Hacía dos años que lo conocía y pensaba que estaba loquito, cuando se tomaba tiempo para cantar o saltaba de adelante para atrás sin control. Primero le había caído bien el detalle, los momentos espontáneos de locura de aquel compañero de trabajo… y después se le hicieron hartantes. La espontaneidad perdió sentido, sabía qué haría y cuándo lo haría. A las dos cuarenta de la tarde, gritaría cuanta hambre tenía, a las seis treinta y dos, seguramente empezaría a bailar tango y cantando con aquella voz desafinada lo mucho que quería irse a casa.
Los demás habían aprendido a hablar de él a sus espaldas, de su locura, de su malformación mental, de lo cansado que era lidiar con él. Sobre todo él, que pensaba que estaba loquito.
Empezó primero por contestarle mal y de forma negativa a todo lo que el pedía, después se atrevió a negarle el saludo unas ocasiones, rápidamente, midió los comentarios mordaces que podrían hundirlo y callarle la locura y se convirtió en experto en domar al que pensaba que estaba loquito.
Y hubo un día que despidieron al loquito y se sintió contento. Tan contento que miró el reloj a las 2:40 e inmediatamente después, gritó que tenía mucha hambre.








2 comentarios ↓
Jaja, esos compañeros de trabajo del infierno…
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estoy loquito
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