Día 38
Querido diario:
Si pudiera transmitirte el cansancio que siento y la cantidad en que mi alma se ha consumido en nocturna eterna, llenaríamos las hojas de aquí hasta la semana trescientos cuarenta y siete.
Quisiera olvidar la pesada carga que traigo sobre mis hombros y tirarme sobre la arena, inconsciente. Purificarme con el agua salada, que escurra entre mis dedos y mis poros, que las estrellas de mar me tomen como una roca más y que los cangrejos hagan en mi su hogar.
Las tortugas me acariciarían con sus aletas y a lo lejos, se escucharía el canto de las sirenas llamando a los viejos marineros que fuman su pipa y tienen los ojos nostálgicos de Marcela, Mariana o María de la Paz. Abandonar toda esperanza y enterrarme los kilómetros necesarios, para que un niño me recuerde con un castillo de arena que pronto será demolido por las olas.
Que los delfines se burlen de mi y me hablen en su idioma secreto y yo me burlaría de ellos al ver la orca gigante que está esperándole con los dientes afilados. La naturaleza pasaría, la brisa correría a toda velocidad por toda la playa y las gaviotas cagarían sobre mi cuerpo recién limpio. Así, así que pasé el tiempo, así quiero olvidar.
¿Qué será, qué será?
Día 39
Ayer conocí a Nadie, él me saludó, yo lo saludé, nos dimos un fraternal abrazo como amigos que se conocen de años y platicamos de política, cine y rock’n’roll. Nos fuimos a tomar un café en la colonia Condesa y escuchamos a los Papel Arroz cantando con armoniosa voz y talento. Disfrutamos también de un par de cervezas y luego fuimos a caer a todos esos lugares de moda en dónde las jovencitas visten tops y minifaldas y se dedican a divertirse tal vez inocentes o con alguna idea de que los pescadores silbaban nerviosos en silencio esperando alguna que mordiera la carnada.
Así pasamos nuestro día Nadie y yo. Y por la angustiosa necesidad me di cuenta que Nadie me abrazó y me besó.








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