Capítulo III.
Los perros y los humanos que dibujan siluetas en la luna.
—¿Cómo se llama tu perro hijo? —preguntó el señor de lentes, estaba furioso y le costaba un trabajo enorme controlar esa ira. Lo sabía, estaba a punto de darme un sermón, lo peor de todo es que tenía razón, no debí haber traído a Gruby para que arreglara sus necesidades en su jardín.
—Gruby, señor —respondí como niño regañado, sabía muy bien hacer la cara y el tono de voz correspondientes. Esperaba que eso me ayudara a que pronto terminara la cátedra de buenos vecinos que estaba por venir.
—Bien… tu perro Gruby, ha… obrado… impunemente… ¡Qué digo obrado! ¡Ha cagado en mi jardín! ¡Lo trajiste a mi jardín a cagar! ¿No habíamos a discutido eso con tus padres? ¿Qué prometías cuidar a tu pinche perro para que no volviera ha hacer sus suciedades en mi jardín? — el señor de lentes estaba completamente rojo de la cara.
¡Despierta!, ¡Tenemos que irnos!
—Lo siento, le aseguro que es la última vez —forcé mi tono, esperando que le diera lástima, no lo lograba, su rostro y sus ojos seguían igual de furiosos. Gruby hizo un tono lastimero apoyando mi acto, claro que sólo hizo que enrojeciera más ya que el perro era la fuente de su problema tan grandioso.
El señor de lentes abrió la boca para decir algo más, se rascó la cabeza y acabó conteniendo el comentario. Ya se estaba controlando.
¡Protégelo, yo ya no importo! ¡Debes protegerlo!
¡Diablos! ¡No! ¡Despierta, carajo, despierta!
—Mi jardín… va, que digo mi jardín… el mundo, no es un gran lugar para que los perros caguen, ni siquiera los humanos cagan en el mundo libremente, sino que tienen que usar un maravilloso sistema de drenaje para hacerlo, ¿Sabes por qué?
—¿Por qué? —pregunté conteniendo la risa.
—Porque si cagamos en el mundo lo vamos a llenar de mierda y no quiero nadar en la mierda, y menos en la mierda de tu perro o la tuya, ¿De acuerdo?
—Si señor —me fui con mi perro y me eché a reír.
Espero que valgas la pena.
Ya no recuerdo más.
Piedra salió del edificio en ruinas, escuchó un sonido a lo lejos que estaba haciéndose cada vez más fuerte. Miró hacia aquella dirección y finalmente comprendió. Los perros venían. Se dirigió hacia el niño quien se encontraba inclinado con una mano en el corazón y la otra enterrada en la tierra muerta.
Un ruido estruendoso, Piedra miró hacía ahí y encontró a uno de los perros, era grande, casi del tamaño de tres perros comunes antes de la guerra. Babeaba, sus colmillos enormes brillando con la luz del sol gris, el pelo enorme, grosero, grueso y sucio. Más perros de diferentes razas e igual de mortales se ubicaban detrás del líder.
—¡Despierta!, ¡tenemos que irnos! —exclamó Piedra y agarró el hombro del niño, esperando una reacción. Apartó la mano asustado, estaba completamente inmóvil y endurecido, no podía moverlo.
Uno de los perros brincó hacia Piedra, éste alcanzó a voltear para tomar al animal por el cuello, sentía la adrenalina correr rápidamente en su cuerpo, recordó que antes de la guerra le tenía miedo a esos animales y con el rencor del recuerdo, pudo estrellar con fuerza al monstruo contra el piso.
Los huesos crujieron, Maestra salió del edificio en ruinas en el que se encontraba durmiendo. Observó al perro recién herido con temor en los ojos, dos de los perros iniciaron una carrera, uno de ellos iba contra Maestra y el otro contra el niño.
Maestra se dio cuenta, miró a Piedra a los ojos.
—¡Protégelo, yo ya no importo! —el perro brincó, Piedra sabía que no alcanzaría a detenerlo, sus ojos se humedecieron y escuchó las últimas palabras de Maestra—. ¡Debes protegerlo!
El otro perro se lanzó en contra del niño inútilmente, Piedra alcanzó a golpearlo antes de tan siquiera darse cuenta que murió.
—¡Diablos! ¡No! ¡Despierta, carajo , despierta!
El líder de los perros gruño y todos se lanzaron sobre Piedra.
Piedra hizo una mueca de disgusto, sus ojos se encendieron.
—Espero que valgas la pena.
Los perros atacaron toda la noche, a la luz de la luna. La silueta de un hombre monstruoso protegiendo a un niño se dibujó mostrando mil cuadros similares. Ninguno de los dos pensaba descansar.
Los dientes se rompieron en la piel dura de Piedra, eso no importaba, como toda cosa, pronto vencerían la resistencia y además, tenían hambre. Un hombre tan grande era como un filete caído del cielo y no tenían en mente el retirarse y rechazar su regalo. Piedra sin embargo no dejaba caer su espíritu, la muerte de Maestra y la sensación del niño que debía proteger realzaban sus ánimos cada vez que quería dejarse caer. Los perros habían logrado penetrar su dura piel en las rodillas y en el antebrazo, si no los mataba pronto, todo habría sido en vano.
El niño despertó y se puso de pie. Gotas de sangre decoraban su piel y su ropa, ya estaban secas por que hacía tiempo alguien había peleado con todo su corazón para protegerlo. Lo sabía, siempre sabía las cosas por una extraña razón.
A su alrededor los esqueletos de varios animales estaban apilados. Un hombre o tal vez, era un niño, lo sabía, un niño con el tamaño de un hombre gigantesco dormía apaciblemente, su piel maltratada, más de lo normal, heridas que se veían solemnes como medallas que dictaban el valor y el espíritu de él.
Recordó su nombre, era Piedra. Al mismo tiempo, observó el esqueleto de una enorme persona que estaba a su lado, tirada, extendida por completo, el niño sonrió y comprendió.
Dos largas semanas de recuerdos, de decisiones. Había tomado la decisión de la Tierra, ya no había nada más que hacer. Se acercó a Piedra, lo movió suavemente para despertarle.
—¿Hum? —gruño Piedra, abrió los ojos y miró fijamente al niño—. Por fin, ¿qué sucedió?, ¿qué decidiste niño importante?
El niño sonrió y se sentó a lado de Piedra. El sol salió, los huesos empezaron a desvanecerse sin razón. Piedra miró asombrado como los huesos se pudrían con asombrosa rapidez.
—El humano debe tener una segunda oportunidad, el Mundo así lo ha decidido, porque somos sus hijos. Un padre siempre perdonará a sus hijos a pesar del mal que estos hayan ocasionado.
El concreto de los edificios se empezaba a hacer polvo, Piedra se puso de pie, miró a su alrededor y vio nubes de fantasmas que se hacían cada vez más grandes, nubes que flotaban hacia el sol pacíficamente.
—¿Qué está sucediendo?
—El inicio de la vida.
Los árboles se arrancaban así mismos y se despedazaban para que nuevos árboles, más grandes y más fuertes tomaran su lugar. Aves que se creían extintas se dieron cuenta que sólo fue un mal sueño y volaban alrededor del lugar, lo mismo sucedió con ardillas, venados y otros animales.
—¿Los humanos qué seguían con vida? ¿Qué ha sucedido con ellos?
—Harán lo que se deba hacer, muchos de ellos están dispuesto a seguir caminando.
—¿Qué sucederá con nosotros?
—Tú, bueno, tú debes descansar en paz. Hiciste un gran trabajo protegiéndome.
Piedra hizo una mueca, se miró así mismo, estaba disolviéndose, ahora lo recordaba, había muerto protegiendo al niño. El espíritu de Maestra caminó hacia Piedra, le sonrió y se tomaron de la mano.
—Todo será mejor —le dijo el niño, estaba sonriendo, había cambiado, sus ojos eran distintos.
—¿Quién demonios eres? —preguntó Piedra y rió de alegría, estaba contento, muy contento, Maestra rió con él, se miraron a los ojos, Piedra olvidó su pregunta. Miraron al cielo y se unieron al Sol.
—Te prometo que valgo la pena —escuchó por última vez Piedra.
Fest. 24 de abril de 2000. 10 de mayo de 2000. 14 de mayo de 2000.







Un comentario hasta el momento ↓
Wow, si no hubiera valido la pena, tal vez yo no estaría aquí…
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