Padre Taxi. Capítulo 1: Una apuesta desconocida.

Este post es parte de una serie, llamada “Padre Taxi”. Anotación 1 de 15


—Mi nombre es Padre Taxi y no sé nada de un tal Andrés Burgos —respondió el señor de cuarenta y dos años, vestido con una sotana y un letrero colgando en su espalda que decía Libre en letras blancas y grandes, sobre un fondo rojo—. Soy un indigente más de esta maldita ciudad.

—Vamos Andrés, usted no me engaña, no se sabe todos los días que un hombre millonario acaba mendigando en las calles; le conseguiré una deliciosa hamburguesa y tal vez dinero para que sobreviva un mes sin necesidad de rascar por sobras —respondió el reportero, vestía un traje café barato, la camisa manchada y sobre estirada. Un oportunista.

Taxi dio vuelta en la calle cuarenta y dos, acariciando paredes, huyendo como desesperado en cámara lenta. Se detuvo un momento para escuchar a Edith Piaf que cantaba gracias a un fonógrafo distante y se arrepintió del pequeño placer al percatarse de que el reportero le seguía a distancia dispuesto a obtener sus palabras.

—Ratas, todos ustedes son unas ratas —susurró Padre Taxi y caminó distraído, el reportero lo siguió apresurado en las viejas calles oscuras.

La gente se atravesó en el camino de Padre Taxi, dificultándole el paso; miró sus trajes de corte inglés, los vestidos largos y discretos de las damas así como sus sombreros vistosos llenos de plumas y adornos, todos iguales, casi en serie. Taxi recordó su pasado y se entristeció al saber que había perdido el placer de vestirse bien. Sus gemelos de plata, su colección de corbatas. No volvería a tener el gusto de regalar un abrigo de piel lujoso a una mujer para conquistarle.

—No sea tonto —insistió el reportero, jalando a Taxi de sus recuerdos.

—No lo soy —miró Padre Taxi de reojo al reportero y sonrió hipócrita—. Que tenga buenas noches, la calle me espera. El reportero miró al indigente ser tragado por la multitud y sintió a la noche siniestra.

—Que se lo lleve el diablo Andrés Burgos, ésta es la venganza de la Ciudad —dijo el reportero y frunció el ceño, gotas cayeron del cielo y las risas se volvieron más estridentes.


La maldición de Padre Taxi: El frío estallaba a su alrededor, lo que tocaba su corazón inmundo y pobre se volvía y nunca tenía un momento de paz y tranquilidad, temiendo la constante amenaza de la ciudad que le vigilaba con sus ojos celestes. Andrés Burgos fue el hombre más rico de la Ciudad de Jaramillo hasta que la ironía le hizo perder toda su riqueza en una apuesta desconocida. Andrés Burgos era cruel, le perteneció toda la ciudad y la gente le odiaba por ello. La misma ciudad, como una entidad divina, le tenía rencor. Y de esa manera fue como la suerte se puso en su contra para ganar una apuesta desconocida contra el Hombre Sin Rostro.

Cuando la ciudad fue tomada por el Hombre Sin Rostro, empeoró la situación y aumentó el rencor contra Andrés Burgos, o el llamado, Padre Taxi.


Padre Taxi miró las sombras de millares de soldados en el callejón avanzando por las calles que formaban burlonas sonrisas y el sonido de pasos marcados y perfectamente sincronizados era la risa. El ejército del Hombre Sin Rostro avanzó, haciendo la guardia nocturna. No había bullicio a esa hora de la noche, era el toque de queda, los cafés y los cines de matinée se vaciaban y se cerraban a la hora precisa.

—No me encontrarán —dijo Padre Taxi, tirado contra la pared, comiendo los restos mohosos de un jitomate.

El viento silbó hacia la dirección de Padre Taxi, los soldados, conocedores de los signos de la ciudad, prestaron atención y marcharon hacia allá; Padre Taxi apresuradamente se levantó y maldijo a Jaramillo que siempre lo delataba en los mejores momentos.

No todos los días se encontraba un jitomate en buen estado.


—Aléjate —gruñó Padre Taxi—. No estoy destinado a amar ni a cuidar a nadie, todo lo que toco se hace pobre e inmundo.

El niño de la calle acomodó su gorro y miró confundido a Padre Taxi.

—Te pido una moneda a ti que siempre lo tuviste todo, nunca compartiste nada. ¿Quién dice de amar? Yo soy grande y pues me cuido solo.

Padre Taxi carcajeó.

—¿Lo ves? Pobre e inmundo. Estoy maldito. Lárgate y cuídate solo entonces, pinche chamaco.

El niño le dio la espalda y se alejó desconsolado.

Padre Taxi caminó perdido y distraído, miró la ventana de una cafetería y se acercó para observar por la ventana a la gente que educadamente le ignoró. Padre Taxi miró una tele que estaba instalada en el interior de la cafetería. En ella reconoció al conductor del noticiero quien hablaba sin sonido.

Un letrero editado apareció en el programa, éste decía: “Von Lurendberg” y justo arriba del letrero aparecía la foto de un hombre grande, fuerte, que daba la espalda, su rostro indefinido, su cabello era rubio y relamido hacia atrás como estaba de moda, en la silueta de sus labios se podía ver que sostenía un puro.

Ahí está —pensó Padre Taxi—. Ahí está el Hombre sin Rostro. El que le robó todo a Andrés Burgos. ¿Lo miras? ¿Puedes ver de qué color son sus ojos? ¿Tiene labios gruesos o delgados? ¿Cejas espesas o delineadas? ¿Es nariz chata o larga? ¿Será alemán u holandés?

El hombre de las noticias continuó hablando, Padre Taxi se dio cuenta que todo mundo en la cafetería veía la televisión y sus rostros antes animados por alguna plática se volvieron rencorosos. Todos voltearon a mirar a la ventana y escudriñaron a Padre Taxi con más odio que nunca.

—Todos son unas ratas —susurró y después gritó Padre Taxi—: ¡Púdranse! ¡Qué se los trague la ciudad como a mi!

Padre Taxi dio la vuelta bruscamente y sintió como el letrero de LIBRE golpeó contra su espalda, regresándolo a su cárcel.


Taxi se recostó en la acera, miró la noche que era la señal de que esperaba todos los días que parecían eternos, la Ciudad callaba en el momento que las estrellas se asomaban y entonces había un breve rato de descanso. La Ciudad y Taxi descansaban el uno del otro y se preparaban para el siguiente día como grandes oponentes en una guerra.

Solo los desperdicios de la Ciudad rondaban, y tanto ellos como Taxi, odiaban Jaramillo, se podría decir que estaban en el mismo bando en ese aspecto, hasta que los indigentes, los borrachos, los asesinos y los locos reconocían al creador de su miseria y le perseguían al ritmo del jazz y el blues en los clubes underground que eran la costumbre de la gente humilde y bohemia.

Taxi se tranquilizó, estaba en una calle segura, nadie pasaba por ahí, era como la Calle Rechazada. Taxi afortunadamente había logrado dar con ella, recuperándola por medio de recuerdos de su niñez.

En la Calle Rechazada, cuando Andrés era niño, conoció a la Dama Elegante.

Era una señorita probablemente en sus veintes y de una hermosura indiscutible. Sus ojos eran almendrados y grises claro, tenía una nariz fina y larga, labios invitadores, un cuerpo de musa inspiradora del arte, solía llevar puestos vestidos largos, con aberturas en los muslos que demostraban las piernas blancas y bien formadas.

La Dama Elegante siempre le sonreía a Andrés cuando bajaba a jugar con su pelota, la cual era una excusa para verla sonreír y acompañarla silenciosamente. Las calles en ese tiempo eran felices y sencillas, con tintes de la conquista y la moda barroca, el positivismo apenas entraba en las calles y la gente de dinero, como lo eran sus padres burgueses, creían en la ciencia más que en la religión aprovechando casualmente que era económicamente más redituable. La Ciudad de Jaramillo evitaba una revolución en el mundo externo, como si estuvieran protegidas por una diosa, Burgos no dudaba que esa diosa fuera su Dama Elegante.

Platicaban raras veces, preferían la mirada para decirse todo.

Y un día de ese mismo verano, La Dama Elegante desapareció.


—¡Cómo necesito tu sonrisa! —suspiró Andrés, borracho de nostalgia.

Ojos grises encarnaron sus recuerdos y pronto se convirtieron en sueños del pasado, donde Andrés tenía cincuenta años (y sin embargo, no lograba explicarse como su cuerpo se tornaba más joven con el paso del tiempo) y había logrado amasar su fortuna, cometió crímenes y no se arrepintió de ello, de ninguno de ellos. Consiguió que la Ciudad le temiera y le respetara, y había logrado la armonía dentro de esa dictadura. Andrés se había convertido en un adicto al poder.

Aplastó a todos. Excepto a von Lurendberg, el Hombre sin Rostro.


Von Lurendberg llegó a la ciudad de Jaramillo acompañado de su hija y de su mejor hombre de confianza, el General. La hija de von Lurendberg, llamada Alicia, sí tenía rostro a diferencia de su padre, era una jovencita de apenas diez años, inocente y encantadora, de piel blanca, cabello rubio como el de su padre, una nariz chata y con unas cuantas pecas, sus ojos azul claro imitaban estrellas de una forma maravillosa, vestía un largo vestido azul, como era la usanza de las damitas en Jaramillo.

El General, sin embargo, era un cerdo humano de bigote (y demás pelo en general) abundante, barba mal rasurada, ojos rojos por la bebida, vestido de militar y con una boina roja sucia en su cabeza, escondiendo la calvicie. El pobre uniforme gritaba que le dejaran descansar de tanto que era estirado tortuosamente.

¿Será como su hija? —se preguntó Taxi en sus pensamientos—. ¿O será un cerdo como El General? Es un cerdo bonito el hijo de puta.

Ese día, recordó Padre Taxi, llovía de los mil demonios castigando los edificios viejos y derruidos que no se habían actualizado al charleston y se aferraban al estilo barroco y gótico.

La Ciudad siempre sabía del peligro, en ese momento debió hacerle caso y mandar a desterrar a Lurendberg, en vez de eso, hizo una cita con él para medir a su rival de poder.

La tormenta continuó mientras los eventos se desarrollaron en la sala del palacio gubernamental de Burgos. Cada uno con su vaso de coñac y su habano, mientras Alicia corría por los pasillos y el jardín techado, donde era vigilada por un par de soldados que no le quitaban la vista de encima.

El General se mantuvo discreto en la sala, siempre erguido y viendo a ninguna parte; listo para defender a su dueño. Andrés también gozaba de un par de guardaespaldas a los cuales Burgos les tenía una confianza al haber demostrado en diversas ocasiones su capacidad para manejar la situación.

Los guaruras escucharon la plática de dos de los hombres más poderosos en Jaramillo. El General enarcaba las cejas de vez en cuando y Burgos creyó ver una sonrisa maligna un par de ocasiones en esos labios bigotones.

—Muy buen Coñac, ¿qué cosecha? —preguntó Lurendberg.

—Jaramillo, de hace ciento veinte años —respondió Burgos.

—¿En esta ciudad? ¿En qué campo se produce tan dulce elixir? —sonrió Lurendberg.

—Jaramillo es muy vasta, inclusive se dice que las cuatro estaciones se juntan para maldecir la Ciudad, puede avanzar por un lado y encontrar desierto, puede ir derecho por otro y encontrarse con la selva, si camina un poco más, seguro se encuentra con mis campos de cosecha. Sabrá que por lo mismo nadie deja Jaramillo y sólo los desafortunados entran.

—A eso vine, mi estimado Andrés, a compartir esa maldición que significa poseer Jaramillo.

Burgos guardó silencio y con tranquilidad se llevó el puro a los labios. Midió las palabras de Lurendberg y luego respondió tajante—: Jaramillo es sólo mía. No está en venta.

—Hasta que escuche mi oferta —interrumpió Lurendberg.

Burgos miró un brillo en uno de los ojos de Lurendberg y observó azorado que no se le distinguía el rostro. Volteó a mirar a sus guaruras, luego al General y se preguntó si ellos estarían al tanto del detalle de que estaban ante un Hombre Sin Rostro.

—¿Y qué me podría ofrecer usted? —preguntó Burgos inseguro.

Lurendberg debió haber sonreído. Tenía que haberlo hecho.

—Tráemela —ordenó Lurendberg al General. Éste obedeció de inmediato, caminó a la entrada de la puerta y gritó órdenes a sus soldados, en cuestión de minutos, los cuales Burgos aprovechó para darle un sorbo a su bebida, el General entró de nuevo arrastrando una correa.

Burgos soltó su habano.

—¡Virgen Santa! —exclamó Andrés.

Lurendberg sonrió y tomó a la correa que esclavizaba a una mujer de cabello blanco, la más bella que Andrés hubiera visto jamás.

—Los mismos ojos grises… como era en mi niñez. —Andrés buscó la sonrisa de su Dama Elegante, sin embargo ésta permaneció cabizbaja—. ¡La Dama Elegante! ¡Mira lo que le has hecho!

—¿Podemos negociar? —sugirió Lurendberg.

—Tiene que estar sonriendo —pensó Padre Taxi.

—Dámela, pon el precio —gruñó Burgos y miró suplicante a Lurendberg. La Dama Elegante se puso de rodillas y relajó su posición, conservándose estática detrás de Lurendberg. Burgos pudo notar que no había envejecido, era la misma, tal como la recordaba.

El General sonrió sin intenciones de esconder su maldad.

—¿Sabe, mi estimado y buen Señor Burgos? —dijo el Hombre Sin Rostro y jaló la correa dejando brevemente sin respiración a La Dama Elegante—. Podemos hacer una apuesta.


—Si ella jamás se hubiera ido —susurró Padre Taxi—. Todo estaría bien. Sin duda que los hombres siempre nos arruinamos por una mujer, no me arrepiento de la apuesta, no te odio por ella, no podría odiarte. Mi Dama Elegante, mi amor.

Padre Taxi se abrazó así mismo y lloró.


Von Lurendberg miró la hoja blanca de papel que yacía en su escritorio paciente como una amante discreta. La acarició y le salió sangre de los poros que olían a tabaco. Un puro descansaba en un cenicero y se consumía lentamente, extrañando los labios de su viejo amigo. En ese estado de confusión existencial, Lurendberg continuó contemplando la hoja blanca y deseaba explicar en ella el motivo que lo había llevado hasta ahí. Quería platicar con la hoja blanca de aquél Libro que se decía era capaz de la reconstrucción del universo.

El Libro, El Libro.

Estuvo en sus manos en el momento indicado y le fue robado injustamente. Su idioma era de letras doradas que eran capaces de hacer la noche y el día, de robar los futuros y matar pasados. Aquél Libro que le quitaría al mundo la pena de la felicidad robada, porque la felicidad ya no le sería necesaria a nadie.

—¿Qué hago aquí? —se preguntó Lurendberg. Entonces recogió su puro y la sangre dejó de escribir en la hoja desvirgada. Con una mano se acarició el cabello y se levantó de su asiento para asomarse en la ventana donde la noche se reía de él.

—Recuperar El Libro, señor. Es todo lo que podemos hacer. Moldear la realidad a nuestro antojo —El Hombre sin Rostro suspiró y el humo de su puro viajó por la ciudad de Jaramillo.

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