
Todas las Navidades, suelo mandar un Santa Claus (este mismo, desde hace unos años). Este… es para ustedes.
Disfrútenlo.
Diciembre 24, 2003 — Inexistente.
Escrito por Agustin Fest.

Todas las Navidades, suelo mandar un Santa Claus (este mismo, desde hace unos años). Este… es para ustedes.
Disfrútenlo.
Diciembre 23, 2003 — Mi abuela, favoritos.
Escrito por Agustin Fest.
Todas las navidades solía haber manzanas, manzanas aquí y manzanas allá, por toda la cocina. Y también había piña en almibar y pollo cocido. Y pasas y mayonesa, un bote gigantesco de mayonesa. Y no bastaba la mayonesa, no bastaba porque mi abuela la usaba toda. Cada gramo de ella.
La ensalada navideña empezaba desde un día anterior.
Agarraba pechugas de pollo gigantescas, que ella sabía muy bien escogía y las desmenuzaba, las desmenuzaba enteritas y las echaba a una cazuela lo bastante grande. Miraba caer las hebras del pollo, uno persiguiendo al otro. No había tiempo, la navidad ya se acercaba y la ensalda lista debía estar. Pechuga uno, pechuga dos, pechuga tres, pechuga cuatro. Mucho pollo. A mi nunca me gustaba el pollo y mi abuela muy bien lo sabía, pero esta era su ensalada navideña y así era como iba. Y es que la ensalada en ese tiempo era para catorce personas, luego fue para diez, luego para siete y finalmente para cinco. Y luego ya no quedó personita quien hiciera la ensalada, y los cuatro restantes olvidaron la ensalda, pero esa es otra historia.
Entonces sus manos llenas de arrugas y de tierra trabajo; y de vendedora trabajo; y de siete niños trabajo; agarraban las latas de trocitos de piña con almibar y se ponía una mano en la cintura y miraba el abrelatas esperando. Nunca fue cursi y nunca dijo: “Paciencia y amor en la cocina”, de eso me daré yo el lujo. Así descansaba ella, mirando el abrelatas, mirando el carrusel de piña. Eran una lata, dos latas, tres latas y todas iban a la cazuela, retiraba el almibar y dejaba los pedazos de fruta dorados y desnudos, junto al pollo. A veces hacía la trampa diabética y se comía uno, dos, tres pedacitos de piña. Pero no importaba, esta era su ensalada y como quería ella la hacía.
Quedaban las manzanas y las manzanas era lo más difícil. Agarraba a sus tres hijas y ¡órale! ¡A pelar kilos de manzana! Y yo veía a la manzana siendo desgarrada finamente, la cascara saliendo del cuchillo como un papel muy delgado y dulce. Casi siempre fue papel verde, a veces si quería hacerla más dulce, era papel rojo. Ahí iba, papiro tras papiro de fructuosa y dulcería, juntándose en la mesa de la cocina. Primero, solía juntar toda esa cáscara y la tiraba a la basura, harta ya estaba de las manzanas. Más tarde, descubrió como observaba yo las cáscaras y me acercaba y me las comía. Me comía todos los papeles rojos y verdes, me los comía hasta saciarme. Mi abuela alzó una ceja y comprendió, ya cada navidad me decía: “Agustín, te guardé las cascaras, son todos para ti y para tu hambrita”. Me comía las cascaras y miraba las manzanas en cuadritos, con el hábil cuchillo de la abuela volando con destellos plateados, tac tac tac era el ruido que hacía. Después acababan todos en la cazuela y poco faltaba, ya pronto ensalda habría.
Lo más fácil era la mayonesa. Habiendo los ingredientes básicos, le echaba toda la mayonesa. Uno, dos o tres botes. Dependiendo de cuanta gente comiera. Toda la mayonesa en las cazuelas. Entonces revolvía, revolvía. La ensalada blanca navideña de mi abuela. Daba giros y vueltas. Entonces dividía la ensalada en dos, porque faltaba el último ingrediente que a mi más me gustaba.
Había gente que no le gustaban las pasas. Dos de sus hijos. Entonces a ellos les guardaba un poco y a todos los demás, les echaba pasas. Pasas por aquí y pasas por allá y a revolver más. Las pasas riquísimas que le agregaban el sabor faltante a la ensalada. Yo me comía uno, dos, tres, cuatro, cinco, hasta seis platos. Y la abuela entonces hacía más ensalada con lo que restaba. Nadie comía tanto su ensalada como yo, lo siento, me encantaba.
La abuela murió y ya no hubiera quien hiciera ensalada. Así intenté hacerla yo, una navidad o un verano, ensalada navideña y algo me faltaba. La probaba y la probaba, algo siempre faltaba. No era el cariño de la abuela, puesto ella indudablemente estaba conmigo, observando a mis espaldas. Era otra cosa, tal vez, ¿qué era, mi querida abuela? ¿Puedes hacer trampa, traspasar el mundo de los muertos y decir? Así lo hizo, despacito acercó su boca a mi oreja, en la forma de una de sus hijas y me susurró el secreto: “A las pasas, en ron debes bañarlas y descansar dejarlas”.
Así lo hice y no quedó perfecta, pero quedó muy buena.
¡Ese era tú truco! ¡Ay abuela, borrachita y tramposa! ¡Ensalada navideña, llena de ron y pasas! ¡Salud por ti y por tu ensalada!
Diciembre 22, 2003 — Hojas, favoritos.
Escrito por Agustin Fest.
… regale mucho afecto, y mucho cariño.
Regale uno de estos.

Diálogos hipotéticos que pueden surgir a partir de una maravilla de este calibre:
Diciembre 21, 2003 — Vida diaria.
Escrito por Agustin Fest.
A mi ponganme enfrente de una computadora, sé que hacer. Por medio de intuición, práctica, lo que sea… sé que debo hacer. Sé como manejar una computadora, he dominado los ingredientes básicos.
En cambio, ponme frente a un celular y me verás parpadear perplejo.
Durante horas.
Diciembre 21, 2003 — Intento ser Escritor, favoritos.
Escrito por Agustin Fest.

Cuando desperté, era un oso de felpa. Y yo, el mismísimo Simón Dor de Andalucía, de Taxco, de Montevideo y nunca de Paris —porque nunca iré a ver la Mona Lisa— fui a verme a mi mismo. El espejo en el espejo. Oso de felpa-yo, me miraba atentamente, a mi mismo, fumando un cigarrillo y tratando de desentrañar mi propia mirada. Abrí mi hocico triste, mientras me observaba. Y cerré mi boca furioso —mi yo humano— cuando abrí mi hocico triste. No podía permitir que mi yo-Oso de felpa hiciera ese tipo de gestos contra mi propia persona. Naturalmente, no estuve de acuerdo con aquel yo-anciano y le miré con ojos de compasión, tratando de apelar a sus más puros sentimientos. ¿Y él me hizo caso? Claro que no. No me gustaba que me mirara así, ¿qué tiene que hacer un juguete, reprochándome de mi vida? ¿Acaso no tiene suficiente con ser tierno y jugar? Endurecí mi mirada. Endurecí mi mirada con ternura y le enfrenté, vamos ¿qué piensas hacer ahora contra un pequeño indefenso como yo? Debieras preguntar lo que no haré contigo, cabrón desgraciado… un sacrificio vestal se quedará corto en comparación a lo que estoy a punto de hacerte. Lo que voy a hacer, es que voy a tronar mis dedos y entonces comprenderás.

Cuando desperté, era un viejito de felpa. Y yo, el mismísimo Oso Dor de la Juguetería de Minerva, cocido a mano en China, con relleno de algodón mexicano y nunca de Estados Unidos —porque desprecio a los “teddies” presuntuosos y presumidos de allá— fui a verme a mi mismo. El espejo en el espejo. Viejito de felpa-yo, me miraba atentamente, a mi mismo, fumando un cigarrillo y tratando de desentrañar lo que miraba en el botón de mi ojo. Abrí mis labios triste, mientras me observaba. Y cerré mi hocico furioso —mi yo oso— cuando abrí mi boca triste. No podía permitir que mi yo-Viejito de felpa hiciera ese tipo de gesticulaciones ridículas. Obviamente, no estaba en concordancia con aquel yo-oso y le miré piadoso, arremitiendo contra su fría prisión de indiferencia. ¿Qué si funcionó? ¡Por supuesto que no! No me agradaba en lo más mínimo su mirada, ¿qué tiene que hacer un juguete, reprochándome de mi vida? ¿Acaso no le basta con oxidarse ahí sentado? Entrecerré mis ojos con odio. Con odio entrecerré mis ojos y no quité la vista de encima, andá… ¿pensás qué podrás conmigo? ¡Desde aquí te puedo fulminar con mis puños de algodón! Debieras preguntarte todo lo que puedo hacer contigo, humano impertinente… las libaciones de los antiguos se quedarán pendejas a comparación de lo que yo puedo hacer. Lo que voy a hacer, es que voy a tronar mis dedos y entonces comprenderás.
Diciembre 19, 2003 — Movies.
Escrito por Agustin Fest.
A riesgo de parecer cursi, quise llorar desde el principio. Y no estoy decepcionado… lograron traer a Sam con la fuerza que necesitaba, a mi punto de vista - a como me afectó el libro, quedé satisfecho.
Sin embargo, no les arruino la película. Véanla.
A continuación les dejo la traducción de un forward que recibí hoy. Este me gustó, porque precisamente trata del Señor de los Anillos. Está divertido.
Diciembre 18, 2003 — Y Cecilia.
Escrito por Agustin Fest.
Ayer, hace seis años, recibí una llamada telefónica que decidiría la persona en la que me he convertido el día de hoy.
Ayer, hace seis años, le rompieron el corazón a un niño y no fue su culpa. No fue la culpa de nadie. No había a quien culpar.
Así que decidió culparse así mismo, decidió cargar con ello durante seis años.
No olvido la fecha, la traigo conmigo. Ayer se me heló la sangre cuando llenaba una poliza de garantía y anoté el número. Curiosamente, estaba llenando la poliza de garantía de un teléfono.
Diciembre 17, 2003 — Intento ser Escritor.
Escrito por Agustin Fest.
Cuando abrió los ojos y pudo levantarse, miró entre las sombras el hocico del lobo. Los ojos brillaban intensamente en la oscuridad y no necesitó verle la sonrisa estrechándole los labios, pudo adivinarla. Corrió torpemente, escuchó los jadeos, el humo de la respiración cálida del lobo le estaba alcanzando. Odiaba la capa, no le permitía moverse libremente, sin embargo con el miedo no se le ocurrió quitársela. Su mochila hacía el escándalo de tres ejércitos cuando marchaban y a medida que alcanzaba un ritmo, sentía que podía correr más rápido y huír de él.
En la oscuridad, el lobo aulló y aplastó las hojas secas con una velocidad furiosa. Se perdió el ritmo y volvió a tropezar.
Volteó en el instante que el lobo se abalanzaba encima, en un salto preciso y ella miró toda su vida cruzar con la trayectoría del lobo. Directo al cuello. La sangre salió a borbotones, coloreando la capa y el grito agudo arrasó con el bosque. Perdió la mirada a gotas de sangre.
En la noche, se escuchó como el lobo se alimentaba con la carne de aquella llamada Caperucita Roja.
Diciembre 16, 2003 — 1-2-3.
Escrito por Agustin Fest.
Diciembre 16, 2003 — Garabatos, Intento ser Escritor.
Escrito por Agustin Fest.

a luz anna andreani ruiz… quien le gustó este pequeño texto.
Erase una vez que se era, allá en el jardín donde vive el Árbol del Bien y el Mal, un oso de felpa escuchaba a la Niña de Todas las Preguntas hablar con el Señor de Todas las Respuestas. No comprendía nada y se desesperaba, tan sólo miraba los signos de interrogación volar de la boca de aquella que todo pregunta y el que todo lo responde, negaba respuestas con el humo de su cigarrillo y pensaba continuamente tres puntos. El oso pensaba que él no tenía ganas de responder y muy probablemente, tenía razón.
Después apareció un cuervo, quien graznó infinito y en el cielo, se vieron las estrellas como se ven en Marte.
El oso se sentó y trató de mirar las estrellas, pero era imposible hacerlo, porque el infinito seguía graznando, los tres puntos seguían humeando y las interrogaciones ocupaban todo el sonido. El oso tiró sus manos en sus rodillas, negó tristemente y suspiró, ¿qué podía hacer para mirar las estrellas?
—Tan sólo soy un oso de felpa —dijo casi en silencio, como un susurro.
Hay susurros más fuertes que un grito de muerte.
Sus palabras, con todas las letras implicadas, volaron e hicieron un espacio entre el sonido de las interrogaciones (La niña preguntona se calló la boca), se apagó el cigarrillo del silencio eterno (El señor sabiondo no pudo pensar más) y el infinito calló el pequeño graznido (el cuervo echó a volar, a la oscuridad inmensa).
Y el cielo después brilló intensamente, solamente para aquel oso de felpa.

Diciembre 16, 2003 — Amigos, Casting, Familia, Logs varios, Los malos días.
Escrito por Agustin Fest.
[Jorge Carrillo] (bah)
[Jorge Carrillo] jojojojoj
[Agustin Fest]
[Jorge Carrillo] chale se quitaron mis iconos
[Agustin Fest] por qué?
[Jorge Carrillo] por lo que te conté
[Jorge Carrillo] por cierto, no que hoy era tu mudanza?
[Agustin Fest] cierto
[Agustin Fest] tu usuario
[Agustin Fest] que extraña situación
Diciembre 14, 2003 — Intento ser Escritor.
Escrito por Agustin Fest.
Julia miraba la leche y le daba asco, sencillamente no la soportaba. No soportaba el espesor del líquido, no soportaba el blanco insípido, no quería probar un poco de ello en sus labios y que nadie se atreviera a ponerle un poco en su café. Sin embargo, como un reto personal quería intentarlo. Intentó recordar donde nació el repudo hacia la leche y sus vagos recuerdos, la llevaron a las manos de su abuela quien ordeñaba una vaca en aquel viejo rancho que pronto se convertiría en una serie de condominios. Recordaba las manos de su abuela, apretando las ubres de la vaca y apuntando directamente a la cubeta. El sonido de la leche al caer en el recipiente metálico no le agradó y pensó que su aversión podría venir de ahí.
Julia, sin embargo, ya era una señorita independiente y para vencer su problema lácteo, no podría recurrir a una vaca en la esquina de su casa. Vivía en una ciudad donde se duerme poco y ella era contribuyente a ello, trabajando sus reglamentadas ocho horas diarias. ¿Por qué quería vencerlo, ha de preguntar el léctor extrañado? Muy sencillo, porque Julia es una de esas personas necias que tienen obsesiones a ratos y el turno le había tocado a la leche. Tan simple como eso y la humanidad se puede ir por el caño.
Fue así que se compró sus tres litros de leche en envase Tetrapak(TM), se consiguió una copa de cristal cortado (si iba a intentarlo y fracasar, al menos sería con elegancia), puso los objetos en la mesa y les observó durante mucho tiempo, con una serie de emociones pasando desde el nerviosismo, hasta la ansiedad, la resignación y también, presente por ahí, el pudor. En su mente, pensaba a toda velocidad: “Amo la leche, amo la leche, amo la leche”.
Las cosas que la gente hace por si mismos, ¿verdad?
Amo la leche. Cuando decidió el momento, abrió uno de los envases y entrecerrando los ojos, sirvió en la copa de cristal hasta la mitad. Observó con atención el contenido, lo meneó un poco e hizo una mueca de disgusto, pronto convirtiéndose en asco. ¿Realmente debía hacerlo? Puso la copa en la mesa y la miró desafiante, su boca haciendo muecas sin control de vez en vez. Después, Julia decidió recargar sus brazos en la mesa y acostumbrarse a como se miraba el líquido.
Amo la leche. Tal vez hacía más drama del merecido… y sin embargo, extendió su mano a la copa y remojó uno de sus dedos. La consistencia no era como la imaginaba en aquel entonces, de niña se le hacía viscosa. ¿Sería culpa de la modernidad, que exigía la pasteurización y la eliminación de tantos componentes básicos en el líquido vital? No lo sabía, no profundizó mucho en ello. Inclusive coqueteó un rato con ella, meneando el dedo y sacudiéndolo un poco. Gotas mojaron las paredes de la copa y se deslizaron nuevamente al total del contenido. Julia se divirtió un poco y sonrió. Había pasado la frontera del tacto.
Amo la leche. Sacó el dedo de la copa y sintió una brisa de aire, fresca en su piel. Tal vez si había exagerado toda su vida, o tal vez no. Todavía no la había probado. Desde pequeña, desde aquel incidente donde observaba de donde venía, no le gustaba. (Y le era imposible recordar si antes le había gustado). Acercó su mano extrañada y bienvenida al mundo real, tu dedo está húmedo, con leche de la buena y tienes esos vestigios de gotas a sólo dos centímetros de tu cara. Se sintió ridícula al recriminarse a ella misma, se sintió rara al verse como una espectadora de la situación e hizo lo único que podía remediarlo en ese instante. Se llevó su dedo a la boca y lo probó con cuidado.
No sabía tan mal.
No sabía a nada.
No podía asegurarlo, tan sólo eran unas gotas.
Se echó a reír pero no con menos cuidado, recogió la copa. Se la llevó a los labios y con un suave impulso, bebió muy poco del contenido. Sintió como resbalaba por su boca y su garganta, en una rebeldía inconsciente quiso rechazarlo por momentos. Volvió a repetir su mantra y cerró los ojos, amo la leche, amo la leche, amo la leche. Con dificultades tragó, pero lo hizo y al finalizar se sintió muy orgullosa.
Tan sólo fue un triunfo, no piensen que fue una experiencia orgásmica como las de Herbal Essences. Aunque Julia tal vez lo pensó así, porque después fue otro trago y otro trago más… y así terminó un envase…
Entre risas terminó el segundo…
Y es justo decir que se sintió una cerda con el tercero, al salpicarse toda la ropa, la boca y el cuello. El tipo de publicidad que “Got Milk?” no quisiera tener.
Julia durmió tranquila esa noche y prometió comprarse, el siguiente fin de semana, tres tetrapaks de leche para ella solita.