Aquella diseñadora no lo podía dejar. Había ignorado el momento del Apocalipsis, la guerra final, hasta que una bomba cayó cerca de su casa y salió unos momentos antes de que esta explotara… fea vida, se dijo, fea vida.
Y la diseñadora no dejaba de pensar su diseño.
Firme, salió a la ciudad que estaba en escombros, a lo lejos vio a un niño con tres ojos caminando con su madre que se conservaba normal, se escondió de ellos, no deseaba que le miraran la idea. Que se la robaran.
El diseño era, naturalmente, suyo y de ella nada más.
Ando muchos pasos antes de saber lo que buscaba, hasta que con cierta incredulidad observó un letrero hecho viejo por la vida que decía “Papelería” encima de un montón de escombros. Metió las manos e hirió sus dedos, se le perdió su anillo de bodas entre el concreto mancillado pero no le importó ya.
Encontró un cuaderno un poco maltratado, lo puso aparte con sumo cuidado y reanudó su búsqueda, los ojos le brillaron de perseverancia y de triunfo cuando encontró unos crayones rotos entre tanta basura.
Con el amor de un artista, hizo trazos en varias hojas de cuaderno, hasta que los trazos se hicieron sin necesidad de ella decirles como. Formaron líneas, cuadros, rectángulos y figuras que sabía eran de su invención. Cuando hubo terminado… se acostó en los escombros abrazando su cuaderno…
Y aún cuando se escucharon los disparos en el cielo, esa noche durmió tranquila y con una sonrisa que nadie hubiera podido comprender.
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Que envidia.
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