Entradas escritas en Abril, 2003 ↓

Descanso obligado

Las circunstancias me han obligado a un descanso… no tengo computadora, porque verán, una cosa llevó a la otra y viceversa. Al final, acabé con una fuente de poder quemada, dos discos duros muertos (uno de 60 gigas y un viejito de 12) y un motherboard de dudosa funcionalidad.

Arreglar todo me costará unos 2,000 pesitos (200USD) y si quiero mejorarlo, como unos 3,000 (300USD). Así que estaré ausente, probablemente, durante dos semanas… en el caso extremo, serán tres.

Escribiré muy esporádicamente o tal vez nada, me conectaré de la oficina si es que puedo, para saludarles y estaré al pendiente de sus comentarios y del tag.

Un saludín y disfruten su vida.

Sueño 25-04-03

Soñé que no me dejaba en paz. No me dejaba sólo. Soñé que había regresado para hacerme sentir culpable, para retorcerme el corazón mientras yo me reía. Soñé que no debí decirle que seguía vivo, soñé que no debía ni siquiera mirarla. Soñé que a ella no le importaba y que había puesto una cadena sobre mi tobillo y que la traería arrastrando. Soñé que me dejaba mensajes en la contestadora y que todo mundo preguntaba porque demonios le había dado la oportunidad de seguirse comunicando conmigo. Todo eso soñé.

Soñé que lloraba y yo estaba tan espantado, que no sabía que hacer.

Hacía mucho tiempo no me levantaba así, con el sentimiento de culpa vibrándome en la piel. Le tuve miedo a la contestadora, porque tenía miedo que hubiera un mensaje de ella y me sentí mal en todo el día.

Hasta hoy me animé a hablar de ello y ahora es cuando comprendo que tengo un serio conflicto.

Alguien a quien amar

Cuando suelo disfrazar mis sentimientos o tengo imágenes de cuentos que jamás serán concluidos/escritos, suelo escribirlos en esta sección llamada Enigma. Lo siguiente que están a punto de leer, es simplemente para liberarme de la idea.

Esteban señaló con sus dedos al cielo y el rostro lleno de sudor formó líneas determinadas, que hicieron la labor de ríos para que las gotas cayeran al cielo. Tenía que pelear. Apenas prestó atención a la gente que clamaba y a los puños llenos de billetes de apuesta que lo incitaban a pelear.

-Si he de seguir peleando, lo haré por ella -así había empezado y creía que así terminaría. Ya no miraba el final del camino, porque su corazón creía que era eterno.

El siguiente hombre salió entre la multitud y alzó sus puños en forma defensiva. La gente rugió de emoción y el rugido fue tan estrenduoso que regresó a Esteban al ring. No dejó de señalar con su mano el cielo y caminó tranquilamente alrededor del círculo de tiza. Su oponente, lo imitó del lado opuesto y le sonrío sarcásticamente.

-Son todos iguales -se dijo Esteban y bajó sus manos. Escuchó con atención el ritmo de los latidos de su corazón y se meció con la misma rapidez. Era hora de pelear.

-Todo esto lo hago por ella… no debería estar aquí.

Lo único que quería Esteban era llegar a casa, pero ella… ella no lo dejaría.

  • Fragmento de una historia mental que se llama “La puta y de aquel hombre que la cuidaba”.

Dulce

I’m gopher boy, pondering reallity. I’m gopher buy, who will buy my raspberries?

Eso se refiere a la canción absurda que estoy escuchando, ¿pueden adivinar cuál es?

Ahora, regresando al acaramelado, lleno de glucosa, título de éste post. Se refiere al nombre de una compañera que tuve en secundaria… hoy la ví en el camión, de hecho… me la encuentro muy seguido. Ahora ya es una niña más grande, hasta parece que responsable.

Ella no me reconoce y yo no me he animado a resolverle el misterio. ¿Para qué? Cuando recuerdo a Dulce, me vienen recuerdos muy lejos de ser alegres… siempre sentí de ella una vibra muy extraña. Me daba desconfianza mirarla, me daba desconfianza hablarle y de hecho, cuando cruzamos palabras en Secundaria, no fue para hablarnos bien….

“Me caes mal”, me dijo ella.
“Y tú también a mí”, respondí.

Ahora ya no me cae tan mal, la miro y me divierte que no me reconozca. Ya no siento la vibra tan negativa que antes me asaltaba en secundaria… y no pienso resolver el misterio.

Me divierte demasiado.

Pensaba que estaba loquito

Hacía dos años que lo conocía y pensaba que estaba loquito, cuando se tomaba tiempo para cantar o saltaba de adelante para atrás sin control. Primero le había caído bien el detalle, los momentos espontáneos de locura de aquel compañero de trabajo… y después se le hicieron hartantes. La espontaneidad perdió sentido, sabía qué haría y cuándo lo haría. A las dos cuarenta de la tarde, gritaría cuanta hambre tenía, a las seis treinta y dos, seguramente empezaría a bailar tango y cantando con aquella voz desafinada lo mucho que quería irse a casa.

Los demás habían aprendido a hablar de él a sus espaldas, de su locura, de su malformación mental, de lo cansado que era lidiar con él. Sobre todo él, que pensaba que estaba loquito.

Empezó primero por contestarle mal y de forma negativa a todo lo que el pedía, después se atrevió a negarle el saludo unas ocasiones, rápidamente, midió los comentarios mordaces que podrían hundirlo y callarle la locura y se convirtió en experto en domar al que pensaba que estaba loquito.

Y hubo un día que despidieron al loquito y se sintió contento. Tan contento que miró el reloj a las 2:40 e inmediatamente después, gritó que tenía mucha hambre.

Ausencias.

Es cuando ella le platicaba que se la imaginaba con una sonrisa. Cuando ella le contaba de su día o le decía de antemano lo que él pensaba contestar… disfrutaba mucho imaginársela con una sonrisa y no pensaba que era posible imaginársela de otra forma. En su mente resolvía el rompecabezas y soltaba pistas silenciosas para recuperar más piezas, sin que ella lo supiera… y después la sorprendía al decirle las cosas que ella no esperaba que él intuyera con tan solo los vestigios de los frugales encuentros que se suscitaban entre los dos.

En la ausencia de ambos, encontraban su compañía. Los mensajes que se mandaban servían para seguirse el rastro todo el día, como un aroma de café que les envolvía, que se les presentaba cada vez que cerraban los ojos al respirar. Ahí estaban unidos, en su ausencia.

Se perseguían como élfos en forma de viento, ella al mirar atrás podía ver el cuerpo de él confundirse con la brisa… él se espantaba cuando la flor de los cerezos formaba la silueta de ella. No podía ser que la estuviera viendo en todas partes y aún así, se reconfortaba. Se limitaba a una discreta sonrisa, porque temía que si se abrazaba a sí mismo en público, le juzgaran loco… pero loco, es que loco ya estaba.

Ella ya hablaba sóla cuando caminaba de noche en las calles. Él ya le respondía en silencio con una mirada, cuando veía su reflejo en el autobus. Y es que pronto ya no necesitaron mandarse mensajes, porque era así que la estrecha cadena invisible, como aquella que ató a Fenrir, los ató a ambos y ésta vez no había dios que pudiera detener el encantamiento.

Porque era así de grande la ausencia que había crecido en ambos y se reían al saber cuánto les unía.

¿Dónde estarás hoy? Preguntaba él al afeitarse. En el trabajo, respondía ella mientras se tomaba el café. ¿Regresarás temprano a casa? preguntaba él mientras se hacía el nudo de la corbata. Si, para extrañarte mucho respondía ella, deseando estar con él para enderezarle el nudo mal hecho.

Y en las noches, cuando la ausencia del cuerpo era aún mayor, ambos sufrían de fiebres que les retorcían las extremidades y les arrancaban el aire de los pulmones. Tan alejados por el estrecho espacio-tiempo, se acercaban aún más por métodos metafísicos. Las manos de él acarician el aura de ella, y ella pasaba sus labios por el karma, él se amamantaba del cosmos y ella se entregaba a una misa negra como la que escribió Gutiérrez.

Al terminar se miraban a los ojos y se daban el beso de los buenos días, beso que se perdía como la distancia se pierde en la ausencia.

Poder Gris. Capítulo 5: “Raices”

Raíces.

El rayo de luz penetró en su sueño y encontró una velada prometedora en sus ojos. Sintió el calor del sol como el seno materno en el que había sido cuidado y protegido. En ese preciso instante de comodidad, salió de entre la penumbra de sus neuronas una pregunta abrumadora e insistente.

¿Quién o Qué demonios era su madre?

Argoth regresó a diversos recuerdos con la velocidad de un rayo, sin tiempo que perder revisó cada uno de sus archiveros mentales llenos de telarañas y espacios en blanco, ninguno de ellos tenía alguna etiqueta que dijese: “Mamá”, “Mami”, o “La Mujer que me Parió”, entonces fue cuando encontró un archivo relacionado a su búsqueda: “Ojos”. Hurgó en él como un niño abriendo regalos, el regalo más especial debía ser este ya que era una caja muy grande y envuelta en listones de oro y papel de payasitos. Argoth se imaginó a si mismo como un niño, sentado en algún lugar desconocido —pero en su interior, tan conocido como la palma de su mano— vestía ropas que no iban de acuerdo a donde estaba ahora y lo más especial, el ganador de la escena bizarra era el árbol decorado (otro recuerdo sin descubrir, pensó Argoth), dejó todo eso a un lado para abrir su regalo.

En ese regalo apareció por primera vez la imagen de su madre. Tan vivida, tan cálida, que Argoth sintió como sus lágrimas fluyeron. Lo primero que observó fueron sus ojos, los culpables de que el estuviera en ese recuerdo, tan brillantes y juguetones, tan felices, de un color castaño, muy expresivos. Al ver esos ojos, ante él, se descubrió el resto de esa figura especial que estaba buscando, Argarath procedió inmediatamente a guardar esa imagen en un nuevo archivero, uno llamado “Mamá”, conservó su nariz, su barbilla, su rostro entero, no quería olvidarla, no quería volver a preguntarse quien fue la mujer que lo cuidó alguna vez.

Entonces llegó el Caballero Gris.

La Muerte miró a su protegido con severidad, de alguna manera, pudo entrar en el archivero llamado mamá, lo analizó minuciosamente, hizo una mueca de disgusto y con firmeza empezó a destruir el dibujo mental que hizo Argoth, este empezó a gritar, a resistirse, pero todo fue inútil. Su madre se esfumó y volvió a tener un pasado oscuro otra vez. El Caballero Gris vigilaría a su alumno y regresaría para matar el recuerdo si este volvía a nacer, cuantas veces fuera necesario ya que no podía arriesgar la fortaleza de su alumno.

Destruiría hasta poder Crear.

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