Dedicado a Mario Romero. No todos acabamos como Max Botello.
Cuando nuestro personaje principal despertó, pensó que sería un magnífico día. La luz del sol entró por su ventana como en una película de caricaturas, y sólo faltaba que toda la ciudad se pusiera a cantar para completar el cuadro maravillosamente.
Mario al despertar casi deseó eso y esperó, tontamente, a que sucediera. Sin embargo lo único que recibió fue el silencio absoluto. Mario frunció el ceño, algo no estaba bien del todo y fue cuando se dio cuenta que el silencio era en verdad absoluto, se levantó como pudo, resintiendo la desvelada de anoche por quedarse a chatear.
Parece que su día no sería tan maravilloso y pronto olvidó el buen humor que le había atacado al levantarse, se dirigió a la ventana con pasos lentos e inseguros, el silencio seguía ahí, seguramente era medio día por la intensidad del sol, ¿por qué no había ruido de tráfico, gente murmurando o de perdida pajarillos cantando?
—Un poco más abstracto y sería un personaje de los cuentos de Tsef Thaed —se susurró Mario y carcajeó, el diseñador gráfico intentó recuperar algo de ese buen humor. Miró por la ventana y no había coches en movimiento, ni siquiera una brisa; se asintió negativamente, el mundo estaba realmente mal.
Los coches estaban parados a medio camino, parecía que todos los conductores de esa zona de la ciudad de México decidieron liberarse al mismo tiempo de la tecnología esclavizante del automotor. Los coches vacíos parecían un funesto funeral y Mario notó que también lo parecían las calles, los puestos de garnachas, las tiendas de autoservicio y la cantina que estaba en la esquina de su casa.
Mario se vistió rápidamente, cargó un libro basado en alguna popular película de ciencia ficción y se dirigió a la puerta, gritó Mamá pero nadie respondió, ni siquiera su mamá, frunció el entrecejo, bajó las escaleras y se dirigió al teléfono.
Lo alzó y escuchó la voz de una grabadora:
—Lo sentimos pero su servicio telefónico ha sido suspendido, usted puede ir a pagar en la oficina de teléfonos más cercana a su domicilio, ayúdenos a continuar brindándole un mejor servicio. ¡Gracias!
Mario perdió completamente el buen humor. Salió a la calle, deseando que sólo fuera un mal sueño, esperando ya escuchar el cuchicheo vespertino de las mujeres que salen a comprar al mercado, sin embargo, seguía sin haber nada. Preocupado, se dirigió al metro más cercano, se metió aprisa, esperando encontrar a toda la gente arremolinada y mascullando acerca de una tercera guerra mundial.
Para su decepción, el metro estaba como todo lo demás, completamente vacío.
¿Y si ya había pasado la catástrofe? ¿Una biobacteria que disolviera los cuerpos de los seres humanos? ¿Un virus que funcionara tan eficaz como la lepra y se comiera los cuerpos enteritos? ¿Una invasión extraterrestre que se llevó a la humanidad al planeta de los simios? ¿O por fin había decidido la alter tierra tomar control de la tierra y todos se pasaron a ese mundo alterno hecho de cartón?
—Demasiadas caricaturas y películas —se recriminó Mario, escondiendo su nerviosismo, se dirigió a las escaleras del metro para salir cuando escuchó el campaneo de uno de los teléfonos públicos.
Mario alzó la ceja. El teléfono siguió sonando. Mario miró de un lado a otro. El teléfono siguió sonando. Mario se acercó al teléfono y descolgó el auricular:
—Lo sentimos pero su servicio telefónico ha sido suspendido, usted puede ir a pagar en la oficina de teléfonos más cercana a su domicilio, ayúdenos a continuar brindándole un mejor servicio. ¡Gracias!
Mario abrió ampliamente los ojos y colgó furioso el teléfono. ¿Qué demonios estaba pasando?, ¿hablaba la operadora de su teléfono o del teléfono del metro?
—Hagamos cuentas —se dijo Mario, mientras salió del metro—. Si supuestamente son cuatro millones de personas las que pagan un peso con cincuenta centavos su boleto, entonces tendríamos que el Metro recibe de ingresos alrededor de seis millones de pesos, ¡si no es que el doble, por que las personas suelen comprar boletos de ida y de regreso!, ¿quién administra todo ese dinero y por qué no pagan ese teléfono?
Mario se detuvo, se sentó a pensar en una banca.
—¡Pero qué demonios digo! ¿Quién controla la grabadora? ¿la compañía central de teléfonos? ¡seguramente ahí encontraré alguna pista de lo que ha sucedido con el mundo! ?Mario se emocionó?. ¡Ahí debe estar la clave de todo este misterio!
Mario se levantó y con renovados bríos caminó hacia la central de teléfonos. No tardaría más de veinte minutos a buen paso, le gustaba el misterio que se estaba desarrollando, la situación bizarra le agregaba un nuevo giro a su vida.
Escuchó el ring de otro teléfono y se detuvo, caminó hacia él y con una sonrisa escuchó la clásica frase de la grabadora, después le respondió:
—Voy a la central de teléfonos a investigar lo que está pasando, espérame ahí señorita grabadora —Mario emitió una risita triunfal, se disponía a colgar cuando escuchó:
—No vengas a la central, es inútil o si no, trae el dinero qué me debes.
Mario parpadeó temeroso, ¿había sido su imaginación o la grabadora había hablado?
—No eres una grabadora, ¿quién eres?
—Soy una humilde grabadora, lo juro. Mejor deja las cosas como están, sólo necesitamos que deposites tu pago, es todo, al pagar volverás a tener tu servicio telefónico y estarás contento.
—¿De qué me sirve tener servicio telefónico si no hay nadie en el mundo?
—Todo estará bien cuando hayas pagado tu recibo.
Mario colgó irritado el teléfono, esto se estaba poniendo demasiado bizarro para su agrado, se sentó en la banqueta y se puso a idear una hipótesis de lo que estaba sucediendo.
Dejó sonar el teléfono, no deseaba hablar con grabadoras maléficas de nuevo.
—Lo que está sucediendo puede ser resultado de la dependencia del ser humano con la alta tecnología, cuando el hombre reemplazó los sentimientos genuinos por las acciones mecanizadas entonces es posible que la tecnología haya logrado tomar lo que le falta, el alma, por lo tanto, las máquinas se han adueñado de las almas del mundo y han dispuesto del cuerpo de los seres humanos. ¿Cuál es mi papel en todo esto?
Mario se mordió el labio convencido.
—¡La central telefónica! ¡Eso es! Es la madre de la tecnología digital, la que nos da internet, los seres humanos que han dependido mucho de internet y de las computadoras han sido absorbidos por la Central, o la Matriz. No tardó en adueñarse de los demás eventualmente, por alguna razón, yo soy inmune a la Matriz y por eso me exige que pague mi recibo telefónico. ¡Al pagarlo estaré aceptando mi sometimiento al mundo automático! ¡No quieren que vaya a la central para recuperar las almas humanas! Mario se levantó convencido e ignorando los ring’s de los teléfonos a su paso, se dirigió con determinación a la Central.
Al abrir la puerta principal, entró y se sorprendió de estar en un solo cuarto sin muebles, sin nadie más que él mismo, volteó preocupado y notó que el camino de entrada ya no estaba ahí. Caminó en el cuarto sin rumbo fijo, hasta encontrarse con un pedestal que sostenía fielmente a una grabadora de lo más común y corriente.
—Espero hayas traído el dinero —dijo la grabadora.
—¡He descubierto tus planes y estoy aquí para salvar a la humanidad, chatarra de Taiwán!
—¿Almas? ¿de qué hablas? Te doy una última oportunidad para que dejes el dinero que me debes por tu recibo telefónico el cual es exactamente ciento cincuenta y seis pesos con sesenta y ocho centavos. Y soy japonesa, ignoraré el insulto por tu bien.
—¡Ja! ¿Ese precio pides por mi alma? ¡Jamás!
—Bien, paga cien pesos ahora y el resto vendrá en el saldo de tu siguiente recibo. Por favor realiza tu pago para que podamos brindarte un mejor servicio.
Mario se acercó a la grabadora, la intentó tocar con sus manos y sintió un choque eléctrico correr por su cuerpo, el cuarto se había reducido de tamaño, ahora solo eran unas cuatro paredes y la grabadora.
—Es inútil, tu agresividad sólo te traerá problemas, tendrás que pagarme tarde o temprano.
Mario no se dio por vencido y atacó a la grabadora una y otra vez, ideó mil planes marca Acme y ninguno dio resultado como era de esperarse, se sintió como cierto coyote persiguiendo al correcaminos, finalmente, había llegado al punto en que no sabía si habían pasado días desde que había llegado a la oficina de teléfonos.
Mario gruñó enojado y tiró un billete de cien pesos al suelo.
—Gracias —murmuró la grabadora.
El mundo dio vueltas en la cabeza de Mario, empezó a escuchar voces, ruido de coches, ¡el glorioso tráfico regresaba!, todo se nubló a su alrededor y creyó ver siluetas de personas que se hacían tangibles. Mario cayó inconsciente.
(CLiCk^HeRe) Acabo de tener una visión estrambótica de lo que sucede cuando perdemos contacto con el chat,,,,
(Tsef_Thaed) ¿Sí? Algo así como que estamos en la Matriz, no? Jejeje
(CLiCk^HeRe) Más bien,,, Teléfonos se volverá algo así como un inquisidor que cuando no has pagado, altera totalmente la percepción de tus sentidos que además de robarte el contacto a Internet y el chat, te priva el derecho de la comunicación con la realidad.
(Tsef_Thaed) Hacen eso y los bombardeo, ¿Acaso no odias la grabadora maldita que te llama por teléfono más o menos como a las tres de la tarde para avisarte que no ha pagado?
(CLiCk^HeRe) Ufffffffffffff,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,, si te dijera cuanto ya la odio.
(jorgemc) ¡Qué onda caones! ¡Ya bájense por los chescos! ¿no?
Finito.







2 comentarios ↓
Alucinado. Pero muy buena historia.
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buena historia, algo previsible, algo metaforica, algo bizarro, algo semiabstracto, buena historia.
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