El Taxista Caronte

Un hombre esperaba paciente en la acera, el día estaba algo gris por que había llovido durante toda la mañana, el olor a humedad le agradaba, sentía algo de frío pero sólo cerró un poco más el saco y detuvo la ola glacial. El hombre revisó su reloj, se le hacia tarde y la tensión se acumuló en su cuerpo, había dejado pasar cuatro taxis libres por que no confiaba en ellos.

Sus instintos se lo advertían, era un hombre que seguía el camino que dictaban sus instintos y no los ignoraría por una junta a la que podría llegar un poco tarde.

Mejor estar seguros, ¿No?

Se hacía tarde, checó su reloj una vez más, estampó el píe al piso y alzó la mirada hacia la calle molesto y harto, su traje y su portafolio se volvieron una carga insoportable que ya no deseaba llevar.

Suspiró, empezaba a dar la vuelta y regresar a su hogar… llamar a la oficina, reportarse enfermo.

En ese momento: lo vio.

Un taxi en la distancia.

Éste debía ser el taxi correcto, un sentimiento de seguridad y excitación creció dentro del pecho del hombre, el taxi parecía casi sagrado por su llegada oportuna. Sus instintos se lo decían, este era el taxi correcto.

Extendió su brazo e hizo la parada.

El taxi bajó su velocidad y recogió al hombre.

El hombre tuvo un leve escalofrío al subir.


El Taxi no era nada fuera de lo común, adornado como la mayoría de los taxis, una imagen de Jesucristo por ahí, así como la oración del conductor, el hombre la ojeó rápidamente y sonrió, después miró el dibujo en la guantera, éste era el de un hombre sobre una barca, una toga larga le cubría todo su cuerpo excepto por unos brazos delgados, tonos rojos… al hombre le dio la sensación de que el dibujo en si proporcionaba calor.

Un sentimiento de temor le embargó, al ver el dibujo buscó decidido el tarjetón del hombre para asegurarse de que no era algún mal viviente disfrazado de taxista, al encontrarlo suspiró de alivio, el nombre era Carlos Monte, la fotografía mostraba a un anciano de expresión triste, su piel muy bronceada, una frente amplia, ojos hundidos y grises con unas cejas delgadas y escasas, el cabello y la barba un poco crecidos.

Se preguntó si no había visto a este hombre antes.

“Inofensivo”, pensó el hombre, recargó su portafolio en sus piernas y lo abrió, empezó a hurgar sus papeles mientras el taxi empezaba su camino.

Curioso es que el hombre no le dijo el rumbo al taxista, más curioso que no le importó.


El hombre empezó a golpetear con su píe impacientemente, el nerviosismo de no llegar a la hora acordada hizo su entrada, recorrió con su vista los papeles una y otra vez, intentó mantener la mente ocupada para que el trayecto no se le hiciera más largo, pero no pudo, el subconsciente no le dejó detener el reloj interno.

Disfrutó cada segundo, cada minuto, con la exquisita lentitud que pasaban.

Cerró el portafolio molesto y se dedicó a observar el trayecto, los coches estaban detenidos, algunos impulsaban y hacían ruidos impacientes desprendiendo gas quemado en el proceso, los mayoría de los dueños tenían el rostro de aquellos que debieron haber llegado hace 10 minutos a su trabajo, el hombre miró hacia adelante y gruñó molesto también al ver esa luz roja preferida de las personas a las que se les acaba el tiempo.

—Maldito semáforo —exclamó el hombre—. Así es siempre en esta calle.

—Usted no se apure hijo —sonrió el taxista—. Llegaremos en un dos por tres.

La voz del taxista se le hacía fuera de lo común, empezó a tener esa inseguridad otra vez, pero sus instintos le habían dicho que este era el taxi, el taxi sagrado, no podían haberse equivocado.

Se sintió mal, en vez de calmarse empezó a tener miedo.

‘No quiero llegar’, pensó el hombre, pero apartó ese pensamiento, no era propio de un hombre de negocios.

El hombre se durmió, de repente se sintió agotado.


Soñó con su esposa, extraño, no podía recordar su nombre, soñó con el día de su matrimonio, ella de blanco, pero ella lo hacía verse más blanco aún, tan resplandeciente, tan hermoso.

Su sonrisa, sus ojos, su porte de dama fiel.

El padre decía unas palabras sagradas, pero él solo podía ver como aquellos ojos combinaban a la perfección con la sonrisa, ella lloraba un poco, se veía bonita cuando lloraba, ¿Acaso no era éste el día más especial de su vida?

Puede besar a la novia, se acercó y la imagen se esfumó.

La mente del hombre sintió una angustia, quiso recuperarla, a cambio otra mujer apareció en sus sueños, a esta si la recordaba muy bien con un detallismo agobiante, su nombre era Ximena, tenía cabello largo hasta media espalda, morena y de piernas largas, bonitas, pechos muy bien formados.

Él la había contratado como asistente, la presencia tuvo mucho que ver, ya que solía ser ineficaz bajo presión.

En el sueño, Ximena tomaba un cuchillo y lo alzaba enojada.


El hombre despertó asustado.

—¿Pesadillas hijo? —preguntó el taxista con franca preocupación en su mirada, el hombre se dispuso a responder cuando observó que un camión se les estaba cerrando, contuvo la respiración y se pegó al asiento con todas sus fuerzas.

El hombre gimió de terror.

El taxista maniobró rápidamente. Entre mentadas de madre, gritos de groserías y claxonazos furiosos pasó la crisis y el hombre recuperó su compostura.

—¡Ahhhh pinches camionsotes! —rugió el taxista—. ¡Se creen los dueños de la calle!

—¿Ya vamos a llegar? —se limitó a preguntar el hombre.

—Ya casi hijo, puedes regresar a dormirte, no te preocupes —dijo el taxista, su familiaridad repentina anotó un punto más sobre el sentir de que algo estaba mal, pero el sueño fue más fuerte, como si el taxista mismo se lo hubiera impuesto.

—Si… supongo que tiene razón —cedió el hombre.


Y durmió.

—Eres hermosa, la mujer de mis sueños —el hombre acarició el rostro de su esposa y la besó intensamente, el sabor, la fragancia de la mujer, la excitación de hacerlo por primera vez con ella a quien amaba, sus sentidos se intensificaron.

La miró a los ojos, sus sonrisa era una guía en su oscuridad, la abrazó fuertemente, sus senos apretándose contra su pecho desnudo.

—Te amo —susurró el hombre cariñosamente a su esposa.

—Si me amas, ¿Por qué no lo has dejado cómo te lo pedí? —el hombre se separó violentamente de la mujer que abrazaba con tanto afecto, se había transformado en Ximena, ya no quedaban rastros de su esposa más que un pensamiento fugaz.

—¿¡Por qué!? —gritó Ximena desesperada, tenía un cuchillo en la mano, lo alzó con una mirada demente y se lo clavó en el pecho al hombre.


El hombre despertó agarrándose el pecho, jadeaba recuperando respiración y vida que no había perdido, gotitas de sudor empapaban todo su cuerpo, el aire se hacía denso… carente.

—Fue un sueño… sólo un sueño —susurró.

—¿Qué soñó?

—Nada… no tiene importancia —respondió malhumoradamente, ¿qué necesidad tenía el taxista de meterse en lo que no le incumbía?

—Esa Ximena… es tremenda, ¿No cree?, me está seduciendo en otro taxi.

—Si, me imagino —respondió el hombre distraído y luego repasó los diálogos con cuidado—. ¿Perdón?

—Ximena, ¡Su secretaria hombre! ¿No me diga que no la conoce?

—¿Cómo… cómo…?

—La llevo en otro taxi le he dicho y ya me platicó todo, absolutamente todo picarón —sonrió el taxista y adivinando la incredulidad del hombre le dijo—. Si no me cree… volteé a su derecha.

El hombre entrecerró los ojos incrédulo… pero la curiosidad le atacó tan furiosamente como al gato, miró por la ventana y se veía un taxi, el conductor era un anciano de expresión triste, cabello largo, frente amplia, piel súper bronceada, era el mismo taxista que le llevaba a él. La pasajera era una chica bonita… una ninfa, era Ximena, al hombre no le cabía duda.

—¿Qué demonios pasa? —preguntó el hombre.

El taxista guardó silencio, el hombre se inclinó para abrir la puerta y escapar, pero se dio cuenta que lo único que le respondía de su cuerpo era el cerebro, no lo demás, sus manos y sus piernas se quedaron inmóviles, perdió la voluntad.

Miró a Ximena pidiendo ayuda.

Ximena le dedicó una sonrisa triste.

—Mi nombre es Caronte, ¿Sabes quién es Caronte?

El hombre cabeceó y se animó a responder.

—En… la mitología… es el que lleva a las almas por el río del infierno… —el hombre volteó a ver el paisaje y no había ningún río más que una autopista gigantesca, el taxi donde estaba Ximena había desaparecido—. Entonces, si morí… no era un sueño, ya recuerdo, pero no recuerdo el nombre de mi esposa, ni el mío propio, ¿Por qué?

—Porque vas al Infierno.

—¿Qué hice? —preguntó desesperado el hombre—. ¿Qué fue lo que hice para merecerlo?

—Un hombre que sigue sus instintos sin distinguirlos o tomar responsabilidad por ellos tarde o temprano acaba aquí, se la pasan dándose la misma excusa: ‘Por que es mi naturaleza’, tuviste una vida decente y el amor de tu mujer, pero lo cambiaste por una zorra que acabó ilusionándose contigo y te mató. Dejaste salir tus impulsos oscuros… pues ahora sufre y recibe lo que estos te dan.

—Por… por… que es… mi naturaleza… —repitió el hombre imbécilmente, ¿cuántas veces no había usado esa frase para perdonarse a si mismo y para engañarse de que no había nada que hacer más que dejar las cosas seguir su curso?

—¿Ya ves? —sonrió Caronte—. Oh… añoro los tiempos en que los castigos eran del cuerpo, tormento físico… pero hubo una reestructuración en nuestro sistema, modernización, ahora los castigos son al alma, la mente y las sensaciones qué es de lo que el hombre carece y no se ocupa en cuidar, nuestra apariencia se ha ajustado… antes yo era un barquero en un río, ahora soy un taxista en la autopista, antes la muerte era una calavera en una toga, ahora es una sombra en una chamarra negra, antes los ángeles eran formas humanas con alas… ahora son esferas de luz que dan esperanzas.

—¿Y el diablo? —preguntó el hombre.

Caronte se limitó a reír y el hombre tuvo un escalofrío similar al que le atacó antes de subir.

—Quiero bajar —susurró el hombre.

—No puedes —respondió Caronte.

—Por favor —rogó el hombre.

—No.

—¿Por qué no?

—Porque es mi naturaleza —se burló Caronte.

—Tengo que regresar con ella.

—¿Cómo? Si estás muerto.

—Encontraré un camino.

—¿Seguirás tus instintos?

—No, seguiré mi corazón.


—Tienes que decirme cómo se llama —propuso Caronte.

—No lo recuerdo.

—Entonces estás perdido.

El hombre cerró los ojos y se llevó las manos a la cabeza. El recuerdo de la mujer del cuchillo llamada Ximena era más persistente, junto a esas imágenes mentales también recordó la primera vez que engañó a su esposa, recuerdos que creía enterrados de situaciones en las que sabía que podía hacer algo para ayudar pero sus instintos le detenían, se ignoraba a sí mismo.

—Pero la tenías que cagar, ¡Pinches instintos tan chingones que tienes! —recriminó Caronte, aumentó la velocidad de su taxi, coches aparecieron de la nada y los esquivó con la capacidad que sólo un taxista de la ciudad de México tiene.

—Para poder llevar tu alma al infierno se borran los recuerdos que te pueden salvar de él, los que te guían de regreso, agradece que no has olvidado los ojos, la sonrisa de tu esposa, ruega porque se te de su nombre… así puede que tengas una oportunidad.

Todo esto lo decía al tiempo que esquivaba los coches, el hombre reprimió un grito y otorgó lo más que pudo de su atención a Caronte.

—Solo tienes que darle a tu recuerdo un nombre.

El hombre se esforzó por recordar, pero se sintió exhausto y cayó dormido.


—¿Qué haces aquí amor? -dijo una voz en la oscuridad, una voz que podría mover mar, tierra y aire si quisiera. La tenía grabada muy adentro de sí mismo.

—Tengo miedo… de que ya no me ames, no me merezco tu nombre… ¿Qué haces aquí en mis sueños?

—Yo siempre te amaré, por eso me casé contigo, por eso te juré fidelidad —la voz acariciaba la mejilla del hombre, su esencia entera. Se sintió basura, su corazón se encogió.

—Te amo… te amo… —sollozó el hombre, sintió la sonrisa de la voz, una sonrisa que era familiar.

—¿Por qué has venido? ¿Por qué me amas?

Unos ojos le sonrieron intensamente y dejaron pendiente una respuesta que no era del todo necesaria.


El hombre despertó.

No había nadie en el taxi, la puerta estaba abierta, se arriesgó a salir y miró al cielo. Era completamente hermoso, un cielo estrellado como nunca, éste parecía tener escrito el nombre de su esposa.

Volteó a su izquierda y no muy lejos, pasando unas montañas a no más de 30 kilómetros encontró que el cielo se tornaba de un rojo vivo, sintió una ola de calor que provenía de ahí.

—Bastante cerca, ¿Eh hijo? —dijo Caronte, estaba recargado fuera del taxi fumándose un cigarro con un amigo a su lado—. Espero que aproveches la oportunidad.

El hombre observó al amigo de Caronte, vestía una chamarra negra, tenía la capucha puesta y no podía ver su rostro por que le daba la espalda, tenía unos cuervos posados en cada uno de sus hombros, uno negro y el otro blanco.

—El me los trae y yo los llevo, ya lo has visto antes —sonrió Caronte.

El señor de los cuervos le dedicó un gesto con la mano sin dejar de darle la espalda.

—Es mejor que empieces a caminar hijo, es un camino largo y estás muy cerca del infierno, podrían mandar a un par de demonios por ti si se dan cuenta, además ya eres un alma con recuerdos buenos… un alma con recuerdos buenos puede sufrir mucho en el infierno.

—El hombre dedicó una última mirada al cielo rojo y después echó a correr en dirección contraria.


—¿Crees qué lo logre? -preguntó la Muerte.

—Si no empieza con mamadas acerca de sus instintos y conserva el nombre, si.

La Muerte suspiró y se hizo un silencio.

—¿Cómo te fue con los chiquillos? El de leucemia y el hermano de nueve o diez años.

—Bien, hay un ángel nuevo y estoy seguro de que el niño no verá tu taxi.

Caronte rió.

—¿Nunca has amado o sido amado? ¿Cómo aquél hombre? —se atrevió a preguntar Caronte.

—Sólo a una y aún recuerdo su nombre.

—¿Quién es?

El señor de los cuervos calló y se dejó envolver por la noche siempre bella.


Fest. Por ahí del 99.

9 comentarios ↓

#1 vaLar el 11.23.02 a las 10:58 pm

Hombre.. pero cada vez que vengo, haces que me pegue al monitor y deje de parpadear hasta que lea la ultima linea de tus cuentos!!!

Felicidades por la prosa tan generosa.

[Responder]

#2 suzy el 11.24.02 a las 2:49 pm

Esta historia me encanto - hombre infiel se merecia el infierno jajaj. NImodo le dieron una segunda oporutnidad como a scrooge… esto me recuerda a Dante’s Inferno no se como se llama en español. EL nombre y la vos de su esposa fue su boleto fuera del infierno… su vos fue como su guia, como la vos de Beatriz fue para Dante. La historia es moderna pero tiene todos los detalles necesarios para hacerla un buen cuento. Te felicito mi querido Agustin!! Siempre nos tienes en un hilo esperando el final… y siempre nos quedamos satisfechos.

[Responder]

#3 laura el 06.04.03 a las 3:27 pm

EXCELENTE!!!

desde argentina te digo, debes publicar mas de estas cosas!!!

[Responder]

#4 Hurin el 06.10.03 a las 1:27 pm

:chido:

Para aplaudirse hermano, para aplaudirse.

[Responder]

#5 clarito el 01.06.04 a las 4:15 pm

es una bestia el que ha escrito este cuento un reberndo imbecil para ser franco asi que como escritor se muere de hambre

[Responder]

#6 dante moon el 02.11.04 a las 4:59 pm

:chido::enojado::coyoacanense::chillon::huh: sos una verdaderab caca

[Responder]

#7 andres el 03.24.04 a las 4:07 pm

Es un vil plagio, ya que lo lei en un comics como hace tres años, ojala tengas imaginacion para hacer algo mas original y no para cambiar o maquillar alguna historia que tomaste prestada.

[Responder]

#8 arboltsef el 03.24.04 a las 4:23 pm

El cuento fue escrito en 1998 y hecho público en 1999.

¿Qué comic dices que leíste? Un saludo.

[Responder]

#9 anonimo el 12.22.04 a las 8:01 pm

grandes felicitaciones, rara vez me gustan actualizaciones o modernizaciones de la mitologia, pero lo haz logrado =)

saludos

[Responder]

Deja un comentario