Juan Pablo Guerra, un hombre de veintiun años, se levantó un buen día y descubrió que tenía trabajo y también estudiaba en la escuela. Hacía calor ese día y se escuchaban los ladridos de un Rottweiler (al que le tenía un miedo intenso) afuera de su ventana.
Rottweiler + calor = no era un buen día. Pero había descubierto que tenía trabajo y también estudiaba en la escuela. Dispuesto a comprender que había que hacer, buscó un cigarrillo y puso café. Era miércoles, según los pocos datos que tenía… sabía que ese día no iría al trabajo y en cambio, estaría en la escuela todo el día.
Juan Pablo Guerra se preguntó, “¿Por qué mi nombre?”, muy sencillo: Tenemos un Apocalipsis con Juan, hay muchos Pablos en el mundo, y Guerra… era sencillo, cuando quería dar Guerra, era el único nombre que conocía. Al analizar su nombre, observo que su personalidad estaba fragmentada en tres.
Juan = Apocalipsis.
Pablo = Cualquier hombre caminando en la calle.
Guerra = Se define el término por si mismo.
JPG = Apocalipsis de cualquier hombre caminando en la calle que siente que vive una guerra.
Si hubiera sabido que su nombre era también la extensión de un popular formato que se utiliza en imágenes de computadora, se habría cambiado el nombre, pero esa es otra historia y será contada en otra ocasión.
Al unir las piezas, Pablo (porque prefería ser el tipo normal en ese momento), pensó que debería ser una persona bastante artística, para hacer un análisis tan aventurado de su persona. Para descubrir su arte, hizo lo siguiente:
Se paró de puntitas e intentó bailar ballet, cuando cayó al piso con un rotundo THUD… adivinó que no era bailarin.
Encontró unos colores e intentó dibujar un Giotto… al mirar el resultado final, con todas sus bolitas y palitos, supo que no era pintor.
Entonces salió a la calle, e intentó enamorar a una vecina atractiva. Al puro estilo Shakespeareano, se arrodilló ante ella y le dijo que se veían muy bonitos sus senos al verlos desde ese ángulo. El jarrón que casi le mata le dijo algo muy importante: definitivamente no era actor. (Y también descubrió que le gustaban los senos y mucho. Hizo una nota mental contundente: “No soy homosexual”). Regresó a su casa con una sonrisa.
Fue cuando se animó a escribir estos pequeños fracasos en una hoja de papel, que se enteró que bien podría ser escritor. Al menos, nadie se había quejado todavía. Le venían bien con el nombre y definitivamente, se alegraba de tener una personalidad con la acidez de un limón en ayunas.
Ya resuelta su personalidad, buscó algo que le diera pistas de la escuela y el trabajo. Se buscó en los jeans y encontró su cartera, había una credencial escolar que decía: “Estudias letras en la escuela, tienes que estar ahí en una hora”.
Letras + Escuela. Definitivamente, escritor debía ser. Hacía treinta minutos = mal día. Mal, mal, mal. Se bañó, se vistió, desayunó. Quedaba media hora. Levantó la mano y un coche se paró a recogerle, uno verde con un letrero que decía TAXI.
-A la escuela -dijo Pablo.
-Si joven -respondió el chofer.
Pablo descubrió que en las calles había algo llamado tráfico a esa hora de la mañana. El tráfico consistía en diversas máquinas dispersas, soltando humo grisaceo en el cielo y provocador de cacofonías gracias al cláxon de los coches. El tráfico lo ponía de mal humor, decidió llamarse Juan.
Juan llegó a la escuela y sacó su credencial que le guiaba en cada paso: “Ahora das vuelta aquí en la derecha, sigue por el pasillo, no mires las piernas de esa mujer que nos vamos a perder, eso, tres pasos más, ahora a tu izquierda… ¡Piernas ahorita no, carajo!”.
-Que huevos de credencial… -susurró Juan.
Juan llegó a su salón y le saludaron. Juan cambió su nombre a Pablo y saludó de vuelta, aunque no tenía la menor idea de quienes eran. Sacó la credencial, esperando que ésta le diera una guía… pero parece que la credencial solo servía para dos cosas:
- Guiarle por los pasillos de la escuela.
- Regañarle por su recién descubierta obsesión con los senos y piernas femeninas.
Decidió presentarse de la forma más sencilla.
-Te sonará raro, pero no se quien eres tú.
-Yo soy una actriz isabelina -dijo una e hizo movimientos corporales que daban a entender que lo eran. Movió la pierna derecha hacia atrás y luego la dobló de tal forma que la planta de su pie pegaba contra su cabeza. Luego, con el brazo izquierdo se agarró el tobillo que estaba sobre su cabeza, alzo una mano en señal de reverencia y se escucharon aplausos.
-Como puedes ver, ahora soy un árbol. Aunque me puedes llamar Nereda.
-Wow.
-Te sonará raro, pero no se quien eres tú.
-Yo soy una niña que pronto será mujer -dijo una y tenía razón, porque cuando daba la vuelta a la cara, parecía tener diez años y cuando daba vuelta de nuevo, parecía tener la misma edad que Pablo. Le sonreía a Pablo y le gustaba su compañía.
-Parece que tú y yo somos amigos… ¿me recuerdas tu nombre?
-Dulce Canto.







Un comentario hasta el momento ↓
Ah caramba…un nuevo inquilino?
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