Un chingo de números después, Ernesto Medel recuerda.

El viaje a Singapur, según Armenius, duró como dos años. No lo dudo. Cualquiera escucha Singapur y se le escapa un: “No mames, está re-lejos”. Eso lo dice la gente que no se levanta a caminar, por supuesto. La verdad es que yo dormí todo el camino. Si en verdad fueron dos años, al parecer tengo que hacer una recapitulación de hueva de todo lo que ha pasado en ese tiempo. Hasta pienso acomodarlo en una bonita lista con puntos para que más o menos se den una idea del fondo.

Dos años después, amiguitos, estoy en Singapur. Lean, que mañana les ofreceré un tour de ese paradisiaco lugar.

Otro hombre la abrazaba.

Anoche, miré una fotografía de Marilyn Monroe, quien era rodeada por los brazos de otro hombre. ¿Cuál de todos los hombres en su vida? La verdad, no me importa. Ambos tenían los ojos cerrados, sonreían ligeramente y se abandonaban al placer que tienen los amantes de romper los espacios personales. Deseé ser un testigo. El asistente del fotógrafo. El pinche que pone las luces y jala los cables, y guarda los focos para el flash, y el equipo en una maleta. El idiota que se envenena de radiación al revelar esa fotografía. Los vecinos que contemplaban la escena. Los amigos íntimos. Los chismosos que iban a verla a ella, y a él, y al fotógrafo. Se me antojó ser el blanco y negro que pinta la escena. Las miradas cerradas y las manos relajadas. El vestido blanco, la camisa de rayas, los lentes, el collar de piedras, una posible erección oculta o el sexo ansioso. Ambos, definitivamente, se convirtieron en una sola persona.

Los ladrillos de la iglesia.

Me descubrí robando los ladrillos de una iglesia en la madrugada. Sí, me imaginaba que era de madrugada por el frío, pero no podía asegurarlo. El frío me despertó y unos perros que ladraban a lo lejos. En mis caminatas había visto esos ladrillos en diversas ocasiones, abandonados, desaprovechados, tristes… moribundos. Pensaba que alguien debía darles un propósito cada que los miraba lamentables y grises. Cuando regresé a casa, ya tenía la mitad de una cerca para cerrar el jardín. Me reí. Estaba auto emparedándome. Para no traicionarme, fui por otro ladrillo y usando la mezcla de cemento lo acomodé. Así lo repetí varias veces, hasta que tuve una pared decente (excepto a un extremo, para no cometer el error de quedarme afuera). Miré mi reloj, apenas eran las cuatro y media de la mañana. La gente se iba a dar cuenta que me los había robado. Entré a la casa y saqué un gran bote de pintura. Pinté los ladrillos de rojo. Así nadie lo descubriría, pensé. Por supuesto, esta mañana los vecinos rondan fuera de mi hogar por una razón muy obvia–. Ese muro que lo encierra en su casa, antes no estaba ahí –Pero no importa. Tengo confianza. Tengo fe. Cuando la multitud de vecinos se reuna afuera, les diré que un angel se presentó en sueños y me ordenó llevarme los ladrillos de la iglesia, porque su Cristo estaba cansado de estar encerrado, de escuchar lamentaciones y cantos mal entonados. –Cristo necesita aire –les responderé enérgico–. Necesita ver lo que hay afuera de sus paredes. Así me lo dijo el angel –Y blandiré uno de los ladrillos benditos. Nadie jamás entrará a esta casa, porque está hecha con las paredes que fueron de Dios.

Piedra, papel y tijeras.

Según lo que he visto leyendo manga y viendo anime, es que los japoneses suelen aplicar el “piedra, papel o tijeras” (janken-po) más a menudo que otras culturas. ¿Será? Después de todo, son el país líder en cuanto a juegos de rol o RPG’s se refiere. En estos juegos, el janken-po entra en juego, sobre todo cuando entramos a terrenos de magia o algún otro atributo especial. Por ejemplo, un hechicero de fuego dificilmente le ganará a un hechicero de agua. Es obvio, el agua apaga el fuego. Dependiendo del juego, la complejidad de los tipos aumenta y es aquí donde facilmente entra mi última obsesión: Pokémon. Actualmente, en la generación cuatro del juego, existen dieciséis tipos de atributos. En algunas ocasiones, el monstruo tiene una dualidad de atributos (lo cual, los puede hacer doblemente vulnerables o, en algunos casos, más fuertes). La cosa es que después de varios años sin jugarlo, he tenido qué aprender de nuevo qué atributo le gana qué y no sólo eso, qué atributo tiene cada monstruo. Es difícil hacerlo cuando son casi quinientas especies. Me he encontrado en situaciones donde me sale un monstruo y me pregunto–. ¿A poco existía este hijo de puta? ¿Qué coños es? –Y así, conforme avanza el tiempo, he aprendido que… sí, el agua apaga el fuego, que un luchador le ganará a un tipo normal, que los fantasmas y los individuos no pueden tocarse, que los seres oscuros pueden dominar a los sobrenaturales, que el fuego quema las plantas y los insectos se las comen, que los dragones rompen sus garras contra el acero y que las plantas se alimentan de agua. Cuando las obsesiones te llevan a un aprendizaje, y a una afirmación, de lo más básico en ésta vida.

Ningún ejercicio fácil.

Tengo la idea de que un escritor no debe hacer ejercicios fáciles. Cuando está sentado, en el papel del escritor y su lucha frente a una hoja en blanco, buscando qué escribir… lo primero que debe hacer es un ejercicio. Hablar o construir lo que es imposible. Hacer un palíndromo o jugar con los anagramas. Escribir dos párrafos cursis. Escribir tres líneas muy sencillas. Un haikú o un tanka. Tratar de escribir un soneto alejandrino o un endecasílabo. Los ejercicios, como con el cuerpo, se hacen para la perfección. La perfección del escritor es el dominio del idioma, un encuentro preciso con las palabras que busca (y las que no busca también). Hay escritores que abren una hoja al azar en su diccionario y usan alguna palabra para iniciar su ejercicio. Otros escriben todo lo que escuchan mientras están en un restaurante. Otros más, evitan ciertas consonantes o ciertas vocales. ¿Qué se trae el idioma, que luego todo lo puede? Personalmente, mi ejercicio preferido –especialmente en domingo–, es acomodar una libreta sobre la espalda de mi mujer y sencillamente escribir. La lucha de las manos y del sexo para permanecer en un sólo lugar, mientras escribo renglones y renglones de palabras, y oraciones inconclusas, pero la práctica hace al maestro. Eventualmente mis manos adquirirán la firmeza de mi sexo y mi mujer la constancia de un papel curvo, y silencioso. No más puntos torpes que se acomoden con sus lunares, ni guiones que le dejen marcada la baja espalda durante varias semanas. Hoy es domingo.

El perro.

Anoche salí a fumar un cigarrillo y caminar un poco. Después de unas pocas cuadras me encontré a un perro. Me miró a los ojos, yo le dije–. Tranquilo monín, ¿a quién le ladras? –Porque estaba ladrando. El perro, para mi sorpresa, no me respondió. Caminó detrás de mi. Esa mañana, cuando salí a caminar, me encontré un perro aplastado en la recta de Cholula. Miré su sangre desparramada en el piso y su cabeza aplastada. Una señora limpiaba la acera, ignorando al perro y seguí su ejemplo. No había nada ya qué hacer por él. Los perros, el animal doméstico por excelencia, la inmediata asociación humana para hablar de follar, de perseguir, de ladrar, de mover la cola. El perro de la noche continuó siguiendo mis pasos. Me gustaba. Blanco con café, orejas grandes, mirada triste. Tan pronto llegamos a la recta, pensé: “Te quiero llevar conmigo. No me gustaría verte con la cabeza aplastada y tu sangre desparramada en el pavimento”. El pensamiento dio pie a las posibilidades: “Puedo llevarlo a casa y dejarlo en la azotehuela, hasta que lo llevemos a un veterinario para que lo revise”. El perro simplemente avanzaba unos pasos, o se quedaba atrás para oler, pero eventualmente llegaba a mi lado. Encendí otro cigarro y me senté en una de las bancas del parque. El perro decidió dar vueltas por el parque. “Es lo mejor. Quédate aquí”. Al terminar el cigarro, me levanté y regresé a casa. El perro corrió para alcanzarme y me sonreí. “Debería apostarle. Si viene a la puerta de mi casa durante tres días seguidos, entonces me lo quedaré”, pero no lo hice–. Hey, no te puedo llevar a casa. Mejor sigue tu camino monín –El perro me miró a los ojos, y pareció entenderme. Caminó, y caminó, hasta que se perdió. Me habría gustado apostarle.

De noche.

Escribo mejor de noche. No sé las razones exactas. Algunos dicen que por el silencio, otros dicen que por las intervenciones mínimas y que el flujo de pensamientos que se traslada a letras se vuelve continuo, y con suerte, imparable. Una llave que se abre y el agua corre, y no sabemos a dónde va. El silencio ofrece todas las oportunidades para tomar aire y convertirlo en piedra. Los vecinos escandalosos, cuyas paredes no son suficiente para encerrar secretos. Algunos pájaros, o murciélagos, que se comunican en su idioma peculiar. Los insectos extraviados que necesitan mi luz artificial y molestan, volando alrededor de mi cabeza, zumbando en mis orejas, contaminando mi café y mis cigarrillos. Los sonidos sintéticos del mensajero que hacen una melodía tranquila, pausada, de pláticas que no exigen una respuesta inmediata. Y la música, por supuesto, la música que existe para interrumpir todo ello. Escribo mejor de noche. Me imagino a los niños a medio cubrir, que no pueden dormir por los monstruos bajo la cama o encerrados en el ropero. Los árboles que mecen sus hojas a merced del viento y sus caprichos. Los borrachos que hablan de sus mujeres y las mujeres que los engañan con sus otros hombres. El chiflido del celular, que lleva un mensaje con el calor para prender un horno. Los relojes que hacen un sonido cada hora, y como truena el hueso cuando su dueño lo voltea a mirar y se da cuenta que todavía no puede dormir. Los televisores prendidos, con gente agradable y bonita, para hacer compañía a los solitarios. ¿Cómo olvidar a los perros que ladran en las noches cuando otro perro, o un vagabundo, pasa frente a su territorio? El frío de escribir en las noches, es muy parecido al frío de un lector, que no puede dejar de leer un libro. En ese momento serán uno.

La clavadez del pokémon.

El acento que tiene “Pokémon” en su título, me provoca una especie de roña, porque es un acento de esos que se usan para adornar y rompen todas las reglas. Pero, mi otra mitad, dice que no puede quitar el acento ya que es el nombre del juego y ni modo de no presentarlo como debe ser. Así, empieza la dicotómica guerra personal de Pokemon, y el chamaco de casi treinta años que lo está jugando. Para mí, existen dos tipos de juegos: los que despiertan mi espíritu coleccionista y los que despiertan mis ansias de elaborar una historia. Pokemon pertenece al primero, nunca me ha interesado su mitología, y nunca vi con atención las caricaturas del niño Pokemon y su pikachu, descubriendo el fascinante mundo de mascotas imaginarias e inexistentes. Sin embargo, el juego es otra cosa. En sus inicios, el reto era juntar a los 150 pokemones que existían y decían, que para lograrlo, debías estar constantemente intercambiando con otras personas. ¿150? ¿Tengo que atraparlos? Por supuesto, usted ordéneme y yo hago. Soy una bestia. El siempre mulo de nintendo.

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Me regalaron un lunar.

Anoche me regalaron un lunar. Todavía no sé que hacer con él. Está lo obvio, que es admirarlo o morderlo. Lo raro, que es acomodárselo debajo de los labios. O escribir una cursilería sin fin como la negrura del punto regalado sobre la piel de una incauta. Se me ha ocurrido una mejor idea y es ponerlo en el refrigerador. Un cuchillo de diamante podría ayudarme a dividirlo en rebanadas y así, tener un postre para toda la semana. A que se te acaba, me dice el sentido común, y el eco de una carcajada. No es el único lunar, y cuando los puntos se acaben, queda la piel que mancharon. Sangre guardada en refractarios, sesos distribuidos en toppers, corazón y pulmones molidos para hamburguesas, cuerdas vocales de entremés y las uñas de mero adorno culinario. En rebanadas pequeñas tendré comida para toda la vida.

La lista.

Solía tener una lista con temas, pequeñas frases, aquellos diálogos que se me ocurrían y que me gustaría usar en un momento. Historias pequeñas que pienso alargar un día, la promesa de Bastian que sólo Atreyu puede cumplir. La lista, como todo en esta vida, en algún momento se terminó. ¿Es posible iniciar de nuevo? Claro que sí, de eso vivimos, de los nuevos comienzos, las mayúsculas tras los puntos y seguidos, el espacio en blanco en un punto y aparte, el next cuando una canción lleva mucho tiempo en silencio. Con todo… iniciar de nuevo, exige que no estés aburrido, o que no sientas que haces algo en balde. Así me pasa, ¿y a quién no? O me aburro, o pienso que es inútil. Porque este blog me ha sido inútil, aburrido, feo y despreciable también. He escrito con todo el odio y toda la furia que le tengo al depósito de mis pensamientos, además de los días de erección, o los domingos eternos, o los aspavientos amorosos. Los días en que me levanto más tarde, las noches que no son mías, los ridículos paseos en la búsqueda de una no-deserción absoluta. A veces me veo como el viejo marinero, sosteniendo el hacha, dispuesto a trozar el tronco de los mil nombres.

Sin embargo, también soy necio.

¿Mal humor?

Sólo la molestia del calor. Se nota la primavera cuando vemos las piernas a donde quiera que vayamos. Es el momento de los shorts y las faldas, de las blusas frescas, los escotes prolongados. ¿Y el hombre? Balbuceando nada más, a veces mira el futbol, a veces juega con su pesetrés, pero la mayoría balbucea sutilmente cuando las ve. Las mujeres, reaccionando con el polen, florean sus movimientos y las hormonas juegan las trampas de la coquetería. Los hombres se atontan, las mujeres se avispan, las relaciones surgen y se proponen. No es molestia, para nada. Sólo el calor que se encierra en la habitación, que fumar no sabe tan delicioso a no ser que esté lloviendo, que el café caliente por las noches parece salir sobrando.

Mario, duda.

Yo sé que Mario lo duda. Se mira al espejo, se limpia el rostro con una crema, unta un poco de labial en una servilleta y se lo pasa por las mejillas. Ahora, Mario tiene chapitas. Voltea ligeramente para un lado, voltea ligeramente para el otro, sonríe y tiene, un poco, de vergüenza. Toma otra servilleta y se quita el maquillaje. Ya sabes como tu padre tarda en el baño, que bueno que te bañaste primero, dicen afuera. Mario duda, pero continúa. Labial bermellón en la servilleta, repite el proceso, sonríe y esta vez, traga saliva. Le gusta. Le gusta demasiado. Ahora aplica la máscara de pestañas. Negras, bien negras, y un poco de sombra azul alrededor de sus ojos. Tarda más que yo ese hombre, dicen afuera, quien sabe que tanto hará. Tres cuartos derecho y tres cuartos izquierdo. Se toma una foto con su cámara digital. Mira la foto y se mira en el espejo, hace varias expresiones, Mario duda… sí, tal vez necesita un poco más de sombra. Aplica, acercándose mucho al espejo. Un lápiz ayuda a delinear sus cejas. ¿Cuántos años habían pasado con esas dudas en el espejo? Recordó una vieja canción y se movió a su ritmo: “Los muchachos del barrio le llamaban loca”. Tarareó. Cada vez más fuerte. Tan fuerte como el maquillaje que se había aplicado. No señor, no lo estoy… lo estuve una vez. La canción le daba valor, las sombras azules y el labial bermellón, la máscara facial que humectaba sus poros. Respirando fuerte, abrió la puerta del baño e imaginó lo primero que le diría a su familia.

-No lo soy. Sólo me gusta maquillarme.

Puedes tachar si así lo deseas.

El problema de las banderas es que, tan pronto existen, te ofrecen algo que traicionar.

La bandera es como la religión también. Tan pronto naces, te dan una nacionalidad y una bandera (junto con otros símbolos patrios). No puedes escogerla. No en el momento que llenan tu acta en el registro, al menos. Miles de agentes burocráticos llenan miles de actas, tecleando rápidamente sobre la línea blanca definida como “nacionalidad”.

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Culo de gato.

Esta noche pensaba en “Culo de Gato”. Así le llamo a uno de los primeros personajes que me encontré en internet hace ya varios años. No tengo la foto a la mano, y la verdad, no fue un descuido el perderla… Quise alejarme lo más posible de ese recuerdo. La foto no es tan turbia, no es un 2girls1cup, tampoco es un goatsee. Hablo de los primeros años del internet, y me parece que “Culo de gato” fue uno de sus primeros valientes. Recuerden que valentía no siempre es un sinónimo de genialidad o trascendencia. “Culo de Gato” era un hombre como muchos de nosotros, en sus cincuenta, calvo y demasiado blanco. A veces, pienso en él como un ministro, un pastor, un cura. Otras veces es un profesor, o un intendente aburrido. Tal vez alemán, porque los alemanes están locos. O polaco, o ruso. Jamás lo sabré. Dos tercios de su cara se veían en la foto. Se alcanzaba a notar que el hombre está sonriendo por las arrugas de su frente y lo poco que se veía de la comisura de sus labios. Tenía las cejas maquilladas para formar arcos prominentes y coquetos, la punta de la nariz estaba de un rosa más intenso que su piel pálida, se había pintado al menos tres bigotes y algunas rayas más, cual Garfield hecho humano. El hombre estaba desnudo. Hacía una curva muy curiosa con su cuerpo que escondía su espalda, pero dejaba ver su cintura y su culo levantado. A pesar de que el culo estaba en segundo plano y mal enfocado, se podía ver una cola larga y levantada. Una cola negra, esponjosa como la de un gato persa, que sobresalía como una flor dentro de un fondo caótico y brutal. Desde entonces, navego internet pensando que me lo puedo encontrar de un momento a otro. No es un pensamiento reconfortante. No lo es. Es curioso como un grupo de ideas ridículas pueden alterar significativamente un comportamiento.

La mujer que se despedía de nadie en los autobuses.

Después te acostumbras. Mi primer autobús, fue uno con dirección a Tampico. 14 horas, metido en un sillón, donde al menos ocho me dediqué a ver la oscuridad, las refinerías, los campos abiertos, las paredes rocosas. Otros sentidos registran el autobús en sí: los ronquidos, los olores del sopor y el sueño, la música bajita del conductor. Es interesante después como el conductor se detiene algunas veces para tomarse un café, platicar con otros conductores, hacer el cambio. Le da un giro. Luego de ese primer autobús, no pensaba que mi vida se regiría eventualmente a ir a la estación, comprar el boleto, y esperar una cantidad variable de tiempo, antes de ver a la mujer que sería mi esposa o regresar a las responsabilidades de la ciudad que era la mía.

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Par de pendejos.

Pateo tu cuerpo, la pistola floja en mi mano. Un débil quejido responde a la patada, a la situación en general. Enciendo un cigarrillo. Cuando era niño, jamás me imaginé que tendría una pistola en mis manos y tu cuerpo respondiendo al torturador que durante años escondí a vista de todos. Tantas personas esperaban todo de mi, yo esperaba todo de mi, pero aquí estamos. Escupes sangre. Balbuceas. Nada se te entiende y fumo silenciosamente, mientras tomo en cuenta todos esas ramificaciones de un futuro negado. Un paraíso perdido. Dejas de balbucear y comienzas a murmurar. Todos esperaban todo de mi. Yo esperaba todo de mi. Pongo mi bota sobre tu mano extendida y aplasto. Te quejas sin fuerzas, sin ganas. Ambos compartimos eso. Sin ganas de terminar al muerto, sin ganas de luchar por la vida. No me quito el cigarro de los labios, se consume, cae la ceniza, ceniza caliente que humea tu sangre, sssss como el de una serpiente, nos portamos como animales. Todos esperaban todo de ti.

-No es tan terrible -te digo y respondes-. Aquí podemos estar, otro ratito, haciéndonos pendejos.

Con el puño cerrado, como un tambor.

Estaba dos bancas más adelante, con su vestido veraniego y ceñido. La figura se le marcaba. ¿Cuántos había cumplido? ¿Diecisiete? Cada domingo la miraba, con el cabello un poco más largo, el escote un poco más descubierto, las manos un poco menos torpes. Mientras tanto, el hombre al frente declamaba apasionadamente acerca de la fidelidad y el amor, el respeto mutuo entre las parejas, para evitar las huestes infernales, los demonios que nos pueden perseguir en los sueños. “¡No hagan caso de los súcubos, hombres! ¡No se acerquen a los íncubos, mujeres! ¡Hicieron un compromiso que va más allá de todas las cosas del hombre!”. Su sermón, cada domingo, incluía unas cuantas líneas acerca de la infidelidad. Siempre del infierno.

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Anónimo.

Si tuviera oportunidad de elegir un oficio distinto al puñado de oficios inútiles que ya tengo, sería el anonimato. Pero la maldita educación (Capurro dixit) me obligan a poner mi nombre en las cosas que hago, que produzco o que vomito. El nombre se desvirtúa, porque aún cuando tienes la valentía o la educación para decir: “Sí, yo lo hice”, son menos las cosas loables que la porquería.

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Lo único que no miente.

Para mí, el olor a sexo es lo único que evade las mentiras que nos inventamos para no acostarnos los unos con los otros. Varias veces me encontré en situaciones donde una mujer inventaba mentiras para evadir el beso, cuando el olor de su sexo me penetraba en la nariz y sabía que era el momento para tocar el vientre, navegar la mano dentro de sus pantalones y encajarle los dientes en el cuello. Entonces terminaba el diálogo, empezaba un juego sincero y verdadero, donde los dos envueltos en aquel perfume, iniciábamos un acto honesto que exigía una resolución y no más negociaciones verbales, escritas o económicas.

Sin embargo, la primera vez que me hice consciente del olor… no fue agradable.

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