Erick.
Vamos Erick, tu sabías que llegaría este encuentro, siempre supiste que esto nunca acabaría, vaya que es tu eterna pesadilla pero no eres nada estúpido, nada estúpido, dijo la sonrisa maldita de mis mejores sueños. He olvidado soñar como los demás, yo llamo a los sueños aquellos que no son de la sonrisa maldita, donde no sueño como Kainth me mata, me tortura, me roba mi alma. Dioses, ¿Qué me espera? Kainth es más poderoso que nunca. Veo algo, en la oscuridad, una luz. Miro con más atención, Kainth es la oscuridad, esa oscuridad tan envolvente que me sofoca, me destruye. La luz, ¿Quién es la luz? La veo… La luz es…
Tanya/Crisidia, es su cuerpo inerte que aún brilla con luz propia.
—Te extrañé Erick —susurró Kainth, como una amante deseosa.
—Yo no —contesté, me arrodillé ante mi Tanya/Crisidia— ¿Ahora qué quieres de mi?
¡Venganza! Pobre imbécil, ¿no sabes qué es lo que quiere? ¿Acaso no te preparé para estos casos?
Kainth se movía libremente en la oscuridad, apareciendo a mi lado, a veces lejos de mí, a veces arriba y luego enfrente, siempre riéndose con locura. Saqué mi espada y fue inútil perseguirle.
—¿Ya no eres tan valiente? —preguntó burlón.
Conservé la calma, lo más que pude. Seguí persiguiéndole con el filo de mi espada, utilizando mis sentidos vampíricos para buscar donde aparecería. De alguna forma, mi maestro Kainth había logrado sobrepasarse así mismo, sus habilidades crecieron de tal forma que me hizo pensar que había dejado de ser terrenal.
—No soy un fantasma, soy algo mejor. Tu demonio personal.
No mentía, pero no había forma en que dejara de luchar por perseguirle en la oscuridad. Había veces que quería envolver con su manto negro el cuerpo de Tanya/Crisidia y corría a defenderle, en todo momento conservé la calma. No podía dejar que mis sentimientos intervinieran en esta ocasión. Claro, finalmente estás practicando lo que te enseñé y mucho me ha costado. Y en un descuido, Kainth se despareció y no supe de él hasta que me tomó por el cuello y sentí que la fuerza se me paralizó en el cuerpo. De alguna forma anuló mis poderes, que grandiosos, los empequeñeció con un soplido. Sin poder hacer nada escuché sus malditas palabras y sentí su maldita cercanía.
—Solo quiero verte, hoy no es el día de nuestra pelea definitiva, observa nada más el regalo que te tengo preparado —escuché a Kainth decir, me soltó e inútilmente solo floté frente a él. Miré como su bello rostro se desfiguró constantemente, como cambiaba a algo tan corrupto, tan vil, como su propia alma—, quiero que mires como destruyo un poco de ti matando a Cilia, Jayli y Trevan.
—Déjalo ser Kainth —rogué—. Déjalo ya. Mátame a mi de una buena vez y escóndete en las profundidades. ¿Te das cuenta de lo que has entregado por mí?
—Entregaré eso y mucho más, bien lo vales. Bien lo vale verte arrastrandote y rogando así como ahora.
No debía permitirlo. Tenía que detenerle, no podía moverme, ¿qué pasaba? Ante mi yacía el cuerpo de Tanya/Crisidia. Y desapareció, dándome cuenta que había sido una ilusión para mantenerme tenso, mi alrededor cambió y me vi en un bosque. Escuché unos cuervos. Tan maldito su canto.
Jayli.
—Que real, se parece a mi adolescencia. No, esto no es una ilusión, este es el bosque donde yo solía jugar —dijo Jayli confundido. Con la mirada indagó los alrededores, se relajó y continuó como si fuera un paseo matinal—, Ese Kainth en vez de ponerme aquí, en un lugar tan querido en mi corazón, debió mandarme a algún castillo encantado, inclusive un pantano.
El enano gruñó.
—No podré usar mi hacha después de todo —caminó hacia el norte, atesorando y recordando los silbidos de los pájaros, registrando el olor a madera y pasto húmedo del bosque, sensibilizándose al calor suave y a la brisa. Fue cuando escuchó un cuervo que cantó en la distancia.
Jayli apretó su hacha.
—Recuerdo la leyenda. Me la contaban cuando era niño, para prohibirme que jugara en el bosque y trabajara el metal y la piedra como mis antepasados habían hecho. Allá al norte, esta Kont Garud, mi hogar. Éste, éste es el bosque de Garth Turan —Jayli se echó a reír, terminó sentándose en una piedra, recargó su frente en la palma de su mano y empezó a divagar. —Yo era diferente, a mi me gustaba mucho el bosque a pesar de la leyenda —Jayli volteó nerviosamente, buscando con sus ojos monstruos inexistentes y encontrando así fantasmas del pasado, el cuervo cantó burlándose de la debilidad de Jayli, quien reía y callaba y volteaba y sollozaba.
Jayli desquiciaba.
—Dicen que era alguien que nació antes que Pensante, su nombre era Oxefe o Xaefe o Xefes, nunca se supo su verdadero nombre, todos sabíamos que eso no podía ser, era sencillamente un efecto dramático en la leyenda. Pensante le castigó por que él era malo y lo convirtió en un árbol que siempre sería perseguido por los cuervos, cambió su piel en madera, su cabello en hojas y su tarea sería buscar en el mundo su verdadero nombre por toda la eternidad.
Jayli empezó a llorar.
—No… no me quiero convertir en árbol papá… los cuervos me lastimarían, me lastimarían mucho papi, les tengo miedo —y Jayli rió nuevamente—. Y Cemio, el dios enano dijo a toda su raza, ‘Aquél que no trabaje la piedra o el metal, le castigaré como Pensante castigó a Oxefe, Xaefe o Xefes, desaparecerá de la faz de la tierra y vivirá su flojera como un árbol. El cuervo pareció reírse junto con Jayli y una nube negra oscureció el bosque, Jayli abrió ampliamente sus ojos y pudo ver que la nube eran cuervos, miles y miles de ellos, se tiró al piso en respuesta. Su hacha cayó pesadamente a su lado, imposibilitada de ofrecer protección alguna a su dueño.
—¡Papá! ¡Papá! ¡Ayúdame! No quiero convertirme en árbol… no quiero ver a los cuervos para siempre… La Nube Oscura se disipó, los cuervos se pararon alrededor de Jayli, haciendo un círculo. Kainth arrastró a un Erick inmóvil al centro donde yacía Jayli. Kainth se agachó, tomó la hacha y la alzó lentamente.
—¿Qué te pasa hijo? —preguntó un hombre.
—Los cuervos. Me defiendo de los cuervos, ¿Tú quien eres? Tus ojos son de un gris blanquecino, eres ciego, pero siento que me ves, ves mi corazón, ¿No es así?
—Así es.
—¿Eres el Señor de los Muertos? ¿Vienes por mi?
—No, no soy ese, aunque se podría decir que soy alguien importante.
—¿Qué me pasa?
—Estas negando la situación, mira, estás perdiendo ante Kainth. Yo necesito que despiertes y no dejes que eso pase. Un dios claro vendrá a avisarte de la Guerra Gris que va a comenzar y yo te necesito ahí tanto como ellos, ¿Entiendes?
—Si, gracias, ¿cómo te llamas?
—Tú me diste un nombre, seré conocido como El Ciego. Tú no recordarás esta conversación mi niño.
Jayli abrió sus ojos. Un destello le cegó la vista durante un instante, el entendió que ese destello era su arma buscando sangre. Su sangre.
Apenas se pudo mover para evitar el fatal golpe de Kainth, éste gruñó enfurecido y dejó el hacha clavada en el pasto. Avanzó decididamente hacia Jayli con un rostro demente y furioso, Jayli retrocedió buscando protección, sabía que tenía todas las de perder ante un demonio.
—¿Cómo? ¿Cómo pudiste vencer mi ilusión? —preguntó Kainth frustrado—. No tengo tiempo que perder, luego me encargaré de ambos.
Con eso dicho el círculo de cuervos desapareció así como Kainth. Erick se recuperó y observó al enano con admiración y respeto.
—Debemos regresar al castillo.
—No podemos —contestó Erick—. Kainth ha puesto una barrera mágica sobre éste, mi hechizo no funcionaría. Jayli cerró los ojos impacientemente.
—Pues entonces teletranspórtanos un poco más cerca, porque desde aquí serían dos meses de viaje en grifos. Erick comprendió su falta de sentido común y asintió.
—Oscuridad y…
—Espera —interrumpió una voz aguda y masculina—, Mi nombre es Imanthal Wilkins, y el castillo de Kainth ya no esta en nuestra ruta caballeros.
Imanthal sonrió, el gnomo, quien vestía ropa verde de lana y usaba un sombrerillo del mismo color, a sus espaldas cargaba una mochila de viaje hecha de cuero.
Así fue como Jayli Axecrew, Erick von Arbanel e Imanthal Wilkins se conocieron e iniciaron su participación en la Guerra Gris.
Trevan
—¡Estas jugando sucio Kainth! —gritó Trevan al tiempo que avanzó por el cementerio del Dragón Rojo. Estaba dentro de las montañas de Fond-Mor, el que solía ser el hogar de el ejército de la Dragona Roja Dora. Trevan pisó imprudentemente los huesos y el corroído armamento de sus antiguos compañeros de lucha.
Avanzó por pasillos interminables y conectados entre sí, todos parecidos y tan conocidos como la palma de su mano, al fin llegó al hall principal, en ese lugar reposaban los huesos de la dragona. Trevan perdió la respiración ante una visión tan solemne. Se inclinó, sujetando sus fuerzas en la espada.
Los huesos de Dora, estaban blanqueados gracias a los insectos y roedores de por ahí. La Dragona parecía descansar tranquilamente, su cabeza descansaba sobre sus garras y sus alas tiradas a un costado.
Trevan sollozó.
—No pude detenerte —chilló—. No pude detenerte Kainth.
Trevan sintió una mano que se posó en su hombro no para dar conforte alguno, sino para aplicar dolor. Un dolor que Trevan apenas percibió ya que en ese momento el dolor espiritual era más grande. Trevan se incorporó y observó a Kainth. Éste vestía como aquél día: Elegantemente, su cabello recogido en una trenza, su espada y escudos mágicos. Kainth era bello a su manera.
Educadamente, el Guerrero Rojo hizo una reverencia y desenfundó su espada. Kainth susurró algo y los esqueletos de los muertos se levantaron uno tras otro. La Dragona también se enderezó, en las cuencas de sus ojos apareció una luz roja.
—Cobarde.
Kainth sonrió, se envolvió a sí mismo en su capa y desapareció.
Los esqueletos se acercaron al Guerrero Rojo sin ninguna prisa. La dragona esqueleto emitió un grito mudo. Trevan no resistió la situación y se dejó caer. Un destello de luz nació enviándolo a otro lugar.
—Tu eres Trevan fong Dora, guerrero clase tres del Clan del Dragón Rojo —dijo alguien, Trevan abrió los ojos en respuesta y los frotó. Lo único que pudo ver era un hombre. Un hombre que sus ojos penetraban el alma y sus manos sanaban el dolor.
—¿Quién eres?
—Alguien que te necesita.
—Eres ciego, ¿verdad?
—Así es, platícame Trevan lo que sientes que debes platicarme, hazlo o nunca vencerás la ilusión de Kainth.
—¿Necesitas saberlo? Tus ojos, yo sé que ellos ya leyeron lo que quieres oír.
El Ciego solo sonrió y con ese simple gesto, Trevan empezó a contarle todo.
—Como ya tu debes de saber, escapé de casa cuando fui niño. Me volví un ladrón, porque era muy hábil con mis manos y un excelente actor, así que aproveché esas artes para hacerme de riqueza ajena fácilmente —Trevan observó sus manos, analizándolas y frotándolas para asegurarse de que estas fueran reales.
—¿Qué más?
—Cuando yo tenía quince años, lo recuerdo bien, vi a un hombre con armadura roja, el hombre era viejo y sin embargo eso no disminuía el poder y fuerza que emanaban de su interior. Eso fue lo que me llamó, aquella aura de tranquilidad y fortaleza increíble. Me acerqué a él y le llamé: “Papá”, no se porque lo hice, creí que era lo correcto —Trevan se sonrió—. Él me miró a los ojos y las lagrimas brotaron, mi vida se borró y nací de nuevo. “Mi nombre es Kenneth”, dijo él, “Soy un clérigo del Clan del Dragón Rojo. Has venido a mi por mandato de los dioses”, el sonrió, una sonrisa tan… bella, tan paternal, “Te entrenarás con nosotros hijo”.
El Ciego acarició la mejilla de Trevan y el guerrero sintió la misma sensación que cuando conoció a Kenneth.
—Yo contesté: “Así sea”, Kenneth me llevó a Fond-Mor, el cuartel de la Orden del Dragón Rojo. Kenneth era el Maestro Clérigo, el clérigo más alto en rango, el me enseñó que mi oficio no era ser clérigo y me llevó con el Maestro Caballero, su nombre era Jaziel, también viejo y todo un maestro en el combate. Mi entrenamiento con él fue muy duro, claro, yo lo deseaba. No, lo necesitaba. Con el tiempo, me convertí en un Guerrero Clase Tres del Dragón Rojo, un rango antes de ser Caballero.
Trevan se detuvo, su mirada se perdió en el infinito vacío que le rodeaba.
—Continua hijo.
Trevan reprimió la incomodidad y continuó—: Ese día, Kainth von Arbanel, vino a Fond-Mor con un ejército de orcos, trolles, elfos oscuros y ogros. Por supuesto que su habilidad no se comparaba en ningún momento a la nuestra, pero su número era impresionante. No se como Kainth llegó a enfrentarse cara a cara con la dragona Dora, fue una pelea colosal, entre titanes, era obvio que la Dragona Dora hubiera ganado si no hubiera sido porque había una fuerza externa que ayudaba al vampiro, me inclino a pensar que fue Khan gor Math, aquél maldito mago oscuro. La pelea entre los dos seres duró días, hasta que el vampiro hizo un hechizo impresionante, uno que enfocaba luz y energía oscura —Trevan se detuvo nuevamente, respiró profundamente y sintió un escalofrío que le recorrió todo el cuerpo.
—Nos derrotaron, Jaziel y Kenneth pelearon hasta el último respiro, lo sé porque yo estaba a su lado. Kenneth, antes de morir hizo un hechizo de transportación. Me salvó a pesar de que yo no quería ser salvado, claro, eso era tan característico de él y siempre supo que era lo mejor para mi, tal vez por eso le llamé papá. Ese es otro camino en mi mente, me desvíe… ¿En qué iba? Ah, si, el hechizo de transportación me mandó a un lugar que yo desconocía, un enano con un hacha caminaba por ahí, yo tenía veintidós años si no me equivoco. El enano me preguntó a donde iba, yo respondí que a Fond-Mor, tenía que regresar… tenía que saber que demonios había sucedido, que aunque ya lo sabía necesitaba verlo. Analizarlo. “Mi nombre es Jayli”, me dijo el enano, “y estamos en Garth Turan, creo que te acompañaré —claro, si no te molesta—, hasta llegar a alguna ciudad de mercenarios”, así fue como conocí al que considero mi mejor amigo y que si no fuera por la raza y la familia, mi hermano. Más tarde llegamos a la Isla Triángulo donde conocimos a Sart Mondros Nanth, hijo de aquella extraña contraparte de Khan gor Math. A partir de ese momento viajamos juntos.
—Cierra los ojos Trevan y recuerda muy bien esto que te digo. El día que seas un verdadero Caballero del Dragón, tendrás una última batalla, la más difícil de todas. Si ganas o pierdes, realmente no importa, si no dejas que tu alma descanse causarás un gran daño. Ahora ve y busca a Gafrit el dragón verde —Trevan se sintió adormecido por la voz de aquél ser que no conocía y dejó que el sueño se lo llevara tiernamente a un lugar donde se sentiría mejor.
Trevan despertó, se encontró en las afueras de una montaña. Le dolía la cabeza, a pesar de eso se sentía relajado como si hubiera dejado mucho atrás, una carga muy pesada. No recordaba su encuentro con El Ciego.
Observó sus alrededores y no reconoció el lugar.
—¡Vamos! ¡Es hora de la reunión! —gritó una voz, era un caballero con una armadura verde—. ¡Qué estás esperando! ¡Vamos!
Trevan siguió al muchacho que le llamó tan insistentemente, en el camino se dio cuenta de algo muy importante.
Su armadura era verde.
Trevan fue guiado al centro de las montañas, descubrió el hogar de la Orden del Dragón Verde. A pesar de algunas diferencias, su jerarquía y organización era básicamente la misma que la de la Orden del Dragón Rojo.
—Gafrit ha convocado a una reunión —dijo uno— ¿Qué será tan importante como para traernos a todos aquí? El Guerrero Rojo avanzó dentro de una especie de auditorio, toda la congregación de guerreros, caballeros, clérigos, magos, arqueros, paladines y “alados” se encontraban ahí. Trevan repasó sus enseñanzas, los guerreros eran aspirantes a tres clases: caballeros, paladines y alados. Los caballeros eran entrenados en el arte de la espada y el esfuerzo físico, los paladines usaban martillos de forje enano y eran entrenados en cuerpo y mente. Los alados practicaban el arte de usar la lanza y su armadura presumía unas alas de dragón, con ellas podían volar y atacar. Luego estaban los arqueros, quienes usaban ballestas y arcos como sus armas, también se les entrenaba en el combate cuerpo a cuerpo con el uso de las manos. Los clérigos y magos usaban magia, los clérigos aprendían magia blanca y los magos magia negra, Gafrit les había prohibido a estas disciplinas combinar su magia con magia gris al menos que fuera absolutamente necesario, estos hechiceros solían ser los mejores en su campo, ya que combinaban su disciplina con el amor a su arte.
Cada oficio tenía su bloque en el auditorio. Trevan siguió a los guerreros, varios le miraron atentamente porque no lo reconocían. A pesar de su intento de no llamar la atención algunos preguntaron su nombre y procedencia, Trevan les ignoró avergonzado. Un sonido, un guerrero cubierto completamente con su armadura tocó un gong. Al frente del auditorio se encontraban Los Maestros (Caballero, Mago, Arquero, Alado, Clérigo, Paladín) y detrás de ellos reposaba el Dragón Verde Gafrit.
—Demos la bienvenida a Trevan —dijo el Dragón, el auditorio entero guardó silencio—, El es un Guerrero clase tres del Clan del Dragón Rojo que se ha unido a nuestras filas. Trevan es uno de los líderes de la Fuerza de la Luz por mandato de los dioses. Por favor Trevan, ven al frente
Trevan caminó inseguro y sorprendido de la velocidad en la que se estaban desarrollando los eventos. Se inclinó ante los Maestros y Gafrit en señal de reverencia y respeto.
—En un año se hará la Guerra Última, aquellos dignos de la Luz vendrán a nosotros, recíbanlos con los brazos abiertos, enséñenles, y sobre todo, ámenlos. Aquellos que guarden su corazón dentro de una nube de oscuridad serán desterrados a Hurton. ¡Prepárense nobles jóvenes forjadores del destino! ¡Nuestro tiempo ha llegado! Hablen con los dioses, descúbranse a sí mismos, porque es hora de crear la historia. ¡Demos gloria al Clan del Dragón Verde y a la Luz!
Todos gritaron a favor y aplaudieron salvajemente. El dragón miró a Trevan con una sonrisa astuta, la sonrisa de un dragón no se veía muy a menudo y con ello Trevan se sintió en casa. Contuvo sus ganas de llorar reemplazándolas por un rugido tempestuoso.
Cilia.
Cilia y Kainth se miraron a los ojos. Había una sonrisa.
Pero era la sonrisa de ella. Kainth le tenía miedo.
La niña es poderosa, sin embargo eso no es suficiente, la confianza será su ruina, Vaya que es poderosa, tan poderosa como el poder que me atrajo a Erick cuando le conocí. Su sonrisa me dice que tiene una idea de cómo va a pelear en mi contra, pero no me ganará, no le dejaré… estoy débil, me duele todo el cuerpo, me duele el espíritu, ¿Qué me sucede? —pensó Kainth, mantuvo su rostro serio, cuerdo.
—¿Eres tú el poderoso demonio Kainth? ¿Dónde está la sonrisa de la cual Erick platicaba en su diario?
—Por ahí —contestó Kainth indiferente.
—¿Dónde estamos Kainth?
—En la isla triángulo, un bonito lugar para tu muerte bella dama —dijo Kainth en un tono sarcástico, hizo una reverencia y sonrió para pelear por el factor psicológico de la batalla. Kainth necesitaba recuperarlo.
—¡Así que ahí estaba tu sonrisa! —exclamó Cilia burlona y ofendiendo a Kainth.
—Empieza Cilia —Kainth frunció el ceño—. Te doy unos segunditos de ventaja.
—¡Qué generoso! —respondió Cilia altiva, se arrodilló y conjuró en voz baja—: Luz, ¡Oh toda luz!, necesito tu escudo protector hacia la oscuridad, no permitas que la tentación de esta llegue a mi alma y protege mi cuerpo de su látigo impune Cilia dibujó un símbolo en la tierra el cual brilló intensamente, pequeñas luces surgieron de aquél vórtice y crearon un aura de luz en el cuerpo de Cilia, ella se puso de pie.
—Estoy lista.
—Oscuridad, ¡oh toda oscuridad!, necesito de tu tormento y que nubles mi vista ante esta luz que intenta apartarme de tu hermoso camino —susurró Kainth, hizo una línea en la tierra con su píe y de ella surgió una especie de lodo transparente que le envolvió completamente.
—Creí que tú eras más poderoso… no es lógico que te protejas de mi.
—Por si acaso —respondió Kainth, soportando el dolor admirablemente.
Cilia alzó las manos violentamente e hizo su primer movimiento—: ¡Oh Luz, toda Luz! Dame tu fuego puro y exorciza a este impuro demonio, envíalo de nuevo a su mundo de tinieblas, ¡Qué no regresé de la tierra de las almas perdidas! Luces blancas de energía surgieron de las manos de la hechicera y atacaron agresivamente a Kainth, sin embargo, las pequeñas esferas rebotaron en el aura oscura del demonio.
—Oscuridad, ¡oh toda Oscuridad! Castiga con tu látigo impío a este hijo de la Luz que desafía tu grandeza, corrompe su alma y muéstrale tu hermoso y glorioso camino. ¡Si no te adora que esta sea su última y absoluta visión! —gritó Kainth. Cilia se vio por una burbuja oscura de gran tamaño que se contrajo y explotó. Ella permaneció intacta gracias a su aura de luz, aunque sus ojos mostraron un miedo evidente a lo que la burbuja le mostró.
—Oscuridad y luz. Convoco la presencia de un ángel… ¡Qué este destruya a este hijo del velo negro y levante su espada triunfante! —gritó Cilia, la imagen transparente de un ángel se presentó ante Kainth, este poseía una armadura dorada que tenía unas aberturas que permitían desplegar sus grandiosas alas, apuntó hacia el cielo con una espada de gran tamaño que sostenía con ambas manos.
Kainth bajó la guardia por un instante a aquél rostro de compasión y observó como el ángel dejó caer la espada que le hubiera partido a la mitad si no hubiese sido por su aura protectora. El ángel desapareció al romper el aura protectora de Kainth. Kainth se enfureció y conjuró—: Oscuridad y Luz. Convoco la presencia de un incubo… ¡Haz que el deseo destruya su claro juicio!
La imagen transparente de un joven surgió de la nada, este caminó hacia Cilia, el incubo se encontraba desnudo, con un caminar seguro y sensual captó la completa atención de la hechicera. El incubo poseía grandes alas de murciélago, así como un par de cuernos pequeños que sobresalían de su frente, sus ojos estaban inyectados en sangre pero eso no evitaba que fueran sensuales, atrayentes.
Cilia se quedó inmóvil, su aura se disipó poco a poco gracias al deseo que su cuerpo emitía, el súcubo se acercó y le proporcionó un beso en los labios, al hacer esto desapareció tan prontamente como apareció. El aura de Cilia había desaparecido completamente. —¿Le seguimos jugando niña?
Cilia se sintió exhausta, su poder mágico estaba agotado, necesitaba descansar.
A pesar de que es poderosa, no sabe aún enfocar su poder mágico. Ella usó más de lo necesario tratando de sostener su aura protectora en contra del Incubo —pensó el demonio Kainth, recuperó su Sonrisa Maldita y su rostro cambió violentamente de la emoción.
—A ti no te maltrataré como la zorra de Tanya. a pesar de lo perra que te pusiste —gruñó Kainth, riendo y ladrando al mismo tiempo. Alzó su brazo derecho y lo bajó en una media luna, unió su mano derecha con la izquierda al tiempo que murmuró continuamente: Oscuridad, oh toda Oscuridad, levantó las manos al cielo y luz negra empezó a reunirse alrededor de ellas, cuando tuvo suficiente bajó sus manos al torso y conjuró—: Oscuridad, dame tu luz Oscura de muerte ya que este hechizo de Khan gor Math te lo implora y ordena. Mi enemigo será destruido a toda costa.
La energía en las manos de Kainth reaccionó como si estuviera a punto de explotar.
—Luz… ayúdame luz… —imploró Cilia.
—Kainth. Pobre iluso —dijo una silueta que caminó hacia la energía que se formaba en las manos del demonio. El visitante acercó su mano hacía esa energía y la achicó con sus manos ante la sorpresa de Kainth y Cilia.
—¿Quién… quién eres? —preguntó Kainth consternado.
El visitante convirtió la energía negra en una bella esfera de cristal, la dejó caer al piso y esta se rompió. Kainth siguió con la vista los pedazos rotos y se sintió confundido, imposibilitado de hacer algo.
Visitante alzó una mano al cielo y la bajó, el contorno de una espada gigante atravesó a Kainth por la mitad, este quedó en shock y se dejó caer de rodillas. Se inmovilizó como una estatua, su rostro se llenó de frustración e ira, sus ojos se perdieron en un blanco vacío.
Cilia prestó atención al Visitante fascinada, el hombre era apuesto, de cabello largo y blanco, nariz afilada, tez bronceada, cejas delgadas y bien delineadas. Su vestimenta era una camisa de seda y un pantalón teñido de blanco, vestía una capa del mismo color que toda su ropa. De alguna manera, este hombre le recordaba a alguien.
—¿Te conozco? —preguntó Cilia.
—Me temo que no, soy Sart Mornis Nanth y los dioses me enviaron a buscarte. ¿Tú eres Cilia Mondros Nanth?
Cilia asintió.
—¿Eres hijo de Sart Mondros? —preguntó Cilia fascinada.
—No, soy su padre.
Kainth.
—¿Qué me ha pasado? ¿Acaso regresé a la Tierra de las Almas Perdidas?
—No. Estás conmigo.
Kainth dirigió su atención al hombre que le habló y no pudo distinguirlo por completo, lo único que pudo ver con claridad eran sus ojos, unos ojos que no le observaban a él… observaban a su alma, la recorría y analizaba minuciosamente.
—Estuviste a punto de morir, estas a diez segundos de regresar con tu amigo El Caballero Gris.
Kainth se sintió humillado, avergonzado y en vez de enfurecerse, sollozó como un niño.
—Perdón.
—Ve, y da lo mejor de ti, hijo Kainth.
—Así se hará —murmuró Kainth, se dio cuenta de su repentina invulnerabilidad y no le importó. Observó que esto le otorgó nuevas fuerzas y una nueva visión, sintió cambios en su interior.
—Eres hermoso Kainth von Hersst —sonrió El Ciego—. Tu transición a demonio ha terminado. Eres un nuevo ser ahora y francamente me siento honrado al presenciar este nuevo tú.
—Yo más honrado me siento de haberte conocido. No sé quien eres, pero estoy feliz de que un ser de tu grandeza reconociera mi valor. Me llamaré “Kainth el hermoso”, en tu honor.
—Vete Kainth el hermoso y cumple tu destino. Recuerda que eres muy importante para mí, ya sabrás lo que tienes que hacer. Kainth respondió con una reverencia, cerró sus ojos, su cuerpo cambió drásticamente, pudo sentirlo. Al abrir sus ojos…
…Cilia y Sart se encontraban ahí, observándolo.
Lo miraban diferente, con un destello de sorpresa y extrañeza en los ojos. Kainth descubrió que él también los veía de una forma diferente.
—¿Qué fue lo que le sucedió? —preguntó Cilia a Sart.
—Kainth se ha estabilizado. Ya es un demonio en su totalidad, es hora de irnos.
—Su rostro… y aquellas alas… me da miedo admitirlo, pero es hermoso.
Hermoso.
Kainth revisó su cuerpo, su piel se había tornado azul grisáceo, su textura era suave y lisa al tacto. Kainth aún vestía los restos de las ropas con las que visitó a Trevan y las había deshecho casi en su totalidad al crecer de tamaño, fijó su atención en sus píes esperando a ver espolones, pero no fue así. Miró a su alrededor y se dio cuenta de otro cambio, ya era más alto, calculó que su altura oscilaba entre los dos metros de estatura. Recuperó la forma de su cuerpo anterior eliminando por completo el rastro de Hersst, con una diferencia: Kainth poseía un par de alas negras, las movió para sentirlas y probarlas, se elevó al cielo y sonrió.
Sart tomó a Cilia del hombro.
—Larguémonos, no hay nada que hacer aquí… la guerra aún no comienza.
Kainth cruzó los brazos, se quedó suspendido en el aire, cerró los ojos y comenzó a dormitar, necesitaba descansar un poco. Antes de quedarse completamente dormido murmuró—: Que los hijos de la luz que añoren a la oscuridad vengan a mí. Es el mandato de Kainth el hermoso y de los dioses oscuros.
Y ellos escucharon su mandato.
Argarath escuchó un sonido abrupto que le despertó, se incorporó rápidamente y miró el cadáver descompuesto de una persona que estuvo a su lado.
—¿Sart? —levantó el cuerpo con cariño y se dirigió a un cuarto del Castillo. Suavemente lo depositó sobre la cama, se arrodilló ante él y lloró su muerte.
—Castillo, bríndame aseo y promete que cuidarás el cuerpo de este bello hombre —susurró Argarath, sorprendentemente el Castillo le obedeció. Una barrera mágica se formó en torno de la cama de Sart y a Argarath le rodeó un cuadro de luz mágica que le despojó de sus ropas maltratadas, le limpió el cuerpo y le otorgó nuevas vestiduras, una armadura decente, una espada y un escudo.
—Castillo, ¿A dónde voy para ser Avatar? —preguntó Argarath.
—Soy viejo y crees que mi antigüedad me ha otorgado todo conocimiento, así debe ser. Argoth ark Gorath hay respuestas que no puedo darte, no es mi deber. Ve y busca tu el camino Argoth ark Gorath —contestó el Castillo de la Razón.
—Castillo, es hora de irme —dictó Argarath—. Te agradezco y a la vez, te maldigo. Ni cien años de soledad pagarán un segundo de mi sufrimiento en este lugar.
—Vete en paz, que más tiempo he vivido maldito. Eres de los pocos que conoce la identidad real de aquél bufón con pinta de rey que se hace llamar Pensante, aprovecha ese conocimiento y entenderás que mi libertad vale más que tus palabras. He existido tanto tiempo como aquél que no ve el cuerpo pero si el espíritu y aquél otro que camina errante que cree llamarse Thornef, Thanhed o Thondred.
Argarath negó confundido ante aquél enigma. Sin más palabras abandonó el Castillo de la Razón.
Argarath llegó a un cráter, era de día cuando salió del castillo y cuando llegó hasta ahí el sol ya se escondía.
—¡Dioses! Solo una criatura tan magnífica como un dragón pudo haber hecho esto —exclamó Argoth, calculó su profundidad en doce humanos de píe y su diámetro era tan grande como una villa, casi un pueblo entero—. ¿Qué hago?
—Argoth, ¿me escuchas?
—¿Quién eres?
Sart hijo conoció al Caballero Gris en persona, aquella divinidad que le dio vida para revitalizar a su querido ?hijo? Argarath. Figura santa que se encontraba de pie a un costado de la cama, con los brazos cruzados, en la mano derecha sostenía una guadaña. Su capucha estaba puesta escondiendo su rostro a excepción de sus ojos, los cuales brillaron intensamente. Sart notó curiosamente que la toga de la Muerte era negra.
Al ver esos ojos, Sart sintió la misma necesidad que Argarath de saber que significaba esa expresión: ¿Odio, furia, tristeza… amor?
—¿Amigo o Enemigo? —preguntó el ente oscuro.
—Antes de irme, quiero saber una cosa —dijo Sart, El Caballero Gris no hizo ademán de escucharle pero aún así se arriesgó a preguntar—: ¿No está prohibido que tú actúes en asuntos mortales?
El Caballero Gris no respondió.
—¿Amigo o Enemigo?
Sart miró incrédulo a la figura oscura.
—¿Por qué no me contestas?
—¿Quién eres tú para exigirme respuestas?
—¡Yo debí haber preguntado quién eres tú para romper el orden!
—Yo… fui Pensante… Creador… y tú eres uno de los frutos de mis delirios… de mis fantasías…
Sart negó profundamente decepcionado e incrédulo de lo que escuchaba. La frustración que le embargó en el momento no se comparó a ningún otro sentimiento que hubiera sentido en vida.
—Pero tu ya no eres un Creador. ¡Eres uno de nosotros! ¿No imaginas el horror y caos que estás ocasionando?
—Destruiré hasta poder crear.
—¿Tú controlas a Argarath?
—El es un creador, si. Cuando yo lo absorba, yo seré un Creador nuevamente.
—¿Por qué quieres qué él sea un Avatar?
—Para poder absorber a Argarath y su Poder Creador tengo que debilitarlo primero, por eso tú lo criaste, por eso te mandé a que lo cuidaras. Ahora ya tiene las bases y cuando el logre ser Avatar, se convertirá en un ser más de este mundo.
—Así anularás su poder creador.
—No, porque lo tengo bloqueado, cuando lo libere ya habrá sido tarde, ya lo habré absorbido.
Sart se sintió mal.
—Es hora de que sufras, fuiste un buen instrumento, me duele dejarte así —una lágrima cayó del rostro de La Muerte—. Eres una de mis más fieles creaciones.
—No.
—Te amo —La Muerte alzó su guadaña.
—No. Espera, espera… no he contestado tu pregunta. Enemigo, elijo ser tu enemigo.
La Muerte alzó una ceja.
—Te has comprado un poco de tiempo, te doy oportunidad de que hagas una sola acción —El Caballero Gris se sintió intrigado, deseaba con curiosidad extrema ver que había planeado aquél ser tan diminuto, tan débil.
—Necesito toda mi fuerza de voluntad —Sart cerró sus ojos y creó un nuevo hechizo—: ¡Dioses! ¡Claros, Oscuros! ¡Presento ante ustedes un hechizo de inventiva propia!
Sart alzó sus manos, el Caballero Gris abrió la boca y alzó velozmente su guadaña. Sart miró con temor el brillo de la navaja y apresuró sus palabras al mirar el arma caer con furia.
—Oscuridad y Luz, que lo que reste de mi espíritu se entrañe a la vida material, quiero que mi mente y mis conocimientos sean regalados a la persona de mi elección de nombre: Argoth ark Gorath.
—¡NO! —gritó La Muerte y al dar el golpe con la Guadaña sólo cortó el aire, porque los dioses concedieron a Sart Mondros Nanth su hechizo y la inmortalidad de su espíritu.
¿Quién me está tendiendo las manos?
¡Veo sus ojos de gris blanquecino!
¡Eres tú! ¡Realmente existes! ¿Qué me estás enseñando? ¿Un cráter? ¿Qué hay ahí? Es una persona, es Argarath.
—Argoth… ¿Me escuchas?
—¿Quién eres?
—Soy Sart, su mente y sus conocimientos, he venido a guiarte, déjame entrar a tu mente.
Argarath no hubiese dudado en darle la entrada, pero alguien lo evitaba, alguien le hacía dudar. Hizo un esfuerzo mental para hacer a un lado aquella duda infundada y cuando estuvo listo, Sart y Argarath se volvieron un solo ser.
Argarath no se debilitó, ni perdió su poder Creador en el proceso, sino que se hizo más fuerte, ya que adquirió los conocimientos de Sart y sus hechizos mágicos. Sart a su vez, pudo ganar voz en la conciencia de Argoth lo que le daba un control sobre él posiblemente mayor al que el Caballero Gris poseía.
Otra parte de la conciencia de Argarath despertó y pensó cuanto había sido controlado toda su vida, que se encargaría de que esto ya no se permitiera. Esta conciencia subversiva se escondía a los ojos del Caballero Gris y a los de Sart, y solo había demostrado una pequeña fracción de lo que era capaz al haber tomado el control cuando fue transformado por Cilia el día del Lobo Rojo. Erick la conocía un poco y le había temido.
La Conciencia esperaría.
—Me siento nuevo —dijo Argarath.
—¡Yo también me siento diferente! —mencionó Sart en su mente.
—¿Sabes como puedo llegar a ser Avatar?
—Tenemos que viajar a las Tierras Oscuras. Allí encontraremos el camino a los Dioses Claros, ellos nos dirán que hacer para convertirnos en Avatar.
Un comentario hasta el momento ↓
hola estoy sorprendida desde hace 3 años retumba uno de los nombres de esta historia en mi…busque por todas partes pero no se si habria escrito mal dicho nombre no encontraba informacion. Hoy a 3 años a punto de irme a un retiro espiritual, en capilla del monte, cordoba, mas precisamente al cerro uritorco lo encuentro. espero que si alguien se soprende con esto tambien me escribe e inclusive aquel que escribio la historia. Gracias
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