarilla. Cantaremos por el oro debajo del arcoiris.
Killian caminó al centro del círculo y alzó las manos para que la gente gritara una ovación, le realzaba la confianza y los ánimos de continuar. Dio un giro con la cabeza alzada para que la lluvia le bañara el rostro, así continuó su espectáculo hasta que escuchó el discurso familiar.
—Mi coronel Killian —dijo una voz aguda—. Queda usted informado ante nuestro poder máximo militar que usted está retado a un duelo y forzado a cumplirlo hasta que uno de los dos quede sin disponibilidad para continuarlo. A salvo que mi General o nuestro gobernador máximo, Von Lurendberg, estén indispuestos a concederlo queda usted libre de este duelo.
Killian miró a su espalda un niño que no tenía más de once años de edad, delgado y de piel morena, se llevó una mano al rostro y miró asustado que era la lluvia la que lo hacía más grande. El niño no tenía más de ocho años de edad.
—¡General! —gritó Killian—. ¡Yo no mato niños! Esto es una burla, sáquenlo de aquí.
—¿Cómo se llama cabo? —preguntó Von Lurendberg ignorando la petición de Killian. La sonrisa del General acrecentó con cada segundo.
—Guillermo Iriarte señor —respondió el niño algo tímido—. Pero me llaman Memo. Tengo intenciones de ganar el duelo señor, daré lo mejor de mi.
Killian lo apuntó con un dedo y gritó a la audiencia, que era una masa de sonrisas y gritos extasiados. A donde quiera que mirara había una persona clamando sangre.
—¡No pueden apoyar esto!
—Está concedido el permiso Memo. Haznos orgullosos hijo.
Killian se alejó al otro extremo del círculo, caminaba como león enjaulado mirando de reojo al niño que tenía una chispa de miedo. Recorrió con las sombras el cuerpo del niño y sintió como estas pedían reclamar la sombra de Memo.
—No puedo, es un niño y seguramente leyó el Principito —se dijo Killian, observó al teniente que precedía caminar al círculo y corrió hacía él, le tomó de los brazos y lo sacudió para las risas de la audiencia.
—Detenga esta locura —balbuceó Killian—. No puede permitir esto, es tan solo un niño.
El teniente le miró con asco y lo empujó. Alzó una mano y varios soldados apuntaron sus armas hacia Killian, otros dos se le acercaron y lo detuvieron en el extremo que le correspondía.
—No será necesario —dijo El General en la Torre—. El Coronel ha de morir de una u otra forma si no cumple con el reglamento. Nuestro querido Memo ha de hacerse cargo.
—¡Sí señor! —exclamó el niño e hizo un excelente saludo militar. Algunos militares por respeto y otros por burla, respondieron al saludo. Los cabos soltaron a Killian y este escuchó frustrado e impotente el discurso del teniente, cuyo nombre era Salazar. Un hombre ya viejo, gordo, de canas prominentes. De dedos delgados y barba de candado. Su cabello era rizado bajo la boina y usaba lentes por la edad, detrás de estos se escondían ojos verde miel.
Memo sacó el cuchillo de su cinturón, que le quedaba grande a diferencia del resto del uniforme y miró con ojos de cazador espantado a Killian. Lo cercó poco a poco, tragó un poco de saliva pero así continuó cercándolo, sin un rastro de inseguridad. Killian se negó a sacar su cuchillo, en vez de eso esperó paciente el primer ataque del niño.
—Detengan esto —imploró por última vez, pero no fue escuchado. La lluvia aumentó su intensidad, las gotas eran como navajas que rasgaban el rostro de Killian, al público no pareció importarle.
Memo Iriarte se aventó contra Killian blandiendo el cuchillo torpemente, Killian lo evitó fácilmente y lo empujó, haciendo que se resbalara en el lodo que se estaba haciendo. Lo rodeó y esperó a que el niño se levantara, este se veía enfurecido y humillado por el coro de risas que se hizo al ver su cara llena de lodo.
—Me niego a matarte —le dijo Killian, un abucheo general se escuchó del público. El niño nuevamente, con más seguridad y con ayuda de la adrenalina, empuñó el cuchillo y corrió hacia Killian con su arma levantada. Killian volvió a torearlo y lo observó caer en la arena.
—Vamos niño —dijo Killian con una leve nota de desesperación—. Ninguno de los dos queremos esto.
—Tú no, yo sí —dijo el niño enfurecido a medida que se levantaba—. El General me prometió muchas cosas si te mataba, significa mucho tu muerte para mi, coronel Killian. Mucho.
Killian sintió como la lluvia se estaba haciendo más violenta y el público se retiraba a lugares donde pudieran cubrirse, sobre todo los manejadores de apuestas, que llevaban los papeles bajo el saco con trabajos. Le costaba trabajo mirar hacia La Torre, parecía como si la lluvia hubiera formado un escudo en el círculo que no permitía ver adentro, ni afuera.
El coronel sintió el cuchillo rasgar su hombro y caminó tropezando hacía atrás para alejarlo, puso las manos para proteger su pecho y su rostro. Se sentía inútil cuando sintió una nueva herida brotar de la palma de su mano y luego otra más traspasar la gabardina y llegarle al antebrazo. Las gotas carmesí cayeron y se confundieron con los charcos de lodo recién formado.
Killian cayó en algún momento, abrió los ojos para ver, pero no veía nada, solo sentía el pequeño cuerpo encima de él, abriéndole heridas en la frente y en los hombros hasta donde el coronel le permitía. Se levantó con trabajos y de nuevo escapó al niño que se veía borroso por la lluvia y la sangre que le bajaba del rostro. Fue un juego de agotamiento que se sintió como días enteros, cuando solo fue una hora y treinta y tres minutos.
El juego terminó en cuanto las sombras penetraron por completo el alma de Killian y él correspondió. Le arrebató el cuchillo al niño, llorando lo sometió con el brazo y acercó el filo lentamente a la garganta de Memo.
Amelia intentó mirar a través de la lluvia y se reservó de gritar su nombre porque le había sido ordenado el silencio. No se podía ver más allá de un par de centímetros de La Torre.
El General jugaba con sus dedos aburrido, el único que parecía paciente y satisfecho era Von Lurendberg, que prendió otro puro y cruzo la pierna. Casi se le podía confundir con un ávido espectador en un juego de golf, en silencio y con atención completa al círculo borroso.
La Dama se reservaba, se encontraba arrodillada a un lado de Lurendberg con la cabeza gacha. Lurendberg de repente le pasaba una mano por el cabello y para su sorpresa ella sonreía satisfecha. No le agradaban los efectos de la correa.
Esperaron, cada uno a su manera, durante una hora con treinta tres minutos, hasta que la lluvia se suavizó y desapareció. En el centro se encontraba un coronel manchado de lodo y sangre, que seguía rasgando un cuerpo con un cuchillo. Su cuerpo se mecía como si estuviera riendo en silencio. Amelia lo observó sorprendida y se sintió extrañamente complacida, al igual que Lurendberg. El General palmeó su rodilla.
—Le dije Señor, un niño no haría el trabajo de cuatro de mis mejores hombres.
Von Lurendberg carcajeó.
—Me da gusto que haya tenido razón, General. No sabe cuanto.
Un perro mojado pasaba por ahí y miró con curiosidad al coronel que seguía rasguñando un cuerpo ya irreconocible. Caminó a la torre sin dejar de mirarle, y al encontrarse ante Lurendberg alzó su hocico y ladró para llamar su atención.
—He venido por mandato de La Ciudad —gruñó el perro mojado—. Te traigo un mensaje.
Lurendberg se levantó de su asiento.
—Habla.
—Encontré a una anciana ciega y un circo gigantesco en Puerto Octay. La anciana ciega sabe donde se encuentra El Libro, lo pude oler. Pude oler también a una muchacha que huele igual que tú y a uno que huele igual a aquél —El perro señaló al coronel loco que grababa figuras en la piel—. Me supongo que ahí has de encontrar lo que buscas.
—Has dicho bien.
—Este humilde perro que le perteneció a Judas, quería pedirte un techo y comida para esta noche. Lurendberg se rió.
—Arreglaré eso. Gracias por la información. Usted Amelia, vaya por el coronel y cúrelo el tiempo que sea necesario, la necesita más que nunca. General, lo espero en mi oficina en cuarenta minutos. Y tú perrita, tú ven conmigo. Ya nos estamos acercando y pronto lo tendremos en nuestras manos.
El coronel siguió meciéndose y riendo por lo bajo allá en el círculo.







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