Poder Gris. Capítulo 5: “Raices”

Raíces.

El rayo de luz penetró en su sueño y encontró una velada prometedora en sus ojos. Sintió el calor del sol como el seno materno en el que había sido cuidado y protegido. En ese preciso instante de comodidad, salió de entre la penumbra de sus neuronas una pregunta abrumadora e insistente.

¿Quién o Qué demonios era su madre?

Argoth regresó a diversos recuerdos con la velocidad de un rayo, sin tiempo que perder revisó cada uno de sus archiveros mentales llenos de telarañas y espacios en blanco, ninguno de ellos tenía alguna etiqueta que dijese: “Mamá”, “Mami”, o “La Mujer que me Parió”, entonces fue cuando encontró un archivo relacionado a su búsqueda: “Ojos”. Hurgó en él como un niño abriendo regalos, el regalo más especial debía ser este ya que era una caja muy grande y envuelta en listones de oro y papel de payasitos. Argoth se imaginó a si mismo como un niño, sentado en algún lugar desconocido —pero en su interior, tan conocido como la palma de su mano— vestía ropas que no iban de acuerdo a donde estaba ahora y lo más especial, el ganador de la escena bizarra era el árbol decorado (otro recuerdo sin descubrir, pensó Argoth), dejó todo eso a un lado para abrir su regalo.

En ese regalo apareció por primera vez la imagen de su madre. Tan vivida, tan cálida, que Argoth sintió como sus lágrimas fluyeron. Lo primero que observó fueron sus ojos, los culpables de que el estuviera en ese recuerdo, tan brillantes y juguetones, tan felices, de un color castaño, muy expresivos. Al ver esos ojos, ante él, se descubrió el resto de esa figura especial que estaba buscando, Argarath procedió inmediatamente a guardar esa imagen en un nuevo archivero, uno llamado “Mamá”, conservó su nariz, su barbilla, su rostro entero, no quería olvidarla, no quería volver a preguntarse quien fue la mujer que lo cuidó alguna vez.

Entonces llegó el Caballero Gris.

La Muerte miró a su protegido con severidad, de alguna manera, pudo entrar en el archivero llamado mamá, lo analizó minuciosamente, hizo una mueca de disgusto y con firmeza empezó a destruir el dibujo mental que hizo Argoth, este empezó a gritar, a resistirse, pero todo fue inútil. Su madre se esfumó y volvió a tener un pasado oscuro otra vez. El Caballero Gris vigilaría a su alumno y regresaría para matar el recuerdo si este volvía a nacer, cuantas veces fuera necesario ya que no podía arriesgar la fortaleza de su alumno.

Destruiría hasta poder Crear.

Jayli aún no podía creer que el vampiro llamado Erick pudiera sobrevivir a la luz del Sol, no era natural y seguramente una mofa de los dioses si era cierto que era su verdadera y única voluntad. Un vampiro no debía ser inmortal y el apoyaba totalmente su propia opinión, aunque le costase toda su sangre.

Erick de igual manera prestó atención a todo movimiento, por más mínimo, que el enano cometiese, sus instintos de vampiro le avisaron de la inconformidad del enano, así como de sus gruñidos y miradas furiosas. Erick comprendió que no odiaba al enano, sencillamente le tenía desconfianza.

Ambos parecían gallos de pelea.

Cilia estaba callada, su cabeza apoyada en el regazo de Sart buscando apoyo, como una hija confundida. Él le murmuró que todo estaría bien y acarició su cabello como si fuera su padre cariñoso.

—Tenía tanto miedo de perderte hijita —dijo él en tono paternal. Cilia se pegó más a su cuerpo, sus ojos estaban humedecidos por las lágrimas.

—No pude padre Sart, no pude ayudar en la pelea contra mis viejos amigos.

—No te preocupes mi niña. Un mago antes que cabeza debe tener corazón. Eres mi mejor alumna y sabes controlar ambas cosas, serás una maga excelente. Ya lo verás.

Sart besó la frente de Cilia y esta esbozó una breve sonrisa de simpatía por las palabras consoladoras. Aunque seguía angustiada por su pobre desempeño y por la pérdida de sus amigos, evitó pensar en ello y se abrazó al mago que era como su padre. Se quedó en él recargada y continuó meditando acerca de lo sucedido.

Trevan observó el cuadro, ese cuadro que no había visto hacía tiempo de ‘Padre e Hija’. Se negó así mismo sin saber exactamente porque y decidió repasar los eventos de hacía dos días.

El, Jayli y Sart se teletransportaron a las afueras del castillo, Sart balbuceó algo acerca de que no podía llegar hasta el interior del mismo por culpa de unos temblores provocados por una fuerza externa, caminaron preparándose para todo, Sart se notaba bastante preocupado y a pesar de su edad, se mantuvo erguido. Por un breve segundo, esa determinación trajo recuerdos a Trevan de la Dragona Dora e inundó su sentir con nostalgia. Una nostalgia tan grande que hizo que recargara su espada hacia un costado.

—No deberé ser débil y apartar mi arma, regla tres del Clan del Dragón Rojo —dijo Trevan en voz baja, apretó sus dientes, se forzó a sonreír y levantó su arma reprimiendo la ira del recuerdo. Su momento de debilidad fue interrumpido al escuchar unos aullidos cercanos a su posición, se voltearon a verse unos a otros y corrieron velozmente hacia el castillo de la Razón y se detuvieron en seco al ver el escenario que les rodeaba.

Jayli emitió un pequeño gemido. Los lobos rojos se negaron a notar la presencia de los recién llegados, los tres guerreros caminaron inseguros entre los animales y observaron las manchas de sangre, tejido y pelaje que estaban desparramados por todo el lugar, habían lobos que seguían con vida tirados en el piso porque tenían algún hueso roto. Los de mejores condiciones andaban en tres patas.

—Admirable —murmuró Sart—. Su lealtad intacta a pesar de sus cuerpos rotos. Debo erigirles un monumento para que les recuerden por su inquebrantable espíritu.

Jayli encontró insoportable el lamento de los lobos y se tapó las orejas, no quería escuchar la perdición, era tan tétrico. Sart cerró los ojos y alzó su cetro hacía al cielo.

—Luz… ¡Oh, Toda Luz!, este hechizo es de Sart Mornis Nanth y te implora que elimines el sufrimiento de sus almas, haz que estas encuentren el mundo de los muertos y que sus cuerpos se hagan piedra recordando a los demás sus actos.

Trevan escuchó como se apagó el aullido de los lobos paulatinamente y vio como sus cuerpos cambiaron de textura y color, de un pelaje rojo sucio a piedra negra y brillante. Vio como las almas de los lobos salían de esas nuevas estatuas y buscaban su hogar en el cielo.

—¿Cómo es qué no te cansaste con el hechizo? —preguntó Jayli en un tono de voz extraño.

—Mi padre lo creó con la finalidad de usar la energía que el sufrimiento genera y no al propio mago. Si el sufrimiento del sujeto al que se le aplica es grande el hechizo funciona bien.

Trevan observó la expresión de Jayli y pudo notar el terror escondido, el de un hombre que estaba enloqueciendo, pero no dijo nada. Vio la sangre en los muros del castillo y no pudo evitar expresar una mueca de asco, la puerta principal se abrió sola, miró a Jayli nuevamente y se dio cuenta de que el enano aún escuchaba el aullido de los lobos en su mente.

—Como cuervos —susurró Jayli, juntos entraron al castillo. Una fuerza les guiaba—. ¿Por qué los lobos no notaron que estábamos ahí?

Jayli preguntó en voz baja, muy despacio, repitió su pregunta para si mismo varias veces. Trevan lo miró incrédulo de sus palabras y notó como Jayli se encontraba realmente mal, su rostro empapado de sudor, sus ojos muy abiertos. Sart avanzó hacia Jayli, puso la mano en su frente y le susurró algo en el oído, el enano cayó y empezó a flotar. Estaba inconsciente.

—Jayli no había visto un hechizo tan poderoso antes, por eso cambió tan profundamente. No te preocupes, cuando despierte se calmará.

—¿Jayli todavía creía que los lobos eran reales?

—Eso, o alguna otra ilusión. Generalmente los hechizos de esta magnitud invocan viejos recuerdos. Probablemente Jayli tuvo alguna regresión.

Trevan miró a Jayli y se preguntó que recuerdo le habrá atacado. Pensó en su rostro demente y sus palabras: ‘Como cuervos’. Asoció ese miedo con la frase y se estremeció un poco. Miró hacia atrás, vigilando el cuerpo flotante de Jayli, agradeció en silencio su entrenamiento con el Clan del Dragón Rojo y continuó caminando.

—Como Cuervos.

—¿Perdón? No te escuché Trevan.

—Ah, nada Sart, nada importante.

Luego ocurrió que encontraron a Cilia y a Erick cuidando el cuerpo desecho e inconsciente de Argarath, Jayli volvió a la normalidad y ahora se encontraban todos esperando a que Argarath despertara de su pesadilla. Erick y Jayli, matándose con la mirada, Cilia y Sart jugando al padre e Hija y Trevan recapitulando los eventos de hace dos días.

Sart moría.

Todos morirían, pero su hora estaba llegando.

Con cariño miraba a Cilia y notó que en su cuello llevaba un collar, un pequeño amuleto de la suerte, era Sol, el ratón de madera reducido de tamaño por medio de magia. Era su medalla, el futuro de que algún día tendría el poder de darle vida. La respiración de Cilia era suave, dormía cómodamente en los brazos de su maestro Sart.

—No pudiste darle vida. Se que algún día tendrás el poder para hacerlo niña, se que así será —susurró Sart y miró como Jayli roncaba sin preocupaciones, Trevan dormía tranquilo.

Erick estaba meditando, se había desconectado totalmente del mundo. Sart a pesar de tener experiencia con los caminos extraños de los dioses, no sabía que era posible que consideraran hacer inmortal a un vampiro. La inmortalidad traía extraños recuerdos a Sart Mondros, por su padre: Sart Mornis Nanth, quien había logrado ser inmortal por medio de duro estudio, trabajo constante y muchos sacrificios. Eso impulsó a Sart hijo a estudiar magia blanca y superar a su padre, pero se perdió en alguna parte del camino, una parte donde conoció a un enano y a un guerrero viajando juntos. Los aceptó y lo aceptaron, ahora eran una familia. Ya no deseaba ser inmortal, ni superar a su padre, lo único que anhelaba era ser padre el mismo. Nunca pudo conocer a una pareja ya que había perdido su vida en querer ser como el grandioso Sart Mornis Nanth. En ese instante de autocompasión por la perdida de su vida social, vino a él una visión de cinco niños perdidos e intentando escapar de unos lobos. Lo resto es historia, rescataron a Argarath y a Cilia, y se dedicó a ser su mentor, su maestro, su papá. La entrenó a ella en el arte de la magia blanca, así como él quiso alguna vez que Sart padre lo entrenase a él. Les brindó su cariño, su apoyo y sus conocimientos. Presenció con amor el amor de sus ‘hijos’ y como empezaron a amarse entre ellos.

Su vida, estaba llena, salió con éxito de la mierda en que se había convertido y ya no tenía nada más que hacer en el mundo de los vivos.

Sart murió.

Todos morirían, pero su hora ya había llegado.

Jayli despertó y se sintió muy bien. No recordó su momento de locura y ni siquiera le importó el maldito vampiro. Todo lo que quería hacer era usar su hacha, tenía que ponerse a hacer ejercicio o de lo contrario sus músculos se atrofiarían. Jayli recordó con cierto desdén como Trevan se burlaba de su “gordura”. Se puso de píe y escuchó como Cilia se paró a su lado, Trevan hizo lo mismo del lado opuesto.

Los tres sintieron una fuerza que les guiaba.

—El Castillo está a control de Erick, no creo que nos pase nada malo, debe ser que le pidió que nos invitara a algún lugar para darle tiempo de meditar en soledad. Además Sart está cansado, necesita descansar, es mejor que los dejemos solos —dijo Cilia, con una voz que intentaba ser segura pero fracasaba. Con esas palabras dichas, los tres siguieron a la fuerza del Castillo.

Erick continuó su meditación y Sart se entregó al Caballero Gris.

—Te vencí.

El demonio y el ángel se miraron a los ojos. Las almas perdidas, algunas lloraron, otras rieron. Todas bailaron alrededor de los dos personajes.

—Te vencí —repitió Kainth y volvió a recuperar su bella figura con la suavidad de un soplido—, y como te prometí nos vamos a divertir… o ¿quieres que nos sigamos jalando de los cabellos?

Ella respondió con una mirada de odio. Kainth se acercó y le dio un beso en la mejilla a Tanya, ella había perdido sus poderes por haber sido vencida por un demonio.

Las manos de Kainth, acariciaron el cuerpo de ella, con un hechizo la había paralizado completamente. La lengua de Kainth creció y lamió el rostro del ángel. Él sonreía… esa sonrisa que no tenía planes de matar a Tanya.

Erick, se sumergió en su sufrimiento, estaba acostumbrado a consolarse a sí mismo y meditar hasta que el mundo tuviera sentido otra vez. Si, hasta que el mundo vuelva a ser el mismo, nunca era el mismo, lo único que hacía era perder el tiempo negándose a los cambios y acabando por aceptarlo.

‘Dioses… solo si Tanya/Crisidia estuviera aquí’.

No Erick. No están contigo, porque eres un chico malo, eres el No-Muerto, el ladrón de Almas, ¿cómo va la canción? Oh si… Es Erick el no-muerto, que anda como espantapájaros en el…’

‘¡CALLA!’.

Erick cerró los ojos y susurró el hechizo para percibir la energía del ángel Tanya, a cambio recibió la imagen de una sonrisa, esa expresión oscura que era la favorita de sus peores pesadillas.

Se levantó y buscó a Cilia, ni ella, ni el enano, ni el guerrero estaban, solo el mago que parecía estar durmiendo. Salió al pasillo y entró al cuarto donde dormía Argarath para revisar su condición. No había mejorado mucho.

—Castillo, ¿dónde están mis invitados?

—El amo Kainth dio ordenes de guiarte. Sígueme —Erick palideció de horror—. No puede ser, si Kainth está muerto… debería estar muerto. ¿Cómo ha hecho para regresar?

Sin opción, se arriesgó a seguir a la fuerza del Castillo. Profundamente…

…en la oscuridad.

El Caballero Gris se enojó.

Tanya era uno de los ángeles más poderosos y había perdido. Sus planes tendrían que modificarse. El nuevo Kainth había adquirido habilidades y poder a tal grado, que inclusive él debía respetarle y tener cuidado.

—No te tengo miedo —se remojó los labios—. Yo soy El Creador.

La Muerte dirigió su mirada al viejo moribundo y sonrió.

—Lo siento Sart. Todavía no es tu hora, no de acuerdo a mis planes —La Muerte cerró su puño, alzó su brazo y abrió su palma, el movimiento hizo que el fuego de la vela de vida de Sart creciera.

—Vivirás lo suficiente para curar a mi niño, Sart.

Fue la primera vez que la Muerte intervino en la vida de un ser moribundo para su propio beneficio. Los dioses, tanto claros como oscuros se enfurecieron y entendieron que el Caballero Gris tenía un plan catastrófico. Tendrían que actuar, no debían permitir el sacrilegio.

—Creo que nos conducen al Segundo Sótano del Castillo, lo leí en el Diario de Erick —dijo Cilia. Trevan y Jayli no contestaron, prefirieron el silencio para caminar su destino. Cilia se había dado cuenta de que ya no era Erick el amo del Castillo, el que lo controlaba ahora era alguien maligno, oscuro.

—Nos enfrentaremos a Kainth —dijo Cilia.

Jayli no tenía ni la más mínima idea de quien era Kainth, pero Trevan si y su rostro cambió radicalmente, Cilia sintió como Trevan se enfrío completamente, su corazón se petrificó. Poco sabía del pasado de Trevan y el siempre se molestaba y rehusaba a contestar cuando ella le preguntaba.

—… K a i n t h … —la voz de Trevan dictó una sentencia de muerte, Jayli tuvo el impulso de utilizar su hacha en contra del guerrero. Cilia lo miró a los ojos y no vio nada, ni su reflejo. Siguieron avanzando sin decir palabra, con la diferencia de que el enano y la hechicera no sabían quien era el enemigo ahora.

Escucharon pasos.

Trevan fue el primero que volteó con su espada levantada. El pasillo por el que caminaba estaba oscuro pero pudo discernir las paredes de gran ladrillo, las antorchas apagadas, los pilares ornamentales y los arcos majestuosos. Trevan no quiso distraerse, en una de sus rápidas distracciones creyó mirar cuadros que cambiaban constantes. También pudo mirar la silueta que caminó hacia ellos.

Los pasos se acercaron, Trevan cerró los ojos y escuchó como su corazón latir con fuerza, pum, los pasos parecían acoplarse a ese ritmo, pum- pum, pasos lentos y tranquilos, sin prisa, pum, que aceleraron poco a poco, más cercanos, pum, cerca, ya estaban cerca, pum, muy cerca, pum… Trevan olvidó la segunda regla del Clan del Dragón Rojo: ‘No dejarás que tu temor nuble tu juicio’. Jayli y Cilia se encontraban inmóviles, esperando que algo pasara.

—Los cuervos… —susurró Jayli— …vienen los cuervos… ya vienen…

Trevan alzó su espada en forma de ataque y corrió hacia el dueño de los pasos, un grito de guerra que hizo temblar a Cilia salió de su garganta, se detuvo y con la destreza de su entrenamiento, clavó su espada en la profunda oscuridad. O eso creyó.

El dedo pulgar y el índice de una mano blanca detuvieron la espada mortal.

—Oh… Erick… —suspiró Cilia aliviada.

Argarath abrió los ojos lentamente, no sintió que el descanso hubiese surtido efecto en su condición, ni en lo más mínimo. En su mente aún quedaron vestigios de una pelea por mantener una imagen en su archivero cerebral.

—¿Qué más da? seguramente lo volveré a recordar.

Se incorporó pesadamente, sus ropas rasgadas por una pelea reciente y la sangre seca le cubrió todo el cuerpo. —Me siento muy mal —balbuceó, con extrañeza miró un reloj destrozado y de inmediato recordó donde estaba. Se limpió la baba seca en su boca y barba y caminó como un zombie hacia un espejo enorme, impresionante. Se preguntó si Cilia lo había visto antes, o si había comentado al respecto, ya que no lo recordaba.

Admiró su reflejo, y vio como su piel estaba llena de marcas de garras, cicatrices, sangre seca y algún (o algunos) otro líquido corporal del cual no prefería investigar. El sentido visual conectó su sentido olfativo, este a su vez a su estómago y empezó a sentir nausea. No pudo evitar volver el estómago y arrastrándose, salió medio muerto del cuarto.

—Medio muerto… pero medio vivo aún —con una sonrisa amarga, se dirigió a una habitación contigua a la suya, el sabor el vómito en su boca lo hizo volver el estómago de nuevo. Se dejó caer, necesitaba un respiro, se acarició la frente buscando limpiar el sudor frío, gritó de desesperación y después de unos minutos se levantó de nuevo. Como muerto, pudo meterse a la habitación que había visto hace un momento.

—Aunque muerto… defenderé la vida —sonrió y empezó a reír sin un algún motivo en particular, la nausea regresó a el castigándolo por su repentina alegría, esta vez Argoth se contuvo con todas sus fuerzas. “¡Cilia!”, gritó una y otra vez, una mano rodeo su hombro y le obligó a sentarse, ‘Cilia’, susurró, como un niño que ha encontrado a su mamá después de perderse.

—Ya vamos, te curaré hombre y verás a Cilia. El Caballero Gris me dio el tiempo de vida suficiente para curarte, no desaproveches mi sacrificio —sonrió Sart y acarició la frente de Argoth, su mano empezó a brillar, de igual manera, Argoth fue cubierto por un aura de luz.

Sart no sabía como iba a causar sufrimiento ese último gesto paternal.

Kainth se cansó, tanto placer cansaba hasta a el más deseoso.

—Ya no me eres necesaria perra —Kainth frunció el ceño dejando ver la furia que sentía. Tanya pensó lo peor y lloró, la lengua del demonio y otros actos le habían hecho sentir horrores, no quería ni imaginar lo que seguiría después de esto.

Kainth sonrió con el rostro desfigurado, era como una masa de barro húmedo que cambiaba entre el bello rostro de Kainth y el cráneo burdo de Hersst.

—Solo que ahorita tengo asuntos que atender. Si te gustó nuestro pequeño acto y quieres seguir siendo mi esclava —los ojos de Kainth brillaron—. Adelante, espérame aquí.

Kainth río burlonamente, se remojó los labios lo que le provocó a Tanya un escalofrío. El demonio susurró un hechizo y desapareció. Tanya sollozó, se sentía muy mal, casi enloquecida.

—Oh dioses. Inclusive la muerte es mejor que cargar en vida con la humillación que me han obligado a sentir y que sentí con todos mis sentidos —Recordó con mucho dolor lo que Kainth le había hecho. Un recuerdo insistente que no le abandonó y le obligó a vivir todo de nuevo. Y como prometí… nos vamos a divertir…

Las almas perdidas ulularon a su alrededor, un sonido muy intenso, tanto como el dolor del ángel caído.

—Luz —susurró Tanya, asegurándose que realmente quería lo que estaba apunto de cometer—, no puedo sobrevivir al terror y humillación que me rodean y que me seguirán persiguiendo hasta el final de mis días. Te pido que repartas mi energía vital entre mis seres queridos.

La imagen de Erick vino a su memoria, que ser tan fascinante, le hubiera gustado conocerle más, vivir a su lado, inclusive tal vez renunciar a su estado de ángel por él. El pulso de Tanya y su respiración se hicieron lentos, su calor corporal disminuyó, las almas perdidas acallaron el canto poco a poco. Ella sonrió, sentía que por fin encontraría paz.

Todos morirían, pero su hora, ya había llegado.

Erick sintió su muerte, le embargó un sentimiento de inseguridad y desesperanza, una lágrima resbaló de su mejilla. Se detuvo, susurró un pequeño hechizo y una rosa azul que flotaba en el aire apareció. Tomó la rosa, la dejó en el pasillo, se hincó un momento y continuó a lado de sus acompañantes.

Llegaron a una parte donde el pasillo se dividía en cuatro. Se pusieron a discutir que camino escoger cuando Trevan les interrumpió.

—Extraño. Cada una de las puertas tiene una placa con nuestro nombre grabado —dijo Trevan, el enano se acercó a cada una de las puertas para verificar la sentencia y dejó salir una carcajada.

—¡Es cierto! —exclamó el enano.

—No creo que debamos caer en el juego de Kainth —la voz de Cilia casi inaudible.

—Nos arrastrará a su juego de todas maneras, entre más rápido atravesemos por él, veremos al verdadero enemigo —contestó Erick, buscando apoyo en su teoría volteo a ver al guerrero y se dio cuenta de que este había sido reemplazado por un demonio de odio y venganza.

—Espero que nos veamos después de esto —dijo Jayli encogiéndose de hombros y atravesó su puerta del pasillo. Trevan sin decir palabra, entró a su puerta correspondiente.

—Erick —dijo Cilia—. Te quiero ver después de esto, no cometas ninguna estupidez. No quiero perderte de nuevo El vampiro solo contestó con una breve sonrisa que a ella no le otorgó ninguna confianza. Cilia respondió con un gesto cariñoso de todas maneras y ambos continuaron con su destino.

Era hora del juego de Kainth.

La Muerte se impacientó y tras su capucha el fuego de sus ojos creció.

—Oh… Kainth von Hersst, vas a desear haberte quedado Muerto —murmuró con una voz oscura, por un momento el color gris oscuro de su toga se negó a cambiar a claro. Sólo por un momento. Cuando intervino en el fuego de la Vida de Sart, había roto una regla y perdido una inmensa cantidad de poder en el proceso. Ya no podría intervenir de nuevo lo que implicaba que no podría destruir a la amenaza de Kainth.

—No puedo intervenir y quitarle la vida. Maldición, ¿Por qué no predije esto?, aunque por otro lado, Kainth, puede ser de mi beneficio —susurró el Caballero Gris y la toga, lentamente, recuperó su ciclo normal, de gris oscuro a gris claro y viceversa—. Descansaré, recuperaré mis fuerzas e intervendré cuando sea el momento preciso.

Su puño tembló. La furia hizo que el Caballero Gris gritara con todas sus fuerzas.

Y después del grito, se sintió bien.

Sin comentarios ↓

Todavía no hay ningún comentario. Anima las cosas un poco y comenta usando el formulario que esta abajo:

Deja un comentario