Poder Gris. Capitulo 8: “Relatos Pre-Guerra”

Relatos Pre-Guerra

—Cibill ¿Te has preguntado alguna vez cómo es el placer carnal?

—¿Qué clase de pregunta es esa Diana? —preguntó el hada asqueada—. Somos hadas, nosotras no necesitamos el placer carnal como las demás razas.

—¿En serio nunca te has preguntado? Nosotras podemos tocarnos, ¿no te gustaría que te acariciara?

—Diana, no lo sé.

—Vamos Cibill, déjame tocarte.

Cibill lo pensó. El mundo estaba cambiando, recordó que las hadas y los hados que se entregaban al placer carnal gradualmente se convertían en súcubos o incubos, demonios menores que buscaban su objetivo por medio de favores sexuales, esto ocurría rara vez cada cien años a una sola hada o solo hado, el placer carnal para ellos no era necesario ya que esta raza existía por existir, no se reproducían, ni necesitaban de comida ni sueño. Eran espíritus autosuficientes.

Diana acarició el rostro de Cibill.

—Sólo un beso Cibill —acercaron sus labios, jugaron con sus lenguas y se apretaron una contra otra.

Cibill se separó.

—No Diana. Anda, tenemos que ir con la Madre Hada, ella te ayudará, no nos corresponde sentir este placer.

—Tú lo deseas también Cibill —Diana se acercó nuevamente—. Vamos a jugar y si no te gusta el juego, te prometo ir con el Hada Madre, ¿si?

Cibill se mordió los labios y jugó insegura con sus dedos.

—Esta bien Diana.

—Ahora, te voy a poner esta venda en los ojos y si no te gusta en cualquier momento, quiero que me lo digas.

—Si Diana —Cibill cerró los ojos y dejó que Diana actuara. Ella rodeó a Cibill cuidando que sus manos le acariciaran suavemente y así sensibilizarla al momento. Funcionaba, ya que Cibill nunca había sido acariciada de esa forma respondió con signos evidentes de que estaba excitada, se sonrojaba y perdía la respiración con facilidad, intentaba juntar sus rodillas, sus piernas con fuerza.

—¿Ves? No es tan malo, ¿quieres saber qué sigue? —preguntó Diana mientras le ponía la venda a Cibill.

—si.

—No te escuché Cibill.

—¡SI! Dioses, si.

Con suavidad, Diana recostó a Cibill y acarició su rostro.

—Yo te enseñaré querida Cibill, yo te enseñaré.


—Mi nombre es Rad… Radcliff.

—Gusto en conocerte niño, yo soy Darun omen Droz —Darun ofreció su mano orca para saludar al joven de que apenas entraba a la adolescencia, éste se estiró para aceptarla y se saludaron forzadamente por culpa de las cadenas que restringían el movimiento al orco.

—¿Quieres que te libere?

—No niño, cometí un crimen y debo pagarlo —sonrió el orco, se entregó a la luz sin darse cuenta, prefería la vida pacífica y hogareña que al caos y sangre que predominaban en su raza. El niño suspiró decepcionado ante la respuesta del orco, mientras se preparó para irse se le ocurrió otra idea para llamar la atención del orco.

—Allá afuera todos, o al menos la mayoría, están muy raros señor Darun. Se matan entre si a la menor provocación — comentó al fin.

—Me da tristeza escuchar eso —respondió el orco indiferente, realmente no le importaba si los humanos allá afuera se estaban matando entre sí, alguna buena razón debían tener.

—Mi hermana ayer mató a su marido. Temo decir que mi familia ya no es mi familia —dijo tristemente el chiquillo, sus ojos se volvieron vidriosos un momento, esto conmovió al orco sin querer y se animó a investigar que pasaba.

—¿Lo dices en serio chico? ¿Por qué viniste?

—Quiero escapar, la caravana está enloquecida señor Darun —dijo el niño bajando la voz, casi sin querer decirlo.

—Libérame, quiero verlo por mi mismo —decidió Darun.

Radcliff fue silenciosamente por la llave al otro extremo de la jaula, se asomó en repetidas ocasiones, fijándose en que no hubiera nadie que lo descubriera. Al regresar, apresuradamente quitó las cadenas al orco aunque tuvo problemas por su torpeza de adolescente. Darun se acarició las muñecas, buscando aliviar un poco la irritación causada por los grilletes, escupió a un lado de la jaula sintiendo el mal sabor de boca que le dejaba el tener que ayudar al niño.

El joven lo miró atentamente, esperando alguna reacción de parte de Darun.

El orco lo miró en respuesta, inmediatamente Radcliff bajó la vista asustado por el aspecto grotesco de Darun, a pesar de haberse convertido en un seguidor de la luz su físico seguía siendo repugnante, grandes verrugas en su rostro, una nariz enorme así como orejas puntiagudas llenas de aretes que indicaban su rango dentro de su antiguo clan, un par de colmillos salientes por el labio inferior de su boca, gordo, el típico orco.

Darun caminó hacia la única ventana de la celda y se asomó. Lo que vio era común entre los seres de su raza pero no dejó de sorprenderle. El campamento entero ardía en llamas, los hombres peleaban entre sí matándose unos a otros como si fueran orcos de clanes rivales.

—Esto no puede ser. ¿Será posible qué los humanos se estén entregando completamente a los dioses oscuros?

—Señor Darun, ¿me llevará con usted? ¿Por favor?

Darun miró al chiquillo preocupado, miró de vuelta el campamento y observó como un hombre alto y fortachón tomó a una mujer, alzó una espada y le cortó una mano. La mujer aún seguía gritando y derramando sangre por doquier, el hombre la jaló del cabello, le desgarró la ropa y se la llevó a una de las caravanas.

—¡No! Por favor, te lo ruego, déjame ir, ya no eres el mismo, déjame ir —dijo la mujer y su voz desapareció en la oscuridad. A los pocos segundos, una risa cruel se escuchó respondiendo los sollozos ahogados de la mujer.

¿Por favor?

Darun cerró los ojos asqueado, se preguntaba como serían los humanos tan capaces de tales atrocidades, lo esperaba de su raza, pero no de ellos.

¿Me llevará con usted? Señor Darun, ¿Por favor?

—Está bien chico.


—¿Te llaman las artes oscuras? —preguntó la elfa preocupada.

—Si —contestó su pareja.

—¿Cuándo te enteraste? —preguntó ella.

—¿Acaso no lo sientes tú? ¿No sientes el caos nuevo que ha estado envolviendo todo Lagrim? —preguntó él en respuesta.

—Si, si lo siento. Pero me niego a creerlo Lonadir.

—Las artes oscuras me llaman Yinadar —mencionó el suplicante, como pidiendo perdón.

Ella guardó silencio, ambos vieron las estrellas con un aire melancólico, queriendo desesperadamente que las cosas fuesen como antes.

Yinadar:
La noche me muestra tu rostro
frío, una ilusión de piedra impía
pero yo te conozco muy adentro
sé que eres tan claro como el día.

Lonadir:
Amada mía, ya no es lo mismo
no se, el mundo esta cambiando
es como si fuera un gran sismo
que por la tierra está vagando

Yinadar:
Pero esa no es razón, por favor,
no te vayas de mi lado amor mío.
Sigue la luz a mi lado con fervor
No te dejes caer en el gran vacío.

Lonadir:
Vamos, no seas injusta conmigo
Te amo, dioses, yo te amo tanto
La oscuridad me llama, ya la sigo
Anda, no seas así, calma tu llanto.


—Cibill ¿Lo sientes? —preguntó Diana extasiada por el juego en el que se había involucrado con la otra hada.

—Siento como me recorres con tu lengua todo el cuerpo, es tan maravilloso, tan hermoso, te siento a ti — respondió Cibill, entre jadeos y sonrisas.

—¿Cómo me sientes?

—Con todo mi ser, me gustas Diana, me gustas mucho. Me gusta mucho el placer carnal, sígueme enseñando querida Diana, por favor… te lo ruego.

—Yo no sé mucho pero te apuesto a que podemos aprender, ¿Quieres aprender conmigo?

Cibill sonrió, se dejó manipular, muy dentro de su ser había una cosa que le decía que su corazón no podía ser oscuro, que debía regresar, que no se entregara, pero el placer que sintió callaba su voz interna. Diana por su parte ya no escuchaba nada, su alma se dejó envolver en una completa oscuridad y era una oscuridad tan poderosa, que llegaba a corromper a los demás. Diana se había convertido en un súcubo.

Adiós Hada Diana, Nueva súcubo de la noche sin fin.


—Bien chiquillo, ¿Sabes usar un arma? —preguntó Darun.

—Se usar el cuchillo, mi padre me enseño a cazar —contestó Radcliff.

—¿Traes uno contigo?

—Si, aquí lo tengo, pero señor Darun, ¿Usted cómo se va a defender?

—Con los puños Rad, ¿Te puedo decir Rad?

—Claro señor Darun.

—Rad, una cosa más…

—¿Qué?

—Vamos a pelear, es inevitable que nos vayamos sin que nos vean.

El chiquillo sacó el cuchillo con una destreza y seguridad que subieron al máximo los instintos internos de Darun, los ojos de Radcliff cambiaron, se volvieron fríos y sin emociones.

—Así sea, señor Darun —respondió el niño con el cuchillo en mano.

Darun se rascó la cabeza, un poco anonadado. Le dio una palmadita en la cabeza a Radcliff, respiró hondo y abrió la puerta de su cárcel.


Yinadar:
¿Por qué? Si sabes que te amo,
ven a mi luz, deja tu oscuridad
escapa de ella como un gamo
deja que mi amor te de verdad.

Lonadir:
Me pides algo que ya no puedo,
¿Acaso dejarías tu luz por mí?
Se que no, porque es tu credo
Así es, justo como yo lo temí.

Yinadar:
Amor, ¿Entonces qué haremos?
Esta maldita Guerra Gris que viene
Si nos vemos hemos de matarnos
¿Dioses, el amor que caso tiene?

Lonadir:
La guerra gris pronto acabará,
nosotros tenemos que sobrevivir
estoy seguro, tu amor me salvará,
si no es así, juntos hemos de morir.


—Oh… Diana, si… Siiii… —susurró Cibill—. ¡Me siento, como nunca había sentido!… es… oh dioses…

Cibill movió sus caderas más rápido, se tensó y arqueó constantemente, esta nueva forma de sentir le gustaba pero a la vez le dolía tanto.

La venda no le permitió ver a Cibill como los ojos de Diana cambiaron a un rojo total, su piel se oscureció un poco, sus alas de hada cayeron y fueron reemplazadas por unas alas de murciélago, unos pequeños cuernos salieron de su frente.

Diana se entregó a su total oscuridad, ya no había marcha atrás y ella sabía que nunca hubo manera de escapar. Se sintió a si misma gloriosa con aquellos cambios y se acostumbró a su nueva forma. No solo daba placer por placer, si no que a su vez lo recibía.

Una sonrisa de satisfacción extrema se dibujó en su rostro.

Cibill era un hada inteligente y sintió que su corazón ya fue robado por el súcubo, la sensación de deseo que le cubría todo el cuerpo no le permitió hacer algo al respecto. Su alma ya estaba entregada a Diana la súcubo, no quedaba más que dejarlo ser y disfrutarlo.

—Me gusta que te sientas bien Cibill, es mi nuevo propósito —dijo Diana—. Déjame hacerte sentir mejor. Diana empezó a succionar más fuerte la parte íntima del hada Cibill, las caricias fueron más fuertes y pasionales. Diana le robó el alma misma.


—¡Déjense venir hijos de su perra madre! —gritó Darun, el orco feo con tendencia a la luz, salió de la celda altaneramente, desafiando a todos con la mirada— ¡Vamos bola de cerdos! ¡No esperaba esto de ustedes! ¡SEAN HUMANOS!

Tres hombres corpulentos voltearon a mirarle, dejaron de saquear y quemar las tiendas para acercarse al orco, caminaron pausadamente con furia en sus ojos. Darun observó que la piel de aquellos hombres había cambiado por un color blanco enfermizo, tenían grandes ojeras en el rostro, sus ojos inyectados de sangre y heridas en todo el cuerpo. Uno de ellos sacó un machete de su espalda, los otros dos poseían espadas pequeñas.

—Señor Darun, aquél del machete es mi padre —dijo Radcliff con voz temblorosa.

—¿Quieres qué me encargue de él?

—No Señor Darun, yo creo que el hubiera querido que yo… —la voz del joven se entrecortó—. Olvídelo Señor Darun, aquél ya no es mi padre, es un hombre malo.

El Hombre Machete miró al niño y pareció durante un instante reconocerlo, rápidamente eso cambió cuando éste empezó a correr hacia su hijo con el arma levantada. Darun intentó proteger a Radcliff, pero los otros dos hombres se interpusieron en su camino. El niño sintió como las lágrimas resbalaron, ambos, padre e hijo alzaron sus armas. La lluvia inició de forma premonitoria, un rayo rugió a lo lejos apresurándolos, llamando a una muerte. Las armas se miraron a los ojos, hubo una carrera entre ellas.

Una llegó a su destino.


Lonadir:
Eres mi luz divina, amor sin final,
La noche y el cielo, son mis testigos
De esta, nuestra bella canción coral
Amor, no serás recuerdos ambiguos

Yinadar:
Tu eres mi oscura y necesaria mitad
Por nuestro amor, nuestra canción
Nunca olvidaré, esperaré con humildad
Estarás todos los días en mi oración.

Lonadir:
Y si nuestro camino hemos de cruzar
durante esta fría y cruel guerra gris,
sabes que debemos de hacer, matar.
El amor no morirá por la guerra gris.

Yinadar:
Es una promesa, nuestro juramento,
te amo y por los dioses te sigo amando,
¿Cómo yo, sientes ese frío viento?
Es mi corazón que por ti esta llorando.

Lonadir cerró sus ojos, se puso de pie, ofreció su mano a Yinadar quien aceptó con horrible resignación. Se besaron durante un largo tiempo, el claro de luna los cubría a ambos buscando protegerlos y una manera de no separarlos.

Fracasó.

Lonadir dio un último beso en la frente de su amada, se quitó un collar élfico y se lo puso a Yinadar. Yinadar procedió de igual manera dándole su collar élfico a Lonadir, los minutos, los segundos pasaban como horas, años para ambos.

Ella no paraba las lágrimas, él no podía detener su sufrimiento.

Finalmente, Lonadir tomó su camino a las tierras oscuras que lo llamaron a cumplir con su juramento de amor.


Diana volteó a Cibill dejándole boca abajo.

—¿Qué haces? Por favor no te detengas, ¿qué me haces? —urgió Cibill quien al dejar de sentir las caricias de Diana confrontó su propia oscuridad. Sintió como le ataron las manos por la espalda dejándola completamente inmovilizada.

—Has sido una niña mala Cibill —susurró Diana—. Dejándote manosear por mi, ofuscando la luz dentro de tu persona por mi oscuridad. No puedo decir que eso no me halaga pero a la vez me repugna que seas tan hipócrita.

Cibill se sintió mal, era cierto lo que Diana estaba diciendo.

—Déjame ir Diana, por favor.

—Tu alma es mía querida Cibill, no harás más que mi voluntad.

Cibill al escuchar esas palabras se sintió adormecida, era cierto, ya no tenía voluntad propia más que la voluntad de Diana. Aquella conciencia que le estuvo advirtiendo acerca de la peligrosa distancia de la oscuridad a su corazón dejó de hablar hace tiempo, había muerto.

—… y mi santa voluntad… es que sufras.

Diana tomó del cabello a Cibill y le besó salvajemente el cuello, con su otra mano acarició duramente su cuerpo, rasguñándolo con sus nuevas uñas.

—¡Duele! —gimió Cibill.

—Te gusta, lo sé, es lo que siempre habías querido.

Cibill intentó gritar que no era así, aún pensaba resistirse y su cuerpo se negó a prestarle caso, su voz dejó de ser suya también.

—Si, oh Diana es, mmmmm, lo que siempre había querido —susurró Cibill.

—Yo se que si mi querida Cibill, yo se lo que es bueno para ti —apretó con fuerza el seno de Cibill quien no pudo más que gritar. Sin embargo le gustaba, le gustaba mucho.


—Mucho gusto caballeros —saludó un elfo oscuro con una reverencia a una campaña de elfos que se encontraban explorando el bosque de Martirus buscando a aquél que llamaban ‘Errante’.

Seis elfos se levantaron inmediatamente de su lugar en la hoguera y miraron con desconfianza al visitante, este vestía todo de negro, una capa cubría su armadura oscura, su piel era bronceada pero sin duda era un elfo, su cabello rubio sobresalía de la capucha que le cubría la cabeza.

Otro elfo oscuro salió de la nada, idéntico al primero, eran gemelos. Inclusive su vestimenta era la misma.

—Mucho gusto extraño, mi nombre es Reignadir —respondió educadamente uno de los elfos—. Nosotros somos una compañía de elfos buscando a ‘Errante’ porque sentimos que es correcto pedir su guía, ¿usted viene a lo mismo?

—¿Te refieres a lo del Caos que ha estado sucediendo? ¿Los dioses te han mandado en búsqueda de aquél medio-elfo como tu lider?

Reignadir asintió tranquilamente con la emoción reflejándose en sus ojos.

—Perdonen mi falta de educación señores, mi nombre es Minaurin y aquél es mi hermano, como asumo ya habrán notado.

—Gotneith a sus servicios —sonrió el otro elfo oscuro.

—Los hermanos de sangre y alma —susurró Reignadir horrorizado. Todos los elfos se pusieron de pie y desenfundaron sus armas. —Creo que ya nos reconocieron hermano —dijo Minaurin y sonrió, sin tiempo que perder desenfundó su espada y atravesó a Reignadir quien no tuvo tiempo de defenderse, la sangre que emanó del cuerpo del elfo provocó un efecto extraño en la espada, como si la sangre se fundiera con el metal.

De igual manera Gotneith utilizó su espada, matando a los elfos que se acercaban a derrotarlo. Un humo extraño salía por los ojos y la boca de los cadáveres, sus almas, estás se unían a su espada como la sangre lo hacía en la espada de Minaurin.

Al final, quedaron la hoguera y los gemelos.

—Damas y Caballeros. Minaurin el que busca la sangre, aplausos por favor —dijo teatralmente Minaurin e hizo una reverencia. Gotneith calló, no le gustaba tolerar las niñerías de su hermano aunque esta vez prefirió dejar ese sentimiento a un lado y aplaudió a su hermano como su único público.


Darun intentó desesperadamente prestar atención a los dos hombres que tenía como enemigos, los miraba de reojo esperando el movimiento de alguno de ellos. La calma con la que se movían era agonizante para Darun, ya no soportaba la paciencia de los hombres.

—¿Chico? ¿Rad? —preguntó Darun, no escuchó respuesta y no podía revisar la condición de Radcliff por culpa de los dos humanos oscuros que le habían elegido como contrincante.

Están esperando a que yo me mueva primero, si ataco a uno es obvio que el otro me va a atacar. Pero si dejo que ellos ataquen acabaré igual de todas maneras… uno me sostendrá mientras el otro me mata —pensó Darun, hizo una mueca de inconformidad, se dio un golpe con la palma de su mano en la frente y cansado de pensar se lanzó al primero que encontró.

Con la velocidad e impulso de su embiste, Darun logró aventar a uno de los hombres a una distancia más segura, lo que le permitió actuar en contra del otro hombre sin molestia alguna.

Por favor, que esté inconsciente —pensó Darun, mientras evadió los embistes de su enemigo, pudo tomar el brazo que usaba la espada y rompérselo con un rodillazo, después lo tomó del cuello y lo alzó por encima de su cuerpo, gritó y estrelló la cabeza del hombre contra el piso con fuerza soberbia.

El hombre sangró y desmayó por la fuerza del golpe, Darun decidió que era suficiente y se fue por el otro humano que apenas se ponía de píe.

—¿A qué no sabes quién sigue, hijo de puta? —retó Darun.

El otro hombre gruño.

—Me llama, Kainth el hermoso me llama y me ha dicho que debo matarte por que estás desafiando su mandato. ¿Y te haces llamar orco? Eres un hado más bien, por seguir la luz cuando la oscuridad te ofrece tanto.

Darun se tronó los dedos y sonrió.

—Me dice hado un blanquito que va con una mariquita llamada Kainth el hermoso, otro putarraco de la misma calaña —rió Darun consiguiendo el efecto deseado porque el hombre gritó de enojo y se le aventó torpemente encima. Darun dejó su actuación, cerró su puño y le metió un golpe en el estómago, después tomó la cabeza del hombre y la estrelló contra su rodilla.

El hombre cayó.

—Rad… ¿Radcliff? ¿Estás ahí?


Yinadar se sentó en el pasto y observó las estrellas silenciosamente.

Yinadar:
Noche cruel, oh, estrellas malditas
¿Qué han hecho? Lo quiero tanto
No pudo seguir mis artes benditas
Por la llamada del oscuro manto.
Manath tu me lo diste para amarlo
Y luego no lo sostuviste a mi lado
Decidiste dármelo y luego tomarlo
Para mandarlo del otro negro lado.
Yo no soy nadie para cuestionarte
Y mucho menos nadie para odiarte
Por eso ruego dioses que me den
Toda la tranquilidad que poseen.
Les seré fiel en esta estúpida y fría
Guerra Gris.

Lonadir caminó resignado hacia las Tierras Oscuras y miró el cielo.

Lonadir:
Noche cruel, oh, estrellas malditas
¿Qué me llamas? ¿Qué me alejas?
Mal siento que todo son quimeras
Oh… amor, ¿Amor, por qué me dejas?
La oscuridad me envuelve, tengo frío,
¡Amor! ¡Sálvame! ¡Tengo miedo!
Por favor, tu amor me sacará con brío
La oscuridad me sonríe, ante ella cedo.
Quisiera sentirte y besarte y amarte,
El manto oscuro, me está cambiando
Dioses, mi mente destruye tu estandarte,
¡Sálvame! No, es tarde, sigo andando.
Espero que cumplas tu promesa pasado,
Mátame, pero el amor no morirá.


—Cibill.

—Dime Diana.

—¿Ya sabes lo qué es el placer carnal? —preguntó ella coqueteando. Rasgó y mordió la piel de Cibill, la manipuló con ira. Cibill quiso gritar con todas sus fuerzas que no, que irían con el hada madre y todo se arreglaría.

—Me encanta Diana —susurró Cibill avergonzada, se sonrojó al escucharse a si misma, sintió el sudor de placer que le cubría todo el cuerpo, recordó las agresivas caricias de Diana que le hicieron vibrar de excitación.

—Ahora tu alma es mía Cibill, ya tienes el símbolo del súcubo en la frente. Eres mi propiedad a partir de ahora — sonrió Diana, con un hechizo hizo de las ataduras y la venda algo permanente, se mezclaron con la piel de Cibill quien gritó de dolor y jadeó exhausta.

—Tu cuerpo me seguirá a todas partes que vayamos Cibill, de eso no te preocupes. Esa prisión a la que te sometí, es lo que te mereces y te acabará gustando porque yo te lo ordeno, ¿Entiendes? —preguntó Diana.

—Si, si, si —sollozó Cibill.

—Es hora de ir con Kainth el hermoso, escucho su llamado. ¿No lo escuchas tú Cibill?

—Si, lo escucho —una lágrima de sangre resbaló por debajo de la prisión de la vista de Cibill. Una lágrima que Diana lamió con recelo.


—Wulfgar Fraitsen, Errante —le llamó una voz.

—¿Quién me llama? —gruñó el medio-elfo dormido.

—Soy Manath —cantó la diosa élfica—. Quiero hablar contigo.

Wulfgar se quitó su manta de encima y se recostó en un árbol del bosque, hizo una mueca irreverente y respondió—: Esta bien diosa, se ve que no has tenido suficiente molestándome en el pasado, te escucho.

—No fue mi intención que una de mis formas mortales cruzara tu camino Wulfgar. Créelo o no, siento algo especial por ti todavía pero este no es el momento de discutirlo. Debes recordar que aún sigo siendo una diosa y tu un simple mortal.

—Dime qué quieres o lárgate.

Manath pareció ignorar la grosería del medio elfo y contestó—: Sé que sientes el cambio en todo Hurton. No sólo Hurton está cambiando, si no también las tierras claras de Lagrim y el territorio gris de Gansby, es una onda que esta atravesando por todos lugares y personas. Tú eres importante en ese cambio Wulfgar, quiero que seas uno de mis líderes en esta Guerra Gris.

—Oh, ¿va a haber una guerra? —interrumpió Wulfgar, después escupió a un lado y gruñó molesto. Manath no respondió, en vez de eso dejó fluir algo de su furia por el cuerpo de Wulfgar, ese sentimiento obligó a Wulfgar a retractarse de su insolencia. Se inclinó y con resignación dijo—: Así sea Manath.

—No esperaba menos de ti, Errante.

—¿Por qué una guerra? —preguntó Wulfgar.

—No hay opción, el Poder Gris esta corrupto y la luz y la oscuridad decidirán quien debe manejar tal poder.

—¿La Muerte ha tomado una decisión?, eso suena grave —murmuró Wulfgar—. ¿De quiénes seré líder?

—Vendrán a ti aquellos hijos oscuros que quieran la luz, te daré este amuleto para que te reconozcan y se inclinen ante ti —Manath se quitó un collar del cuello el cual ofrecía sustento a un pequeño amuleto con un símbolo, se lo puso al cuello a Wulfgar y desapareció.

—A ti te encanta desaparecer sin dar respuestas —gruñó Wulfgar y después sonrió—. Tal vez por eso te amé.


—¿Rad? —preguntó una vez más Darun, pateó las costillas del humano que acababa de golpear y le gruñó una grosería inaudible. Caminó rápidamente hacia el niño y su padre, ambos inertes en el piso, deseaba con todo su corazón que Radcliff continuara vivo. Su sentido auditivo le advirtió de movimiento a su derecha, miró de reojo y era un humano que también caminó muy lentamente hacia Radcliff. Darun se dio cuenta que no había nada de normal en este humano y le puso su atención entera, su cabello era largo y lacio, de un tono azul oscuro, su piel era completamente blanca, no había quemaduras por el sol, ni suciedad o rastros de polvo en su rostro, sus ojos también eran azules claro así como sus cejas, la nariz del hombre era fina y sus labios pequeños pero de boca grande.

—¿Quién eres tú? —preguntó Darun.

El humano no le hizo caso y continuó andando.

Darun corrió apresuradamente el humano de cabello azul, creyendo que podría ser una amenaza para el niño pero chocó con una fuerza invisible que le hizo rebotar y caer fuertemente.

—Deja que mi amigo te enseñe orco —comentó alguien.

—¿Qué clase de magia es esa? ¿Quién me habla?

—Calla y observa —dijo la fuerza, Darun observó a su alrededor y se dio cuenta que habían otros dos hombres, uno de piel completamente negra, nunca había visto un humano de ese color y otro más normal para Darun aunque viejo, las heridas en el rostro del viejo decían que tenía experiencia en el combate.

Darun se puso de pie y se limpió el polvo de la caída de hace un momento, miró atentamente al joven de cabello azul quien levantaba a un niño y lo ponía en su hombro.

—¿Quién es él? —preguntó Darun

—El es Painus Lyco, uno de los líderes en la Guerra Gris que se acerca —contestó la fuerza invisible.

—Bueno, ¿Y con quién estoy hablando?

—Mi nombre es Somady y soy un humano que ha sido maldecido con la invisibilidad, aquél de allá es Espadiren — señaló al hombre negro—. y el viejo es Trangeru. Somos seguidores de la luz que han encontrado el mismo camino que Painus, no sé si desees acompañarnos ya que eres un orco.

—Soy un orco que prefiere a la luz, los seguiré, llevaremos a Rad, ¿verdad?

—¿Rad? ¿Te refieres al niño? Claro, iremos juntos.

Painus depositó suavemente al niño sobre una manta para que descansara ya que estaba exhausto y cansado emocionalmente. Painus se acercó al orco y le tocó el hombro. El orco inmediatamente sintió una extraña energía fluir por todo su ser, una energía revitalizadora que le motivó a pelear por Painus y defenderlo a costa de todo.

—¿Nos acompañarás Darun?

—¿Cómo sabes mi nombre?

Painus se encogió de hombros.

—Hay muchas cosas que no sé de mí mismo, esta es una de ellas —sonrió Painus—. Me gustaría tenerte a mi lado, me gustó tu forma de actuar ante esos hombres.

Darun sonrió satisfecho.

—Vamos a buscar sobrevivientes Darun, ¿vienes con nosotros?

—Claro.

—¿Por qué has decidido unirte a la luz?

Darun se encogió de hombros.

—Como ves niño, no eres el único que duda de sus caminos.

Ambos rieron y ese momento bastó para que se volvieran amigos.


Manath:
Deja de lamentarte bella Yinadar
He venido a ti en este momento
Soy Manath y te haré escuchar
El por qué de tu lamento.

Yinadar:
Gracias por venir a atender mi canto
Mi suplica de amor incomparable
Necesito saber porque el negro manto
Se ha llevado a mi alma inseparable.

Manath:
Dejarás tu existencia y vida pasada
Porque eres uno de mis claros líderes
Tú nombre será Sinadar la que da
Esperanza a todas razas y seres.

Yinadar:
¿Acaso me pides que de esperanza,
cuándo él no aceptó mi ruego de fe?

Manath:
No quiero que caigas en la templanza,
y te vuelvas una robadora de fe,
Aprenderás con amor y dedicación
El uso de magia y también de armas
Enseñarás su uso a otros con atención
Pondrás todo tu esfuerzo si los amas.

Yinadar:
Oh Manath, diosa de los elfos
No sé si pueda poner todo mi amor,
¿Me darás la fuerza, los bríos?
Porque mi corazón está en el horror
De perder mi única inspiración y guía
¿Merezco esto? ¿Todos lo merecemos?
¿Qué los hizo enrojecer de sangre el día?
¿Qué los hizo sufrir y matar hacernos?

Manath no contestó las dudas de Yinadar, ahora Sinadar Minth, y desapareció.

Sinadar se puso de píe y cantó sin palabras al viento, ese canto tan hermoso que todo el bosque escuchaba en la soledad de la noche llevó todo su sufrimiento y todo su amor a Lonadir. Las lágrimas que se derramaron aquél día, serían las últimas que Sinadar lloraría, dejó que la esperanza entrara a su corazón y aprendió a reír y consolar en vez de llorar y lamentar. Porque Sinadar Minth, era ahora la dadora de esperanza y una lideresa de la Guerra Gris.


Su nombre era Mindar y su vida cambió para siempre cuando la visión divina de su dios goblin Tanzú le dio la Llave de los Demonios. Antes de la llave, Mindar era un patético goblin esclavo de tres ogros en la lejana tierra de Fajiro, maltratado por todos inclusive por los de su misma especie, su hermano solía jugarle bromas constantemente, una de esas bromas le costó un ojo. Menos mal, así lloraría la mitad solía pensar. No había momento de su vida en el que no pensara en la dulce venganza, en la sangre de su hermano corriendo por su boca y los miembros desmembrados de aquellos malditos ogros que le privaban de su libertad como trofeos. No había día en el que sostuviera el cuchillo que coqueteaba con sus muñecas y aquellas venas.

No había paz.

Un día, Mindar estaba dispuesto a darse la paz y dejar de coquetear con su cuchillo para sentir el beso fatal, sentado en una roca en un solitario y maloliente pantano Mindar lloró sus esperadas últimas lágrimas con su único ojo.

Pero fue cuando llegó la visión divina de Tanzú, el dios Goblin enviado por mandato de Bhuntl.

—Hijo Mindar, te daré la venganza, te daré la sangre de tu hermano y los miembros desmembrados de aquellos que te privan la libertad a condición de que seas uno de mis líderes en la Guerra Gris.

Mindar al escuchar esa dulce frase aceptó inmediatamente, Tanzú sostenía en su mano una pequeña espada plateada que contenía insignias grabadas y con una sonrisa misteriosa se la dio a Mindar.

—Con este artefacto corromperás a la luz, los hechizos no te lastimarán, tendrás la fuerza de los demonios y sus secretos. Con este artefacto tendrás todo lo que quieras por medio de tu voluntad, un ejército que tu controlarás y usarás para aplastar a los hijos de la luz.

—…Un ejército… —susurró Mindar mientras observó perdido la Llave de los Demonios.

—Ahora tu esclavizarás, tu serás el fuerte —susurró Tanzú y con esas últimas palabras que dejaron un dulce resonar en los oídos de Mindar desapareció.

Después de la Llave.

Mindar acudió con los tres ogros que lo esclavizaron y los mató al sonar de una risa demoníaca, por supuesto, conservó un par de orejas y dedos mutilados para un collar funesto que lo identificaría ante los demás como el líder de los Goblins de Fajiro. Al dejar de reír, Mindar acudió con su hermano y tuvieron una larga plática. En el transcurso de ella, Mindar lo dejó tuerto y le susurró las palabras: Ahora así llorarás solo la mitad hermanito. Después lo ató a una silla con las muñecas boca arriba y la llave de los demonios coqueteó con él para finalmente darle el beso que tanto quería.

Mindar lamió con ahínco el néctar que emanó de esas muñecas y no dejó de reír.


Theor el centauro vio las llanuras de su hogar con melancolía, los jóvenes cazadores centauros se encontraban corriendo y jugando, cada uno portaba su arco y flecha atados a su espalda.

—Theor, el centauro que no pudo ser Avatar —dijo una voz en su cabeza.

—¿Maestro Jáh?, ¿es usted quién me está llamando? —preguntó Theor, su atención seguía con aquellos niños centauro que jugaban tan felices y despreocupados, los siguió con la mirada protegiéndolos del viento que llevaba sangre en su amargo aroma.

—Te necesito en la Guerra Gris Theor, serás uno de mis líderes y muchos guerreros vendrán a ti. Quiero que unas a tu clan con el de Fag el minotauro que está al norte de aquí.

Theor no despegó su mirada de los niños que ahora jugaban carreras entre ellos, era una vista maravillosa el ver la alegría de los centaurinos de su clan, sus cabellos largos siendo movidos caprichosamente por el viento.

—Theor, ¿estás escuchándome?

—Jáh, ¿es necesaria esta guerra? ¿No miras a mis jóvenes como corren, juegan y viven su plena juventud? Dioses, ellos podrían morir Jáh. ¿No lo ves?

—El Poder Gris está corrupto, por eso es necesaria nuestra intervención, para asegurarnos la victoria y no dejar que la Oscuridad se adueñe de el.

Theor no contestó, siguió mirando las llanuras con el aire melancólico y sobre todo a sus niños, estos voltearon y le saludaron afanosamente, Theor les sonrió suavemente y contestó el saludo.

—¿Tengo opción de no participar?

Ahora fue Jáh el que no contestó por largo tiempo en la mente de Theor.

—Perdóname Dios Jáh, el temor de ya no volver a ver a mis niños es persistente, se que es mejor estar a su lado en la batalla a verlos morir sin hacer nada al respecto. Además, tengo que asegurar la supervivencia de mi raza. Está bien Jáh, participaré en la Guerra Gris.

—¿Escuchaste mis instrucciones antes de que te distrajeras?

—Si, reunir a mi clan con los minotauros de Fag. Hablaré con ellos hoy en la noche.

—Entonces esta decidido.

Theor asintió y se dio cuenta que con esa afirmación dejaba todo atrás igual que la elfa Sinadar Minth. El centauro que no pudo ser avatar se despidió de sus llanos y montes, de sus niños inocentes que jugaron alegremente y de su tranquilidad.

Theor lloró.


Diana llegó con Kainth el hermoso en tres días, después de volar día y noche. Al llegar, no pudo contener un gemido de sorpresa al ver la hermosura de la oscuridad. Se inclinó ante él y le complació de distintas maneras, también ordenó a su esclava Cibill que hiciera lo mismo, o algunas veces las dos al mismo tiempo.

Kainth el hermoso se alegró, poco a poco llegaron los hijos claros que preferían la oscuridad, venían de todas razas y países a buscarle y servirle a él.

De igual manera, los seres claros ya se reunían con el dragón verde Gafrit y con el ejército de Painus Lyco que eran las conglomeraciones de mayor tamaño. También había pequeños ejércitos, como los del minotauro Fag y el centauro Theor.

El ejército de Mindar se volvió de una fuerza considerable al portar la llave de los demonios. Hubo también otro goblin que ganó una reputación por medio de su extraña y nueva magia llamado Ganad, este era el primer Goblin inmortal.

Aquellos seres oscuros que preferían la luz siguieron a un extraño medio elfo conocido como Wulfgar Fraitsen quien estaba viviendo temporalmente en los bosques de Martirus, hogar del elfo oscuro Khan gor Math y sus hijos.

Ya estaban en movimiento los defensores de vida y los escuadrones de muerte como en la Guerra del Pasado.

El Caballero Gris observó todo esto con sorpresa desde sus aposentos y el extraño personaje conocido como El Ciego sonrió triste, un rayo de astucia cruzó por el gris blanquecino de sus ojos sin final. :ily:

Un comentario hasta el momento ↓

#1 NuEz el 05.19.03 a las 8:00 am

aaghh, me gusta. creo q lo leere completo

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